NYMPHOMANIAC

NYMPHOMANIAC (VOL. 1 & 2). 2013. 232´. B/N-Color.

Dirección : Lars Von Trier; Guión: Lars Von Trier; Director de fotografía : Manuel Alberto Claro;  Montaje: Molly M. Stensgaard, Morten Hojbjerg; Diseño de producción: Simone Grau; Música: J.S. Bach, Rammstein, Richard Wagner, miscelánea. Dirección artística: Alexander Scherer; Producción: Louise Vesth, Marianne Slot y Bert Hamelinck, para  Zentropa Entertainments, Slot Machine, Zentropa International Köln, Heimat Film, Film i Vast, Caviar Films, Les Films du Losange, Concorde Filmverleih, Artificial Eye (Francia,Alemania, Suecia, Dinamarca).

Intérpretes: Charlotte Gainsb0urg (Joe); Stellan Skarsgard (Seligman); Stacy Martin (Joven Joe); Shia LaBeouf (Jerôme); Christian Slater (Padre de Joe); Uma Thurman (Mrs. H); Sophie Kennedy Clark (B); Connie Nielsen (Madre de Joe); Jamie Bell (K); Willem Dafoe (L); Mia Goth (P); Caroline Goodall (Psicóloga); Michael Pas (Jerôme adulto); Ananya Berg (Joe a los 10 años); Nicholas Bro (F); Christian Gade Bjerrud (G); Anders Hove, Clayton Nemrow, Saskia Reeves, Jens Albinus, Tomas Spencer, Felicity Gilbert, Hugo Speer, Udo Kier, Jean-Marc Barr, Kate Ashfield, Laura Christensen, Shanti Roney.

Sinopsis: Un hombre solterón, que vive junto a un callejón solitario, recoge a una mujer herida y casi inconsciente. Ella le cuenta su historia mientras se repone de la paliza recibida.

Un par de avisos antes de entrar en materia: esta reseña engloba las dos partes de la película, que fueron estrenadas con varias semanas de diferencia en las salas de cine. Servidor, como también hizo con Kill Bill, ha esperado el tiempo necesario para ver la obra completa… o casi, porque, como casi todo el resto de los mortales, este humilde bloguero no ha tenido acceso al montaje original, de unas cinco horas y media de duración, sino a la versión estrenada, realizada con el consentimiento pero no con la participación del director, y que en total dura unas cuatro horas.

Ya lo he escrito otras veces, pero lo repetiré una vez más, porque toca: ver una película dirigida por Lars Von Trier es siempre una experiencia. En este caso, puedo jurar que ha sido intensa. El director danés no sólo no rehúye la polémica, sino que la busca; busca conmover al espectador, provocarle emociones fuertes. Desde luego, Nymphomaniac está llena de ellas. La obra parte de la misma premisa que un film tan distinto a ella como El hombre que pudo reinar: una persona le explica a otra sus aventuras… que en este caso son, mayoritariamente, de índole sexual. Seligman recoge a Joe, que yace, golpeada y semiinconsciente, en un callejón bajo la lluvia. La lleva a su casa, y ella le explica cómo ha llegado hasta allí, empezando por el principio, por su infancia. Estamos ante el auténtico Diario de una ninfómana: un relato crudo, sin concesiones, siempre oscilante entre el humor negro y el negro sin humor. Von Trier se sirve del mismo (y brillante) equipo técnico de Melancolía para meterse en el lado más oscuro y visceral de las adicciones, en este caso al sexo. Muy explícito en lo descriptivo, pero no tanto en las imágenes, pese a todo lo publicado al respecto. Más que ante un film pornográfico al uso, estamos ante la crónica de un descenso a los infiernos de la adicción, en el que una mujer expone sus vivencias, en muchos casos extremas y de visión desagradable, a un interlocutor culto que pone el contrapunto a la historia y, en cierto modo, le da sentido y continuidad. Como siempre en Von Trier, se nota la influencia de Tarkovski, sobre todo en ese espejo tapado que destaca en una escena que parece la antesala a ese piadoso pasaje bíblico que dice: “Y si tu ojo te induce al pecado, arráncalo de ti”. Pecado, culpa y expiación son conceptos omnipresentes. Estamos, no obstante, ante el film más pasoliniano de Von Trier: por su estructura, recuerda a Las mil y una noches. Por lo que cuenta, y por cómo lo cuenta, hay mucho más del Pasolini de Salò y los 120 días de Sodoma. A este respecto, no cabe olvidar que Von Trier es un buen conocedor de la obra del autor que inspiró esa película, que no es otro que el Marqués de Sade. Hay una compulsión que todo lo puede, y una mujer que vive por y para ella. Hay también un cineasta con un gran talento visual: basta con ver cómo retrata los árboles, las montañas, y también los callejones oscuros y las impersonales habitaciones en las que la protagonista se entrega a sus placeres. O a su tortura. Y hay, desde luego, mucha reflexión: el director tiene tiempo para exponer (y, en parte, justificar) esas opiniones sobre los judíos que le hicieron acreedor de un bastante comprensible rechazo público, y un apunte sobre la pedofilia que vale la película entera, pues está lleno de lucidez y valentía intelectual.

El film se divide en ocho capítulos, que arrancan en una niñez marcada por el cariño hacia el padre y el desprecio hacia la madre, fría y distante. Aunque aparece muy avanzado el metraje, la visión de Mesalina y la ramera de Babilonia es lo que de verdad explica lo que viene después: la adolescente que rechaza visceralmente el amor y se entrega al sexo desenfrenado. Un hombre aparece una y otra vez en la historia: Jerôme, el primer profanador del coño, luego jefe, después pareja y padre, y por último el gran agresor, el agraviado que se venga en lo más sagrado, en la esperanza de futuro y, quizá, de redención. Una vez más, un personaje femenino de Von Trier es castigado en (y por) su bondad, dando paso a un final que es, desde mi punto de vista, lo peor resuelto de la película. Seligman, el hombre culto que escucha sin aprobar ni escandalizarse, es el imprescindible punto de apoyo en el que se sostienen Joe y la película. Von Trier no es, desde luego, un tipo de términos medios: Nymphomaniac busca la reacción visceral del espectador, en la aceptación o en el rechazo, y el director no vacila en mostrar de un modo muy gráfico los aspectos más sórdidos de la sexualidad y, por extensión, de la mente humana. Hay muchas escenas brillantes, pero destaco por encima de todas, por su tono de tragedia bufa, aquella en la que se dan cita en el apartamento de la protagonista el señor y la señora H, los tres hijos pequeños de la pareja, Joe, y uno de sus multiples amantes.

Para mi gusto, la primera parte es excelente. En la segunda hay más altibajos, y situaciones que se repiten, además de, reitero, un final francamente mejorable, en el que se diría que, por no traicionarse a sí mismo, Von Trier cae en el autocliché. Cineasta genial y desmesurado, egomaníaco y de mente aguda y retorcida, el danés se apoya, una vez más, en un excelente plantel de actores, encabezado por su nueva musa Charlotte Gainsbourg, que interpreta de forma soberbia a la Joe adulta. Tanto si se trata de grandes actores, como Stellan Skarsgard o Willem Dafoe, de intérpretes más discretos como Shia LaBeouf o Christian Slater, o de caras nuevas como Stacy Martin (valiente y muy acertada en el papel de la joven Joe) o Mia Goth, es de destacar la capacidad del director para exprimirles al máximo y sacar lo mejor de todos ellos. Además de la presencia de dos rostros habituales, y siempre eficaces, como Udo Kier y Jean-Marc Barr (que intervienen, respectivamente, en la escena de comicidad más perversa, y en una de las de mayor intensidad dramática de la película), es de recibo alabar las interpretaciones de Jamie Bell, muy inquietante en un rol opuesto al del joven bailarín que le dio la fama, y de Uma Thurman, cuya aparición está entre lo mejor del film.

La comparación con Salò no es un capricho, ni un invento: Nymphomaniac es una película dura, no apta para todos los gustos, ni para todos los estómagos. Absténganse los seres sensibles. Aquí, el sexo, más que excitar, duele y deprime. Pero uno llevaba años sin ver una película que proporcione tantos elementos de debate como este tour de force de un director tan brillante como controvertido. Sólo por eso vale la pena ver la película, pero sin duda cualquier cinéfilo sin prejuicios encontrará en ella muchos otros motivos de disfrute.

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