EL PADRINO II

THE GODFATHER PART II. 1974. 195´. Color.

Dirección : Francis Ford Coppola; Guión: Francis Ford Coppola y Mario Puzo, basado en la novela de este último; Director de fotografía : Gordon Willis;  Montaje : Barry Malkin, Richard Marks, Peter Zinner; Diseño de producción: Dean Tavoularis; Música: Nino Rota. Dirección artística: Angelo Graham; Diseño de vestuario: Theadora Van Runkle; Producción: Francis Ford Coppola, para Paramount Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Al Pacino (Michael Corleone); Robert Duvall (Tom Hagen); Robert De Niro (Vito Corleone); Talia Shire (Connie Corleone); Diane Keaton (Kay Adams); John Cazale (Fredo Corleone); Lee Strasberg (Hyman Roth); Michael V. Gazzo (Frank Pentangeli); G.D. Spradlin (Senador Pat Geary); Morgana King (Mamma Corleone); Richard Bright (Al Neri); Gaston Maschin (Don Fanucci); Bruno Kirby, Jr. (Joven Clemenza); Francesca de Sapio (Joven Mamma Corleone); Leopoldo Trieste (Signor Roberto); Troy Donahue (Merle Johnson); Dominic Chianese (Johnny Ola); Abe Vigoda (Tessio); James Caan, Gianni Russo, Harry Dean Stanton, Danny Aiello, Roger Corman.

Sinopsis: Como nuevo Padrino, Michael Corleone se encarga de dirigir y expandir el negocio de la familia, entrando en contacto con los jerarcas de la política y las grandes finanzas. Al tiempo, debe lidiar con sus enemigos y tratar de frenar el progresivo distanciamiento de su esposa, Kay.

Dice el tópico que segundas partes nunca fueron buenas. La segunda entrega de El Padrino constituye la mejor excepción posible a dicha regla. La película tiene toda la calidad de la primera parte, si no más, y ensancha el cuadro mostrándonos, por un lado, la difícil vida a la que, como Padrino, ha de enfrentarse Michael Corleone y, por el otro, cómo el desvalido niño Vito Andolini, que llegó a América con nueve años, una maleta por única compañera y una viruela recién contraída, después de ver cómo sus padres eran asesinados por mafiosos sicilianos, se convirtió en Don Vito Corleone, el más importante jefe de la Mafia neoyorquina.

Por lo que a Michael Corleone se refiere, quizá el gran tema de la película sea la traición. Enfrentado a poderosos enemigos, deseosos de tener para sí el poder, el dinero y la influencia de su familia, el nuevo Padrino fracasa en su intento de limpiar el apellido Corleone y legalizar sus actividades, viéndose envuelto en una creciente espiral de conspiraciones y traición que se infiltra incluso entre aquellos a quienes más desea proteger porque son sangre de su sangre.

Como ocurría en la primera parte, la película empieza con una fiesta, y aquí ya se encuentra el primer cambio significativo respecto a aquélla: los senadores, jueces y políticos de alcurnia que excusaron su presencia en la boda de Connie ya se dejan ver en las celebraciones de los Corleone. La Familia ha entrado en el mundo de la alta política. Y, sin embargo, este hecho traerá al nuevo Don todo lo contrario a la paz que en el fondo ansía, pues no encontrará en su ascenso social más honradez o más nobleza que la que había entre los mafiosos contra quienes combatió su padre, sino todo lo contrario. La búsqueda de la honorabilidad es la gran condena del nuevo Don: más poder y mayores influencias equivale a tener enemigos más temibles, tanto que no vacilan en intentar asesinarle a él y a su familia en su propia casa. Michael, cuya alma ya estaba muy seca tras los asesinatos de su esposa Apollonia y su hermano Santino, acaba convirtiéndose en una versión despiadada de su propio padre: a Don Vito nunca le faltó el cariño de quienes le rodeaban; a él, en cambio, incluso ellos le temen. En su afán por protegerlos, les pierde. Está solo, aunque en la cima del mundo. Para manejar los negocios y tratar con honorables indeseables como el senador Geary y su comisión antimafia, o el inteligentísimo y maquiavélico Hyman Roth, Michael puede disponer del consigliere Hagen para las palabras y del fiel Neri para los hechos, pero, más allá de eso, no tiene a nadie. Su hermana Connie aún le culpa del asesinato de su esposo Carlo (responsable directo de la muerte de Santino), y no disimula su resentimiento ni en privado ni en público, si bien a ella sí la recuperará; su esposa Kay acaba temiéndole y huyendo de él, y su hermano Fredo, el más frágil de la familia, pagará su traición con la muerte.

Todo cambia cuando hablamos de Vito Corleone, interpretado en esta ocasión por Robert De Niro en el papel que le consagraría como estrella mundial. Incluso el color, pues si en las escenas de Michael abunda la oscuridad, no ocurre lo mismo en la parte del film en la que se cuenta la historia de su padre, que es la de un hombre hecho a sí mismo a base de inteligencia, determinación y crueldad. El sueño americano convertido en realidad tras el asesinato de un mafioso de traje blanco. Pero a Don Vito sus allegados, sus vecinos, le quieren y le respetan: es un hombre de la calle, férreo en sus convicciones, a quien pueden acudir si necesitan protección frente a quienes les agreden. Su hijo, al subir hacia arriba en la escala social, pierde el suelo en el que él se apoyaba. Vito Corleone es tan fiel a sus orígenes que su regreso a Sicilia, ya convertido en un próspero hombre de negocios casado y con hijos, sólo tiene un fin: matar con sus propias manos al asesino de sus padres. Después de eso, el círculo de Don Vito se ha cerrado, y ya tenemos al hombre que, al principio de la trilogía, escucha la petición del funerario Bonasera en la boda de Connie.

Si ya en la primera parte la labor de director, guionistas, actores y responsables técnicos era sencillamente perfecta, aquí ocurre lo mismo, pues muchos de ellos repitieron en la secuela y mantuvieron el mismo grado de inspiración. Si el primer film era un prodigio de montaje, éste lo es aún más, si cabe. De entre las novedades hay que destacar en especial a Robert De Niro, que salió más que airoso del reto de incorporar a un personaje que, en el cuerpo y la voz de Marlon Brando, se convirtió en un icono cinematográfico instantáneo. Lee Strasberg está magnífico interpretando a Hyman Roth, es decir, a Meyer Lansky. De Diane Keaton y John Cazale, cuyos personajes ganan mucho peso respecto a la primera parte, sólo se puede decir que están insuperables. Como Al Pacino. Si Michael Corleone es seguramente el personaje más rico, más complejo y más importante de la historia del cine, es en buena parte gracias a él.

La película es pródiga en momentos para recordar, tanto por la composición (mención especial para el retrato de la vida de los inmigrantes italianos en las primeras décadas del siglo XX), como por los diálogos. Y por algunas miradas: las que se intercambian Kay y Michael en la puerta de la casa familiar casi al final de la película; la de Hyman Roth, que por una vez se emociona al recordar a Moe Greene frente al hombre que ordenó su muerte; la frialdad absoluta de la que le dirige Michael a Al Neri mientras le dice, refiriéndose a Fredo: “No quiero que le pase nada mientras nuestra madre viva”. No obstante, la película se recuerda sobre todo por un beso, el de Michael al hermano cuya muerte es sólo cuestión de tiempo: “Sé que fuiste tú, Fredo. Me rompiste el corazón”. Me quedo también con una frase del protagonista sobre la Revolución cubana, país en el que acontecen algunas de las escenas clave del film: “Los soldados cobran por luchar. Los rebeldes, no. Pueden ganar”. Y con la estampa de Pentangeli en la bañera, que tanto me recuerda a la Muerte de Marat. Y con tantas y tantas cosas… La perfección hecha cine, el mejor Shakespeare posible.

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