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LA PENÚLTIMA

Nueva píldora. Para adictos a las promesas incumplidas.

MALOS TIEMPOS PARA LA LÍRICA

Recuerdo a una mujer que fue importante en mi vida y que se llamaba Silvia. Ella me enseñó muchas cosas: que las mujeres poseen una capacidad para la actuación digna de envidia, que, como dijo James Coburn, entre lo que uno quiere y lo que a uno le dan hay grandes diferencias, que mis relaciones con su género iban a ser de todo menos sencillas y que las personas se dividen entre las que se quedan igual cuando escuchan a Frank Sinatra o a Billie Holiday, y las que no.

Ella era cantante, y adoraba el jazz en una época en la que yo coleccionaba discos de Judas Priest y Motorhead. A pesar de eso, no tardé en darme cuenta de que Silvia, además de tocar el piano de una forma más que correcta, llevaba camino de convertirse en una excelente vocalista. Como yo era su único amigo capaz de escribir cuatro frases seguidas con un mínimo sentido y escasas faltas de ortografía, Silvia me pidió que le escribiera algunas letras, pero las pocas que hice eran tan horribles que ni siquiera llegué a dárselas. Luego, la vida nos mandó por caminos distintos, que sólo se cruzaban cuando leía su nombre en las agendas de conciertos que publicaban los diarios.

Una noche fui a uno de esos conciertos. Para entonces, mi casa se había llenado de discos de jazz de todas las épocas y estilos, mis ojos necesitaban cristales para poder ver bien el mundo y un par de libros empezaban a cocerse en mi cabeza. El concierto me resultó decepcionante: Silvia seguía cantando técnicamente muy bien, pero su interpretación me pareció mecánica, sin alma ni personalidad propia. Me preguntaba, y le pregunté en cuanto tuve ocasión, qué sentido tiene cantar standards a la manera en que lo hacía Ella Fitzgerald cincuenta o sesenta años atrás.

– Prefiero hacer esto a intentar reinterpretar un clásico sin tener el suficiente talento y destrozarlo – me contestó Silvia.

– También puedes cantar esas canciones y al mismo tiempo incluir temas propios, o cosas más heterodoxas… y no me refiero a versiones jazzísticas de temas de Sting- insistí.

– Tío, yo adoro las canciones que canto, y sé que las canto bien. Mañana podría montar un grupo tipo La Oreja de Van Gogh, y pasado mañana salir en los 40 Principales, pero me moriría de asco.

– Silvia – dije antes de despedirme- tengo la sensación de que hablamos idiomas distintos.

Después de aquello fui a otros dos o tres conciertos de Silvia, llevándome a casa la misma sensación que en el primero. Luego, ella desapareció del mapa y no volví a verla durante un par de años.  Me reencontré con ella un día de Sant Esteve, en el metro. Me explicó que se había convertido en esposa y madre, y que eso la había mantenido algo alejada de la música.

– Lo último que he hecho – me dijo- ha sido meter unos coros en un par de discos de Operación Triunfo, pero mejor hablemos de otra cosa. Y a ti, ¿cómo te va?

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