LA MATANZA DE TEXAS

THE TEXAS CHAINSAW MASSACRE. 1974. 82´. Color.

Dirección: Tobe Hooper; Guión: Tobe Hooper y Kim Henkel; Director de fotografía: Daniel Pearl;  Montaje: Larry Carroll, Sallye Richardson; Música: Wayne Bell, Tobe Hooper;  Diseño de producción: Robert A.Burns; Dirección artística: Robert A.Burns; Producción: Tobe Hooper, para Vortex Productions (EE.UU).

Intérpretes: Marilyn Burns (Sally Hardesty); Allen Danziger (Jerry); Paul A.Partain (Franklin); William Vail (Kirk); Teri McMinn (Pam); Edwin Neal (Autoestopista); Jim Siedow (Dueño de la gasolinera); Gunnar Hansen (Leatherface); John Dugan (Abuelo); John Larroquette (Narrador); Robert Courtin, William Creamer, Joe Bill Hogan.

Sinopsis: Cinco jóvenes hippies viajan en su furgoneta a través de Texas en busca de la casa, hoy abandonada, en la que dos de ellos vivieron de pequeños. Lo que parecía una plácida excursión se convierte en una pesadilla desde que los jóvenes recogen a un extraño autoestopista en la carretera.

Película seminal en el cine de terror moderno, madre del subgénero slasher y referencia para un sinfín de obras posteriores, La Matanza de Texas es la ópera prima del director Tobe Hooper, quien, con poco dinero, muchas ideas y un puñado de amigos, fue capaz de realizar una película que, en ciertos aspectos, está muy por encima de la media, inspirándose en las hazañas de Ed Gein, un célebre asesino y profanador de tumbas de Wisconsin entre cuyos hobbies estaba el de decorar su hogar con restos humanos.

La película sigue un esquema no demasiado original ya en su época, e imitado después hasta la saciedad: un grupo de jóvenes excursionistas se adentra en parajes rurales solitarios, y allí son víctimas de un asesino psicópata. Lo que diferencia a La Matanza de Texas de un sinfín de productos similares es que consigue mucho con muy poco y, desde los rótulos iniciales y el primer plano de la película (el de un armadillo muerto en la carretera), resulta inquietante, bien por la utilización de recursos sonoros (la emisora de radio que informa de profanaciones de tumbas realizadas en un cementerio cercano), bien por la composición de los propios planos (si una cámara de cine son los ojos de un espectador mirón, esta película es un buen ejemplo de ello), o por la propia textura del filme, rodado en 16 milímetros, que le da un toque artesanal que le beneficia. A partir de la entrada en escena del autoestopista, la inquietud ya viene sola, pero es de destacar que en esta película el asesino no persigue a las víctimas, sino que son éstas quienes encuentran la muerte al entrar en su guarida. La aparición de Leatherface (casi a la mitad de la película), con su máscara de piel humana y su mazo, es espectacular, y a partir de ahí el filme se convierte en la orgía de sangre que el espectador espera desde el principio, cuya banda sonora está compuesta casi íntegramente por los desgarrados gritos de Marilyn Burns y por el sonido de la sierra mecánica con la que Leatherface persigue a la última y más escurridiza de sus visitantes. Es de destacar que los muchachos, hippies pacifistas, hablan en alguna ocasión del trato que se dispensa a los animales en los mataderos (uno de los chicos, el inválido Franklin, lo hace con delectación, mientras el resto muestra su rechazo), y que casi todos ellos acaban recibiendo el mismo trato, pues la encarnación viviente de sus peores pesadillas es una familia que lleva generaciones dedicándose a matar animales de toda especie.

Más de una vez he escrito que a algunas películas les funciona lo de hacer de la necesidad virtud, convirtiendo sus limitaciones y defectos en puntos a favor. Esto ocurre con La Matanza de Texas, pues su producción espartana, su tono casi documental (especialmente en las escenas nocturnas) y el hecho de que los asesinos no sean monstruos de cien cabezas o criaturas llegadas del espacio, sino rostros anónimos que pueden encontrarse en cualquier pueblo, la convierten en una verdadera película de terror, mostrando (una de las ventajas de la época, no siempre la censura es mala) menos de lo que sugiere, y siendo mucho más interesante que la gran cantidad de secuelas, remakes y plagios descarados de los que ha sido objeto desde su estreno, hace casi cuatro décadas. No es que técnicamente el filme sea un prodigio de virtuosismo, pero la puesta en escena es muy eficaz. Tampoco las interpretaciones son para tirar cohetes, cosa lógica teniendo en cuenta que casi todos los intérpretes son debutantes. Curiosamente, todos estos factores, a priori negativos, le dan al film una verosimilitud que necesita como el agua. Ninguno de los actores o técnicos de esta película ha tenido una carrera cinematográfica destacable, pero en un momento ayudaron a crear una película que, además de muy relevante, es buena. Tobe Hooper, que durante toda su irregular carrera se ha especializado en el género de terror, apenas ha filmado un par de obras de mérito desde su ópera prima, que, junto a obras como La noche de los muertos vivientes y Posesión infernal, se ha convertido en un clásico de influencia inversamente proporcional a su presupuesto.

 

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