AMADEUS

AMADEUS. 1984. 160´. Color.

Dirección : Milos Forman; Guión: Peter Shaffer, basado en su propia obra de teatro; Director de fotografía : Miroslav Ondricek;  Montaje : Michael Chandler, Nena Danevic; Diseño de producción: Patrizia Von Brandenstein; Música: Wolfgang Amadeus Mozart. Dirección artística: Karel Cerny; Diseño de vestuario: Theodor Pistek; Producción: Saul Zaentz, para Orion Pictures (EE.UU).

Intérpretes: F. Murray Abraham  (Antonio Salieri); Tom Hulce (Wolfgang Amadeus Mozart); Elizabeth Berridge (Constanze Mozart); Simon Callow (Schikaneder); Roy Dotrice (Leopold Mozart); Christine Ebersole (Katerina Cavalieri); Jeffrey Jones (Emperador José II); Charles Kay (Conde Orsini-Rosenberg); Kenny Baker, Lisabeth Bartlett, Vincent Schiavelli, Richard Frank.

Sinopsis: Recluido en un psiquiátrico, el anciano compositor Antonio Salieri explica a un sacerdote su historia, que es también la del genial compositor Mozart, a quien envidió, admiró y, según confesión propia, asesinó.

Pocas veces, en especial en los últimos treinta años, la película vencedora en la ceremonia de los Oscars es efectivamente, una gran película. Amadeus lo es, desde la primera escena a la última, que por cierto son dos de las mejores escenas del film. El dramaturgo Peter Shaffer hizo la adaptación de su propia obra teatral, el checo Milos Forman dirigió el complicado asunto, y el resultado de todo ello es una obra cinematográfica importante, quizá la definitiva sobre el genio, la envidia y (agárrense) la relación del ser humano con Dios. La elección de ambos artistas no pudo ser más acertada: nadie como Shaffer podía adaptar mejor un texto que, como una cebolla, sugiere cosas nuevas a medida que se desmenuza. Forman, prestigioso cineasta que venía de dirigir su mejor película hasta entonces (Ragtime) no sólo es un director de gran calidad, capaz de llevar a buen puerto una gran producción, sino que su origen centroeuropeo y su cultura musical le hacían idóneo para el proyecto.

Música de Mozart, buen director, gran texto adaptado por el propio autor… ¿qué podía fallar? Muchas cosas, como siempre ocurre tratándose de una producción importante. Para evitarlo, el productor gastó su dinero en contratar a profesionales de reconocida valía en los apartados técnicos, como Miroslav Ondricek o Patrizia Von Brandenstein, cuyo trabajo es sencillamente espectacular, para darle credibilidad a una historia de época en la que la ópera y las escenas palaciegas ocupan un lugar destacadísimo. A la hora de escoger el reparto, los responsables del film tuvieron el valor de elegir actores poco o nada conocidos y, en general, dieron en el clavo. La interpretación que realiza F. Murray Abraham del mediocre compositor Salieri ha pasado con justicia a la historia de la actuación cinematográfica, pues enriquece y llena de matices un personaje de por sí riquísimo. Decía Hitchcock que cuanto mejor es el malo, mejor es la película, y en este caso, como en muchos otros, acierta de lleno. Tom Hulce realizó el papel de su vida incorporando al genial, excesivo e histriónico Mozart, cuya risa histérica permanece como uno de los aspectos más recordados del film. Excelentes actores como Simon Callow o Jeffrey Jones recrean con acierto a personajes episódicos pero muy importantes. En cambio, la interpretación de Elizabeth Berridge como la esposa de Mozart es muy pobre en comparación con las anteriores, aunque su trayectoria tiene un significativo punto en común con la del dúo de protagonistas: todos ellos quedaron identificados de por vida con los personajes que interpretaron en esta película, y sus carreras cinematográficas nunca volvieron a asomarse a cimas tan altas.

Repito: nunca en el cine se han tratado con mayor brillantez la envidia, el genio y la absoluta arbitrariedad con la que vaya usted a saber quién reparte estos atributos. El rostro del respetado compositor imperial Salieri cuando descubre que el excelso músico al que admira es un adolescente de gustos y gestos vulgares, hormonas hiperactivas y excesiva afición por el alcohol y el humor escatológico, lo dice todo. “¿Por qué él, Señor, y no yo, que siempre te fui leal?”. La escena en la que Salieri arroja un crucifijo al fuego nos dice que ya ha dado con la respuesta. Su verdadero drama no es tanto la genialidad de Mozart enfrentada a su mediocridad, sino el hecho de ser, a causa de su inmenso amor por la música y sus grandes conocimientos en la materia, el único de sus contemporáneos realmente capacitado para apreciar ambas cosas. Ése es el auténtico castigo de Dios, y por eso Salieri decide luchar contra Él en la persona de Mozart, trazando un retorcido pero exitoso plan para destruir al genio más aún de lo que los propios defectos y vicios de éste, y su actitud libre en un mundo absolutamente encorsetado y opresivo, hagan al respecto y precipiten su caída en desgracia. Es preciso mencionar que la fidelidad a los hechos históricos es escasa, pero pocas veces esta circunstancia me ha importado menos a la hora de valorar un film. ¿Qué importa que Salieri no encargara a Mozart que compusiera el Réquiem, si la escena en la que lo coescriben es fantástica? Otros muchos detalles de la película son históricamente discutibles, cuando no directamente falsos, pero, como decía Miles Davis, otro músico incomparable, So what?

 

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