EL ARTE DEL TRÍO

Una de las cosas buenas que nos pasan anualmente a quienes vivimos en Barcelona es que podremos asistir a un concierto de Brad Mehldau, a quien el pasado noviembre pude ver en compañía de Joshua Redman y, anoche, a los mandos de la formación por la que es más célebre: su propio trío, completado por Larry Grenadier y Jeff Ballard. Esto significa que anoche se oyó en mi ciudad el mejor jazz contemporáneo porque, ladies and gentlemen, la música que son capaces de interpretar estos tres hombres es, sencillamente, una gozada.

Introspección virtuosa. Estas dos palabras quizá sean las más adecuadas para definir la música del Brad Mehldau Trio, que no llenó el Auditori pero disfrutó del calor de un público entusiasta integrado por un buen número de feligreses tan fieles como un servidor. Y ello porque la facilidad, casi la timidez, con la que Mehldau, Grenadier y Ballard son capaces de tejer su complejo arte es casi sobrehumana. Sucesores naturales del trío de Keith Jarrett, estos tres músicos privilegiados han alcanzado un grado de compenetración tal que suenan como si fueran una sola persona. Lo que tocan tiene su importancia, pero en lo que hay que fijarse es en cómo lo tocan. Anoche el repertorio estuvo compuesto básicamente por composiciones propias del pianista y temas escritos por Paul McCartney, ya fuera junto a Lennon, como en un And I love her que fue el segundo tema que interpretaron, y uno de los más brillantes, o bien de su larga trayectoria en solitario. Pese a mi continuo seguimiento de la carrera discográfica de Mehldau, y mi asistencia fija a sus recitales barceloneses, la capacidad de este hombre para deconstruir y desmenuzar las canciones, de improvisar con una delicadeza y brillantez al alcance de muy pocos músicos, y el perfecto ensamblaje que demuestra con su sección rítmica, todavía consiguen sorprenderme. Dos horas de concierto, dos bises, y la sensación de que las razones para ser un fan de Brad Mehldau siguen siendo tan poderosas como siempre, o quizá más. Cuánta capacidad para mezclar lo accesible y lo complejo, qué capacidad de regresar a la melodía después de haber estado volando muy lejos de ella, qué arte. Y qué delicadamente, con qué estilo se nos muestra. Casi con comedimiento. Incluso la batería, instrumento muy dado a la contundencia, sabe sonar finísima. Se diría que a Mehldau, que se marcó un par de momentos espectaculares en solitario, le gustan muy poco las ovaciones post-solo tan típicas en el jazz, que casi las reprime y prefiere que la magia no se interrumpa y los aplausos se dejen para el final. La música fluye con tanta naturalidad, todo parece tan sencillo y el tiempo pasa tan deprisa escuchando a estos músicos que a veces a uno se le olvida lo tremendamente complicado que es hacer lo que ellos hacen. Que vengan cada año, y que yo pueda seguir viéndoles.

En el Festival de Vitoria de 2006, interpretando Knives Out, de Radiohead:

En 2008, en Alemania:

 

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