CIUDADANO BOB ROBERTS

BOB ROBERTS. 1992. 100´. Color.

Dirección : Tim Robbins; Guión: Tim Robbins; Dirección de fotografía: Jean Lépine;  Montaje: Lisa Zeno Churgin; Dirección artística: Gary Kosko; Música: David Robbins; Diseño de producción: Richard Hoover; Producción: Forrest Murray, para Polygram-Working Title (EE.UU.).

Intérpretes: Tim Robbins (Bob Roberts); Giancarlo Esposito (Bugs Raplin); Alan Rickman (Lukas Hart III); Ray Wise (Chet MacGregor); Brian Murray (Terry Manchester); Gore Vidal (Brickley Paiste); Rebecca Jenkins (Dolores); Harry Lennix (Franklin Dockett); John Ottavino (Clark Anderson); John Cusack (Actor de Cutting Edge); Jack Black (Roger Davies); Robert Stanton, Kelly Willis, Tom Atkins, David Strathairn, James Spader, Pamela Reed, Helen Hunt, Peter Gallagher, Susan Sarandon, Fred Ward, Bob Balaban, June Stein.

Sinopsis: Bob Roberts es un reaccionario cantautor que decide presentarse como candidato al Senado por Pennsilvania.

Tim Robbins, actor de ideas izquierdistas que a principios de los 90 era una de las estrellas emergentes de Hollywood, decidió dar el salto a la dirección, y lo hizo poniendo toda la carne en el asador: Ciudadano Bob Roberts es uno de los films políticos más incisivos en la historia del cine norteamericano y, visto hoy, uno no puede dejar de pensar que la de Robbins es una mente lúcida que se adelantó a su tiempo.

El disfraz es el de documental satírico; el escenario, la campaña electoral de un cantante folk de derechas; el verdadero objetivo, la denuncia de un sistema político corrupto hasta el tuétano. Con un escaso presupuesto, un guión muy trabajado y la colaboración de muchos amigos, que además de eso son actores con talento, Robbins da la sensación de haber hecho lo que ha dado la gana y de haberse quedado a gustísimo con su ópera prima.

Cualquier persona que haya intervenido en campañas electorales te destacará de ellas dos cosas: su ritmo frenético y su intrínseca falsedad. Ciudadano Bob Roberts reúne ambas características: al espectador le asalta cierta sensación de mareo al seguir el acelerado ritmo de esa cámara que nunca deja de moverse siguiendo al fenómeno político de turno en su ruta por Pennsilvania, el estado desde el que pretende acceder al Senado y hacer carrera política en Washington. Un equipo de filmación extranjero graba desde todos los ángulos la campaña electoral de este personaje, al que Robbins describe en todo momento como una versión ultraderechista de Bob Dylan, lo que le sirve para analizar de forma despiadada el viaje hacia el fascismo emprendido por América, y por extensión por buena parte de las democracias occidentales, desde los años 60. El director no deja nada en el tintero, y muestra el desmedido interés de la derecha (a veces, disfrazada de izquierda) por abrazar banderas y hacer vacías ostentaciones de patriotismo; su criminalización de los pobres y desfavorecidos; su intolerancia hacia quienes piensan de manera distinta, convertidos de forma automática en enemigos de la patria; su fervorosa religiosidad de fachada; su afán por controlar a los medios de comunicación; su habilidad para disfrazar con retórica populista su absoluta sumisión a las élites financieras; la supina estupidez de quienes les siguen, con esos jóvenes fans muy adecuadamente vestidos de color pardo (en otras zonas imperan los colores más vivos, pero el trasfondo es idéntico), y de cómo estas gentes, llegadas al poder, convierten la democracia en un opaco y depredador totalitarismo con coartada electoral. Robbins enseña todo esto con gracia (esas infames letras que Roberts interpreta con todo el cinismo del mundo, los no menos paródicos videoclips que las acompañan) o con armamento pesado (los discursos a la cámara que hacen los personajes interpretados por Giancarlo Esposito y por ese genio del pensamiento político llamado Gore Vidal). En lo estilístico, a Robbins se le nota a la legua la influencia de Robert Altman, a cuyas órdenes rodaba casi de forma simultánea la película que supuso su tardío resurgir, El juego de Hollywood: Ciudadano Bob Roberts es frenética, barroca, a ratos histérica, como la campaña electoral que describe. El tono documental y la acumulación de escenas y personajes hacen que el espectador tenga poco margen para el pestañeo: quienes piensen que cine político es igual a cine aburrido no han visto esta película, una especie de versión pervertida (es decir, fiel a su tiempo) de El último hurra.

Como actor, Tim Robbins se enfrentó al apasionante reto de dar vida a un personaje al que odia profundamente: sale airoso, su Bob Roberts se anticipa a los monstruos reaccionarios del Tea Party y es, por desgracia, muy creíble. A su lado, dos actores con gran capacidad para resultar retorcidos y perversos como Alan Rickman y Ray Wise ayudan con sus notables trabajos a moldear al protagonista; sus oponentes, un adrenalínico Giancarlo Esposito y un reflexivo y desencantado Gore Vidal, son los buenos de la película, que es maniquea, cierto, pero miente tan poco que no hay más remedio que perdonarle ese pecado. Del desfile de cameos que inunda las escenas, me quedo con las intervenciones de John Cusack, June Stein y Susan Sarandon, esposa del director y espléndida presentadora de informativos (como Fred Ward, Peter Gallagher o James Spader). De hecho, la larga escena que transcurre en el canal televisivo neoyorquino, en la que intervienen de forma destacada Cusack y Stein, es magnífica.

Ciudadano Bob Roberts es una buena y valiente película, que supuso un gran espaldarazo a la carrera de Tim Robbins, quien por desgracia apenas ha dirigido en los últimos quince años. Arriesgada, incómoda, necesaria y del todo reivindicable. La verdad está ahí dentro. Sólo hay que querer verla.

 

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