VANIA EN LA CALLE 42

VANYA ON 42nd STREET. 1994. 125´. Color.

Dirección: Louis Malle; Guión: André Gregory, basado en la adaptación de David Mamet de la obra de teatro Tío Vanya, de Anton Chejov; Director de fotografía: Declan Quinn;  Montaje: Nancy Baker; Música: Joshua Redman;  Diseño de producción: Eugene Lee; Dirección artística: Daniele Perna; Producción: Fred Berner, para The Vanya Company-Mayfair Entertainment-Channel Four Films (EE.UU).

Intérpretes: Wallace Shawn (Tío Vanya); Julianne Moore (Yelena); Larry Pine (Dr. Astrov); Brooke Smith (Sonya); George Gaynes (Profesor Serybryakov); Phoebe Brand (Abuela); Lynn Cohen (Maman); Jerry Mayer (Gofres); André Gregory (Él mismo); Madhur Jaffrey (Mrs. Chao); Oren Moverman.

Sinopsis: Una compañía de actores realiza en un teatro neoyorquino abandonado el ensayo general de la obra Tío Vanya, de Chejov.

En la que a la postre resultó ser la última película de su carrera, el cineasta francés Louis Malle abordó, junto al director teatral André Gregory, la tarea de filmar a una compañía de actores interpretando el drama más conocido de Chejov, según la adaptación hecha por el que quizá sea el dramaturgo estadounidense más conocido de la actualidad, David Mamet. En contra de lo que suele ser habitual cuando se filma teatro, Malle y Gregory decidieron no recrear una representación, sino un ensayo general en el que los actores van vestidos de calle, y prescindir por completo de los decorados, circunscritos al teatro abandonado en el que se realiza el ensayo. Una apuesta decidida por la pureza: las palabras de una de las mejores obras de teatro jamás escritas, y la interpretación de los actores son los grandes, por no decir los únicos, puntos de atención. Sin embargo, esto no es sólo teatro, también es cine, y Malle no olvida que la cámara es un espectador que goza de unos privilegios que ninguno de los presentes en el patio de butacas puede siquiera rozar, aprovechando al máximo sus posibilidades como ya hizo más de una década antes en otro proyecto similar interpretado por André Gregory y Wallace Shawn, Mi cena con André.

Tío Vanya es, quizá, la gran obra de ese dramaturgo excepcional llamado Anton Chejov. Su temática abarca varias de las grandes cuestiones que marcan la vida de los seres humanos: la soledad, el paso del tiempo, las expectativas incumplidas, el amor no correspondido, el hastío que provoca la falta de estímulos vitales o las diferencias entre quienes viven para los demás y quienes han nacido para que los demás vivan para ellos son factores que, por sí mismos, despiertan el interés de cualquier espectador mínimamente inquieto. Si además estos temas están tratados de una forma tan profunda y brillante, sólo queda esperar que los actores estén a la altura del desafío. De todo el elenco, la figura más conocida por el público cinematográfico (y el mayor gancho de la película) es sin duda Julianne Moore, para mí la mejor actriz de la actualidad. Moore interpreta a la bella Yelena, casada con un un hombre mucho mayor que ella e imán que atrae a todos los hombres que la rodean pese a la tristeza y la abulia que desprende. Lo hace, como de costumbre, de maravilla, aunque el resto de los actores, muchos de ellos veteranos de las tablas, no le van a la zaga en absoluto, destacando en especial Wallace Shawn como Vanya, pues plasma a la perfección las contradicciones de un hombre que puede resultar a la vez encantador y aborrecible, herido y con una gran capacidad para herir, que sabe que ha desaprovechado su vida y habla con elocuencia mientras la envidia y la frustración le devoran. Tampoco se quedan cortos Larry Pine, en el papel del lúcido y descreído doctor, ni Brooke Smith, espléndida en su recreación de la joven, vitalista y desdichada Sonya. Grandes actores recitando grandes palabras. Esto es Vanya en la calle 42, testamento fílmico de un director de larga y brillante carrera como Louis Malle. Y no es poca cosa, pues partiendo de una austeridad extrema la película consigue llegar a una altura considerable. Todo el film es una gran obra minimalista, realizada unos años antes de Dogville, que recoge varios de sus enunciados estéticos. Los aficionados al jazz hubiéramos deseado una mayor presencia de la música de Joshua Redman, reservada casi en exclusiva para los títulos de crédito, pero hasta en eso la película es coherente con su formulación. Un gran film, recomendado especialmente para fans de la obra de Chejov, amantes de las buenas actuaciones y cinéfilos que odien las explosiones y la sobredosis de efectos especiales sin nada dentro.

 

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