MIENTRAS DURE LA GUERRA

MIENTRAS DURE LA GUERRA. 2019. 106´. Color.

Dirección: Alejandro Amenábar; Guión: Alejandro Amenábar y Alejandro Hernández; Dirección de fotografía: Álex Catalán;  Montaje: Carolina Martínez Urbina; Música: Alejandro Amenábar; Dirección artística: Juan Pedro De Gaspar; Producción: Hugo Sigman, Fernando Bovaira, Alejandro Amenábar, Matías Mosteirín, Domingo Corral, Leticia Cristi y Urko Errazquin, para Movistar +-Himenóptero-K & S Films-Mod Producciones (España).

Intérpretes: Karra Elejalde (Miguel de Unamuno); Eduard Fernández (José Millán Astray); Santi Prego (Francisco Franco); Nathalie Poza (Ana Carrasco); Luis Bermejo (Nicolás Franco); Tito Valverde (General Cabanellas); Patricia López Arnaiz (María de Unamuno); Inma Cuevas (Felisa de Unamuno); Carlos Serrano-Clark (Salvador Vila); Luis Zahera (Atilano Coco); Mireia Rey (Carmen Polo); Luis Callejo, Dafnis Balduz, Jorge Andreu, Pep Tosar, Itziar Aizpuru, Maarten Dannenberg, Alfredo Villa, Enrique Asenjo.

Sinopsis: Miguel de Unamuno, ya en el final de su vida, se muestra favorable a la insurrección militar contra el gobierno de la Segunda República. Diversos acontecimientos sucedidos en Salamanca, ciudad en la que residía, en las primeras semanas de la sublevación, contribuyeron a que el intelectual vasco se replanteara su posicionamiento.

Después de rodar una película que, en lo relativo a su trayectoria, hizo bastante honor a su título (Regresión), Alejandro Amenábar resurgió con fuerza gracias a Mientras dure la guerra, drama histórico que reevalúa el episodio más lamentable de la historia de España a través de la figura de Miguel de Unamuno, un intelectual que se implicó en todos los acontecimientos políticos relevantes acaecidos en España durante su vida adulta y tuvo la singular habilidad de salir escaldado una vez tras otra. Amenábar saboreó el triunfo en las taquillas y gozó del respaldo casi unánime de la crítica, aunque su película sólo se alzó con Goyas menores en una edición genuflexa ante la autobiografía ficcionada de Pedro Almodóvar.

Que en España se han rodado demasiadas películas sobre la Guerra Civil es un tópico cierto, que el enorme trauma colectivo que originó ese conflicto justifica sólo en parte. Amenábar puede enorgullecerse de haber realizado una de las mejores películas sobre el tema. El director toma como eje de su obra un suceso tan célebre como discutido, que tuvo lugar en el paraninfo de la Universidad de Salamanca y cuyos protagonistas fueron Miguel de Unamuno y el fundador de la Legión, José Millán-Astray. El enfrentamiento dialéctico entre ambos ha generado mucha literatura, y quizá este convulso momento político haya sido el ideal para que podamos verlo por fin en el cine. Hablamos de ficción, no obstante, y la película contiene inexactitudes históricas que hay que tener en cuenta, o más bien da por verídicos algunos hechos objeto de una razonable controversia. Volveré a eso más adelante. Por ahora, diré que Amenábar nos presenta un film que se aleja del habitual tono panfletario del cine político español… y de la política española en general. El esfuerzo por ser ecuánime (lo que no significa ser equidistante) y por humanizar a los personajes no cae en lo empalagoso, pese a que en la película subyace una lectura en clave de presente que insta a sus espectadores a no repetir los errores de entonces y que apela a la concordia, más que buscar la polémica o presentar la historia de siempre, de buenos y malos, que es la que tiene hundida en el lodo a España desde hace siglos. La realidad es que en esta tierra ha habido, desde que el mundo es mundo, malos malísimos que han mandado mucho, y que los buenos, cuyo número es más bien escaso, en contadas ocasiones han podido, querido o sabido dejar huella. Hay que decir que, en muchos lugares de nuestro país, la sublevación de una parte importante del Ejército (apoyada con entusiasmo por el resto de fuerzas vivas del país) contra un gobierno elegido democráticamente pocos meses atrás no encontró apenas resistencia, o ésta fue tan escasa y desorganizada que pudo ser reprimida con tanta rapidez como saña. Varias capitales de cierta importancia quedaron bajo el dominio de los sublevados con la mayor facilidad a los pocos días de producirse lo que ese bando dio en llamar Alzamiento. Una de esas ciudades fue Salamanca, población de cuya Universidad era rector Miguel de Unamuno hasta que, a causa de su apoyo a los sublevados, de quienes aceptó el cargo de concejal del nuevo Ayuntamiento (hecho que la película omite, por cierto), el gobierno republicano le destituyó del cargo, antes de que los rebeldes volvieran a colocarle en él. Figura importante en la instauración de la Segunda República, Unamuno fue distanciándose progresivamente de la causa a la que con tanto empeño sirvió, hasta el punto de apoyar, con la pluma, con la palabra y con su dinero, la rebelión militar. Amenábar captura al intelectual bilbaíno en ese momento, y la película es la crónica del último desencanto unamuniano: apenas unos días necesitó el hasta entonces (auto)engañado autor de San Manuel Bueno, mártir, para darse cuenta de que lo que él en principio consideró una necesaria vuelta al orden no era más que un indigerible potaje de odio, beatería, alergia al progreso y política cuartelera, Demasiado tarde: Unamuno murió avergonzado por su apoyo a esa barbarie, aunque antes tuviera ese último arrebato de dignidad que constituye el clímax de la película. Aun así, erró de lleno: el bando al que la intelectualidad debía apoyar, y desde luego enmendar, era el otro.

Amenábar demuestra una loable madurez en la puesta en escena, sobria y elegante. Narra con brío, aporta calidad visual (Álex Catalán es muy bueno en lo suyo, lo cual es un excelente punto de apoyo) y demuestra que su empeño por componer la banda sonora de sus películas va mucho más allá del mero capricho. La ambientación o el vestuario son de obra mayor, y todo ello acaba dando forma a la película más perfecta de su director desde el punto de vista técnico. La historia se sigue con interés, más allá de si hemos de creer a pies juntillas que Franco pospuso la conquista de Madrid, en beneficio del rescate de los asediados en el Alcázar de Toledo (episodio manejado por el gobierno republicano con la misma desunión y torpeza de la que hizo gala durante el resto de la guerra) obedeciendo exclusivamente a sus intereses personales (opino que el carnicero ferrolano era muy capaz de ello, pero que esa explicación omite aspectos militares que algo tuvieron que influir en una decisión que también se puede entender a partir de lo propagandístico), que Carmen Polo fuera admiradora de la poesía de Unamuno (la futura primera dama era más de joyerías), o que fuera la mano de la susodicha la que sacara a don Miguel del atolladero en que le había metido su condena verbal a ese nuevo régimen que estaba tomando forma a través de la cruz y, sobre todo, de la sangre. Quién sabe, quizás incluso Carmen Polo fue capaz por un solo día de tener un gesto noble, pero existen dudas razonables al respecto. En todo caso, en lo que la película no se equivoca, por lo que respecta a la recreación histórica, es en lo esencial, que son los represaliados y los muertos.

Karra Elejalde traza un magnífico retrato de un Miguel de Unamuno ya viejo, que se autocalifica con buen ojo como experto en paradojas (todo su periplo vital lo fue, en definitiva), enérgico y tenaz al tiempo que cansado y confuso. Un gran acierto de Amenábar el darle el papel, y un excelente trabajo de un actor minusvalorado. Completa el dúo estelar ese enorme intérprete que es Eduard Fernández, capaz de construir un personaje que se denomina a sí mismo glorioso mutilado con el necesario punto de ironía, pero sin caer en la caricatura. Si la película no deja del todo claro que Millán-Astray era algo más que un matarife descerebrado, no es culpa de este superclase. Santi Prego sale bien parado del siempre difícil papel del general Franco, pero su desempeño queda a un nivel inferior al de la pareja protagonista. Del resto, me quedo con Tito Valverde, notable en la piel de un militar reaccionario, masón y lúcido (que también los había), con el siempre creíble Luis Zahera, y con una gran Nathalie Poza.

Otra película sobre una guerra que aún no ha terminado, porque ni se le ha hecho justicia a los asesinados, ni quienes no vivimos el conflicto hemos olvidado cuál es nuestro bando… pese a los de nuestro bando. En todo caso, Alejandro Amenábar ha hecho, muchos años después, una gran, y necesaria, película.

MEMORIAS DE UN ASESINO

SALINJAUI GIEOKBEOB. 2017. 116´. Color.

Dirección: Won Shin-Yeon; Guión: Hwang Jo-Yun, basado en la novela de Kim Young-Ha; Director de fotografía: Choi Yeong-Hwan;  Montaje: Shin Min-Kyung; Música: Kim Jun-Seong; Diseño de producción: Lee Jong-Gun; Producción: Gu Tae-Jin y You Jeong-Hun, para Green Fish Pictures-Showbox (Corea del Sur).

Intérpretes: Sol Kyung-Gu (Kim Byung-Su); Kim Nam-Gil (Min Tae-Ju); Kim Seol-Hyun (Eun-Hee); Oh Dal-Su (An Byeong-Man); Hwang Seok-Jeong (Jo); Kil Hae-Yeon (María); Lee Byung-Joon (Profesor del aula de poesía); Kim Min-Jae, Jo Jae-Yoon, Choi Yoo-Song, Kim Han-Joon, Kim Hye-Yoon.

Sinopsis: Un asesino, que padece demencia y tiene cada vez más difusos sus recuerdos, sospecha que un joven oficial de policía es el autor de una serie de crímenes cometidos en su ciudad.

Won Shin-Yeon era un cineasta bastante desconocido fuera de su Corea del Sur natal hasta que se encargó de dirigir la adaptación cinematográfica de Memorias de un asesino, una exitosa novela de Kim Young-Ha que narra las vivencias de un criminal que, a causa de una enfermedad degenerativa, está perdiendo la memoria a marchas forzadas. La película ha colocado el nombre de su director en el panorama internacional, confirmando el buen momento de una de las cinematografías que goza de mejor salud a nivel mundial.

Kim Byung-Su, el protagonista de la película, es un asesino en serie, pero uno muy particular, pues empezó su carrera criminal borrando del mapa a su propio padre, una bestia inmunda, y la continuó deshaciéndose de personas que, a su juicio, restaban bienestar al mundo y estaban mejor bajo tierra (quienes hayan visto la serie Dexter no necesitarán mayores explicaciones), en concreto en un bosque de bambú en el que el hombre tenía la costumbre de enterrar a sus víctimas. La utilización del pretérito imperfecto no es casual, porque Byung-Su no es un asesino compulsivo: lleva diecisiete años sin matar, consagrado a su profesión oficial, la de veterinario, y a la crianza de su hija, una adolescente que, ante el acelerado deterioro cognitivo de su padre, ha visto invertidos los roles clásicos y ahora es más bien ella quien debe cuidar de su progenitor. Sin embargo, en la zona han sido asesinadas varias jóvenes en los últimos tiempos, lo que sume a Byung-Su en un triple desosiego, provocado por el miedo a que su hija pueda tener idéntico desenlace, por la sospecha de que un joven, a quien el protagonista conoce a causa de un accidente de coche y que resulta ser oficial de policía, sea el autor material de los crímenes, y por el temor de que su propio yo psicópata haya reaparecido y él mismo sea el asesino, aunque sus cada vez más frecuentes lapsos de memoria le impìdan verlo.

Opino que, durante su primera hora y media de metraje, la película es francamente buena, pues narra con sobriedad el desarrollo de los acontecimientos, muestra de manera muy convincente los vaivenes memorísticos de su personaje principal, alternando con acierto pasado y presente, y a la vez teje un thriller sobre fondo gris (la película es tan poco luminosa que más de una vez parece rodada en blanco y negro) que engancha al espectador. Un aspecto a subrayar es el brillante modo en que la trama juega con un aspecto fundamental de la memoria: su carácter selectivo. ¿Hasta qué punto alguien, y más todavía quienes son dueños de una mente enferma, es capaz de fabricar sus propios recuerdos? ¿Podemos confiar en nuestra propia memoria, incluso si ésta no presenta síntomas de estar alterada? El guión, en este punto, hace gala de inteligencia (se nota que de la adaptación se encargó la misma privilegiada mente que escribió Old Boy), y el director sabe jugar con esa ambigüedad para elevar el nivel de una historia sombría. El problema es que, en el tramo final (desde que conocemos cuál fue el destino de la esposa de Byung.-Su, para ser exactos), la película vira hacia el thriller sobre asesinos en serie más convencional y pierde parte de su encanto, casi como si sus artífices hubiesen medido mal sus fuerzas y lleguen demasiado exhaustos a la línea de meta. El tono (la fotografía de Choi Yeong-Wan mejora lo que podría esperarse en un debutante) y la atmósfera se mantienen, e incluso vemos algunos retazos de gran calidad (ese lento caminar de Byung-Su hacia el túnel) pero algo se ha perdido por el camino.

Si tenemos en cuenta que el trío protagonista lo forman actores a quienes no había visto en la vida, se entiende que mis expectativas respecto a la labor del reparto no fuesen excesivas. El desempeño de esos intérpretes es desigual; Sol Kyung-Guy hace un trabajo excelente, otorgando credibilidad a un personaje complejo, a la vez fiero y muy vulnerable. Kim Nam-Gil representa el eslabón más débil del triángulo, pues su interpretación me parece plana y poco matizada, mientras que Kim Seol-Hyun hace un trabajo en el papel de una adolescente todavía en posesión de inocencia a la que la maldad del mundo le es revelada de sopetón. El veterano Oh Dal-Su, cuyo rostro sí me era algo más familiar, hace un trabajo solvente como policía amigo de Byung-Su, y menciono también las meritorias actuaciones de Lee Byung-Joon, como cargante profesor de poesía, y de Hwang Seok-Jeong como cincuentona acosadora (subespecie equiparable a las meigas: haberlas… haylas), pues sus personajes aportan a la película unos toques de humor negro que le sientan muy bien.

Pese a que no termina tan bien como empieza (y apunta), Memorias de un asesino es una notable película, que recomiendo a los amantes del thriller y, por extensión, a todo cinéfilo que se precie de serlo.

BAJO LAS SÁBANAS

UNDER COVERS. 2018. 7´. Color.

Dirección: Michaela Olsen; Guión: Michaela Olsen; Montaje: Michaela Olsen; Música: Jade Shames; Producción: Mighty Oak (EE.UU.).

Intérpretes: Dylan Stephen Levers (Voces del demonio en la ventana y de la monja excitada); Robert Kovacs (Mano de Dios); Jade Shames (Voz del hombre asustado); Emily Collins (Voz de la amante).

Sinopsis: Durante un eclipse lunar, el satélite observa desde el cielo lo que sucede en las habitaciones de una pequeña localidad.

El segundo trabajo como directora de Michaela Olsen es Bajo las sábanas,un cortometraje de animación rodado en stop motion que ha generado una amplia mayoría de valoraciones positivas entre su audiencia. Ingenioso, desenfadado e irreverente, este trabajo revela a una cineasta con cosas interesantes que ofrecer.

Cuando uno se plantea explicar una historia en muy poco tiempo, es fundamental tocar un tema interesante, y por supuesto hacerlo con gracia. Olsen consigue ambas cosas: por un lado, se refiere a una cuestión tan universal (a todos nos interesan las vidas ajenas, incluso a quienes no nos interesan) como el voyeurismo, y lo desarrolla de una forma ligera, casi juguetona, ofreciendo un elogio de lo raro, por no decir de lo bizarro, que no se percibe forzado, ni esclavo de la moralina progre imperante. En la intimidad, y pocos lugares hay más íntimos que el propio catre, todos somos raros, nos dice con razón la directora, y eso está bien. Imagino que la escena de las monjas soliviantará a los espectadores de piel más fina, pero atender a las reacciones de quienes carecen de sentido del humor es una notable pérdida de tiempo, y por fortuna Michaela Olsen no parece amiga de andarse con tonterías. La luna, retratada de una forma que hace recordar a Mèliés, ejerce como demiurgo que todo lo observa, pero lo hace con benevolencia, sin juzgar a esos extraños seres de ahí abajo. Eso, ya lo hace el dedo vengador…

El acabado técnico de la película denota su carácter artesanal, lo que no significa que sea cutre. Dentro de lo colectivos que acostumbran a ser los films de animación, opino que más que los de acción real pese a la ausencia en pantalla de actores de carne y hueso, estamos ante un trabajo muy personal, en el que la directora se ha implicado en los aspectos técnicos con la misma intensidad que en los narrativos. Los dibujos, lo mismo que la música, están concebidos para acentuar el tono de divertimento de la propuesta, que exhibe la necesaria coherencia entre forma y fondo.

En resumen, notable cortometraje este Bajo las sábanas,que constituye un elogio de la diferencia hecho en un tono deliciosamente ajeno a la solemnidad.

CÓMO ESTAR SOLO

HOW TO BE ALONE. 2019. 11´. Color.

Dirección: Kate Trefry; Guión: Kate Trefry; Dirección de fotografía: Caleb Heymann; Montaje: David Pergolini; Música: John Kaefer y Michael Dean Parsons; Producción: John Trefry, David Carrico y James Mitchell, para Valparaiso Pictures-4WT Media (EE.UU.).

Intérpretes: Maika Monroe (Lucy); John Keery (Jack/El rengo); Evan Miller (El otro rengo).

Sinopsis: A una muchacha le afloran todas sus pesadillas cuando debe pasar la noche sola en casa.

Kate Trefry, conocida sobre todo por haber escrito algunos episodios de la popular serie televisiva Stranger things,debutó en la dirección con Cómo estar sola, un paseo por el terror psicológico que ha disfrutado de una importante difusión internacional, sin que a pesar de ello el producto haya despertado grandes entusiasmos entre sus espectadores.

Asistimos a la historia de una joven, cuyo novio trabaja en el turno de noche de un centro sanitario, a la que se le aparecen todos sus demonios en cuanto el sol se pone y ella se queda sola en casa. Sucede, eso sí, que lo que podría haber sido un ingenioso estudio del miedo en reclusión, o, por ser más precisos, de la incapacidad de tantas personas para desenvolverse con entereza en soledad, se queda en una efectista, y más bien vacua, retahíla de sustos en la que algunas buenas ideas (la corporeización de esos demonios en el tramo final, por ejemplo) se alternan con lugares comunes, habiendo también un exceso en la utilización de la voz en off, que proporciona algunos subrayados innecesarios a la película, defecto este bastante habitual en los directores noveles. Coincido con el mensaje (sólo somos nosotros mismos cuando estamos solos, sin que ello tenga que ser necesariamente positivo), pero, concediendo que hay algunas buenas ideas visuales, y que la fotografía es de calidad, el conjunto se ve lastrado por el hecho de que la directora apueste por lo fácil en una historia que necesita ser compleja. El perfil de la protagonista es más superficial que turbio, y al film, de estructura circular, flaquea por ello en algo tan fundamental como la atmósfera.

Conste que la joven Maika Monroe hace un buen trabajo, aunque quizá le hubiese venido bien, como a la película, que el desequilibrio mental de su personaje fuese menos estándar. El papel de Joe Keery, actor que debe su fama a la serie mencionada al principio de esta reseña, no es que dé para mucho, y su desempeño no pasa de la mera corrección.

Cómo estar solo no es un film desdeñable, pero deja a la vista que Kate Trefry debe pulir bastante su estilo como directora. En una historia de esta naturaleza, quizá le faltó visionar con atención algunos clásicos de Polanski, por citar a un maestro en el arte de crear turbiedad en espacios cerrados.

UN HOMBRE SOLO

A MAN ALONE. 1955. 95´. Color.

Dirección: Ray Milland; Guión: John Tucker Battle, basado en un argumento de Mort Briskin; Director de fotografía: Lionel Lindon;  Montaje: Richard L. Van Enger; Música: Victor Young; Dirección artística: Walter Keller; Producción: Herbert J. Yates, para Republic Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Ray Milland (Wes Steele); Mary Murphy (Nadine Corrigan); Ward Bond (Sheriff Gil Corrigan); Raymond Burr (Stanley); Lee Van Cleef (Clanton); Arthur Space (Dr. Mason); Alan Hale Jr. (Jim Anderson); Douglas Spencer, Thomas B. Henry, Grandon Rhodes, Martín Galarraga, Kim Spalding, Howard J. Hegley, Richard Hale.

Sinopsis: Un bandido errante es acusado de asesinar a varias personas que viajaban en una diligencia.

Aunque su fama como actor la obtuvo en géneros bien distintos, el debut de Ray Milland en la realización de largometrajes tomó la forma de un western, de importante carga dramática, en el que el intérprete galés se colocó a ambos lados de la cámara. Un hombre solo no tuvo demasiado éxito en su época, y en la actualidad es una película olvidada, pero su visionado deja patente que el talento de Milland no se circunscribía a la recreación de personajes.

En la película se cuenta la historia de un bandido, ya maduro, que desea cambiar de vida y es acusado de unos crímenes que no ha cometido. El falso culpable, tan usual en el cine negro, llevado al Oeste. La primera escena está resuelta con brillantez: sin hacer uso de los diálogos, y acompañada por la notable música de Victor Young, uno de los compositores que mejor supo reflejar la épica salvaje del western, vemos cómo el protagonista vaga por el desierto, dejando atrás sus posesiones a medida que el hambre y la sed empiezan a hacer mella en él. Toda su fortuna se resume en dos fajos de billetes que carga consigo en mitad de ninguna parte, hasta que encuentra los restos de una diligencia asaltada, y los cadáveres de cuantos formaban la expedición. Un cúmulo de adversidades provoca que el forastero sea acusado de esos crímenes en la ciudad más próxima. En su huida, el perseguido hiere al ayudante del sheriff, asiste al asesinato del banquero local a manos de dos personajes que parecen haber tenido mucho que ver en el funesto destino de la diligencia, y termina refugiándose en el sótano de la vivienda del máximo representante de la ley en la localidad, postrado en la cama a causa de unas fiebres. A través de sus actos, el protagonista logra que la joven hija del sheriff crea en su inocencia mientras lucha por mantenerse a salvo de quienes le persiguen, es decir, del resto del pueblo.

Es cierto que la práctica totalidad de la película discurre en interiores, y que la acción es escasa, pero también que su guión se sitúa por encima de la media. Sin dejar de recurrir a diversos lugares comunes en el western (la redención del bandido, el potentado sin escrúpulos que maneja la ciudad a su capricho), el perfil de los personajes posee complejidad, los diálogos están bien trabajados y el desarrollo narrativo es coherente hasta desembocar en un final que está a la altura del notable inicio. Es verdad que a los villanos, que tienen entidad, se les niega parte del protagonismo que merecen en beneficio del relato completo de lo que sucede en la casa del sheriff, y en especial de la relación entre el huído y la joven. Por ello, a Milland le queda un western más intimista que vigoroso, aunque su manejo de la cámara (que mueve con lentitud, pero en mayor medida de la habitual en el género) y su sentido del tempo narrativo hacen que la trama avance con firmeza y sin sobresaltos, resultando entretenida en todo momento. La fotografía es de calidad, empleando el mismo, y muy aparente, sistema ya utilizado por Nicholas Ray en Johnny Guitar, y ya he resaltado con anterioridad una de las grandes virtudes de la película, como es la partitura de Victor Young. En general, los aspectos técnicos se ven cuidados, en la puesta en escena se busca la sobriedad evitando las estridencias, y sin duda Milland tomó buenas lecciones de los grandes directores para los que trabajó.

El trabajo interpretativo del también director es, una vez más, digno de elogio. Milland es un actor de categoría que también en el terreno del western es capaz de crear personajes con un rico mundo interior, y de hacerlos creïbles para el público. Su pistolero redimido es reflexivo, incluso lánguido, pero no blando, y muestra gran energía cuando corresponde. El rol de Mary Murphy es más tópico, pero esta joven actriz lo resuelve con solvencia.  Ward Bond, un gran secundario, brilla como casi siempre, esta vez en la piel de un sheriff corrupto que se pasa buena parte del metraje enfermo. Un lujo contar con Raymond Burr como villano, y otro más que el pistolero inmisericorde a su servicio sea el gran Lee Van Cleef.Quizá a ambos, como dije antes, les falte espacio para lucirse como debieran. Pocos papeles más de cierta relevancia podemos contar, pero los secundarios cumplen, y el trabajo de los protagonistas es de mucho nivel.

Notable western, que sin duda mereció mejor suerte y que vale la pena recuperar. Ray Milland también sabía dirigir, está claro.

TRIANA PURA Y PURA

TRIANA PURA Y PURA. 2013. 73´. Color.

Dirección: Ricardo Pachón; Guión: Gervasio Iglesias y Ricardo Pachón; Dirección de fotografía: Juan Manuel Linares y Mariano Agudo; Montaje: Mercedes Cantero; Música: Miscelánea. Cantes tradicionales de los gitanos de Triana; Producción: Gervasio Iglesias y Ricardo Pachón, para La Zanfoña Producciones-Flamenco Vivo (España).

Intérpretes: Ricardo Pachón, Manuel Molina, Matilde Coral, José Lérida, Raimundo Amador, El Titi, Pepa La Calzona, Lole Montoya, El Herejía, Juan Lérida, Tragapanes, La Perla, Carmelilla Montoya, El Pati, Farruco, Loli Lérida, Tío Juani, Carmen del Titi, Manuel Domínguez, El Coneja, Gloria Filigrana, El Eléctrico, Bobote, Carmen Cachero.

Sinopsis: Más de veinte años después de ser expulsados del barrio, artistas gitanos de Triana se reúnen para actuar en el Teatro Lope de Vega de Sevilla.

Ricardo Pachón, uno de los nombres importantes del flamenco en las últimas décadas, es el artífice de Triana pura y pura, un documental merecedor de un adjetivo del que se ha abusado hasta desgastarlo: histórico. En él se recupera un pasado, el de la gitanería trianera, que aun formando parte de los recuerdos de los más viejos del lugar, apenas había logrado trascender más allá de la oralidad y la leyenda y, al menos en su vertiente musical. parecía destinado a desaparecer para siempre.

Triana pura y pura constituye una doble mirada al pasado, porque recupera una grabación de principios de los 80 que, a su vez, actúa como testimonio de algo que ya por entonces pertenecía a otra época: la peculiar manera de cantar y bailar de los gitanos de Triana, la gran mayoría de los cuales habían sido expulsados del barrio décadas atrás. Una historia, la de la especulación urbanística en las grandes ciudades, que en Sevilla ha vivido distintos capítulos y que, a finales de los 50, tuvo como consecuencia el desalojo forzoso de muchas familias, la mayoría de etnia gitana, del que había sido su hogar durante generaciones. La explicación es sencilla: alguien vio las inmensas posibilidades económicas que ofrecía el margen derecho del Guadalquivir y, con el beneplácito del Ayuntamiento, se puso manos a la obra. Sobraban, claro está, los pobladores, gente humilde que, en muchos casos, ejercía oficios viejos. He de decir que esta historia no es exclusivamente gitana, y así lo puede corroborar quien esto escribe, parte de cuya familia materna, residente en el Charco de la Pava, fue realojada, después de la transformación de la zona, en el tristemente célebre Polígono Sur. Allí, o a Torreblanca, o a Los Pajaritos, fueron a parar muchas de esas familias gitanas, realojadas a la fuerza, que protagonizan esta película. Un último apunte urbanístico: si alguien quiere saber si detrás de una operación de este tipo se esconden propósitos meramente especulativos, puede empezar comprobando si los residentes son realojados en el mismo, o en otros barrios. El caso, volviendo a lo que nos ocupa, es que, en los últimos coletazos de la Transición, alguien tuvo la idea de organizar un espectáculo protagonizado por artistas de la ya desaparecida Triana calé. Un flamenco de tronío, Manuel Molina, fue el encargado de dar forma musical al evento, que iba a celebrarse en el Lope de Vega y que alguien tuvo la feliz idea de grabar para la posteridad. Este es el documento, aderezado por las explicaciones de los propios Molina y Pachón, de Matilde Coral y de Raimundo Amador, que participó en el concierto siendo un veinteañero, que forma la esencia de Triana pura y pura, un espectáculo que, más que verlo, hay que sentirlo.

Lo que vemos es, además de un reencuentro, una fiesta en toda regla. Artistas consagrados y desconocidos se agolpan en el escenario para ofrecer el último testimonio de una tradición musical centenaria. Guitarras, palmas, vino, cante y baile a la antigua: visceral, desinhibido, incluso procaz. Popular hasta la raíz. Auténtico desde lo primero a lo último. El toque de Manuel, Raimundo y El Rubio acompaña a leyendas trianeras como El Titi o Pepa la Calzona, cuya forma de bailar es inimitable. En el cante de El Herejía emerge todo el poderío de la tradición. Cada cual aporta su toque personal a esa fiesta flamenca, a la que acaban sumándose algunos asistentes de indiscutible pedigrí artístico. Entre tanta bulería, hay tiempo para que Tragapanes, último superviviente de una estirpe de artistas y toreros, nos enseñe cómo se entendía el martinete a la derecha del Guadalquivir. Y sí, la calidad de la grabación es mejorable, pero qué bueno haberla recuperado. Si en España hubiera una Biblioteca del Congreso, o simplemente se tratara a la cultura con decencia, lo que vemos y oímos en Triana pura y pura ocuparía un lugar destacado. Los que saben, dicen con razón que el flamenco de los corrales, y de los tablaos anteriores a la invasión guiri, era otra cosa. Pues bien, lo que hacen estos viejos maestros es llevar todo eso, por una noche, al escenario de un teatro. Y ahí queda. Flamenco puro. Quienes no sean capaces de vivirlo como el arte popular puro que es, como algo que sale sin filtros desde lo más profundo, harían bien en abstenerse, porque en este artificioso mundo de sucedáneos, esto puede provocar daños irreparables a los muertos en vida, que son legión.

QUÉ NOCHE LA DE AQUEL DÍA

A HARD DAY´S NIGHT. 1964. 86´. B/N.

Dirección: Richard Lester; Guión: Alun Owen; Dirección de fotografía: Gilbert Taylor; Montaje: John Jympson; Música: The Beatles; Dirección artística: Ray Simm; Producción: Walter Shenson, para Walter Shenson Films-Proscenium Films (Reino Unido).

Intérpretes: George Harrison, John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr (Ellos mismos/The Beatles); Wilfrid Brambell (Abuelo); Norman Rossington (Norm); John Junkin (Shake); Victor Spinetti (Realizador de televisión); Anna Quayle (Millie); Deryck Guyler (Inspector de policía); Richard Vernon, Robin Ray, Lionel Blair, Pattie Boyd, Kenneth Haigh, Brian Epstein, Phil Collins, Rosemarie Frankland, Margaret Nolan, Richard Lester, Charlotte Rampling.

Sinopsis: Los Beatles, en plena vorágine de su fama, viajan a Londres para grabar un programa de televisión.

Desde que el cine se hizo sonoro, la presencia en la gran pantalla de los músicos más en boga en cada momento se hizo casi ineludible. Por supuesto, un fenómeno de la envergadura del que causaron los Beatles no podía ser ajeno a esa tendencia, por lo que el cuarteto de Liverpool no tardó en ponerse delante de las cámaras para alborozo de sus incondicionales, que se contaban por millones en todo el mundo. El debut en el cine de George, John, Paul y Ringo significó asimismo un gran espaldarazo para la carrera de su director, Richard Lester, que hasta entonces se circunscribía básicamente a trabajos televisivos. La película permanece como uno de los musicales pop de referencia más de medio siglo después de su estreno.

A mi juicio, Qué noche la de aquel día ha envejecido francamente bien, pese a ser una película rodada muy de acuerdo a las tendencias más modernas en su época (lo que acostumbra a ser sinónimo de senectud prematura), por dos motivos fundamentales: que las canciones de los Beatles permanecerán para siempre en la memoria colectiva, y que ni el propio film, ni desde luego sus artífices, se toman a sí mismos demasiado en serio. A hard day´s night continúa siendo divertida e irreverente, gracias al ingenioso guión escrito por Alun Owen y al espíritu desenfadado que impregna todo el metraje. No todo lo que sucede es divertido (ya volveré a eso más adelante), pero todo es observado, y retratado, desde el prisma de la comedia. Estamos en los inicios del seísmo beatle, y lo que vemos es a cuatro amigos de clase obrera (detalle nada baladí en una sociedad estratificada como pocas), ajenos a toda solemnidad, que todavía disfrutan del increíble éxito obtenido gracias a su música pese a los inconvenientes que conlleva ser el centro de atención de todo el mundo, máxime cuando apenas se ha superado la veintena y el ascenso a la cumbre ha sido tan repentino. De hecho, la velocidad es una de las constantes de la película, y esto se plasma en el modo de filmarla de Lester, muy cercano al documental en lo que a técnica se refiere, y en el montaje, bastante acelerado para los estándares de la época. De hecho, la película se inicia con los cuatro de Liverpool en plena carrera, huyendo del acoso de docenas de fans histéricas. Carreras, veremos muchas, ya sean con ese mismo objeto, por el puro placer de disfrutar de unos minutos de libertad, delante de la policía o para llegar a tiempo de cumplir con los compromisos profesionales. Carreras… y muchas bromas: el gag del abuelo de Paul dura, literalmente, toda la película, y proporciona algunos momentos tronchantes (el del casino, sin ir más lejos), pero no es el único, pues los miembros del grupo no paran de emitir comentarios jocosos, ya sea dirigidos a sus propios compañeros, a la gente seria (ocasionales compañeros de viaje ferroviario, periodistas, estresados directores de televisión) en general o, sobre todo, al dúo de representantes que les acompañan a todos sitios. Todavía los Beatles pueden presentarse como una convincente hermandad de amigos, que se divierten de lo lindo (en especial Ringo, casi siempre sonriente) pese al rechazo que provocan en el gran mundo por su baja extracción social y su llamativa imagen, a la acumulación de exigencias promocionales que les convierten casi en monos de feria, sin tiempo para detenerse a pensar o dedicárselo a ellos mismos, o al continuo caos provocado por unas fans a las que vuelven locas sus canciones pero que, paradójicamente, berrean con tal intensidad que resulta casi imposible escuchar la música. Los egos permanecen ocultos: se nota que el de Lennon, sin duda el mayor de todos, se impuso a la hora de seleccionar las canciones, pero en pantalla el lucimiento está repartido de forma muy equitativa. Y, entre tanto chascarrillo, una gran verdad, la que asoma de la conversación entre George Harrison y ese moldeador de estrellas juveniles prefabricadas que se cree un Petronio de su tiempo. Sí, el lobo ya asomaba la patita por debajo de la puerta…

Como ya se ha mencionado, Lester busca la máxima espontaneidad, y tiene el mérito de conseguirla. Para ello, su inquieta cámara sigue tan de cerca a sus protagonistas que uno diría que más de una vez debió de chocar con ellos, pero aceptamos pulpo porque la película es muy ágil, rezuma frescura y, todo hay que decirlo, la actuación final está tan bien filmada que se nota que el director conocía muy bien el medio televisivo pero, a la vez, logra trascenderlo. Hay que resaltar que en la calidad visual de la película tiene mucho que ver el gran trabajo del veterano Gilbert Taylor.

En general, los cuatro Beatles se mueven con desparpajo ante las cámaras. Quizá al más joven de ellos, Harrison, se le vea menos suelto, pero ellos contribuyen mucho a que la película tenga tanta chispa. También lo hacen dos notables secundarios como el ya muy curtido Wilfrid Brambell y un impagable Norman Rossington. Destacar, por último, la labor de Victor Spinetti, así como la presencia de Pattie Boyd, antes de convertirse en la esposa de George Harrison… y en Layla.

Lo dicho: fresca, divertida, trufada de canciones inmortales y muy apropiada, ahora que todo Cristo parece haber perdido la perspectiva histórica, para comprender la auténtica dimensión de lo que significaron los Beatles en los años 60.

HABRÁ MONSTRUOS

HABRÁ MONSTRUOS. 2019. 6´. Color.

Dirección: Carlota Pereda; Guión: Carlota Pereda; Dirección de fotografía: Rita Noriega;  Montaje: Verónica Callón; Dirección artística: María Gómez Lou; Producción: Carlota Pereda, David Moreno y Raquel Pedreira, para Almaina Producciones (España).

Intérpretes: Patricia Ponce de León (Joven intoxicada); Jorge Elorza, Álvaro Quintana, Alejandro Chaparro y José Gabriel Campos (La Manada); Laura Galán (Madre escritora).

Sinopsis: Una mujer ebria es asaltada por un grupo de jóvenes.

Habrá monstruos es el tercer cortometraje de Carlota Pereda, realizadora con una amplia experiencia en el mundo de la televisión que, además, abordó este trabajo con el Goya al mejor cortometraje de ficción bajo el brazo. Vista esta obra, he de decir que mis expectativas han quedado defraudadas.

Contar una historia en apenas seis minutos entraña bastante dificultad, y he de decir que a Pereda se le notan el oficio y la capacidad de síntesis, virtud imprescindible cuando se transita por estos terrenos. Otro tema es que la historia, por mucho que sea muy consecuente con los vientos ideológicos que corren, sea más bien pobre, y que su potencial simbólico se quede en anécdota. Que la película se inicie con la imagen de una joven vomitando en un banco, se supone que a causa de un consumo abusivo de alcohol, ya nos indica que el film no caminará por los senderos de la sutileza, cosa que no es mala en sí misma, aunque suele restar credibilidad al mensaje. Acto seguido, esa joven es abordada por cuatro indeseables (inequívocamente españoles, por supuesto: una simple sugerencia de lo contrario es tabú para la progresía), que, aprovechándose de su estado de embriaguez, la llevan hasta un portal, se entiende que con la intención de violarla. El desenlace de este cuento cruel, y por desgracia a veces real,  es muy distinto del que cabría esperar (de un plumazo, lo realista se convierte en fantástico), y por fin descubrimos que todo es una historia dentro de otra historia, algo que me suena a truco sin demasiado sentido. Lo cierto es que la factura visual es más que correcta: de hecho, el importante abuso de los primeros planos se redime por la mejor elección de la directora, que es filmar el portal, y la escena que allí acaece, desde el banco, ya vacío, en el que empezó todo. Lástima que esa necesaria distancia no se aplique en el resto del metraje, ni desde luego en el discurso, que me atrevo a calificar de feminismo zafio. Las interpretaciones se ven lastradas por ese esquematismo en el perfil de los personajes, sin que uno vea a ningún actor capaz de aprovechar su breve aparición en pantalla para darle un plus de profundidad al conjunto. En definitiva, una obra de esas que demuestran que, de buenas intenciones, están los cementerios llenos.

FAMILIA

FAMILIA. 1996. 94´. Color.

Dirección: Fernando León de Aranoa; Guión: Fernando León de Aranoa; Dirección de fotografía: Alfredo Mayo;  Montaje: Nacho Ruiz Capillas; Música: Canciones interpretadas por Stéphane Grappelli; Decorados: Soledad Seseña; Producción: Elías Querejeta, para Elías Querejeta Producciones Cinematográficas-Albares Production-MGN Films (España).

Intérpretes: Juan Luis Galiardo (Santiago); Amparo Muñoz (Carmen); Ágata Lys (Sole); Chete Lera (Ventura); Elena Anaya (Luna); Raquel Rodrigo (Rosa); Juan Querol (Carlos); Aníbal Carbonero (Nico); Béatrice Camurat (Alicia); André Falcon (Martín).

Sinopsis: Una familia se reúne para celebrar el aniversario del patriarca, aunque nada es lo que parece.

Familia no sólo fue el debut en la dirección de largometrajes de Fernando León de Aranoa, sino el film que de un plumazo le situó entre los jóvenes valores más a tener en cuenta en el cine español. Este original drama, aderezado con toques de comedia, aúna el costumbrismo con el absurdo y logró encandilar a la crítica, al tiempo que obtuvo una acogida popular muy importante para tratarse de una película concebida para minorías. Por todo ello, puede decirse que, en este caso, la ópera prima funcionó, de forma muy merecida, como plataforma de despegue de una carrera que ha alternado grandes momentos con obras mucho más prescindibles.

En principio, nada puede haber más típico que una reunión familiar en conmemoración del aniversario del patriarca. Esto es lo que sucede un buen día en la casa de Santiago, un hombre maduro de buena posición social. Sin embargo, no tardamos en descubrir que todo el tinglado es una tremenda pantomima, pues la família de Santiago no es más que una compañía de actores contratada para la ocasión por un individuo que, en realidad, está absolutamente solo. No conocemos el motivo de esa soledad, sólo la forma en la que ese peculiar cincuentón decide combatirla por un día. Las costuras saltan nada más empezar, cuando el hijo pequeño entrega un regalo claramente erróneo y el homenajeado se queja con amargura de que la criatura no se ajusta ni de lejos a sus deseos. A partir de ahí, asistimos al contraste entre las vivencias de una familia falsa, la que ha montado Santiago para no celebrar en soledad su aniversario, y una verdadera, la de la compañía de actores, cuyas relaciones cruzadas casan bastante mal con los papeles asignados a cada cual en la pantomima. En conjunto, predomina la tristeza, pues por un lado tenemos a un hombre que parece tenerlo todo, pero a nadie con quien compartirlo, y por el otro a unos actores que forman un núcleo cerrado y, en cierto modo, protector, aunque marcado por la precariedad y el deterioro de las relaciones entre los miembros adultos de la compañía. Es decir, que bajo la apariencia de una família tradicional, lo que en verdad tenemos es a una inexistente y a otra, no necesariamente biológica, bastante disfuncional. Fernando León, ante todo un guionista muy talentoso, añade a esta historia de poso amargo un buen número de digresiones humorísticas, algunas gozosamente absurdas y otras más en sintonía con lo que podría esperarse en una típica comedia de situación. En definitiva, un ejercicio de estilo en el que queda claro que la vida es puro teatro, y todos  somos actores, en sentido calderoniano, en esta gigantesca tragicomedia.

El estilo de Fernando León como director se basa en la sencillez y el realismo a ultranza. Todo el trabajo técnico está supeditado a la historia, que transcurre en un solo escenario, una casa señorial de aspecto más bien decadente. Es cierto que la puesta en escena es básicamente teatral, sin que haya elementos visuales que sobresalgan de un conjunto tan funcional como previsible. No obstante , la fotografía, de Alfredo Mayo, es de calidad, y es de destacar el acertado uso que se hace de las canciones interpretadas por el gran Stèphane Grappelli, muchas de ellas junto al genio de la guitarra Django Reinhardt. Esta música contribuye en gran manera a atenuar los elementos más dramáticos de la acción y añadirle al conjunto una ligereza que se busca tanto como se necesita. El director sabe dosificar los distintos elementos y consigue que la narración avance sin acelerones ni tropiezos, resultando un acierto la aparición, a media película, de un nuevo personaje que evita el desgaste de la premisa y aporta un nuevo prisma dramático a la trama.

El reparto mezcla a iconos del cine español con jóvenes que iniciaban por entonces su trayectoria. Al frente, un notable Juan Luis Galiardo, de lo más creíble a la hora de comunicar la trsiteza de su personaje, pero también su retorcida naturaleza. El director recuperó para esta ópera prima a dos de las actrices más bellas del cine español del tardofranquismo y la Transición, Amparo Muñoz y Ágata Lys. Ambas mantenían una gran presencia en pantalla, más frágil la de la ex-miss Universo, y más enérgica la de la vallisoletana. A la hora de valorar sus respectivas interpretaciones, creo que el papel de Muñoz es mejor, pero el desempeño de Lys en el suyo alcanza cotas más altas. Chete Lera está tan correcto como acostumbra, y la que sale mejor parada, Galiardo al margen, es una debutante Elena Anaya, que ya apuntaba cualidades de gran actriz en su adolescencia. En cambio, Juan Querol muestra bastantes limitaciones. La veterana Raquel Rodrigo se despidió de la gran pantalla aportando buenos momentos, mientras que la francesa Béatrice Camurat no aprovecha del todo un personaje bastante jugoso.

Familia es un gran debut para un director que, con escasos medios, supo construir una historia rica en elementos y matices, en la que coexisten sin desentonar lo triste y lo amable, lo cotidiano y lo grotesco, servido todo con unos diálogos inteligentes y una puesta en escena sencilla, pero efectiva a la hora de explicar con ligereza que, en la vida, las más de las veces la disyuntiva radica en estar solo… o mal acompañado.

ELYSIUM

ELYSIUM. 2013. 109´. Color.

Dirección: Neill Blomkamp; Guión: Neill Blomkamp; Director de fotografía: Trent Opaloch;  Montaje: Lee Smith y Julian Clarke; Música: Ryan Amon; Diseño de producción: Philip Ivey; Dirección artística: Don Mcaulay (Supervisión); Producción: Simon Kinberg, Neill Blomkamp y Bill Block, para Media Rights Capital-Kinberg Genre-AlphaCore-QED International- Tri Star Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Matt Damon (Max); Jodie Foster (Delacourt); Sharlto Copley (Kruger); Alice Braga (Frey); Diego Luna (Julio); Wagner Moura (Spider); William Fitchner (John Carlyle); Brandon Auret (Drake); Josh Blacker (Crowe); Emma Tremblay, José Pablo Cantillo, Maxwell Perry Cotton, Faran Tahir, Adrian Holmes, Chris Shields, Terry Chen.

Sinopsis: En pleno siglo XXII, la Tierra es un lugar devastado del que los ricos han huido para mantener su nivel de vida. Max, un obrero, contacta con grupos de insurgentes que planean acceder a Elysium, el lugar donde los poderosos viven confortablemente mientras controlan lo que sucede en nuestro planeta.

El sudafricano Neill Blomkamp impresionó a la cinefília planetaria con su debut en el largometraje, Distrito 9, cuyo éxito llamó la atención de los ejecutivos de Hollywood. El primer proyecto estadounidense de Blomkamp fue Elysium, fábula futurista en la que el director insiste en varias constantes de su ópera prima. Pese a ello, fueron pocos los que consideraron que el producto resultante resistía la comparación con su precedente.

Elysium es un buen ejemplo de película que promete bastante más de lo que da, porque una trama llena de interés y un inicio vibrante terminan por convertirse en un rutinario film de ciencia-ficción que no consigue elevarse por encima de la infinidad de distopías futuristas producidas en nuestro tiempo para la gran pantalla. El problema, a mi juicio, estriba en que el drama social que plantea la película tiene mucho más interés para el espectador que el drama personal de los protagonistas, en el que el director se centra en la segunda mitad del film. Ahí es donde, creo, se malogra una propuesta de calado, tanto en lo argumental como en lo referente a la puesta en escena. Blomkamp nos enseña una ciudad de Los Ángeles que, en el siglo XXII,  es más una favela gigante que otra cosa. No creo que ahí se equivoque en exceso. Tampoco a la hora de mostrar cómo, para mantener su nivel de vida y evitar ser engullidos por la miseria que ellos mismos han generado, los ricos se han construido una megaurbanización extraplanetaria desde la que dominan la Tierra. Allí no sólo la existencia es lujosa, sino que además sus residentes tienen acceso a la vida eterna gracias a los avances médicos, capaces de curar las enfermedades y evitar el fallecimiento. Para morirse ya están los pobres, que son muchos y, por lo tanto, fácilmente sustituibles, y para evitar que los menesterosos accedan a ese Paraíso está una ministra de Defensa inspirada en Margaret Thatcher y con maneras de Adolf Hitler. Hasta ahí, lo que plantea Blomkamp, y cómo lo plantea desde un punto de vista cinematográfico, es impecable. Luego, a raíz del accidente en la fábrica de Max, que provoca el definitivo reencuentro con su amor de la infancia, esa historia de redención personal, un tanto forzada, pasa a ocupar el centro de la acción y, con ello, la trama se enrevesa y pierde buena parte de su originalidad y potencial subversivo. La manera de enlazar eso con el aspecto social de la historia tampoco la encuentro acertada: si bien el director acierta en dividir a los ricos entre quienes ni siquiera ven a los pobres como seres humanos y quienes los quieren vivos, pero en la miseria, en la conclusión se muestra demasiado condescendiente: gran parte de esos individuos preferirían fenecer antes que compartir sus privilegios. Por lo demás, las cada vez más abundantes escenas de acción, lejos de impedir que la película vaya perdiendo fuelle, contribuyen a lo contrario. Lo que era una fábula social de alcance degenera en un espectáculo bienintencionado, pero tópico, en el que suceden demasiadas cosas (el secuestro del empresario, sin ir más lejos) que simplemente hay que creerse.

Blomkamp maneja un presupuesto muy superior al de su ópera prima, y da la impresión de que acaba siendo engullido por esa circunstancia. Visualmente, mantiene las buenas maneras a lo largo del metraje, visibles, por ejemplo, en los planos aéreos de ese degradado núcleo chabolista en que vive Max, y su contraste con los de ese paraíso terrenal que es Elysium. La escena en la que las tres naves terrestres tratan de entrar sin autorización en el Edén de los ricos es brillante; luego, el despliegue se distingue cada vez menos del que podría haber en una película de Michael Bay, aunque funciona como espectáculo de acción futurista. La música, de Ryan Amon, hace el mismo viaje desde lo sugerente a lo rutinario en que se embarca toda la película.

El reparto se ve perjudicado por una cierta indefinición de los personajes: Matt Damon hace una correcta interpretación de un héroe con alma, pero a Jodie Foster, perfecta como ser cruel de pies a cabeza, se la desaprovecha de mala manera, siendo el desenlace de su personaje uno de los aspectos más discutibles de la película, y de los que más la perjudica. Sharlto Copley interpreta con estilo a un violento esbirro de los poderosos, aunque tampoco el perfil de su personaje es el más logrado posible. La interpretación de Alice Braga le deja a uno indiferente, algo que, unido al hecho de que su papel podría haber sido eliminado sin excesivos problemas, coloca a esta actriz en el furgón de cola del elenco. Diego Luna y Wagner Moura están algo mejor, en especial el segundo de ellos, pero me quedo con William Fitchner, frío y elegante malvado.

Elysium es un film-gaseosa, que empieza muy bien pero cuya fuerza se va diluyendo hasta hacerlo pasar de muy notable a bastante correcto. Ya sabéis, parias de la Tierra: la revolución será televisada, pero se quedará, como siempre, con las migajas.