LA MEJOR OFERTA

LA MIGLIORE OFFERTA/BEST OFFER. 2012. 126´. Color.

Dirección: Giuseppe Tornatore; Guión: Giuseppe Tornatore; Dirección de fotografía: Fabio Zamarion;  Montaje: Massimo Quaglia; Música: Ennio Morricone;  Diseño de producción: Maurizio Sabatini; Dirección artística: Andrea Di Palma; Decorados: Raffaella Giovanetti; Producción: Arturo Paglia e Isabella Cocuzza, para Paco Cinematografica (Italia).

Intérpretes: Geoffrey Rush (Virgil Oldman); Jim Sturgess (Robert); Sylvia Hoeks (Claire); Donald Sutherland (Billy); Philip Jackson (Fred); Dermot Crowley (Lambert); Kruna Stamell (Mujer del bar); Liya Kebede (Sarah); John Benfield, Sylvia De Fanti, Miles Richardson, Laurence Belgrave.

Sinopsis: Virgil Oldman es un reputado subastador y experto en arte. Extremadamente minucioso, vive solo y evita el contacto con los demás, en especial con las mujeres. Un día recibe una llamada de una joven heredera, que padece agorafobia, para que visite la villa en la que ella vive recluida y catalogue las obras de arte que allí se encuentran.

Giuseppe Tornatore es uno de esos directores marcados por una película, que en su caso es Cinema Paradiso. Su obra posterior jamás ha llegado a los niveles de calidad y éxito de aquel ya mítico film, aunque a mí me gustaron muchas cosas de La leyenda del pianista del océano. Por eso, he visto La mejor oferta sin demasiadas expectativas, aunque animado por los comentarios elogiosos de algunos críticos con cuyo criterio suelo coincidir. He de darles la razón, porque a nivel cinematográfico este film de Tornatore es un triunfo absoluto.

Para empezar, la película es muy diferente a gran parte de lo que ofrece la cartelera actual, cosa que de entrada despierta las simpatías del cinéfilo. Destaca por su refinamiento y buen gusto, y desde el principio crea una atmósfera que engancha al espectador. Interesa la vida de un hombre tan experto en obras de arte como reacio a las relaciones humanas, metódico, elegante, frío. Y corrupto, pues se vale de la ayuda de su único amigo, un pintor fracasado, para arreglar las subastas que organiza y conseguir, a buen precio, engrandecer su impresionante colección de retratos femeninos. Sin embargo, a Virgil Oldman, más que la codicia, le mueve el amor, el inmenso disfrute que siente al contemplar la belleza que se encierra en los cuadros que posee. Quienes sean coleccionistas no necesitan mayor explicación. Por eso, el experto tasador no puede reprimir, primero la curiosidad y más tarde el interés, cuando una joven y caprichosa heredera requiere sus servicios para catalogar las obras que atesora la enorme y decadente villa en la que vive. Oldman, el viejo solitario, no tarda en descubrir que Claire, la heredera, es en realidad una enferma de agorafobia que rehúye todo contacto humano y lleva más de una década recluida, por su propia voluntad, en una estancia de la villa. De un modo paulatino pero inexorable, el interés de Oldman se centra en la persona, más que en los valiosos objetos, pero en el trato humano Virgil es un ser del todo inexperto.

Tornatore, por lo general un director proclive al chantaje emocional y al sentimentalismo barato, crea aquí una obra llena de sensibilidad, de matices, de detalles en absoluto superfluos, cargada de emociones auténticas… incluso cuando son falsas. Las reminiscencias hitchcockianas no son pocas, pero no se cita aquí el nombre del maestro en vano. La intriga funciona, pese a algunas inconsistencias (localizadas sobre todo en el tercio final de la película) en un guión por lo demás muy bueno; el desarrollo de la acción me resulta coherente y los personajes, empezando por el principal, están bien definidos. En el trabajo de producción y en la puesta en escena se mezclan de forma admirable la elegancia (da la sensación de que se han aprovechado muy bien los recursos disponibles, gracias al trabajo de Maurizio Sabatini) y la decadencia: la escena en la que se ve por primera vez a Oldman en su bunker es magnífica en todos sus elementos, y lo mismo puede decirse de la escena final, rodada en un ciudad que tuve la suerte de visitar hace unos años. Destacar el vestuario diseñado por un hombre que es sinónimo de clase y estilo, Giorgio Armani, y el placer que produce comprobar que el maestro Ennio Morricone está en buena forma. Su partitura es tan reconocible como maravillosa, y su encaje con las imágenes recuerda a veces al que alcanzó en los films de Sergio Leone. El trabajo del director sólo es mejorable en un punto: en algunas ocasiones abusa del virtuosismo en los movimientos de cámara, pero a cambio el aprovechamiento de los espacios cerrados, de los escenarios y de ese macguffin que es el autómata, es extraordinario, la labor de un artista hablando de arte. En lo temático, la película trata diferentes aspectos de la existencia. Destaco uno por encima del resto: la constatación de que algunas personas construyen una coraza a su alrededor porque lo que guardan en su interior es demasiado puro, demasiado valioso para el mundo y quienes lo pueblan. Esas personas, dotadas de una sensiblidad superior al resto, suelen encontrar en el arte la mejor manera de cultivarla. Esta gran película nos habla de la atracción por poseer la belleza, de engaños, de soledades y de un hombre que cambia su forma de ser y de actuar para conquistar a una mujer aún más reacia al trato humano que él mismo.

El film se estructura alrededor del personaje protagonista, y tiene el acierto de confiar dicho personaje a un actor mayúsculo, Geoffrey Rush, aquí en una de las cumbres de su carrera. Su Virgil Oldman se ha ganado en dos horas de gracia interpretativa un lugar entre los mejores personajes del cine actual, con esa intensidad contenida sólo al alcance de los grandes. En torno a él, una pareja de jóvenes actores, para mí desconocidos, que aguanta el tipo con dignidad, y un actor de referencia como Donald Sutherland interpretando a un personaje con mucho mayor peso en la historia del que parece a primera vista.

Una película artistica e inteligente, la obra más madura de un Tornatore que aquí ha dado en el clavo. Un film, además, que sirve para reencontrarnos con el mejor cine italiano, inmerso en una profunda crisis después de haber sido, desde la caída de Mussolini hasta los años 80, una de las cinematografías más potentes del mundo en cantidad y calidad. La mejor oferta contiene escenas magníficas, se ve con deleite y sus imágenes perduran hasta mucho después de finalizada la proyección. Lo mismo ocurre con algunos de los temas compuestos por Ennio Morricone. En el panorama actual, un auténtico lujo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *