EL CRIMEN DE BARCELONA

MANUEL TRALLERO Y JOSEP GUIXÀ. La invención de Carmen Broto.  Áurea Editores. 478 páginas.

Si hay un crimen en la historia negra de Barcelona que haya marcado a la propia ciudad, ése es sin duda el de Carmen Broto, lección moral para mozas ligeras de cascos sobre los peligros de la vida alegre. En este libro, Trallero y Guixà se dedican a investigar el crimen y las circunstancias que lo rodearon, con el fin de averiguar cuánta verdad se escondía tras la leyenda, debida sobre todo a la novela de Juan Marsé Si te dicen que caí.

Trallero, cuya pluma envenenada asoma en muchos párrafos del libro, es un periodista barcelonés de excelente currículum que ha dedicado buena parte de su prosa al noble arte de ganarse enemigos, una de esas moscas cojoneras tan necesarias en democracias presuntas y que tanto rechazo provocan entre progres de salón, estómagos agradecidos y subvencionados y demás subespecies del infierno de cada día. Cualquier cosa que venga de él se presume polémica, y este libro no altera la norma. Partiendo de un minucioso trabajo de investigación, que por naturaleza no ha de circunscribirse al puro hecho del crimen, sino que ha de retratar  a quienes de una u otra forma tuvieron que ver en él, y con ellos a la ciudad en que ocurrió todo, la gris y subterránea Barcelona de 1949, Trallero y Guixà reconstruyen los hechos, se sumergen en el sumario judicial y reconstruyen lo dicho y escrito sobre el crimen por barceloneses anónimos e ilustres, muchos de ellos con apellidos que resultan muy familiares a aquellos que conocen algo la ciudad: Huertas Claveria, Bohigas, Martí Gómez, Vila San-Juan, Sagarra o Marsé. El retrato que se ofrece de ellos, como de muchos otros personajes que aparecen en el libro, es poco complaciente, y ello porque todos prefirieron la leyenda a la verdad, como se dice en aquella gran película llamada El hombre que mató a Liberty Valance. Con ello se produjo la curiosa paradoja de que un suceso que hizo correr tanta tinta nunca fue explicado según los hechos probados, sino a partir del recuerdo novelado de un excelente escritor, elevado a la categoría de verdad por periodistas cuya misión hubiera debido ser otra, y por los vaivenes detectivescos de un periodista de La Vanguardia Española que prefirió no dejar que la verdad le estropeara los titulares. Bien, los novelistas mienten, con ello no descubrimos la sopa de ajo. Y están en su derecho, añadiría. Otra cosa es que también lo hagan los periodistas, pues no es lo mismo pintar un cuadro que manipular una foto. O no molestarse en hacerla y describir el cuadro.

Como lector, el libro me engancha porque es siempre ágil, incluso cuando se mete en el farragoso terreno del sumario judicial, y explica como pocos cómo era esa Barcelona de la posguerra, qué se escondía en esas calles por las que, muchos años después, a veces uno pasea al atardecer, con mirada distraída y cigarrillo en mano. Es recomendable para el lector de novela negra, y casi imprescindible para el barcelonauta. En el crimen de Carmen Broto, como en casi todo lo demás, las cosas no ocurrieron tal como nos las contaron, y ése es el valor de este libro, explicar los hechos en toda su amplitud, con buen estilo y exhaustiva documentación, como procede en el periodismo. El necesario complemento, que no dicotomía, para la excelente literatura sobre ste crimen, y sobre la Barcelona de posguerra en general, escrita por Juan Marsé, responsable último de que el recuerdo de un asesinato, bien planificado y ejecutado con suma torpeza, de una bien pagá a la que enterraron en un solar de la calle Legalitat, permanezca en la memoria colectiva después de tantos años. Hacía falta, eso sí, que más allá de la leyenda, se explicaran los hechos. Aquí están.

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