ANNIE HALL

ANNIE HALL. 1977. 90´. Color.

Dirección : Woody Allen; Guión: Woody Allen y Marshall Brickman; Dirección de fotografía: Gordon Willis;  Montaje: Ralph Rosenblum; Dirección artística: Mel Bourne; Producción: Jack Rollins y Charles H. Joffe, para Jack Rollins and Charles H. Joffe Productions- United Artists (EE.UU.).

Intérpretes: Woody Allen (Alvy Singer); Diane Keaton (Annie Hall); Tony Roberts (Rob); Carol Kane (Allison); Paul Simon (Tony Lacey); Shelley Duvall (Pam); Janet Margolin (Robin); Colleen Dewhurst (Mrs. Hall); Christopher Walken (Duane Hall); Donald Symington, Helen Ludlam, Mordecai Lawner, Joan Newman, Russell Horton, Marshall McLuhan, John Doumanian, Dick Cavett, Jeff Goldblum, Shelly Hack, Beverly D´Angelo, Sigourney Weaver, Tracey Walter.

Sinopsis: Alvy Singer, un neurótico cómico, recuerda la época en la que vivió una relación con la mujer que más le marcó, Annie Hall.

Annie Hall es, todavía hoy, la película más exitosa y unánimemente elogiada de Woody Allen. Sin duda, los cuatro Oscars que consiguió tienen parte de culpa, pero lo cierto es que esta película es la que tendríamos que utilizar si tuviéramos que explicarle a un alienígena o a un fan de Mecano quién es Woody Allen como artista.

En muchos aspectos, por no decir en casi todos, Annie Hall es una película autobiográfica, en la que Allen hace un detallado retrato de sí mismo, bajo el pretexto de una obra-homenaje a quien por entonces era su pareja en la vida real. Siempre tan dado a homenajear a sus héroes, puede decirse que Annie Hall es la Giulietta de los espíritus de Woody Allen.

La película comienza con un monólogo ante la cámara de Alvy Singer, alter ego de Allen, para ir poniéndonos en situación. Este recurso será utilizado con frecuencia durante el film, con especial brillantez en la escena de la cola del cine en la que Marshall McLuhan in person pone en su sitio al pedante de turno. Otro quiebro interesante ocurre cuando Allen ilustra el diálogo del primer encuentro de Alvy y Annie en casa de ésta con subtítulos que muestran lo que ambos están pensando mientras hablan. En su afán de ir mucho más allá de la superficie, Allen recurre incluso a una escena de dibujos animados para explicar su  inclinación a emparejarse con las mujeres equivocadas a través de sus preferencias infantiles hacia la madrastra de Blancanieves. Allen no es traidor: ya en el monólogo inicial nos dice que sus relaciones pueden resumirse con la famosa frase de Groucho Marx en la que el cómico afirma su falta de interés en pertenecer a un club que le admita como socio. Cuando conoce a Annie, Alvy ya ha pasado por dos fracasos matrimoniales, pero es el estudio de esta relación, desde el inicio hasta el fin, el punto de apoyo de toda la película. Alvy se explica a sí mismo a través de su vida en común con Annie, que da pie a un pormenorizado estudio de las relaciones de pareja en el que la huella de Ingmar Bergman es visible desde todos los ángulos.

El tono general es agridulce, alejado de la comicidad dominante en los anteriores films de Allen. Hay momentos humorísticos brillantes (la escena en la que Duane, el hermano de Annie, lleva a ésta y a Alvy hasta el aeropuerto, después de haberle confesado al cómico que a veces fantasea con estrellarse a propósito contra otro vehículo, o el peculiar encuentro de Alvy con la cocaína), pero en general predomina el desencanto provocado por el inevitable deterioro de las relaciones de pareja, incluso de aquellas en las que dos personas se encuentran y descubren que encajan a la perfección. Alvy hace de Pigmalión con Annie, pero es cuando ella despliega las alas, expande su universo cultural y empieza a hacerse un nombre como cantante (curioso que, siendo el análisis de su relación con una vocalista, Annie Hall sea el film de Allen en el que la música tiene menor presencia), cuando la distancia entre ellos (evaluable finalmente en miles de kilómetros, los que separan Nueva York de Los Ángeles) crece hasta hacerse insalvable. Allen parece decirnos que las relaciones de pareja, por muy bien que empiecen, terminan siempre dejando tras de sí un poso amargo, que el amor tiene fecha de caducidad y es posible que hombres y mujeres no estemos hechos para entendernos. Pero seguimos intentándolo porque, como dice al final, necesitamos los huevos.

Es muy importante en la película el trabajo de Gordon Willis, uno de los mejores directores de fotografía de la historia, por entonces en la cumbre del negocio gracias a su contribución al éxito de las dos primeras partes de El Padrino. Las imágenes de Alvy y Annie bajo el más emblemático puente neoyorquino son, sin duda, la obra de un fuera de serie.

Enjuiciar la labor interpretativa de Woody Allen es siempre complicado, y ello porque ésta es inexistente, si entendemos que actuar consiste en transformarse en otra persona. Alvy Singer es Woody Allen: eso sí, es posiblemente el mejor Woody Allen de todos. Quien brilla de una forma que ninguna protagonista femenina de sus films (ni siquiera ella misma en sus otras colaboraciones con el director) ha conseguido igualar es Diane Keaton, gran actriz que sabe ser sofisticada, insegura, neurótica y encantadora sin esfuerzo aparente. De los secundarios hay que destacar, cómo no, la inquietante aparición de un Christopher Walken a punto de dar el gran salto hacia adelante de su carrera, y la buena aportación de Carol Kane. En cambio, las interpretaciones de Shelley Duvall y Paul Simon me parecen flojas, y Tony Roberts no pasa de correcto.

En general, no suelen gustarme las películas en las que se habla tanto como en Annie Hall, pero la obra más premiada de Allen tiene el raro don de decir siempre cosas interesantes: sobre las relaciones de pareja, la muerte, el psicoanálisis, el cine, Hollywood, el sexo, la infancia, lo que significa ser judío o el carácter efímero de la existencia. Annie Hall no es la mejor película de Allen, pero por muy poco, y revisarla es siempre un placer.

 

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