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EL FIN DE LA NOCHE RIOPLATENSE

JUAN CARLOS ONETTI, El pozo. Punto de Lectura. 86 páginas.

La época de entreguerras fue un período histórico tan convulso como culturalmente fértil. En el Cono Sur americano, tan conectado en los ambientes intelectuales a lo que de novedoso sucedía en el arte europeo, tardaban poco en acogerse las novedades procedentes del Viejo Continente, donde una de las novelas que más sensación causó en esos años fue Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Cèline. Nihilismo descarnado como nunca se había leído, servido con una prosa tan brillante como febril, crónica de la vida como sinsentido. Los ecos de esta obra llegaron muy pronto a Uruguay, desde siempre uno de los países más cultos de Iberoamérica, y sin duda impactaron a un joven aprendiz de novelista llamado Juan Carlos Onetti, quien en su ópera prima, El pozo, supo captar de forma magistral el espíritu de la obra magna celiniana.

El pozo es una novela tan breve como intensa. El monólogo de un hombre que se sabe derrotado por la vida y se refugia en la escritura para tener experiencias distintas, y sin duda mejores, que las que le ha tocado vivir. Eladio tiene la edad en la que uno es consciente de que ha vivido más años de los que seguramente le quedan, cuando uno percibe que lo que ya no ha hecho se quedará para siempre sin hacer. Es un hombre sin fe, que ha asumido la imposibilidad de alcanzar una verdadera y profunda comunicación con sus semejantes, seres casi siempre estúpidos y embrutecidos, que ha comprendido que el verdadero sentido de la vida es que carece de él, que las utopías y las revoluciones nacen  muertas porque nada perfecto puede surgir a partir de criaturas tan imperfectas como los seres humanos. Y vive, y recuerda, y escribe. El pozo es una novela brutalmente honesta, de una sinceridad desgarrada, envuelta en el aroma de las habitaciones solitarias, del alcohol barato, de las mujeres aún más baratas, de las noches interminables, del fracaso de ayer, de la conciencia del hoy, de la indiferencia ante el mañana. No hay capítulos, apenas hay pausas: hay un feroz deseo de volcar en el papel el retrato de un alma rota, perteneciente a un hombre en que se da la fórmula perfecta de la infelicidad: rebeldía + pereza + lucidez. “Ésta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce. Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender“. “No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa… terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro por parir un hijo“. Esta novela es un gozoso (por infrecuente) encuentro con la honestidad. El estilo de Onetti, visible desde esta obra primeriza, reside en la ausencia de retórica, en la búsqueda de lo preciso, no de lo bello. Quizá por un efecto homeopático o. como ya he insinuado, por la rareza del encuentro con la verdad sin disfraces (la extraña sensación de no sentirse solo, como diría Luis Alberto de Cuenca), pero lo cierto es que la lectura de esta obra, como la de todas las de Onetti que he tenido ocasión de leer, me ha resultado placentera. Porque en El pozo (escrita en 1939 y de preocupante actualidad) se dicen, muy bien dichas, muchas verdades. Cèline llegó al Cono Sur, encontró un alma gemela exenta de su execrable ideología política, y de ahí surgió una de las más destacadas novelísticas del siglo XX.

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