LOS CHICOS DEL CORO

LES CHORISTES. 2004. 95´. Color.

Dirección: Christophe Barratier; Guión: Christophe Barratier y Philippe Lopes-Curval, basado en el guión de la película La cage aux rossignols, escrito por René Wheeler y Nöel-Nöel, según una historia de Georges Chaperot y René Wheeler;  Dirección de fotografía: Jean-Jacques Bouhon, Dominique Gentil y Carlo Varini;  Montaje: Yves Deschamps; Música: Bruno Coulais;  Diseño de producción: François Chauvaud; Dirección artística: Pierre Ferrari; Decorados: Jean-Pierre Gaillot; Producción: Arthur Cohn, Nicolas Muvernay y Jacques Perrin, para Vega Films- Canal +, France 2 Cinéma- Galatée Films- Dan Valley Film AG-Procirep (Francia).

Intérpretes: Gérard Jugnot (Clément Mathieu); François Berléand (Rachin); Kad Merad (Chabert); Jean-Paul Bonnaire (Maxence); Marie Brunel (Violette Morhange); Jean-Baptiste Maunier (Pierre Morhange); Maxence Perrin (Pépinot); Grégory Gatignol (Mondain); Thomas Blumenthal (Corbin); Cyril Bernicot (Le Querrel); Jacques Perrin (Pierre Morhange adulto); Didier Flamand, Simon Fargeot, Carole Weiss.

Sinopsis: A finales de los años 40, un profesor de música en paro llega a un internado para niños conflictivos contratado como vigilante. Partidario de métodos educativos basados en la confianza y el respeto, decide formar un conjunto coral con sus alumnos pese a las reticencias de Rachin, el severo director del centro.

Entre las muchas virtudes de Los chicos del coro no se encuentra, desde luego, la originalidad. Y no sólo porque el film sea un remake de una película rodada en 1945, sino porque el tema del profesor que llega a una escuela dirigida con mano de hierro y se gana a los alumnos con cariño y mano izquierda la hemos visto en docenas de películas de épocas y calidades bien distintas. Eso por no hablar de las notables similitudes (la más obvia la tenemos en el mismo prólogo) que tiene esta película con esa obra de arte llamada Cinema Paradiso. Así que el caramelo nos lo han vendido ya muchas veces. Y sin embargo, lo compro, porque es un caramelo que sabe a vida, a música, a niños que recuperan su infancia y a educación de la buena. Desconfío de las películas nacidas para conmover… salvo que lo consigan, cosa que el film de Barratier hace, en particular en sus escenas finales. También hay motivos extracinematográficos que justifican mi querencia hacia esta película, porque vivo en un país en el que la educación musical, cuyos beneficios para la integración colectiva y el razonamiento abstracto son incuestionables, es ignorada, o maltratada hasta el insulto, día sí y día también. Dicho lo cual, y a la espera de próximos trabajos sobre el gusto por la estupidez que existe al sur de los Pirineos, toca volver a hablar de cine.

El mérito de Los chicos del coro no reside tanto en el qué, sino en el cómo. Ya he dicho que Barratier no nos cuenta nada que no hayamos visto antes, pero de su obra emana una sensibilidad que consigue que lo trillado del camino te la traiga al pairo mientras lo recorres. Lo que se cuenta posee indudables y variados puntos de interés, la música es sublime (nota muy alta para Bruno Coulais y, por supuesto, para esos críos que en verdad cantan como los ángeles) y la factura técnica es funcional, puro realismo, pero inmaculada. La película está bien hecha, el envoltorio no es descuidado. Además, hay que alabar la capacidad de síntesis, escasa en el cine actual: en poco más de hora y media se nos narra una historia completa, rica en detalles y con no pocos personajes de entidad. Cierto que se trata de un film que busca quizá en exceso sensibilizar al espectador, que el personaje del director del Fond de l´Etang resulta demasiado unidimensional y que el margen para la sorpresa es prácticamente nulo. Pero uno simpatiza con las maneras y la entrega de un hombre que se reconoce fracasado, pero que aún así evita conformarse con lo que le viene impuesto y trata de cambiar las cosas. El resto viene de parte de unos niños que ya conocen muy bien el lado más triste de la vida y que, por fin, tienen la oportunidad de ser respetados y valorados, en este caso a través de algo tan noble como la música. Un guía con buena voluntad, que pese a todo no ha perdido el entusiasmo (posiblemente, el valor que degenera más deprisa a medida que uno se interna en la edad adulta), y unos jóvenes a los que por fin se les abre una puerta a la esperanza. De eso va Los chicos del coro, primer largometraje de un director especialmente dado a hablar de la infancia y del que pueden esperarse trabajos de entidad en el futuro.

En el capítulo interpretativo reside una de las razones del éxito del film, ya que todos los intérpretes, niños y adultos, resultan creíbles y nadie desentona. El aspecto físico de Gérard Jugnot es el que uno imagina para el vigilante/profesor Mathieu, y su actuación es notable. Tampoco es mala la de François Bérleand en el papel del rígido director Rachin, pero a él le toca lidiar con el personaje peor construido de la película. No obstante, la clave está en los muchachos (escojo esta palabra recordando una gran película de Louis Malle cuyas huellas también pueden seguirse en ésta): si ellos no convencen, estropean el resultado. Se nota que hay mucho trabajo detrás de esas escenas en las que fácilmente aparecen dos docenas de chavales, y el resultado es más que digno. Dice un tal Michael Caine, seguramente el mejor actor de cine vivo, que uno actúa bien cuando el público no se fija en su interpretación, sino que se interesa por lo que le ocurre a su personaje. Y, desde este punto de vista, Los chicos del coro es una película bien actuada.

Se parece a muchas otras, no es perfecta y más de una vez opta por el camino fácil, pero Les choristes es una película con un encanto especial. Muy bonita, y no lo digo en sentido peyorativo.

 

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