LA ÚLTIMA

Todo lo bueno se acaba. Lo regular y lo malo también, por suerte. He aquí la última píldora. Recomendable tomarla en plena resaca. Si el lector es abstemio y no cree en las musas, ha de volver a leer el libro desde el principio. Repítase la operación tantas veces como sea necesario hasta conseguir el deseado efecto resaca.

LA MUSA

Una muy calurosa tarde de octubre, A. García puso el punto final al último relato de su primer libro después de cuatro años de trabajo, muchas veces interrumpido, y de varias reescrituras parciales. Tras darle un breve repaso al último párrafo, apagó el ordenador, devolvió a su caja el CD de Tchaikovski que acababa de escuchar y con la mano derecha recorrió una cabeza en la que empezaba a escasear el cabello; mientras, con la mano izquierda encendió un cigarrillo, el primero del día. Salió a la calle, miró al cielo y se sumergió en el aquelarre de gritos, cláxons y mierda de perro de cada día.

Por lo que podía recordar (ya se sabe que la memoria es selectiva, y la de los escritores es además terriblemente embustera) cuando empezó a escribir el libro A. García acababa de cumplir veintiocho años, vestía como un señor de cuarenta y ocho, vivía con papá y mamá, tenía unas resacas bastante llevaderas, era onanista y tacaño más por obligación que por devoción, misántropo hasta la médula, feo, ateo y sentimental, aficionado al jazz, al Barça, a Los vigilantes de la playa y a otras muchas cosas, como por ejemplo a contrariar al prójimo por principio, a las películas de Leni Riefenstahl y a romper discos de Camela (piratas o robados, por supuesto). Las novias le duraban un trimestre, los trabajos dos, los zapatos tres y los deseos cuatro, excepto si nos referimos a su mayor aspiración, que no era otra que llegar a vivir del cuento algún día. Aquella tarde de octubre, A. García era cuatro años más viejo, vestía como un niñato de veinticinco, vivía con papá y mamá, tenía unas resacas terribles, era onanista y tacaño más por devoción que por obligación, misántropo hasta la médula y sociable en la epidermis, feo, ateo y cínico, aficionado al jazz, al Barça, a las protagonistas de Los vigilantes de la playa más propensas a dejarse fotografiar sin bañador y a otras muchas cosas, como por ejemplo a contrariar al prójimo por diversión, a las películas de Leni Riefenstahl y a enviar discos de Camela a Irán, con la esperanza de que alguno de ellos llegara a los oídos del señor Khamenei y se adoptaran las medidas oportunas. Las novias le seguían durando un trimestre, los zapatos tres y los deseos cuatro (excepto el mayor de ellos, que continuaba siendo llegar a vivir del cuento algún día), pero los trabajos le duraban años, lo que era causa de propia y general sorpresa.

“Un libro es como un hijo, un pretexto para esquivar el suicidio”, pensó A. García mientras tiraba la colilla de su cigarrillo contra la acera y los transeúntes con los que se cruzaba pensaban en pretextos y en hijos, pero no en libros ni en suicidios. Orgulloso de su frase, la repitió mentalmente cuatro o cinco veces para no olvidarla, esquivó a duras penas a una sudamericana de su misma estatura que pesaba lo mismo que Shaquille O´Neal y giró hacia la izquierda en busca de su cervecería favorita, el lugar donde más páginas de su libro se habían escrito y, por ello, la primera estación del largo periplo de celebraciones que se le venía encima.

A. García abrió una pequeña puerta de cristal opaco y, tras recorrer la minúscula barra, repleta de botellas de cerveza de las más variadas procedencias, miró las tapas del mostrador (bravas, pinchos, boquerones, morros, olivas y zorza) y saludó a Josep, el dueño, hijo de un maestro de  escuela de Gràcia y de una de tantas andaluzas llegadas en los sesenta a Barcelona con más hambre que estudios, y se sentó en una de las mesas del fondo, junto a la puerta del lavabo. A aquella hora el bar estaba casi vacío. Josep se acercó a la mesa de A. García, que como cada vez que visitaba el local, buscaba el aislamiento observando el póster del equipo del Barça que ganó la Liga en 1985 y recorriéndose la perilla con los dedos de la mano derecha.

– Hoy se te ve contento.

– Acabo de terminar mi libro, no hace ni media hora.

– Felicidades, muchacho. Me debes un ejemplar dedicado.

– A cambio de una cerveza gratis, por supuesto. ¿Sabes, Josep? Creo que tus cervezas me han ayudado mucho a escribir el libro, pero también han contribuido a que haya tardado tanto tiempo en acabarlo.

– Tal vez, pero tengo una solución para eso. Cuando empieces el próximo libro, te vienes aquí cada mañana y te estás ocho o diez horas aquí sentado, escribiendo y bebiendo cerveza. Verás qué pronto lo terminas.

– Acabaré cirrótico y arruinado, ¿no crees?

– Cirrótico tal vez, pero no arruinado.

– ¿Vas a invitarme a todas las cervezas que tome, o irás a currar por mí y me traerás el sueldo a esta mesa?

– Ni una cosa ni otra. Los enormes beneficios de este libro tuyo te pagarán las cervezas del siguiente.

– Qué cabrón eres… En mi próximo libro habrá un relato sobre un barman con mucho sentido del humor al que descuartizan en un ritual satánico. Espero que no te importe que te utilice como modelo…

– Eso es lo que hacía Sharon Stone en Instinto básico, ¿oi?

– Más o menos.

– A ella se lo permitiría, pero tú no eres tan guapo.

– Ya, pero ella después los mataba…

– Después de tirármela me da igual que me mate. ¿Conoces una manera mejor de morir que corriéndote dentro de una hembra como esa?

– Eres un filósofo. El próximo libro lo escribiremos a medias.

– Por cierto, anoche estuvo aquí Rodrigo, ese policía amigo tuyo. Me dijo que hoy se marchaba a Ávila, al entierro de su abuela, y me dio los libros que le prestaste. Los tengo detrás del mostrador, luego te los llevas.

Rodrigo Vera. Policía abulense destinado a Barcelona un mes antes del atentado de Hipercor. A. García lo conoció muchos años después de aquello, una noche en que tres jóvenes le atracaron en un vagón de metro. En el momento de formular la denuncia, los ordenadores no funcionaban y Rodrigo Vera tuvo que recurrir a la vieja Olivetti con la que siempre tropezaba cuando salía del despacho del comisario. Rodrigo era un cuarentón divorciado, huraño y parco en palabras que empleaba su tiempo libre en ir a la piscina, escuchar música clásica (sobre todo Wagner) y leer novela negra, con especial predilección por González Ledesma y Jim Thompson. Fue una novela de este autor, Los timadores, que Vera tenía sobre su mesa, el primer tema de conversación entre ambos. Después vinieron muchos otros diálogos, infinidad de libros prestados y devueltos a su dueño y más de una tertulia cervecera. Al principio, el interés de A. García en Rodrigo era más bien literario (un policía era una fuente inagotable de historias, que tal vez podría aprovechar en alguno de sus futuros libros), pero el tiempo, esa perfecta máquina de crear odios, había permitido que entre el policía y el aprendiz de escritor surgiera una amistad digna de la que iniciaban Renault y Rick al final de Casablanca. Con todo, la primera idea de A. García no quedó del todo en el olvido: dos de las historias incluidas en su recién terminado libro, una sobre un intento de asesinato en un karaoke y otra en la que un hombre encuentra una paz imposible junto a un lago, llegaron hasta él gracias a Rodrigo Vera, que estaba de entierro en Ávila mientras su amigo escritor dudaba entre pedir una Leffe, una Franziskaner o una Grimbergen Cuvée de L´Ermitage  (bendita duda) para relajarse y disfrutar de la satisfacción de no tener deberes que cumplir. Antes de que se decidiera por una de las cervezas, apareció en el bar una mujer, de pelo negro y apariencia extremadamente sexy, que llevaba puesto un vestido rojo calcado al que lucía Jennifer López en Giro al infierno. Se dirigió, con ese andar lento, decidido y sinuoso propio de las mujeres que han nacido para desquiciar a los hombres, hacia la mesa que ocupaba A. García y, sin pedir permiso, se sentó frente a él. Además del vestido, llevaba unos zapatos negros que parecían de Manolo Blahnik. Ninguna otra prenda, si la vista no engañaba a nuestro estupefacto escritor. Todo en ella era lascivia: A. García miró los pechos perfectos y apenas ocultos a sus ojos, olió el perfume (Jean Paul Gaultier, su favorito: agradable, nada estridente pero duradero, de esos que te multiplican las erecciones durante el tiempo que su aroma permanece en tus sábanas) que emanaba de su piel e imaginó a sus dilapidados espermatozoides corriendo felices a través de aquel paradisíaco tranvía ovárico. La voz, susurrante pero autoritaria, de aquella explosión de sexo caída del cielo (Kelly Le Brock era una carmelita descalza al lado de ese personaje de Manara de carne y hueso), le sacó de su ensimismamiento:

– Dos Franziskaner, por favor.

Luego, dirigiéndose a A. García, ahora al borde de la taquicardia, esbozó una risita sarcástica y exclamó:

– ¡Ya era hora, muchacho! ¡Por fin has acabado tu libro! Ahora ya podemos hablar de negocios.

– ¿Y usted cómo sabe que yo…?- acertó a decir A. García.

– Lo sé porque he estado detrás de ti desde que empezaste a escribirlo, tío, desde que aquella puta cigarra me dijo: “hay un joven escritor pajillero que promete honrarte en sus libros”. ¿Me invitas a un cigarrillo?

– Sí… cómo no.

– Gracias. Qué marca más rara. ¿Es negro?

– No, rubio.

– Mejor, el tabaco negro me hace toser de mala manera. Mi último escritor fumaba Ducados como un poseso y casi acaba conmigo. Pues sí, me ha costado lo mío, pero por fin tienes tu libro.

– Disculpe… ¿ha dicho: “ME ha costado”?

– Eso he dicho. ¿ No creerás que el libro lo has escrito tú?

– Eso creo, sí.

– ¡Joder, qué egocéntricos sois los escritores! Bueno, siendo justos, digamos que tú has puesto la mano de obra.

– Y si no lo he escrito yo, ¿quién lo ha hecho?

– El negro de Ana Rosa Quintana, si te parece… Veo que eres otro de esos ingenuos presuntuosos que se ha creído la milonga esa de Poe de que la escritura de un poema es una operación de la inteligencia. Perdona que te diga pero, si así fuera, tu libro no habría pasado jamás del primer relato.

– Muchas gracias.

– No te lo tomes como algo personal, os pasa a casi todos. Os creéis dioses y no sois más que médiums. Al menos tú sabes algo acerca de las musas, espero que eso me ayude a convencerte.

– Lo que usted diga, pero es que mi libro es bastante autobiográfico y…

– ¿Y quién crees que ha elegido los capítulos de tu patética y anodina existencia que merecía la pena narrar? ¿O la manera en que debían ser narrados? ¿O toda la sarta de mentiras, perdón, licencias poéticas, que aparecen en cada página de tu libro? ¿Qué crees que es eso que llamáis talento? ¿Nunca te has parado a pensar por qué no tienes el mismo talento para hablar en público, jugar al fútbol, cocinar una paella o atarte los zapatos?

– Cientos de veces, en especial la parte de jugar al fútbol.

– Y, por supuesto, nunca has llegado a una conclusión decente porque tu obtuso y cuadriculado cerebro se niega a reconocer mi existencia. Bien, pues ahora que me tienes delante veamos cómo puedes ignorar que existo.

– De acuerdo, no he escrito mi novela o, mejor dicho, la he escrito bajo su inspiración. Pero, ya puestos, ¿no podría haberme inspirado algo como Viaje al fin de la noche o Crimen y castigo?

– Oye, que sólo soy una musa, no la virgen de Fátima. Además, si os hiciésemos escribir cosas inverosímiles perderíais la ilusión de creer que no existimos.

– No sé, de no ser porque fuera de este bar nadie sabe que he terminado el libro, pensaría que esto es parte de uno de esos programas de cámara oculta.

– Demasiada tele y mucho desconocimiento de los clásicos es lo que veo en ti, muchacho. Bien, si no crees lo que te digo, qué mejor que hacerte una demostración práctica. Coge algunas servilletas, vamos a parir un relato.

– No tengo bolígrafo.

– Pues ve a la barra y pide uno. De paso, fíjate bien en la mujer que hay sentada junto a la puerta.

Obediente, A. García habló con Josep (“qué tía más buena, voy a tener que hacerme escritor”) y regresó a su mesa con un bolígrafo en la mano y no sin haber dado un breve pero intenso vistazo a la mujer a la que le habían ordenado observar.

– Bien, háblame de la mujer.

– No sabría definirla… no es joven ni vieja, ni guapa ni fea, ni gorda ni delgada, ni alta ni baja… el pelo es rubio, pero no es un rubio natural…

– ¿Y no te parece muy definitorio que alguien que inventa (es un decir, bueno, tú ya me entiendes) historias a partir de la observación de lo ajeno, no sea capaz de definirla a primera vista?

– Creo que te sigo. La indefinición en ella es un rasgo diferencial.

– Bien, pero no te quedes ahí. Fíjate en su ropa. ¿Qué te sugiere?

– El abrigo no lo acabo de ver bien, pero parece un tres cuartos de cuero… las botas son también de cuero negro… los pantalones son negros… una amiga mía tenía unos muy parecidos, de Armani… la camisa es blanca, muy normalita… y parece más nueva que el resto de prendas.

– Así es, la ropa cara es más vieja que la barata, lo que indica que esta mujer ha vivido tiempos mejores. Piensa que con la ropa la gente muestra lo que quiere ser, el modo en que quiere que los demás la vean. El cuero negro… ¿qué te sugiere?

– Me hace recordar a Catwoman.

-No me jodas, que tú eres un guarro y un chico leído.

– El sado.

– Bingo. Ahora fíjate en su cara.

– Tiene un rostro agradable, parece buena persona.

– ¿Crees que su cara hace juego con su ropa?

– En absoluto, el vestuario la endurece.

– Su cara es agradable, como tú dices, pero tiene un punto melifluo que la hace parecer blanda, débil. La ropa pretende sugerir todo lo contrario.

– De acuerdo, tenemos a una persona que trata de ocultar su debilidad, o su bondad natural, bajo un disfraz de dominátrix. Es el signo de los tiempos.

– No es un mal personaje, ¿no crees?

-Podría hacerse algo con él, sí.

– Ya lo estamos haciendo, cenutrio. Podría vestir como una dominátrix no como pose o para ocultar algo, sino porque realmente ése sea su oficio.

– O lo hubiera sido, de ahí que la ropa más sado, por decirlo así, sea más vieja y se vea más gastada que la otra.

– No está mal, empiezo a pensar que no te faltó tanto yodo durante la infancia como creía. Dale un pasado, porque se ve a la legua que no es un  ama vocacional, sino alguien que llegó al sadomasoquismo de rebote, explica sus días de gloria y, sobre todo, céntrate en describir cómo y por qué los dejó escapar.

– También puede no haberlos perdido…

– Otro blandengue… te cargarías la historia por completo. Si haces lo que te digo y te documentas un poco podría llegar a ser una buena historia. Además, no colaría, nuestros relatos son casi siempre relatos de derrota. Jugadores de básquet que fallan el tiro decisivo, tipos que cenan latas de callos en Nochebuena… normal, la derrota es algo que has visto siempre.

– Entonces la historia es fácil. No era un ama vocacional y su bondad, o su debilidad tal vez, la hacía sufrir cuando maltrataba a la gente.

– Demasiado sencillo. Piensa que en el sado siempre hay acuerdo entre ama y esclavo, y que el placer es mutuo: hay castigo pero nunca tortura, no lo olvides. El sumiso siente placer al provocar el de su ama, pero busca que ésta no lo obtenga a su capricho, sino de la forma que él necesita para conseguir su propio placer. Se trata una relación de poder, como lo son todas las relaciones humanas, pero tal vez más explícita. Y, como en toda relación humana, los papeles de amo y esclavo no son tan claros como podría parecer a simple vista.

– Te veo muy versada en el tema.

– Es que colaboré un poco en las memorias de Dómina Zara, criatura. Ahora toma unas cuantas notas en esas servilletas, haz lo que te he dicho y tal vez tengas una historia decente para tu segundo libro… o mejor, podrías escribirla ahora y eliminar el relato de los muebles. Ése no nos quedó bien.

– Yo no creo que ese relato sobre.

– Yo sí. Ese día tenía la regla, y como comprenderás no estaba muy por la labor.

– Podría hacerle unos retoques… me gustaría mantenerlo, aunque sólo fuera por su curiosa lectura subliminal.

– Haz lo que te plazca. Total, será a ti a quien despedacen los críticos.

– ¿Otro cigarrillo?

– Por supuesto, ahora que he conseguido que reconozcas mi existencia tendríamos que hablar de negocios. Me gusta fumar cuando hablo de negocios.

– ¿Negocios?

– Los tiempos cambian, muchacho. No creerás que mi inspiración es gratis, ¿verdad?

– Ya no sé muy bien qué creo o dejo de creer. ¿Qué quieres?

– Pongamos la mitad de lo que ingreses en concepto de derechos de autor, que una también tiene sus vicios. Ah, y la mitad de lo que ganes en premios, suponiendo que te den alguno. El otro 50% del dinero y la posible gloria son tuyos. ¿Te parece bien?

– Me parece justo. Por mí, trato hecho.

– Pues no se hable más. La próxima cerveza la pago yo.

– Otra cosa. Ya que estamos, y que nos conocemos tanto, ¿qué te parece si subimos a mi piso y echamos un polvo?

– Tu ternura me encandila… La respuesta, por el momento, es no. Tal vez cambie de opinión cuando escribas el próximo libro.

 

2 Responses to LA ÚLTIMA

  1. juanki says:

    Buenas de nuevo, don Alfredo,

    ¿no piensa colgar más relatos en este apartado? Eso si, agradecería que no se extendiese tanto, ya que los leo en el trabajo.

    Gracias por su contribución social.

    Su siempre nunca,

    Juan Ki.

    • alfredo says:

      Se le saluda. Así va el país, con el personal leyendo mis relatos en el curro en vez de contribuyendo a que la recuperación económica deje de ser invisible. Entrando en materia, no tengo previsto publicar nuevos relatos, ni largos ni cortos. Lo de escribir ficción por ahora no me viene. Salud.

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