LA ÚLTIMA PELÍCULA

THE LAST PICTURE SHOW.1971. 125´. B/N.

Dirección: Peter Bogdanovich; Guión: Larry McMurtry y Peter Bogdanovich, basado en la novela de McMurtry; Director de fotografía: Robert Surtees;  Montaje: Donn Cambern; Música: Bob Wills & his Texas Playboys, Phil Harris, Johnny Standley y Hank Thompson;  Diseño de producción: Polly Platt; Dirección artística: Walter Scott Herndon; Producción: Stephen J. Friedman, para BBS Productions-Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Timothy Bottoms (Sonny); Jeff Bridges (Duane); Cybill Shepherd (Jacy Farrow); Ben Johnson (Sam The Lion); Cloris Leachman (Ruth Popper); Ellen Burstyn (Lois Farrow); Eileen Brennan (Genevieve); Clu Gulager (Abilene); Sam Bottoms (Billy); Randy Quaid (Lester); Sharon Taggart, Joe Heathcock, Bill Thurman, Barc Doyle, Jessie Lee Fulton.

Sinopsis: La vida en un pueblo de Texas en el que nunca pasa nada, a principios de los años 50. Los jóvenes, sin demasiado arrojo ni grandes perspectivas de futuro, se reúnen en la sala de billares que regenta Sam The Lion y viven sus primeras experiencias sexuales en un entorno represivo. Los adultos parecen vivir en un estado de insatisfacción permanente.

Después de su más que prometedor debut, Peter Bogdanovich entró en la primera división del cine con La Última Película, seguramente el mayor éxito de su carrera, y también su obra maestra. Es complicado hablar de una película cuando ésta es perfecta, salvo para intentar explicar por qué lo es. En primer lugar, se basa en un texto fantástico, que rebosa inteligencia y supura nostalgia. Uno se hace pronto a la idea de lo que era ser un adolescente en un remoto pueblo texano, en el que lo mejor que uno puede hacer es largarse, seis décadas atrás. Los chavales van al instituto, que no les interesa, practican deportes en los que no destacan demasiado, buscan tener sexo con bastante poca traza, pasan sus únicos ratos agradables en la sala de billares y ante la pantalla del único cine del pueblo, y en el fondo saben que lo que les deparará el futuro es decadencia, vejez e infelicidad. Como todos los jóvenes, buscan ser distintos a sus padres, pero en ese pueblo no podrán ser otra cosa que lo que son ellos: unos viejos prematuros, insatisfechos y amargados por culpa de lo cobardes que fueron en la edad de ser valientes. El tono elegíaco y el enmarque temporal de la historia casi exigen el blanco y negro, así que, para que todo siga siendo perfecto, se contrata al hombre que fotografió Cautivos del mal, y uno ya puede estar seguro de que la película dejará imágenes magníficas. Hecho esto, hay que conseguir actores capaces de dar vida a unos personajes que están llenos de ella, y aquí uno no puede más que alabar el acierto de Bogdanovich a la hora de elegir al reparto, máxime cuando buena parte de los actores que interpretan a los adolescentes protagonistas (Timothy Bottoms, Jeff Bridges, Cybill Shepherd, Sam Bottoms o Randy Quaid) eran debutantes en la gran pantalla, o casi. Todos ellos están fantásticos en sus papeles, llenos de ese nihilismo apático que es consecuencia directa del entorno opresivo y polvoriento en el que viven, pero también en pleno despertar sexual, vivido de forma muy distinta por los jóvenes ricos y los pobres. Éstos tratan de desahogarse como pueden, aunque las mujeres guapas escasean y, si son ricas, como mucho les utilizarán como divertimento, tal y como hace Jacy, la rompecorazones oficial del pueblo, primero con Duane y después con Sonny: jamás llegará a nada serio con ellos, pues las señoritas ricas alternan con los pobres pero se casan con hombres ricos. Ya se encargan de ello sus papás, siempre atentos y vigilantes ante cualquier intento de subversión del estado natural de las cosas. Y si los actores jóvenes están de sobresaliente, los adultos les superan, siendo las tres mejores bazas actorales del filme los oscarizados Ben Johnson (ese vaquero auténtico que tuvo una gran madurez interpretativa y bordó el papel del sabio, noble y cabal Sam The Lion) y Cloris Leachman (sencillamente conmovedora, no hace falta extenderse pero sí reparar en esas miradas suyas que lo dicen todo), así como una Ellen Burstyn que jamás ha estado mejor y que se adueña de todas las escenas en que aparece con esa belleza madura, y por ello descreída, que desprende.

Y en éstas, el único cine del pueblo ha de cerrar, víctima del beisbol y la televisión. Bogdanovich hace un guiño a uno de sus ídolos (el genio no se contagia, pero uno también es las fuentes de las que bebe) y hace que esa última película programada sea Río Rojo, de Howard Hawks. Éste es uno de los grandes momentos del film, pero hay muchos otros: esa primera frase que le dedica Sam a Sonny (“nunca llegarás a nada”), la indiferencia de Jacy al comprobar que el agua de la piscina ha estropeado el reloj que le ha regalado Duane, quien ha estado seis meses ahorrando para comprárselo, la expresión jactanciosa de él al salir del motel, el nostálgico discurso de Sam a Sonny en la orilla del lago, la expresión descompuesta de Lois en el entierro del único hombre al que amó, las sombras que pueblan el rostro de Ruth Popper cuando comprueba que su joven amante no va a aparecer, la manera en la que Sonny reprende a los viejos ante el cadáver de Billy… en la película suenan algunos temas de Hank Williams y, de hecho, todo el film está construido como las canciones del más brillante compositor del country: profundas bajo apariencia ligera, evocadoras, alegremente tristes. Los personajes sólo son felices cuando traicionan las convenciones; cuando las siguen, se traicionan a sí mismos y pagan el inevitable precio de la amargura. Los jóvenes se dispersan: Duane se marcha a la guerra de Corea, Jacy corre en pos de su futuro universitario y de un marido rico, y Sonny se queda en el pueblo con lo único puro y valioso que le queda. Los adultos ya no podrán ser otra cosa que lo que son, y jamás podrán recuperar lo mucho que han perdido por el camino.

Casi dos décadas después de La Última Película, Bogdanovich filmó Texasville, una muy digna secuela que recupera a varios de los protagonistas de The Last Picture Show cuando han alcanzado la edad que sus padres tenían en la película original, que, como ya he escrito, es una obra maestra absoluta, un film que bebe y desprende amor por el cine, que gana enteros con cada nuevo visionado y mejora con los años. Una vez, hace cuatro décadas, Peter Bogdanovich rodó una película perfecta.

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