FRENCH CONNECTION

THE FRENCH CONNECTION. 1971. 100´. Color.

Dirección : William Friedkin; Guión: Ernest Tydiman, basado en la novela de Robin Moore; Director de fotografía : Owen Roizman;  Montaje : Jerry Greenberg; Dirección artística: Ben Kasazkow; Música: Don Ellis. Producción: Philip D´Antoni, para Twentieth Century Fox (USA).

Intérpretes: Gene Hackman  (Popeye Doyle); Fernando Rey (Alain Charnier); Roy Scheider (Buddy Russo); Tony Lo Bianco (Sal Boca); Marcel Bozzuffi (Pierre Nicoli); Frederic De Pasquale (Devereaux); Bill Hickman (Mulderig); Harold Gary (Weinstock); The Three Degrees.

Sinopsis: Dos policías de Nueva York tratan de desarticular una banda internacional de narcotraficantes.

Sí, French Connection es una de esas películas cuyo argumento se explica en una línea, pero que está llena de virtudes. Es desde luego un film policíaco, rompedor en su momento e influyente como pocos en el desarrollo posterior del género. Es también un punto álgido en la toma de la Bastilla que en esos años llevaron a cabo muchos actores, directores y técnicos de lo que entonces se dio en llamar El Nuevo Hollywood. Y, por supuesto, es una de las cumbres artísticas de su director, William Friedkin, que dos años después consiguió un éxito espectacular con El Exorcista, antes de ver cómo su carrera decaía con la misma fuerza con la que emergió. No mucho menos exitosa fue esta película, galardonada además con cinco Oscars en las categorías mayores (película, actor principal, director, guión adaptado y montaje).

Pero empecemos por el principio. French Connection es un filme policíaco modélico, influido por películas como Bullit y Brigada Homicida, de estética realista, montaje frenético y mucha testosterona. En la película se retrata la ciudad de Nueva York de un modo muy distinto al habitual hasta entonces: calles sucias con más barro que asfalto, tugurios de mala muerte en los que pocas cosas buenas pueden ocurrirte y pisos pequeños en barrios más bien deprimentes. En ese mundo degenerado se mueven dos policías de narcóticos, Doyle y Russo. El primero de ellos es un personaje magnífico interpretado por un actor magnífico, Gene Hackman, que le da la vida, la rudeza, el cinismo y la ira que requiere. Estos dos aspectos, la ciudad sórdida y el policía duro y con escasa afición por el reglamento, son seguramente dos de los aspectos de la película (que también se encuentran en otro film legendario rodado el mismo año en San Francisco, Harry El Sucio) más imitados posteriormente. Estaban en otros films anteriores, pero nunca se habían llevado tan lejos. Tampoco se había tratado demasiado en el cine la lucha contra las grandes bandas de narcotraficantes, tema tan actual entonces como ahora y que ha dado grandes obras cinematográficas en manos de directores como Sidney Lumet o Brian De Palma. Lo más recordado de la película son seguramente sus persecuciones, el asedio al que someten Doyle y Russo al jefe de la banda criminal, interpretado con su distintiva elegancia por Fernando Rey, a su sicario de confianza y a los mafiosos locales con los que va a cerrar un lucrativo acuerdo de negocios. Estas persecuciones están rodadas con nervio, complicados movimientos de cámara y notable realismo (ya entonces, la influencia de la televisión en el cine era muy acusada), y es justo que se hayan convertido en un modelo. Pero la película tiene otros puntos a destacar, momentos del mayor interés muy bien resueltos: el juego del gato y el ratón entre Doyle y Charnier en el metro, y el saludito final de éste al policía, es antológico. También la escena en la que Popeye se está pelando de frío y come un mugriento trozo de pizza mientras mira, a través de los cristales de un restaurante de lujo, cómo los narcotraficantes franceses disfrutan de un opíparo ágape. No es tan brillante la escena final, circunstancia que pasa factura a la película y oscurece algo el disfrute anterior. Sin embargo, French Connection es un film más que notable, que además ha envejecido bien, gracias sobre todo a sus escenas de acción y a la maravillosa actuación de Gene Hackman. También, por supuesto, a la extrema vigencia del tema que se trata, en un momento en el que, por ejemplo, la mayoría de países situados entre México y Colombia pueden llamarse, sin exagerar mucho, narcoestados. Sí, cuarenta años después, los Charniers del mundo real siguen ganando la batalla.

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