ARROLLANDO

En sólo 24 horas he podido comprobar lo equivocados que están quienes piensan que el jazz es una música homogénea y previsible. Después de la belleza íntima del concierto de Nnenna Freelon y Chico Pinheiro, anoche volví al Jamboree para ver a un grupo que es algo así como su antítesis: Atomic, banda nórdica de enorme predicamento entre los modernos y conocida por sus apabullantes directos. Conocí a esta banda hace unos pocos años, tras escuchar el que me sigue pareciendo su mejor disco, Boom Boom, y mis sucesivas escuchas me han confirmado que Atomic es un grupo capaz de llevarme muy deprisa de la irritación al entusiasmo, y viceversa. Anoche, en la platea del Jamboree, me sucedió más o menos eso.

Para empezar, diré que el concierto certificó uno de mis temores previos: que el escenario del sótano de la Plaça Reial es demasiado pequeño para cinco tipos cuya propuesta musical se basa en la libre improvisación interpretada de un modo harto contundente. En consecuencia, algunas veces el nivel de decibelios estuvo por encima de lo tolerable (aunque la calidad del sonido siguió siendo tan buena como de costumbre en el local, aclaro) y servidor experimentaba una sensación tal vez parecida a la que tuvieron los jugadores de los dos máximos exponentes del balompié patrio en su exitoso periplo germánico de esta semana: la de ver cómo unos tipos de la Europa del norte te estaban, literalmente, pasando por encima. Como uno no es de natural masoquista, agradeció mucho más los momentos (que también fueron unos cuantos) en los que el talento y la pericia de estos cinco excelentes instrumentistas se impusieron más desde el matiz que desde el apisonamiento. Encontrar la melodía es tarea hercúlea, pero a cambio hay que aplaudir la capacidad de esta banda para interpretar una música arriesgada y sin concesiones, enemiga mortal de la comodidad y la indiferencia y, repito, de un nivel instrumental sobresaliente. En total, poco más de una hora de intenso concierto, en el que se interpretaron seis temas, varios de ellos nuevos (el grupo acaba de sacar un nuevo álbum) y alguno incluso sin título, de los que destaco A McGuffin´s tale, tema compuesto por el pianista Hàvard Viik, también responsable de algunos de los momentos instrumentales más destacados de la noche. El trompetista, Magnus Bro, es una auténtica bestia, aunque las peores características del grupo (demasiado volumen, demasiadas notas, excesivo gusto por la cacofonía) se dan quizá más en él que en los otros integrantes de la formación. Fredrik Ljungkvist, saxo tenor, clarinete y persona que maneja sobre el escenario ese caos ordenado que es la música de Atomic, tuvo algunas intervenciones solistas muy buenas junto a otras más cargantes, y el batería Paal Nilssen-Love posee una energía inagotable y es el hombre que, junto al bajista Imgebrik Háker-Flaten, proporciona a la banda el sustento para ofrecer una propuesta tan contundente. ¿Una gran banda, o una apisonadora para modernísimos snobs? Ambas cosas, seguramente. Obligan a que les reconozcas la calidad, aunque a veces no te guste cómo la utilizan. Anoche triunfaron, desde luego, aunque para mi gusto basaron demasiado ese triunfo en la potencia y no acaban de ser conscientes de que, en música, incluso en jazz, casi siempre menos es más.

Hace siete añitos, en un lugar tan exótico como Sa Pobla:

 

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