LA LEY DE LA CALLE

RUMBLE FISH. 1983. 94´. B/N-Color.

Dirección : Francis Ford Coppola; Guión: Susan E. Hinton y Francis Ford Coppola, basado en la novela de Hinton Rumble FishDirector de fotografía : Stephen H. Burum;  Montaje : Barry Malkin; Diseño de producción: Dean Tavoularis; Música: Stewart Copeland. Producción: Fred Roos y Doug Clayborne, para Zoetrope Studios- Universal (EE.UU).

Intérpretes: Matt Dillon (Rusty James); Mickey Rourke (El chico de la moto); Diane Lane (Patty); Vincent Spano (Steve); Dennis Hopper (Padre); Diana Scarwid (Cassandra); Nicolas Cage (Smokey); Larry Fishburne (Midget); William Smith (Patterson); Chris Penn (B.J.Jackson); Sofia Coppola (Donna); Tom Waits (Benny).

Sinopsis: Rusty James es un joven pandillero de los suburbios que añora el regreso de la época dorada de las bandas callejeras e intenta ser como su hermano mayor, el Chico de la Moto, que ha dejado la ciudad para irse a California. No obstante, el Chico de la Moto regresa a sus orígenes, pero ya no es el mismo líder de bandas que todos recuerdan, a quien su hermano desea recuperar.

Después del titánico esfuerzo económico y creativo que significó Apocalypse Now, y sobre todo del fracaso comercial de su siguiente película, Corazonada, el poder, antaño casi absoluto, de Francis Ford Coppola en la industria del cine estaba en fase claramente decreciente. En vista de ello, el cineasta de Detroit decidió dar un giro a su carrera y dirigió su mirada al público juvenil, que ya en aquella época era el que llenaba mayoritariamente las salas de cine. Escogió y filmó dos novelas para y sobre adolescentes de la escritora Susan E. Hinton. La primera, Rebeldes, devolvió a Coppola el favor de la taquilla y lanzó al estrellato a un puñado de jovenes actores, pero resulta una obra demasiado deudora de las exigencias del mercado hollywoodiense. La siguiente película, Rumble Fish, iba a ser otra cosa. En palabras de su propio director, “un film artístico destinado a los espectadores de Porky´s“.

Para empezar, Coppola decidió rodar el film en blanco y negro, tal y como ve el mundo el verdadero protagonista del film, El Chico de la Moto. Escogió a un puñado de actores entonces poco conocidos para incorporar a los personajes principales, a unos pocos secundarios fieles para los papeles adultos, y se dedicó a algo que sabe hacer muy bien: construir un mundo propio a partir de material ajeno.

Nubes y relojes. El gris de los suburbios y el tiempo que, inexorablemente, se escapa. Los jóvenes sin futuro de Tulsa lo matan en locales como el de Benny, charlando y jugando al billar. Pero lo que de verdad les motiva son las pandillas, las peleas callejeras, la lucha por ser los reyes del barrio. Como lo fue el hermano mayor de Rusty James, tal como dicen las pintadas en las paredes: “El Chico de la Moto reina”. O reinaba, pues se ha marchado a California. Por tanto, Rusty y sus amigos juegan a ser como él. Organizan peleas. Una de ellas, la primera que se ve en el film, es de repente interrumpida por la reaparición del antiguo rey de las bandas a lomos de su inseparable motocicleta. Todos se quedan paralizados ante su presencia, lo que le cuesta una herida de navaja a su hermano Rusty.

Ya en su cochambroso hogar, compartido con un padre alcohólico, Rusty percibe que su hermano ha vuelto distinto, que no es el mismo joven que cambió Tulsa por el sol californiano (que no por el mar, el cual no llegó a ver). A veces parece ido, habla despacio, casi susurrando. Se diría que habita en otra dimensión. Es un viejo metido dentro de un cuerpo que apenas sobrepasa la veintena, y no sabe qué hacer, ni adónde ir. Rusty y sus amigos le siguen como perritos falderos en su deambular por los barrios bajos. También le siguen una antigua novia, Cassandra, ahora convertida en yonqui, y la policía, con quien tiene viejas cuentas que saldar. A él, sin embargo, sólo le preocupa la libertad de unos peces luchadores encerrados por partida doble: en una pecera, y en la tienda de animales del barrio. A su hermano le preocupan más otras cosas, las típicas de los adolescentes: el alcohol, el sexo, la autoafirmación (aunque sea a base de dar y recibir golpes), y ser fiel a sus amigos y, sobre todo a su hermano; lo daría todo por ser como él. “Más te vale que eso no ocurra”, le dice su padre, con esa lucidez que dan las brumas del whisky. El Chico de la Moto está fuera de sitio, en el lugar y en el momento equivocados. Quizá sólo haya vuelto para aleccionar a su hermano, o para salvarle de ser como él. O para morir junto al río.

Coppola consiguió con Rumble Fish lo que pretendía (y, como siempre, eso era mucho conseguir): hacer un film artístico y poético para adolescentes, hasta convertir esta película en uno de los grandes films de los 80. Obra mayor disfrazada de encargo alimenticio, su segunda adaptación de una novela de Hinton no sólo supera en todo a la primera, sino que ha resistido mucho mejor el paso del tiempo. Los grandes cineastas pueden hacer grandes films a partir de material literario del montón, como le dijo (y le demostró) Howard Hawks a Ernest Hemingway. Rumble Fish es una excelente prueba de ello. Una película más, en manos de muchos. Una obra de arte, en las de un inspirado Francis Ford.

La aparición del Chico de la Moto se nos presenta casi como la de un Dios. Él es otro de esos seres a los que el mundo les viene pequeño que pueblan la filmografía de Coppola, uno de esos líderes natos pero incomprendidos, que hablan con voz queda y están por encima, o más allá, de todo. El Superhombre nietzscheano en los rasgos de un motero joven pero viejo, interpretado magistralmente por Mickey Rourke, actor dotado de talento y carisma que ha dedicado buena parte de su carrera a dinamitarla, con bastante éxito. En cuanto a los mortales… Matt Dillon, uno de los mejores actores del grupo salido de Rebeldes, está muy convincente en su papel de pandillero gamberro, leal y algo cazurro. La espléndida belleza de Diane Lane, otra actriz de cuya carrera se esperaba mucho más, realza uno de los roles más arquetípicos del film, el de la novia adolescente de Rusty. Del resto del elenco, destacar al sobrinísimo Nicolas Cage, también muy convincente interpretando a un tipo bastante repulsivo, y sobre todo a Dennis Hopper, lúcido y brillante en su papel de progenitor alcoholizado. Una cosa más: eso de ver a Tom Waits regentando un local de billares, mola.

Como ocurre en todos los mejores films de Coppola, acabado técnico perfecto (la fotografía de Stephen H. Burum es magnífica) y muchos momentos para el recuerdo: el reencuentro del hermano mayor con el padre o las dos escenas finales son antológicas. Si se quiere disfrutar de un acercamiento adulto, en el mejor sentido de la palabra, a lo que significan la adolescencia o el amor fraterno, si se sabe apreciar la profundidad de un personaje que derrocha carisma de una forma pocas veces vista desde el primer Marlon Brando, si se quiere recordar esa juventud que, como esos relojes que corren a toda prisa, ya se nos fue, ésta es la película.

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