COTTON CLUB

THE COTTON CLUB. 1984. 125´. Color.

Dirección : Francis Ford Coppola; Guión: William Kennedy y Francis Ford Coppola. Argumento de  William Kennedy, Francis Ford Coppola y Mario Puzo, basado en la novela de James HaskinsDirector de fotografía : Stephen Goldblatt;  Montaje : Barry Malkin y Robert Q. Lovett; Diseño de producción: Richard Sylbert; Música: John Barry. Vestuario: Milena Canonero. Producción: Robert Evans, para Zoetrope Studios- Orion Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Richard Gere (Dixie Dwyer); Diane Lane (Vera Cicero); Gregory Hines (Sandman Williams);  Lonette Mc Kee (Lila Rose Oliver); James Remar (Dutch Schultz); Bob Hoskins (Owney Madden); Nicolas Cage (Vincent Dwyer); Larry Fishburne (Bumpy Rhodes); Fred Gwynne (Frenchy); Allen Garfield (Abbadabba Berman); Gwen Verdon (Tish Dwyer); Tom Waits (Irving Stark); Maurice Hines (Clay Williams); Julian Beck (Sol Weinstein); John P. Ryan (Flynn); Joe Dallesandro (Lucky Luciano); Diane Venora (Gloria Swanson); Jennifer Grey, Ed O´Ross, Lisa Jane Persky, Woody Strode, Giancarlo Esposito, James Russo, Mario Van Peebles.

Sinopsis: Harlem, 1928. Dixie Dwyer, un cornetista de jazz de raza blanca, salva casualmente la vida del gángster Dutch Schultz. A partir de ahí, se introducirá en la vida lujosa de los reyes del hampa, simbolizada en el que por entonces era el templo del jazz neoyorquino: el Cotton Club.

Pasados unos años desde el estreno de una película resulta más fácil, a la hora de valorarla, separar el grano de la paja. Cotton Club fue, en su momento, víctima de su altísimo coste, de los innumerables problemas de producción en que se vio inmersa, y quizá también de su indefinición entre dos géneros: el cine de gángsters y el musical. Veintisiete años después, el film de Coppola queda como lo que es, una película grande pese a sus imperfecciones.

Lo primero que uno ha de destacar de Cotton Club es que ha envejecido muy bien. Primero, porque los muchos miles de dólares gastados en la película se ven en ella: la fotografía, el vestuario o los decorados son de muy alto nivel, por no hablar de uno de los eternos puntos fuertes del cine de Coppola (el montaje), o la perfección coreográfica de los números de baile. Visualmente, estamos hablando de una película excelente. En los planos narrativo e interpretativo, sin embargo, el nivel no es el mismo. El mérito del film es seguir siendo muy bueno, pese a estas limitaciones.

La primera de ellas, y quizá la principal, es que el guión es mejorable. El enlace de las historias paralelas del cornetista blanco y el bailarín negro es casi inexistente, y hechos relevantes, como el hecho de que Vera pase de ser una corista más a ser la amante de Dutch Schultz, se nos explican poco y mal. Tampoco los diálogos tienen la fuerza que no suele faltar en las obras mayores de Coppola. Y sin embargo, las dos horas de película pasan volando, el film engancha, magnetiza e interesa, en especial a aquellos que somos adictos al jazz y a las películas de mafiosos. Mención aparte para el trabajo del compositor John Barry y el de todos los que intervenieron en la parte musical del film, que te transporta con apabullante verosimilitud a un mundo musicalmente mejor, el de Ellington, Calloway, Armstrong o Bessie Smith. Coppola ya había demostrado en su obra anterior que filmar la acción, el movimiento, es algo para lo que tiene un talento inusual, ya se trate de tiroteos o de pasos de baile. Aquí, sencillamente, lo borda. Como en muchas películas de Hitchcock, cuando el guión es flojo o poco creíble, nos importa un carajo, que diría Rhett Butler.

Si uno repasa el elenco de actores que intervienen en Cotton Club, llega a la conclusión de que el casting es de altos vuelos. Vista la película, hay que decir que no del todo. Tal vez a algunos actores les perjudique interpretar a personajes demasiado arquetípicos. Otros, sencillamente, son actores bastante limitados, empezando por el protagonista. No negaré el magnetismo sexual a lo Valentino de Richard Gere, ni dejaré de aplaudir su esfuerzo por ser él mismo quien interpretase los solos de corneta que toca su personaje en el film, y menos aún que sus escenas junto a Diane Lane rebosan carnalidad. Y, sin embargo, sus limitados recursos actorales te llevan a pensar que el papel le viene grande, y la película se resiente. Gregory Hines es un bailarín excepcional, pero no un gran actor. Las interpretaciones de los dos elementos femeninos que integran el cuarteto protagonista son mejores que las de Gere y Hines, lo que perjudica a una película eminentemente masculina. Tampoco me parece nada del otro mundo la recreación que hace James Remar del gángster judío Dutch Schultz. Ni, desde luego, un ya entonces sobreactuado Nicolas Cage. El resto de actores, en roles mucho más episódicos, están de correctos a brillantes, pero el nivel de excelencia que se respira en las escenas entre el gran Bob Hoskins y Fred Gwynne no lo alcanza cualquiera. De hecho, en este film no lo alcanza nadie más.

Música y balas, amor y racismo. Envoltorio de lujo. Un film para sentarse y disfrutar. Demasiado complaciente al final, de acuerdo. No es una obra maestra, también. Una gran película harto reivindicable, desde luego.

 

 

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