CUENTO DE OTOÑO

CONTE D´AUTOMNE. 1998. 110´. Color.

Dirección: Eric Rohmer; Guión: Eric Rohmer;  Dirección de fotografía: Diane Baratier;  Montaje: Mary Stephen; Música: Claude Marti, Gérard Pansanel, Pierre Peyras y Antonello Salis;  Producción: Françoise Etchegaray, para La Sept Cinéma- Les Films du Losange- Rhône Alpes Cinéma- Sofadinko (Francia).

Intérpretes: Marie Rivière (Isabelle); Béatrice Romand (Magali); Alain Libolt (Gérald); Didier Sandre (Etienne); Alexia Portal (Rosine); Stéphane Darmon, Aurélia Alcaïs, Matthieu Davette.

Sinopsis: Magali es una viticultora viuda, con más de cuarenta años de edad y dos hijos mayores. Su mejor amiga y la novia de su hijo intentan que ella, pese a sus reticencias, encuentre pareja.

Capítulo final de la tetralogía dedicada por Eric Rohmer a las cuatro estaciones, Cuento de otoño es asimismo la última película del cineasta con trasfondo contemporáneo, pues sus tres últimos largometrajes se desarrollan en épocas históricas anteriores. Dicen que los directores con estilo siempre hacen, de una manera u otra, la misma película. Sin ser un gran conocedor de su obra, pues apenas he visto media docena de films suyos, sí puedo decir que, desde este punto de vista, Eric Rohmer es un cineasta con estilo. Y ese estilo, a grandes rasgos, se centra en burgueses de la Francia de provincias que viven unas vidas normales y corrientes, y hablan de lo divino y, sobre todo, de lo humano.

La ecuación está muy clara: si entras en los personajes y sus hechos y reflexiones te resultan próximas, o cuando menos creíbles, te interesarán sus películas. En caso contrario, su cine puede resultar aburrido. A mí, en general, Cuento de otoño me ha interesado. Y ello porque, en primer lugar, disfruto de su luminosidad, de esas vidas acomodadas en las que las necesidades materiales están cubiertas y son las espirituales (en este caso, las sentimentales) las que cobran protagonismo, porque puedo sentir el sabor de esos vinos que endulzan la existencia y, las más de las veces, sentir cierta familiaridad con situaciones como las que viven los personajes de la película. La trama es bien sencilla, a veces demasiado, y la forma de filmar de Rohmer derrocha elegancia y buen gusto. Se nota que el director disfruta retratando a esos personajes, y también filmando una tierra que conoce bien, con el Mont Ventoux, escenario de grandes epopeyas ciclistas, como testigo de fondo. No siempre ese disfrute se contagia, más de una vez el ritmo de la narración resulta excesivamente premioso (en especial, durante el primer cuarto de película), pero está claro que Rohmer sabe filmar, que tiene un universo propio, y el gran privilegio de hacer las películas que quiere.

Como hecho diferencial de Cuento de otoño respecto a la mayoría de films del director cabe reseñar que en éste el protagonismo no se centra en personajes jóvenes, sino de mediana edad. Personajes que, con mayor o menor éxito, han pasado por el matrimonio, han tenido hijos o ya no están en edad de tenerlos, y han vivido vaivenes sentimentales diversos. Isabelle, librera de profesión, disfruta de un matrimonio feliz que ya dura más de dos décadas y está a punto de casar a su hija. Su mejor amiga, Magali, es una viuda centrada en su trabajo de viticultora que prefiere mantenerse alejada de los hombres o, cuanto menos, no hace el menor esfuerzo por conocer a alguno. Rosine, que adora a Magali, vive entre dos hombres: Léon, el hijo de ésta, al que no quiere, y Etienne, su antiguo profesor de filosofía, un cuarentón con gran éxito entre sus alumnas del que también intenta librarse. Mientras Isabelle decide poner un anuncio en el periódico, haciéndose pasar por Magali, para buscarle a ésta pareja, Rosine cree que Etienne y su amiga viticultora pueden estar bien juntos, e intenta conseguir que ambos se conozcan. Todo transcurre de una manera (a veces forzadamente) amable, los conflictos se presentan y resuelven de maneras harto civilizadas y las cosas fluyen apaciblemente, sin sobresaltos (ya he dicho antes que las simpatías de Rohmer hacia sus personajes son evidentes). Pese a algunos de estos factores, que pueden resultar negativos (o directamente aburridos) en una obra de ficción, la trama sentimental se plantea bien, interesa y se sigue con placidez, cosa que no ocurre cuando quienes ocupan la pantalla son el profesor de filosofía y Rosine, para quien él es ya un amor pasado: sus conversaciones son de una pedantería insufrible, que en ocasiones resulta irritante. Por suerte, en la segunda parte del film (claramente la mejor) estos dos personajes pasan de constituir una subtrama propia a converger en la principal, cosa que ayuda no poco a la película, cuyas virtudes no son pocas: un marco geográfico muy agradable a la vista y bastante bien fotografiado, un buen uso de la cámara, unos personajes bien definidos, una narración que en general supera bien los puntuales choques entre la amabilidad y la coherencia, y una lúcida reflexión sobre el amor cuando ya ha pasado la edad del amor (o, para ser más exactos, la del esplendor de los cuerpos y la capacidad de soñar de las mentes) y las segundas oportunidades. Los actores, poco o nada conocidos por quienes no estén familiarizados con el cine de Rohmer, cumplen en general bien por lo que se refiere a los personajes adultos (en especial los femeninos, que son los protagonistas de la función), y bastante peor en el caso de los jóvenes, algunos de los cuales (los dos masculinos, por ejemplo) me parecen flojos. Cuento de otoño no es, desde luego, la mejor película de Eric Rohmer, pero sí una buena manera de aproximarse a su universo cinematográfico.

 

 

 

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *