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COWBOY DE MEDIANOCHE

MIDNIGHT COWBOY. 1969. 112´. Color.

Dirección: John Schlesinger; Guión: Waldo Salt, basado en la novela de James Leo Herlihy; Director de fotografía: Adam Holender;  Montaje: Hugh A. Robertson; Música: John Barry;  Diseño de producción: John Robert Lloyd; Producción: Jerome Hellman, para United Artists (EE.UU).

Intérpretes: Dustin Hoffman (Enrico Ratso Rizzo); Jon Voight (Joe Buck); Brenda Vaccaro (Shirley); Sylvia Miles (Cass); John McGiver (O´Daniel); Barnard Hughes (Towny); Ruth White, Jennifer Salt, Gil Rankin, Viva, Paul Morrissey.

Sinopsis: Joe Buck, un joven de pocas luces a quien le gusta vestir de vaquero, deja Texas y se marcha a Nueva York con la intención de ganarse la vida como gigoló. Una vez allí, descubre que la vida en la gran ciudad es mucho más difícil de lo que había pensado y, después de un tiempo, no tiene más que la amistad de Ratso, un ladronzuelo de poca monta, tullido y enfermo.

El director londinense John Schlesinger hizo su debut en el cine americano con una historia dura y arriesgada, la de un aprendiz de prostituto en Nueva York. No le tembló el pulso, y la censura clasificó su película, Cowboy de medianoche, con una X, lo que parecía arruinar casi de raíz sus perspectivas comerciales, al quedar limitada su distribución a los circuitos de cine pornográfico. No obstante, los grandes cambios que la sociedad estadounidense experimentó en la década de los 60 habían llegado con fuerza a Hollywood, y el film acabó siendo un éxito de taquilla, ganó el Oscar a la mejor película y, lo que es más importante, pasó a la historia del cine como una obra icónica.

Algunas de las películas más exitosas de aquella época (finales de los años 60 y principios de los 70) han envejecido bastante mal. No es el caso de Cowboy de medianoche. Primero, porque su retrato de la crudeza de la vida en la gran ciudad no ha perdido vigencia, sino todo lo contrario, y también porque en diversos aspectos (composición visual, tratamiento de la homosexualidad), la película de Schlesinger se adelantó a su tiempo.

Joe Buck es un joven que desea abandonar su pequeño pueblo de Texas y su empleo de lavaplatos para vivir a lo grande en Nueva York. Lo hará a costa de alquilar su cuerpo a mujeres ricas necesitadas de sexo, pues ése es el único campo en el que Joe puede conseguir el éxito. Baja del autobús con grandes planes, y ninguna idea sobre cómo llevarlos a la práctica. La ciudad es inmisericorde con tipos como él, pues está llena de gente que busca lo mismo que ese recién llegado que viste de vaquero (vivir a costa de los demás), pero con mucha más experiencia para manejarse a través de los recovecos de una Nueva York en la que, según cálculos bien documentados, hay más de 50.000 personas sin techo. Joe es tan ingenuo que su primer polvo en la ciudad acaba costándole dinero, en lugar de hacérselo ganar. Más tarde, es timado por un ratero de origen italiano, Ratso, e incluso por un estudiante homosexual con quien intercambia fluidos en un cine antes de descubrir que el joven no tiene un centavo. Entre unas cosas y otras Joe acaba no teniendo dinero ni para pagarse un hotel, por lo que, cuando se reencuentra por casualidad con Ratso, acaba aceptando su invitación y compartiendo el oscuro cuchitril en que vive su nuevo amigo. A su lado, Joe aprenderá a vivir sin trabajo y sin dinero, a base de pequeños robos y timos, mientras espera que las mujeres adineradas se rindan a sus encantos. Ratso, cada vez más enfermo, sólo quiere irse a Florida en busca de un clima más benigno. Por fin, unos hippies adinerados se fijan en el pintoresco aspecto de Joe, que se pasea por Nueva York vestido como para ir a un rodeo, y le invitan a una fiesta tras la que su suerte parece empezar a cambiar.

Todos los que participaron en esta película apostaron fuerte, y cantaron bingo. John Schlesinger se anotó el mayor éxito de su carrera, amén de llevarse el Oscar al mejor director; Jon Voight, hasta entonces un discreto actor de televisión, saltó al estrellato de la noche a la mañana, y Dustin Hoffman realizó una de las mejores interpretaciones de su brillante carrera. Estos dos actores son la base de toda la película, que gana muchos enteros gracias a su buen hacer. Si justo es reconocer que el montaje sincopado, el gran número de planos utilizados y el tono entre hiperrealista y surrealista que caracteriza a la película son las más destacables aportaciones de Schlesinger (junto a un notable retrato del submundo homosexual que tan bien conocía), que a veces cae en la modernez y el efectismo pero sabe darle al film un enfoque visual propio (que hoy, y aquí hay que elogiar el trabajo de Adam Holender, no se percibe tan anticuado como el de otras obras emblemáticas de la época), lo cierto es que son otras las mejores cartas de la película: sus buenos diálogos, su impagable retrato de ese lado oscuro de Nueva York que tan bien mostró luego Martin Scorsese, su valentía frente a la censura y, sobre todo, las enormes actuaciones de sus dos protagonistas, quienes pocas veces estuvieron igual. El resto de actores pasan por la película en pequeños pero muy ilustrativos episodios; Hoffman y Voight son la película.

Sabido es que la canción Everybody´s talkin´, que interpreta Harry Nilsson, es uno de las más famosas de la historia del cine, y lo es con merecimiento. Lo único malo es que este hecho ha oscurecido el gran trabajo de John Barry, cuyo tema central, interpretado a la armónica por el maestro Toots Thielemans, es una joya. Por todo lo dicho, queda claro que Cowboy de medianoche me parece una muy buena película, de las que mejor retratan el lado oscuro de la vida en la gran ciudad, el de los perdedores, el de quienes, sabiendo que la receta del éxito es talento, esfuerzo y suerte, no disponen de ninguno de estos ingredientes. La historia, las interpretaciones y la música de esta película merecen un buen lugar en la memoria de los cinéfilos, el que ocupan las obras importantes en su época que han sabido resistir el paso del tiempo.

 

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