DESENMASCARANDO

SLAVOJ ZIZEK. Violència. Editorial Empúries. 252 páginas.

Polémico, didáctico y extremadamente culto. Así es el filósofo esloveno Slavoj Zizek, una de las voces señeras del pensamiento contestatario contemporáneo, y así es el libro que me dispongo a comentar. Partiendo de una visión marxista del pensamiento de Jacques Lacan (autor al que he intentado leer en dos ocasiones, con resultados harto descorazonadores), y recurriendo tanto a pensadores clásicos como Kant, Hegel o Nietzsche, o modernos como Badiou, Deleuze o Sloterdijk, pero también a nombres capitales de la cultura popular como Alfred Hitchcock o Agatha Christie, Zizek analiza la violencia (o mejor dicho, las distintas formas de violencia que podemos hallar en las sociedades actuales) partiendo de la división que hiciera Walter Benjamin entre violencia divina y violencia mítica, es decir, básicamente, entre la violencia engendradora de un imperium y la violencia utilizada para mantener el statu quo creado a partir de la primera. A partir de ahí, el autor estudia fenómenos como el terrorismo islámico, cuya máxima manifestación hasta el momento han sido los atentados del 11-S, el conflicto árabe-israelí, los disturbios en los arrabales parisinos en 2005 o el caos que se adueñó de Nueva Orleans tras el paso del huracán Katrina, desde un punto de vista tan alejado de la corrección política imperante como incisivo y ameno. El énfasis se pone en la violencia intrínseca del capitalismo, sacando a la luz una paradoja: mientras los crímenes cometidos en la Alemania nazi o en la Unión Soviética estalinista, por ejemplo, tienen nombres, apellidos, autores y cómplices, y todos ellos han pasado a formar parte de la historia más negra de la humanidad, la violencia esencial del capitalismo es tan anónima como todopoderosa: se habla de los mercados, las grandes corporaciones o los grupos de presión como si detrás de ellos no hubiese personas de carne y hueso, como si los males que aquejan a las sociedades occidentales, tan falsamente democráticas, fuesen inevitables y hubiesen de ser soportados siguiendo el ejemplo bíblico de Job. Las puntuales explosiones de violencia a gran escala se nos presentan como formas de la única existente, cuando en realidad son reacciones, más o menos cruentas y organizadas, contra esa otra violencia, original e invisible pero que, valga otra vez la paradoja, podemos palpar.

Hay mucha lucidez en Zizek, mucha agudeza en la reflexión y una encomiable capacidad de huir de los tópicos y dar explicaciones sobre temas complejos de un modo ameno e inteligible, que cautiva al lector aunque sus conocimientos sobre Marx o Lacan disten mucho de ser académicos. Destacaré varios aspectos de un libro cuyo análisis exhaustivo podría llenar páginas y páginas y cuya lectura me permito recomendar con fervor: las reflexiones sobre la Revolución Francesa y la época del Terror, utilizando frases de los propios protagonistas de esos sucesos, como Robespierre o Danton (una frase de este último: “Seamos horribles para que la gente no tenga que serlo”, es una joya en sí misma), o los feroces comentarios que el autor dedica a los comunistas liberales (progres de salón o pijoprogres, para entendernos), tanto a personajes como Bill Gates o George Soros, que basan su generosidad en su previa (y mucho mayor) rapiña, como a la estomagante bondad oenegera, la suprema virtud del pijoprogre, que por egoísmo, ingenuidad o simple falta de intelecto se convierte en un instrumento imprescindible para la supervivencia del sistema que dice querer corregir, o incluso transformar. Frente a eso Zizek toma partido por una opción bartlebiana de violencia, diciendo que, cuando se esperan ciertos actos de todos y cada uno de nosotros, la forma suprema de violencia es no hacerlos, lo cual enlaza con la premisa argumental de una novela también citada en esta obra: el Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago. Sí, se espera que nos formemos, trabajemos, metamos el dinero en el banco, consumamos mucho, estemos llenos de miedo, votemos a opciones políticas alejadas de los siempre molestos extremos, no cuestionemos a los que mandan y sirvamos de muro de contención entre quienes no tienen nada y quienes todo lo tienen y poco reparten. Muy bien, ¿pero qué pasaría si, como el antihéroe de Melville, prefiriéramos no hacerlo?

Podría alegarse que poco hay de original en este libro, lleno de citas y referencias a otros autores. La simbiosis entre psicoanálisis y marxismo sí lo es, al menos para mí. Y, en todo caso, el resultado del cóctel es de lo más estimulante.

 

 

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