MILES DAVIS, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Anoche me dejé caer por la sala Apolo para asistir a un concierto peculiar: el homenaje que una big band catalana y formada para la ocasión tributaba a Miles Davis con motivo del vigésimo aniversario de su fallecimiento. El director del tinglado era Joan Chamorro, y la presencia en la banda de músicos como Carles Benavent, Jordi Bonell o Llibert Fortuny acabó llevándome al Paralelo, lugar de fauna humana siempre interesante.

Mucho público, muchos músicos (algunos de ellos niños, lo que, más allá de su habilidad interpretativa, siempre garantiza la benevolencia del respetable) y un desafío enorme: resumir en menos de dos horas una trayectoria de cinco fecundas décadas, y no deslucir la música de uno de los mayores talentos artísticos del siglo XX. Se agradece la valentía, tan necesaria en la música y en la vida. El resultado, que escucharemos en forma de disco en el futuro, sólo podía ser irregular o desastroso, y se quedó en irregular. La elección del repertorio y su forma de enfocarlo era uno de los puntos fuertes, y en este aspecto hubo muchos altibajos, desde una potente versión de Tutu con un Carles Benavent excelente al bajo eléctrico, a una interpretación en clave groove de So what directamente desafortunada. A excepción de la mencionada Tutu y de una más que correcta lectura de Seven steps to heaven, el repertorio excluyó los últimos 30 años de carrera de Davis, y eso es mucho excluir. Por si esto fuera poco, eché de menos a un nombre clave en la carrera de Miles: Gil Evans. Resulta curioso que una big band no incluyera en el homenaje ninguno de los trabajos en los que el homenajeado grabó en compañía de… una big band. Y algunas de esas grabaciones están entre lo mejor de una carrera en la que abundan las cumbres. La parte buena en el aspecto interpretativo, además de las intervenciones de Benavent en los tres temas en que participó, se centró en los solos de Matthew Simon a la trompeta y fliscorno, de Jordi Bonell a la guitarra, y a la sólida y brillante actuación de Esteve Pi en la batería. A Llibert Fortuny, que tocó exclusivamente el saxo tenor, se le notó mucho más a gusto en los temas más modernos y bailables que en los clásicos, y a muchos de los jóvenes el desafío les vino directamente grande, aunque algunos de ellos, no cabe duda, pueden llegar a ser unos muy buenos jazzmen en el futuro. Y, aunque la voz de la joven Andrea Motis es agradable, tuvo demasiado protagonismo para el que tiene la voz humana en la música de Miles Davis. Aprobado, sin tirar cohetes.

Una de las joyas de Miles y Gil Evans:

So what. Miles, mejor acompañado que nunca (y ya es decir) en abril de 1959:

 

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