TRAFFIC

TRAFFIC. 2000. 147´. Color.

Dirección: Steven Soderbergh; Guión: Stephen Gaghan, basado en las miniseries escritas por Simon Moore;  Dirección de fotografía: Steven Soderbergh (acreditado como Peter Andrews);  Montaje: Stephen Mirrione; Música: Cliff Martínez;  Diseño de producción: Philip Messina; Dirección artística: Keith P. Cunningham; Producción: Laura Bickford, Marshall Herskovitz y Edward Zwick,  para IEG-Compulsion Inc.-USA Films (EE.UU.).

Intérpretes: Michael Douglas (Robert Wakefield); Benicio Del Toro (Javier Rodríguez); Don Cheadle (Montel Gordon); Catherine Zeta-Jones (Helena Ayala); Erika Christensen (Caroline Wakefield); Dennis Quaid (Arnie Metzger); Jacob Vargas (Manolo Sánchez); Tomas Milian (General Salazar); Luis Guzmán (Ray Castro);  Miguel Ferrer (Eduardo Ruiz); Topher Grace (Seth Abrahms); Albert Finney (Jefe de gabinete); D.W. Moffett (Jeff Sheridan); James Brolin (General Landry); Steven Bauer (Carlos Ayala); Amy Irving (Barbara Wakefield); Clifton Collins, Jr. (Francisco Flores); Benjamin Bratt (Juan Obregón); José Yenque, Michael O´Neill, Russell G. Jones, John Slattery, Marisol Padilla Sánchez, Jack Conley, Salma Hayek.

Sinopsis: Un juez es designado por el presidente de los Estados Unidos para ser el principal responsable de la lucha contra el narcotráfico, mientras su hija adolescente se convierte en una drogadicta. En México, el policía Javier Rodríguez se ve envuelto en las luchas entre cárteles rivales, que se manifiestan también al otro lado de la frontera con la detención de Eduardo Ruiz, un importante narcotraficante.

Hay dos Steven Soderbergh: el creador de obras personales, a menudo rayanas en lo experimental, y el cineasta al servicio del sistema capaz de ponerse al frente de grandes producciones. Ambos se dan la mano en Traffic, que aúna lo mejor de ambas facetas del director. Por un lado, es una película de gran presupuesto con reparto multiestelar, y por el otro un film con pretensiones, tanto en lo formal como en lo narrativo, que van mucho más allá del mero entretenimiento de masas. Se nos narran, muy en la línea explorada años atrás por Quentin Tarantino en Pulp Fiction, tres historias paralelas: la de un policía mexicano que trata de sobrevivir y hacerse fuerte en un entorno corrupto y dominado por los cárteles, la de un veterano hombre de leyes que es designado por el Presidente como máximo responsable de la lucha antidroga mientas su vida familiar se desmorona, y la de unos agentes estadounidenses empeñados en dar caza a los más poderosos narcotraficantes. Por separado, las historias funcionan, y juntas componen el que quizá sea el más logrado fresco que sobre el mundo del narcotráfico ha dado el cine americano. Todos los actores imprescindibles están aquí: los políticos, los policías que, desde ambos lados de la frontera, intentan combatir la avalancha, los jóvenes que, en su afán por experimentar, acaban cayendo en la adicción y los narcotraficantes, grandes, pequeños y medianos, que día tras día mueven uno de los negocios más lucrativos del mundo. Soderbergh huye del sermón al espectador. Describe, más que califica. Su cámara es testigo, casi nunca juez. “Esto es lo que hay, opinen ustedes”, parece decirnos. Y acierta, pues sobre el tema de las drogas son pocos los discursos que no están construidos desde la hipocresía o desde el desconocimiento.

Arte y espectáculo. Una trama sólida, muy bien llevada durante las casi dos horas y media de metraje, y continuas puntas de interés en un guión que es oro puro. Esto es Traffic, sin duda la mejor película de su director junto a Sexo, mentiras y cintas de vídeo, su impactante debut. De las tres historias, quizá la mejor sea la del policía mexicano Javier Rodríguez, un hombre honesto e inteligente y un superviviente nato en mitad del caos que le rodea. El film empieza con la detención de dos pequeños narcotraficantes por parte de Javier y de su compañero Manolo. Al poco rato, aparece un general del ejército mexicano para hacerse cargo de los detenidos y de la mercancía incautada. En un negocio que mueve tanto dinero, nada es limpio ni claro, ni puede serlo. Con esta introducción, Soderbergh retrata el problema con el narcotráfico en México y marca el tono general de la película. En las escenas mexicanas la fotografía adopta un característico color sepia; en las americanas, la imagen es mucho más nítida. En las historias sobre el narcotráfico que nos cuenta todo es turbio, da igual a qué lado del Río Grande uno se encuentre: las fuerzas del orden, así como las aduaneras, están llenas de hombres a sueldo de los cárteles, que les utilizan en su guerra contra los otros clanes a cambio de llenarles los bolsillos; atrapar a los verdaderos capos de la droga es casi imposible, pues utilizan todo su dinero y su poder para contratar a los mejores abogados, aprovechar las lagunas (no siempre fruto del error) del sistema legal y, desde luego, para eliminar a cualquiera que con su testimonio pueda llevarles a la cárcel. Los policías honestos luchan con una evidente desventaja de medios y están en peligro permanente; y a los políticos, como casi siempre, el problema (que está, desde luego, en la demanda de narcóticos) les supera. Una cosa es cierta, y Soderbergh jamás nos la oculta: si existe una guerra contra las drogas, los que se dedican a ese negocio la están ganando.

Lo que se nos narra es del todo punto creíble, no hay apenas concesiones al efectismo ni demasiados de los aspavientos visuales que lastran otros films del director. Soderbergh nunca dejará de ser un cineasta que quiere que el público se fije en él (que él mismo se encargue de la fotografía no hace más que confirmarlo), pero en Traffic no se excede, y su labor sólo cabe calificarla de brillante. Lo mismo hay que decir del montaje, fundamental en un film de estas características y premiado con un más que merecido Oscar. De todas las películas de Soderbergh, ésta es la que mejor refleja sus virtudes y oculta sus defectos, que los hay tanto es sus films más comerciales como en los experimentales. Traffic es las dos cosas, o ninguna. Y ahí reside la clave de su éxito.

Otros de los puntos fuertes de la película es el reparto. Michael Douglas cumple sin estridencias, y son otros los actores que se llevan la palma: Benicio Del Toro, actor de raza, en una de sus mejores y más contenidas interpretaciones; Don Cheadle, que ya en Boogie Nights dio muestras de sus posibilidades como actor, o Catherine Zeta-Jones, que se beneficia de un personaje riquísimo (su transformación de inocente embarazada en harpía dispuesta a todo para mantener el tren de vida obtenido gracias a la cocaína que vende su marido es encomiable). Destaco también a Erika Christensen, cuya interpretación de la adolescente drogadicta es harto convincente, así como la breve aparición de un actor de la talla de Albert Finney. Excelentes secundarios como Miguel Ferrer o Luis Guzmán aportan fuste a una película imprescindible para quienes deseen ver lo que Steven Soderbergh puede llegar a ser, y pocas veces ha sido.

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