LA PÍLDORA NÚMERO ONCE

Pues eso, nueva pildorita al canto. Una advertencia al lector: si nunca ha entrado en una discoteca y se ha sentido como un pulpo en un garaje, espere a la siguiente píldora…

MÚSICA DE BAILE

“Bailando a lo bestia/yo soy el primero/y pego unos saltos/que llego hasta el techo”.                                                       FERNANDO ESTESO, Bellotero pop

Del mismo modo que existen vendedores de seguros que cuando llega la noche sustituyen los pantalones de pinzas y los mocasines por minifaldas de cuero y botas de plataforma, también existen discotecas que, a ciertas horas de la madrugada, pasan de ser el hogar del prejubilado alegre a convertirse en templos de la música electrónica. Son las seis de la mañana y acabo de salir de uno de esos lugares. ¿Que qué pinto yo (un ex heavy reconvertido al jazz cuya indumentaria está tan a la última como los modelitos de Doris Day en Pijama para dos) en semejante tipo de antros tan alejados de mi vida y costumbres? Pues no mucho, la verdad. Yo estaba en un pub irlandés, saboreando los últimos tragos de mi segunda pinta de Guinness y todavía relamiéndome pensando en la tremenda cena (foie, bacallà a l´all cremat y peras al vino) que acababa de zamparme cuando mi compañero de comidas pantagruélicas y noctambuladas varias, que se hallaba en plena planificación de lo que quedaba de noche -pensando seguramente en el lugar más idóneo para dedicarse al sanísimo deporte de desflorar a alguna muchacha en flor-, empezó a intercambiar saludos y palmadas en la espalda con tres tipos que resultaron ser ex compañeros suyos de facultad. Cuando al cabo de media hora nos echaron del pub, uno de aquellos sujetos dijo que en cierta sala de esas de las que les hablaba al principio había un par de camareros amigos suyos, lo que suponía al menos un cubata gratis. Yo hubiera preferido un par de camareras, pero no pagar la dosis de ginebra tampoco era mal negocio, y como en algún lugar tendríamos que matar la noche, fuimos para allá sin hacer más preguntas.

Entramos sin dificultad, cosa que me extrañó vista la cara de bulldog hambriento del portero de la discoteca. Una vez dentro, no tardé en comprobar, para mi desilusión, que aquel sitio estaba bastante lejos del desparrame ibicenco que los profanos solemos asociar a este tipo de lugares y músicas. Luz tenue, barra kilométrica donde empezar a buscar esos cubatas gratis, chill out soso pero no demasiado molesto (uno que pensaba que en estos sitios siempre suena Orbital) y una hilera de sofás que estaban pidiendo a gritos un uso más gamberro. De no ser por la gente que bailaba hubiera creído que estaba en la Filmoteca, o lo que es peor, en la presentación de un libro de poemas. Necesitaba con urgencia la primera dosis de ginebra, y fui por ella moviéndome entre un maremágnum de gafitas de intelectual y chicas sin carne con pinta de haberse tragado toda la filmografía de Antonioni sin pestañear. Ya en la barra, tropecé con una antigua compañera de trabajo que pedía su consumición rodeada de un cuarteto de pollas al parecer bien amaestradas y de un coño que no despertó en mí ningún interés. La chica (diría su nombre si fuera capaz de recordarlo) era una visitante asidua del local que en un par de minutos me puso al corriente de la situación. En la cabina, un par de tíos de Belle & Sebastian pincharían música para combatir el insomnio hasta que, a eso de las cuatro –aún quedaba cerca de una hora-, el DJ residente de la sala tomara el mando de las operaciones y animara algo el cotarro, lo cual no era muy difícil. Conseguido mi gin-lemon, volví junto a mis acompañantes. Nuestro anfitrión ya iba por el segundo cubata y empezaba a vocalizar con dificultad. “No tardará mucho en caer”, pensé mientras él abordaba a un par de chicas despistadas sólo porque eso es lo que se supone que un machito que se precie debe hacer en sitios como aquel. Un cubata después el tipo se hundió del todo y uno de sus amigos tuvo que llevarle a rastras hacia la salida. Nos quedamos, en medio de la pista pero sin mover un músculo, mi compadre, un servidor y  el superviviente del terceto. Había que hacer algo para combatir el aburrimiento, así que decidimos inventar un bailecito que consistía básicamente en acompañar los cambios de ritmo de la música (uno cada cinco minutos, más o menos) con unos cuantos movimientos sacados del extenso repertorio de Tony Manero. Para nuestra sorpresa, al mirar a nuestro alrededor notamos que otros desorientados se habían sumado a nuestro baile. ¿Tan grande era su aburrimiento? ¿Reían con o de nosotros? Qué más daba, nosotros reíamos. Por una vez. De ellos y de nosotros.

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