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EL SHOW DE TRUMAN

THE TRUMAN SHOW. 1998. 101´. Color.

Dirección: Peter Weir; Guión: Andrew Niccol;  Dirección de fotografía: Peter Biziou;  Montaje: William Anderson y Lee Smith; Música: Burkhard Dallwitz, Philip Glass;  Diseño de producción: Dennis Gassner; Dirección artística: Richard L. Johnson; Decorados: Nancy Haigh; Producción: Scott Rudin, Adam Schroeder, Edward S. Feldman y Andrew Niccol,  para Paramount Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Jim Carrey (Truman Burbank); Ed Harris (Christof); Laura Linney (Meryl Burbank); Noah Emmerich (Marlon); Natascha McElhone (Lauren/Sylvia Garland); Holland Taylor (Madre de Truman); Brian Delate (Padre de Truman); Paul Giamatti (Director de la sala de control); Philip Baker Hall (Ejecutivo de la cadena de televisión); John Pleshette, O-Lan Jones, Adam Tomei, Philip Glass, Peter Krause.

Sinopsis: Truman Burbank vive una existencia idílica en un pueblo llamado Seahaven, aunque sueña con ir a las islas Fidji y reencontrarse con una chica de la que se enamoró en el instituto. Poco a poco, Truman irá descubriendo que todo en Seahaven gira alrededor de él: desde su mismo nacimiento, toda su vida ha sido televisada en directo y seguida por millones de personas en todo el planeta. Seahaven es un gigantesco plató, y sus habitantes actores contratados por Christof, el cerebro que ideó el programa.

Aunque mi relación con el cine es en general excelente, no son tantas las veces en las que uno tiene ocasión de escribir sobre una película tan buena como El show de Truman, un film que es la antítesis de la mediocridad y la falta de ideas que tanto abundan en el Hollywood de las últimas tres décadas. Andrew Niccol es el artífice de esta fantástica obra cinematográfica, en su doble faceta de guionista y coproductor. Ya había dirigido ese ejercicio de ciencia-ficción inteligente llamado Gattaca, y aquí contribuye con una historia compleja, de múltiples lecturas, que van desde la crítica al poder de las grandes corporaciones mediáticas a la progresiva pérdida de la intimidad en la sociedad moderna, pero que sobre todo da una lección de cómo revisar y actualizar los clásicos a tanto moderno narrativamente inválido que hay por ahí. Porque El show de Truman puede ser vista como una actualización del mito platónico de la caverna, en su parte final nos recuerda a La Odisea y, desde luego, nos habla del árbol de la ciencia y el árbol de la vida. Lo más meritorio es que hace todo eso sin aburrir, incluso utilizando a veces un tono de comedia (en la publicidad subliminal, por ejemplo) que puede dar al espectador una engañosa sensación de ligereza y que, por ello, hace más intenso lo que ocurre al final.

Truman, como su propio nombre indica, es el único hombre verdadero dentro de una gigantesca farsa urdida con el exclusivo fin de hacer dinero entreteniendo a las masas. Christof, su Dios particular, ha creado para él una idílica jaula que todo el mundo puede ver, un mundo seguro y aparentemente feliz del que nunca ha de querer salir, pero en el que, por si acaso, todo está predispuesto para que no lo haga. El buen Dios, incluso, organiza la muerte del padre de Truman en un accidente de navegación para que éste desarrolle un pánico terrible al mar abierto, única vía de salida de Seahaven. Que el niño crezca traumatizado por haber causado indirectamente el accidente que acabó con la vida de su progenitor no importa, el espectáculo debe continuar. Christof es un Dios perverso, manipulador y sólo generoso con la sumisión, como todos los dioses. Aparta de Truman a todos aquellos que tratan de alertarle de lo falso de su existencia (incluso al amor de su vida), y no duda en utilizar a su antojo, y contra él, las inclemencias meteorológicas o en resucitar a los muertos si es necesario. Cuenta con la ayuda del resto del reparto, es decir, de aquellas personas que para Truman son su esposa, su madre, su mejor amigo, sus compañeros de trabajo o sus vecinos. Aquellos que no sólo se niegan a salir de la caverna, sino que hacen lo que pueden para que el héroe tampoco lo haga (ah, los seres queridos…).

Pero él quiere hacerlo. Viajar, conocer mundo (genial la agencia de viajes con un poster de un avión alcanzado por un rayo y una leyenda que dice: “te puede pasar a ti”), recuperar a su único amor verdadero y, en definitiva, sentirse libre por una vez. Su sonriente y estúpida esposa, su monótona rutina diaria, su aburrido empleo en una agencia de seguros, lo absolutamente segura y banal que es su existencia, no le satisfacen. A medida que el deseo de escapar de Truman se hace más fuerte, a Christof empieza a fallarle su perfecto mundo, pues el cutrerío y la incompetencia no son nada ajenos al mundo de la telerrealidad. Como a todos los dioses, otra vez, a Christof le salió un mundo ideal manifiestamente mejorable.

No lo he dicho hasta ahora, pero El show de Truman debe mucho de su arte a un excelente director, Peter Weir, a quien no se le pueden negar tres cosas: que posee un talento visual formidable, que ha dirigido un puñado de películas que han de figurar en cualquier videoteca que se precie, y que incluso sus films menos conseguidos son interesantes. Ésta es seguramente su mejor película, pues rebosa técnica y oficio en la puesta en escena y aprovecha al máximo las posibilidades de una historia brillante como pocas. Lo acertado de los encuadres, las memorables escenas marinas o la utilización de la música (toda ella excelente, desde la compuesta por Burkhard Dallwitz hasta las obras para piano de Mozart o Chopin, pasando por la importante presencia de las composiciones de Philip Glass) demuestran lo buen cineasta que es Peter Weir. La fotografía, el montaje o los decorados son otros de los factores que sitúan a El show de Truman como un film muy por encima de la media.

¿Y el reparto? Bien, gracias, aunque encabezado por un notorio desacierto. El show de Truman es recordada por muchos como la película en la que ese irritante cómico de tercera llamado Jim Carrey demostró que sabe actuar. En mi opinión, el hecho de que sobreactúe moderadamente (en general, sus interpretaciones suelen estar más cerca del ataque epiléptico que de la sobriedad) y no arruine una película que sería aún mejor sin él no significa que su trabajo sea merecedor de mayores elogios, pues es mucho mejor el personaje que el actor que lo interpreta, y la elección de Carrey fue un error, justificado en parte porque cuando se rodó la película este individuo era una de las estrellas más importantes de Hollywood y su presencia al frente del reparto suponía un gran estímulo para la taquilla. Me quedo con el gran Ed Harris, que eso sí es un actor y aquí interpreta de maravilla a un perfecto híbrido entre Dios Todopoderoso y Paolo Vasile. Y con el elenco femenino, con unas más que correctas Laura Linney (que interpreta con solvencia a una actriz pésima) y Natascha McElhone. Y con unos brillantes secundarios como Paul Giamatti, en uno de sus primeros papeles importantes, y Philip Baker Hall.

Un apunte final: me consta que a mucha gente le decepciona la reacción final de los espectadores en el desenlace de la historia. Quizá estas personas no han reparado en la descarnada misantropía que desprenden las últimas frases de los dos guardias de seguridad que ven el show en su garita. En todo caso, creo que El show de Truman (otra de cuyas grandes virtudes es la de contar mucho en poco tiempo, su gran capacidad de síntesis) es una de las mejores películas que han salido de Hollywood desde los primeros años de la década de los ochenta, y que merece un lugar destacado en la historia del cine.

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