CASABLANCA

CASABLANCA. 1942. 104´. B/N.

Dirección: Michael Curtiz; Guión: Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch, basado en la obra de teatro de Murray Burnett y Joan Allison Everybody comes to Rick´s; Director de fotografía: Arthur Edeson;  Montaje: Owen Marks; Música: Max Steiner;  Dirección artística: Carl Jules Weyl; Producción: Hal B. Wallis, para Warner Bros. Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Humphrey Bogart (Rick Blaine); Ingrid Bergman (Ilsa Lund); Paul Henreid (Victor Laszlo); Claude Rains (Capitán Louis Renault); Conrad Veidt (Mayor Strasser); Sydney Greenstreet (Ferrari); Peter Lorre (Ugarte); S.K. Sakall (Carl); Madeleine LeBeau (Yvonne); Dooley Wilson (Sam); Joy Page, John Qualen, Leonid Kinskey, Curt Bois.

Sinopsis: Casablanca, situada en el Marruecos francés, es el lugar en el que muchos refugiados que huyen del nazismo esperan conseguir un visado que les lleve a Lisboa, y de allí a América. En esa ciudad Rick Blaine, un cínico americano, regenta un café frecuentado por buena parte de los personajes más relevantes del lugar. Y en ese café entra un día Víctor Laszlo, un líder de la Resistencia cuya esposa, Ilsa, vivió un romance con Rick en un París a punto de ser ocupado por los alemanes.

You must remember this… resulta difícil escribir sobre una película que, desde su estreno, ascendió de forma vertiginosa, y gracias a un cúmulo de casualidades, a la categoría de mito, y todavía sigue allí. Para empezar, Casablanca no se basaba en un éxito de Broadway, sino en una obra no estrenada cuyo triunfo era impredecible. Por tanto, se le asignó un presupuesto limitado y, en principio, iba a ser sólo una más de las muchas películas que se estrenan cada año. Warner recurrió a varios de sus talentos en nómina (Michael Curtiz, el fotógrafo Arthur Edeson, el compositor Max Steiner y, por supuesto, Humphrey Bogart), consiguió que David O. Selznick le cediera a Ingrid Bergman para incorporar a Ilsa, y el film comenzó su accidentado camino hacia la leyenda. El guión fue reescrito varias veces y parecía que no se iba a acabar nunca, hasta el punto de que, durante el rodaje, nadie sabía cómo iba a terminar la película. Ingrid Bergman manifestó varias veces su confusión, pues desconocía, por ejemplo, si debía mostrarse enamorada de Rick o de Laszlo. Curtiz, director eficaz como pocos, sólo podía contestarle: “Pronto lo sabremos. Mientras tanto, actúe”.

En su momento, el éxito de Casablanca se debió, en parte, a que se estrenó en el momento oportuno. La Segunda Guerra Mundial, en la que los Estados Unidos tomaba parte desde hacía unos meses, se hallaba en sus momentos decisivos, el público podía identificarse fácilmente con unos personajes bien definidos cuyas existencias se veían arrastradas hacia la lucha contra la barbarie alemana y, además, se le ofrecía una gran historia de amor en tiempos de guerra. Los nazis son malvados hasta la médula. Quienes han de vivir bajo sus botas lo hacen por puro sentido práctico, como el cínico y corrupto capitán Renault, o simplemente por salvar el pellejo. Rick, que tiempo atrás envió armas a la Etiopía ocupada por los italianos y a la España republicana (diálogo éste suprimido por la siempre ojo avizor censura franquista), se mantiene neutral y afirma defender sólo una causa, la suya propia. Chanchullea con unos y con otros, sin comprometerse con nadie, y así consigue ser el depositario de unos valiosos salvoconductos que todo el mundo quiere. En éstas, llega a Casablanca Víctor Laszlo, un líder de la Resistencia temido por los alemanes por su poder para movilizar a las masas contra ellos. Le acompaña Ilsa, su esposa, que en París, y creyendo que Laszlo había muerto, mantuvo un romance con Rick que, para los dos, fue el amor de su vida. Aquella historia acabó de forma abrupta, con Rick abandonado en una estación de ferrocarril, e Ilsa, ya sabedora de que su marido vivía, decidiendo permanecer junto a él y despidiéndose de Rick con una nota. El americano se construye otra vida en Casablanca, pero su coraza se hace añicos en cuanto Ilsa entra en su café. “De todos los garitos del mundo, tenía que entrar precisamente en el mío”. Desde ese momento, Rick se debate entre el rencor por el abandono sufrido y el amor que todavía siente por Ilsa. Mientras, se ve envuelto en las actividades antinazis de Laszlo, y en las maniobras de los alemanes para liquidarlo.

¿Qué tiene Casablanca para ocupar el lugar que ocupa en la historia del cine? Está muy bien rodada, como es habitual en Michael Curtiz (llegaron a contratarse enanos para disimular el maquetazo del avión, en una singular muestra de ingenio), empieza bien y acaba mucho mejor, tiene unos diálogos fabulosos, que definen a la perfección a unos personajes al principio cínicos, luego románticos y trascendentes,  que han dejado frases míticas (“siempre nos quedará París”, “los alemanes iban de gris y tú ibas de azul”, “creo que este es el inicio de una gran amistad”), creó el mito Bogart, al héroe, cínico sólo en la superficie, de gabardina, sombrero y cigarrillo, hizo que todos los espectadores se enamoraran de los protagonistas de ese gran amor que sólo ocurre una vez en la vida, nos habla de cómo, en ocasiones excepcionales, aparece lo mejor del ser humano, su heroísmo, su sacrificio, su idealismo, frente a lo que casi siempre somos, seres primarios, mezquinos e insignificantes. Y tiene muy buena música, y una canción (As time goes by) que estuvo a punto de ser suprimida del montaje final y aún hoy conmueve como pocas a generaciones enteras de cinéfilos que adoran la belleza y el talento de Ingrid Bergman, que aquí borda el que quizá sea el papel femenino más célebre de la historia del cine. Y consigue que todos los que amamos la libertad, franceses o no, nos emocionemos al escuchar La Marsellesa en un garito marroquí. Es cierto que las sucesivas reescrituras del libreto crean indefinición en la narrativa, que algunas situaciones resultan forzadas o poco verosímiles, y que ciertas escenas hubieran ganado mucho con menos restricciones presupuestarias pero, a pesar de ello, tengo claro que, como película, Casablanca justifica la mitificación de que ha sido objeto.

 

 

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