BAILAR EN LA OSCURIDAD

DANCER IN THE DARK. 2000. 139´. Color.

Dirección: Lars Von Trier; Guión: Lars Von Trier;  Dirección de fotografía: Robby Müller;  Montaje: François Gedigier y Molly Marlene Stensgaard; Música: Björk;  Diseño de producción: Karl Juliusson; Dirección artística: Peter Grant; Coreografía: Vincent Paterson; Producción: Vibeke Windelov, para Zentropa Entertainments-Trust Film Svenska- Film i Väst- Liberator Productions (Dinamarca-Suecia-Islandia).

Intérpretes: Björk (Selma Jezkova); Catherine Deneuve (Kathy); David Morse (Bill Houston); Peter Stormare (Jeff); Cara Seymour (Linda Houston); Joel Grey (Oldrich Novy); Vladica Kostic (Gene); Jean-Marc Barr (Norman); Vincent Paterson (Samuel); Siobhan Fallon (Brenda); Udo Kier (Dr. Porkorny); Zeljko Ivanek (Fiscal); Jens Albinus, Noah Lazarus, Luke Reilly, Stellan Skarsgard, Sean-Michael Smith, Paprika Steen.

Sinopsis: Selma es una joven obrera checoslovaca que ha emigrado a Estados Unidos. Sufre una enfermedad visual congénita que la está dejando ciega, y que también padece su hijo, Gene. Selma, que es un ser inocente hasta la candidez que, cuando las cosas se ponen difíciles, sueña que es la protagonista de un musical, ahorra todo lo que puede para pagar la operación que ha de salvar a su hijo de la ceguera.

Un lustro después de ser el principal artífice del manifiesto Dogma, Lars Von Trier dirigió un musical, pese a que uno de los puntos del decálogo prohibía realizar películas de género. No obstante, esta incoherencia dio como resultado el film más premiado y reconocido del director danés, que no el mejor pese a la Palma de Oro obtenida en Cannes. En cierto modo, puede decirse que Bailar en la oscuridad es un antimusical, pues, como dice su protagonista en una de las escenas cumbre, “en los musicales nunca pasan cosas malas” (lo cual sería cierto si un tal Bob Fosse jamás hubiera existido). En todo caso, es una película fundamental en la filmografía del danés, un Von Trier en estado puro, para lo bueno y para lo malo.

Buen conocedor de la obra de Andrei Tarkovski, el director más controvertido del actual panorama cinematográfico aborda en esta película el tema que dio título al último largometraje del cineasta ruso: el sacrificio. Bailar en la oscuridad es, en síntesis, la historia de un ser puro y capaz de sacrificarse por los demás, pero inmerso en un mundo en el que impera el egoísmo. También, en una segunda lectura, una fábula sobre las consecuencias de carecer de esa característica tan importante para la supervivencia en sociedad o, dicho de otra forma, de ser un cordero en un mundo de lobos. Selma es ese cordero, una persona tan bondadosa como escasamente inteligente a la que lo único que le importa es que su hijo escape de la ceguera a la que ella está condenada desde la cuna. Para ello ha viajado hasta los Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, donde Gene podrá recibir la cirugía que necesita para sanar su vista. Allí, la vida de Selma es dura, no sólo porque su enfermedad degenera con rapidez, sino también por la monotonía de su trabajo en una fábrica. Su única vía de escape son los musicales, que adora: después del trabajo participa en los ensayos para representar (protagonizar, para ser exactos) Sonrisas y lágrimas en el pueblo, y en cuanto puede va al cine a ver sus películas favoritas, que son aquellas en las que el baile sustituye a los problemas (dato histórico relevante: en la época de la Gran Depresión, los musicales hacían furor), que es exactamente la forma en la que funciona su propio cerebro. Cuando la realidad se vuelve insoportable, Selma sueña despierta y protagoniza escenas que mezclan sus vivencias con su gran pasión. Así funciona no pocas veces el cerebro humano cuando se trata de hacer soportable el dolor, ya sea utilizando el cine, la música o las drogas. Sin embargo, la vida de la protagonista (al igual que ocurre en las tragedias griegas) se asienta sobre cimientos muy poco sólidos, y un hecho hará que todo se derrumbe: Bill, el policía en cuyo terreno se aloja y a quien paga el alquiler, roba a Selma el dinero que ésta guarda para la operación de su hijo Gene, con la idea de huir de, o por lo menos de retrasar, su propio desahucio. Bill no es un héroe ni un mártir, es una persona normal cuya aparente prosperidad es sólo fachada y cuya ruina económica, que su propia esposa desconoce, es absoluta. Él hace algo tan humano como sacrificar a otros para salvarse a sí mismo. No lo consigue, pero aboca a Selma a afrontar, además de su ya casi completa ceguera, la animadversión de una sociedad que, hasta entonces, se había limitado a ignorarla, tolerarla o, en algunos casos (su amiga Kathy y Jeff, un hombre que está enamorado de Selma y al que ésta rechaza), incluso a ayudarla. La protagonista es una víctima, alguien demasiado débil como para superar tantas desgracias y que, además, está decidida a sacrificar su propia salvación a cambio de obtener la de su hijo.

Todo esto está contado por el mejor y el peor Von Trier: el primero es el cirujano preciso de las miserias humanas, el cineasta capaz de producir un sinfín de imágenes poderosas, el director diestro en introducir números musicales que complementan y no obstaculizan la narración; el segundo es el que se deja llevar por el maniqueísmo, el que llega a irritar con su obsesión por la cámara al hombro y su continuo movimiento, el megalómano que ante todo (a veces, ante lo que la historia necesita) desea el reconocimento incondicional de su genialidad. Al situar la historia en los Estados Unidos (símbolo de la civilización occidental), país que nunca ha visitado a causa de su célebre fobia a los aviones, Von Trier entra a degüello en el funcionamiento de su sistema penal, que entiende más de venganza que de justicia y en el que el factor decisivo, más que tu inocencia o tu culpabilidad, es el dinero de que dispones para pagarte un buen abogado. A veces exagera, casi siempre acierta, pero tampoco supera lo hecho en este campo por cineastas americanos como Tim Robbins o Sidney Lumet. La película, en este y en otros aspectos, conmueve al espectador, aunque se le notan demasiado las ganas de hacerlo.

Junto a Von Trier, el otro gran pilar de la película es Björk, protagonista y autora de las canciones. En este segundo aspecto, el resultado es irregular, con temas que no están entre lo mejor de su repertorio junto a otros excelentes como I´ve seen it all. En el plano interpretativo, la cantante islandesa salió más que airosa de su primera (y única: la intensidad del papel de Selma, junto al tremendo nivel de exigencia que Von Trier impone a sus actores, le quitaron las ganas de perseverar en el séptimo arte) experiencia cinematográfica. Su actuación es tan lograda que resulta imposible pensar en alguien más adecuado para interpretar a Selma. A su lado, una espléndida Catherine Deneuve, cuyo personaje se sitúa en las antípodas del glamour y la gelidez que han caracterizado su carrera, un David Morse siempre capaz de inquietar, y un Peter Stormare que ha de lidiar con el personaje más plano de la función que, además, le obliga a mostrar sus evidentes limitaciones como cantante. Rostros habituales en el cine de Von Trier como Jean-Marc Barr o Udo Kier acompañan al cineasta danés en esta película cuyos logros superan en mucho a sus defectos, y desde luego es de destacar la presencia de todo un icono del musical como Joel Grey, que brilla en la coreografía quizá más prescindible de la película. Bailar en la oscuridad es, en definitiva, una de las obras mayores de un artista que, si de algo está alejado, es de la mediocridad. En mi opinión, no es perfecta por su discutible apuesta visual y porque a veces al director se le va la mano en eso tan necesario para que una obra cale en el espectador como es la manipulación, pero que es sin duda una de las películas imprescindibles del cine europeo contemporáneo.

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