EL MOTÍN DEL CAINE

THE CAINE MUTINY. 1954. 125´. Color.

Dirección: Edward Dmytryk; Guión: Stanley Roberts, basado en la novela de Herman Wouk. Diálogos adicionales de Michael Blankfort;  Dirección de fotografía: Franz Planer;  Montaje: Henry Batista y William A. Lyon; Música:Max Steiner;  Dirección artística: Cary Odell; Diseño de producción: Rudolph Sternad; Producción: Stanley Kramer, para Columbia Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Humphrey Bogart (Capitán Queeg); José Ferrer (Greenwald); Van Johnson (Maryk); Fred MacMurray (Keefer);  Robert Francis (Willie Keith); Tom Tully (De Vries); E.G. Marshall (Fiscal Challee); Lee Marvin, Claude Akins, May Wynn, Arthur Franz, Jerry Paris, Warner Anderson, Katherine Warren, Steve Brodie, Whit Bissell, James Best.

Sinopsis: En mitad de la Segunda Guerra Mundial, el capitán Queeg es designado para dirigir el Caine, un viejo barco que patrulla las aguas del Pacífico. Muy pronto Queeg da muestras de un carácter inestable, que provoca situaciones de peligro para la tripulación, hasta que ésta le releva de su cargo. La justicia militar se encargará de averiguar si ese acto puede ser considerado un motín, o si en cambio fue imprescindible para salvaguardar la seguridad del barco y de sus tripulantes.

El productor Stanley Kramer, que ya tenía algunos éxitos en su haber y pronto emprendería una interesante carrera como director, compró los derechos de una novela, premiada con el Pulitzer, en la que se narraba un hecho inédito en los Estados Unidos: el relevo del capitán de un navío de guerra, en pleno conflicto en el Pacífico, llevado a cabo por sus propios oficiales. Para dirigir la adaptación cinematográfica, Kramer contrató a Edward Dmytryk, cineasta que fue uno de los Diez de Hollywood y que, tras unos meses en la cárcel, se convirtió en delator de izquierdistas para McCarthy y sus esbirros.

El motín del Caine, película notable en muchos aspectos, es una buena muestra de lo complicado que resulta estar con Dios y el diablo al mismo tiempo, y se resiente del exceso de manos y cerebros que intervinieron en ella. Para empezar, se introdujo (se deduce que por parte del productor, para darle al film mayores posibilidades comerciales y, de paso, promocionar a la cantante/actriz May Wynn) una historia de amor que no aporta absolutamente nada y que debió ser eliminada sin miramientos del montaje final. En segundo lugar, la película necesitaba para su realización contar con el beneplácito de la Marina estadounidense, lo que sin duda influyó en su mensaje, especialmente en una parte final algo confusa y cuyo discurso concuerda mal con lo que se nos ha explicado hasta entonces. Como decía, es difícil explicar la historia de un capitán de la Marina, relevado de su puesto por su carácter inestable y paranoico, de una forma que satisfaga el concepto de sí misma como emblema del patriotismo que tiene la US Navy.

La historia es sencilla: un joven oficial, todo un niño de mamá, es asignado, nada más licenciarse en la Academia, al Caine, un viejo barco de guerra que desempeña labores secundarias en el Pacífico. La tripulación del barco vive una vida cómoda al mando del capitán DeVries, y es poco amiga de la disciplina. Todo cambia cuando DeVries es relevado por el capitán Queeg, un hombre estricto y amante del estricto cumplimiento de las ordenanzas. Su actitud y sus métodos, al principio bien recibidos por quienes pensaban que en el barco faltaba disciplina, no tardan en ser discutidos por oficiales y marineros. La inestabilidad mental que progresivamente demuestra Queeg, así como sus poco atinadas órdenes en situaciones de riesgo, llevan a la oficialidad a plantearse el relevo, que se materializa en mitad de un temporal que amenaza con hundir el barco. ¿Motín, o simple sustitución de una persona incapacitada para llevar el mando?

Drama bélico-judicial, El motín del Caine está rodada con la eficacia que caracteriza a Dmytryk. Algunas imágenes reales intercaladas chirrían un poco a la vista, pero en general el film es visualmente brillante, sobre todo en las escenas del temporal en que la acción llega a su clímax. Si antes he reprochado a Kramer alguna innecesaria concesión a lo comercial, justo es reconocer que proporcionó al director medios técnicos y humanos en consonancia con el gran éxito que se esperaba conseguir. La presencia de Franz Planer, el cameraman favorito de Audrey Hepburn, al igual que la de Max Steiner en la banda sonora, es sinónimo de calidad. La progresión dramática es continua, a partir de un comienzo tópico y de unas primeras escenas navales con un tono casi de comedia, que desaparece en cuanto Queeg entra en escena, cosa que ocurre a los 25 minutos de metraje, hecho inusual tratándose del personaje protagonista del film. Con una duración de entre 105 y 110 minutos estaríamos hablando de un film excelente, quizá del mejor de un director a quien siempre le faltó una pizca de genio para llegar a la primera fila, pero aquí la tijera no intervino todo lo que le correspondía.

Al frente del reparto, un Humphrey Bogart que demuestra que, más allá del mito, en él vivía un actor de cualidades nada despreciables. Se diría que el personaje de Queeg, un paranoico obsesionado con el cumplimiento de las reglas, no le resulta en exceso simpático, o al menos Bogart nunca da la sensación de esforzarse en humanizarlo. Eso lo hacen otros personajes, como por ejemplo el del letrado militar José Ferrer, cuya función en el film parece ser decir todo aquello que la Marina quería oír. Ferrer cumple, como gran actor que es, aunque creo que su personaje, que sólo aparece en las escenas del juicio, resta coherencia al discurso planteado. Lo mismo cabe decir de la evolución del personaje de Keefer, interpretado por otro actor carismático, Fred MacMurray, que pasa de ser un intelectual, lúcido y dotado de un cáustico sentido del humor, a convertirse en poco menos que un traidor. Con todo, él y Bogart son lo mejor del elenco. Van Johnson, actor que nunca fue nada del otro mundo, hace lo que puede, mientras que a Robert Francis, el joven alférez cuya historia es la que realmente se cuenta, la película le viene bastante grande. Muy buenas apariciones de E.G. Marshall y Tom Tully, poco aprovechada la de Lee Marvin, e innecesaria la de una May Wynn dueña, eso sí, de una bonita voz.

Podría haber sido una obra maestra, o al menos la mejor película de Dmytryk, pero le falta un peldaño para serlo. Aún así, un clásico, del que Michael Caine tomó su apellido artístico y que ha sobrevivido francamente bien al paso del tiempo, quizá porque el tema que aborda (¿hay que obedecer a ciegas a la autoridad, o a veces es necesario rebelarse y sustituirla?) nunca ha dejado de tener interés.

2 Responses to EL MOTÍN DEL CAINE

  1. FRANCISCO RUIZ ALBA says:

    MUY BUENA PELICULA CON UN GRAN ARGUMENTO Y EXCELENTE MUSICA MILITAR DE FONDO DEL INOLVIDABLE MAX STEINER. GUARDO UN GRATO RECUERDO DE ELLA.

    • alfredo says:

      Estoy de acuerdo. Una de esas películas que está bien revisar cada cierto tiempo.

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