EL ENJAMBRE

THE SWARM. 1978. 149´. Color.

Dirección: Irwin Allen; Guión: Stirling Silliphant, basado en la novela de Arthur Herzog; Dirección de fotografía: Fred J. Koenekamp;  Montaje: Harold F. Kress; Música: Jerry Goldsmith;  Diseño de producción: Stan Jolley; Decorados: Stuart Reiss; Producción: Irwin Allen, para Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Michael Caine (Bradley Crane); Katharine Ross (Helena); Richard Widmark (General Slater); Richard Chamberlain (Dr. Hubbard); Henry Fonda (Dr. Krim); Bradford Dillman (Mayor Baker); Olivia De Havilland (Maureen Schuster); Ben Johnson (Felix); Fred MacMurray (Clarence); Lee Grant (Anne MacGregor); Slim Pickens (Jud Hawkins); José Ferrer (Dr. Andrews); Patty Duke, Cameron Mitchell, Christian Juttner, Alejandro Rey, Morgan Paull.

Sinopsis: Un comando de las fuerzas especiales entra en una base militar de Texas y descubre que todas las personas que se encontraban en la sala de control han muerto. Ante la incredulidad del general Slater, el entomólogo Bradley Crane cree que la tragedia ha sido causada por un enjambre de abejas africanas.

Irwin Allen, que había obtenido dos grandes éxitos como productor con La aventura del Poseidón y El coloso en llamas, volvió a la dirección con El enjambre, película que se basa en una novela de Arthur Herzog que leí siendo un adolescente y no me impresionó demasiado. La cosa va de abejas, de millones de abejas asesinas que, por aquellas cosas del destino, van a parar a Texas y se dedican a acabar con todo lo que encuentran a su paso. Por lo que he leído por ahí, en las salas se estrenó una versión de unas dos horas, y para la edición en DVD, que es la que he visto, se recurrió al montaje original, que dura unos treinta minutos más. Error: la película se hace muy larga, y el número de escenas prescindibles puede incluso ir más allá de la media hora añadida.

Que las tramas de las producciones de Irwin Allen sean inverosímiles es algo habitual, y en este caso hasta disculpable, pues el film es la adaptación de una novela. Lo que ya no tiene excusa es que el guión es malo con coraje. Stirling Silliphant, escritor más aplicado que brillante, estuvo aquí particularmente obtuso, pues su libreto mezcla lo reiterativo con lo prescindible, lo tópico con lo intragable, y lo adereza con unos diálogos de lo más plano y superficial. Estamos de acuerdo en que lo literario no es el ingrediente principal en esta clase de películas, pero El enjambre nunca acaba de funcionar, y eso, en buena parte, es culpa de su guión.

La cosa, sin embargo, empieza bien, con esos cinco minutos sin diálogos en los que las fuerzas de élite entran en una base militar para comprobar que la práctica totalidad de sus ocupantes están muertos o malheridos, la posterior aparición de los protagonistas principales, y la constatación, vía hechos consumados, de quién está detrás de una tragedia que sólo acaba de empezar. Aunque reiterativas, las escenas de los ataques de las abejas son las mejores; cuando los insectos no aparecen en pantalla es cuando los defectos de la película se hacen más patentes. Que a Irwin Allen le interesan más la acción y el espectáculo que el desarrollo coherente de una historia y sus personajes está claro, pero aquí el desequilibrio es demasiado acusado. El romance entre Crane y Helena está metido con calzador, y uno tiene la impresión de que la historia de la señora Schuster y sus dos maduros pretendientes se ha incluido como pretexto para la espectacular escena del accidente ferroviario. Allen maneja un presupuesto alto, y se nota, a veces para mal: resulta obvio que se tratan de ocultar las carencias narrativas con un ramillete de aparatosas escenas catastróficas que son mejores que lo que sucede entre ellas, pero no salvan del todo el conjunto.

En lo técnico, poco que objetar. Por este lado, la película lo tiene todo para ser buena. La banda sonora de Jerry Goldsmith es, sin duda, lo mejor del film, e imagino que el compositor más de una vez ha pensado que debió reservar su inspiración para las plazas de primera. Respecto al reparto, es la principal víctima del despropósito narrativo: al frente, un Michael Caine que ya no era la estrella taquillera de unos años atrás, pero que una vez más demuestra ser un actor mayúsculo, pues el mérito de su interpretación es todo suyo: ni su personaje, ni los diálogos que recita le ayudan en nada, pero el intérprete londinense es capaz de sobreponerse a todo esto y resultar analítico, iracundo o sensible como y cuando toca. Katharine Ross aporta belleza, y poco más, porque su personaje es poco más que decorativo. Entre el extenso catálogo de ilustres veteranos, destacar a un Richard Widmark que, como Caine, sabe ser convincente y carismático en circunstancias adversas; sintiéndolo mucho, las escenas en las que intervienen Olivia de Havilland, Ben Johnson y Fred MacMurray sólo se soportan por el placer de verles a ellos; su presencia es lo único que justifica que no fueran eliminadas. A José Ferrer casi ni se le ve, y sólo Henry Fonda tiene momentos en los que puede lucirse, y los aprovecha muy bien. Richard Chamberlain está tan insoportable como de costumbre, Slim Pickens hace una meritoria intervención y el resto, como Bradford Dillman o Lee Grant, se limita a cumplir y cobrar el cheque, argumento sin duda definitivo para explicar la presencia de tantos buenos actores en esta película.

El enjambre fue un fracaso comercial, lo que, en sí mismo, no quiere decir mucho: basta con haber visto más de un par de películas para saber que la calidad y el éxito en taquilla no acostumbran a sentarse en la misma mesa. Sí importa más decir que El enjambre fue un fracaso merecido. Empieza bien, pero un guión planísimo y su excesivo metraje consiguen que más de una vez uno espere que aparezca Chuck Norris y se cargue a las abejas a base de hostias para resolver de una vez el asunto. Unas abejas cuyo comportamiento y modo de actuar son tan caprichosos que podrían pasar por productores de Hollywood.

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