COMANCHERÍA

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HELL OR HIGH WATER. 2016. 102´. Color.

Dirección: David Mackenzie; Guión: Taylor Sheridan; Director de fotografía: Giles Nuttgens;  Montaje: Jake Roberts; Música: Nick Cave y Warren Ellis; Diseño de producción: Tom DuffieldDirección artística: Steve Cooper; Producción: Sidney Kimmel, Peter Berg, Carla Hacken y Julie Yorn, para Sidney Kimmel Entertainment-Oddlot Entertainment-Film 44- LBI Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Jeff Bridges (Ranger Marcus Hamilton); Chris Pine (Toby Howard); Ben Foster (Tanner Howard); Gil Birmingham (Ranger Alberto Parker); Dale Dickey (Elsie); William Sterchi (Mr. Clauson); Katy Mixon (Jenny Ann); Buck Taylor (El viejo); Jackamoe Buzzell, Kristin Berg, Amber Midthunder, Joe Berryman, Taylor Sheridan, Gregory Cruz, Melanie Papalia, Kevin Rankin, Margaret Bowman, Marin Ireland, John-Paul Howard, Heidi Sulzman.

Sinopsis: Dos hermanos se dedican a atracar bancos en zonas rurales de Texas, mientras un veterano ranger sigue sus pasos.

Una de las sorpresas más agradables que dio el cine norteamericano en 2016 fue Comanchería, trabajo que significó el fruto de la colaboración entre un director de acreditada solvencia y un actor que tomó la decisión más acertada de su vida metiéndose a guionista. A la vez thriller policial y neo-western, la película puede verse como un soberbio retrato de los angry white men, la clase trabajadora empobrecida de la América profunda que demostró su cabreo instalando a un demente en la Casa Blanca.

Comanchería posee el don de alcanzar lo específico a partir de lo tópico, y lo universal desde lo local. La película reúne todos los ingredientes que pueden esperarse de este tipo de producciones: personajes fuera de la ley, policía duros, huidas a través de carreteras polvorientas de rectas interminables, tiroteos, deudas que se pagan con sangre y reflexiones en el porche de aire crepuscular. Pero allí donde infinidad de films se instalan en lo rutinario, el inteligente guión de Taylor Sheridan consigue llegar mucho más allá gracias a unos caracteres muy bien perfilados, a unos lúcidos diálogos y a unos apuntes de crítica social brillantemente introducidos. La odisea de los dos hermanos atracadores, un divorciado y un ex-convicto, forma parte de un plan diseñado hasta el milímetro por el menor de los Howard lo mismo que lo que vemos en pantalla es el resultado de un ingenioso plan trazado por Sheridan, que el escocés David Mackenzie filma con la precisión propia de alguien que hubiese vivido toda la vida en el suroeste de Texas, zona eminentemente rural y antiguo territorio comanche. En la película, los malos no son los atracadores, enfurecidos representantes de unas gentes olvidadas que no encuentran mejor forma de salvar el único patrimonio familiar que puede sacarles de su sempiterna pobreza, sino quienes sacan provecho de la ruina ajena. Todo está sintetizado de forma magistral en la reflexión de Alberto, el ranger mestizo ayudante de Hamilton: “Hace 150 años, los abuelos de esta gente se hicieron con estas tierras expulsando de ellas a mi pueblo. Ahora, ellos -dice señalando a una de las sucursales bancarias candidatas a ser atracadas por los Howard- se las han arrebatado, y no les ha hecho falta ejército alguno”. Créditos rápidos, casas de empeño… mercaderes de la desgracia, merecida o no. Sus carteles anunciadores aparecen en todas las carreteras que atraviesan los protagonistas, y alrededor de todos los restaurantes y cafeterías en los que podemos ser testigos de la particular idiosincrasia de los lugareños, Muchos de ellos (simbolizados por los empleados y clientes del primer establecimiento al que llegan los rangers para investigar) consideran a los ladrones de bancos unos héroes que se rebelan contra un sistema injusto que les exprime dándoles muy poco a cambio. Otros lo ven de distinta manera: por eso, cuando a los Howard se les ocurre atracar un concurrido banco en día de paga, en un estado en el que todo el mundo va armado hasta los dientes, es evidente que la cosa no puede acabar demasiado bien.

La manera de filmar de David Mackenzie, inspirada y llena de ritmo, el modélico montaje y la evocadora música compuesta y seleccionada por Nick Cave y Warren Ellis se unen a los ya mencionados aciertos del guión para formar un inspiradísimo todo, en el que el conjunto es mejor que la suma de sus partes. Creo que Comanchería es uno de los mejores homenajes que el cine contemporáneo ha dado a Sam Peckinpah, cuyo espíritu sobrevuela esta obra mayor, disfrazada de film de género, que nos habla de la desesperanza, de la pérdida de los viejos valores morales, de la necesidad de redención y de las causas y consecuencias de la violencia como recurso.

Cuando se ve a Jeff Bridges al frente de un reparto, siempre puede esperarse algo bueno. 45 años después de La última película, la obra maestra de Peter Bogdanovich con la que se dio a conocer, Bridges regresa a Texas para dar vida a un agente de la ley de la vieja escuela, en un personaje falsamente secundario que engrandece cada segundo de los que aparece en pantalla. Ben Foster y Chris Pine demuestran con sus interpretaciones de los hermanos Howard que ninguno de sus anteriores trabajos para la gran pantalla estaba a la altura de su talento (en especial, en el caso de Foster), y también Gil Birmingham, parco y socarrón, está al nivel que se le exige. Más allá de los personajes principales, la naturalidad con la que recitan sus afilados diálogos todos y cada uno de los secundarios que intervienen en la película merece, como mínimo, un notable.

Gran película, que en mi opinión quedará como una de las mejores que ha dado el cine norteamericano en la presente década. Ni le falta ni le sobra absolutamente nada. Todo en ella encaja a la perfección, hasta desembocar en un final excelente.

EL JUEGO DE GERI

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GERI´S GAME. 1997. 4´. Color.

Dirección: Jan Pinkava; Guión: Jan Pinkava; Montaje: Jim Kallett; Música: Gus Viseur; Producción: Karen Dufilho, para Pixar Studios (EE.UU.).

Intérpretes: Bob Peterson (Voz de Geri).

Sinopsis: Geri es un anciano que juega una partida de ajedrez en un parque público.

Después del estreno de Toy Story, Pixar regresó a la producción de cortometrajes. El juego de Geri, que acompañó el estreno de Bichos: una aventura en miniatura, supuso el salto a la dirección del checo Jan Pinkava y disfruta de una excelente valoración crítica y popular.

Este cortometraje es llamativo, tratándose de Pixar, por estar protagonizado por un ser humano. Y no se trata, como podría esperarse, de un niño, sino de un anciano que ocupa su tiempo en jugar al ajedrez en los parques. A partir de una anécdota tan simple, Jan Pinkava realiza un trabajo entrañable, que llega a conmover cuando descubrimos que el anciano está jugando contra sí mismo porque carece de compañero de juegos, llegando incluso a hacerse trampas para mejor crear la ilusión de competencia. Tan irreprochable formalmente como es habitual en Pixar, La vida de Geri nos pone, de una sola pincelada, con lo que será nuestra realidad si llegamos a vivir lo suficiente, en sólo cuatro minutos y sin palabras, pero con humor y ternura. Otra vez, la excelencia.

 

EL GRAN MIÉRCOLES

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BIG WEDNESDAY. 1978. 118´. Color.

Dirección: John Milius; Guión: John Milius y Denis Aaberg; Dirección de fotografía: Bruce Surtees; Montaje:  C. Timothy O´Meara y Robert L. Wolfe; Música: Basil Poledouris; Diseño de producción: Charles Rosen; Dirección artística: Dean Mintzner; Producción: Buzz Feitshans, para A Team- Warner Bros. (EE.UU.- Italia)

Intérpretes: Jan-Michael Vincent (Matt Johnson); William Katt (Jack Barlow); Gary Busey (Leroy Smith); Patti D´Arbanville (Sally); Lee Purcell (Peggy Gordon); Sam Melville (Bear); Gerry López (Él mismo); Darrell Fetty (Waxer); Barbara Hale (Mrs. Barlow); Fran Ryan (Lucy); Robert Englund, Hank Worden, Joe Spinell, Rick Dano, Frank McRae, Charlene Tilton, Reb Brown, Michael Talbott, Gray Frederickson.

Sinopsis: En la California de principios de los 60, tres jóvenes surferos viven la vida al máximo. Con el paso de los años empiezan para ellos las responsabilidades de la edad adulta, mientras esperan a que lleguen a sus costas grandes olas como las que han encumbrado a los mitos del surf.

Tres años después del estreno de la que a mi parecer es su obra maestra como director, El viento y el león, John Milius reapareció con El gran miércoles, drama en clave surfera que repasa una década en la vida de tres amigos cuya gran pasión es cabalgar olas en las playas de California. No puede decirse que el film fuera un éxito, aunque con el paso del tiempo se ha convertido en una obra de culto que pasa por ser la mejor película que se haya rodado sobre el mundo del surf, actividad que no me cuenta entre sus adeptos.

John Milius es un hombre de talento y de firmes convicciones: en ellas se encuentra lo mejor y lo peor de El gran miércoles o, siendo más concretos, debe decirse que los mayores defectos de la película aparecen cuando su director acentúa demasiado sus rasgos más distintivos. Por ejemplo, no tengo nada en contra de que la historia sea un canto a la amistad masculina, pero me sobra exaltación de la testosterona: la escena de la pelea en el tugurio mexicano está de más, pues poco aporta a la narración, estructurada en cuatro distintos períodos temporales que abarcan más de una década, con un tono que se va oscureciendo a medida que transcurre el metraje: si al principio, totalmente luminoso, las únicas preocupaciones del trío protagonista son el surf, el alcohol y las chicas, el paso de los años, subrayado a nivel visual con la aparición de diversas escenas nocturnas y un tono general más gris, abre para los tres hercúleos muchachos un mundo en el que surgen las responsabilidades familiares, los fracasos sentimentales, la necesidad de ganarse la vida de maneras menos divertidas que el surf y el reclutamiento para la guerra del Vietnam, que estos despreocupados jóvenes tratan de esquivar de las maneras más estrambóticas que se les ocurren. Como retrato de unos individuos peculiares y de su época, la película funciona realmente bien. Los momentos de comedia son facilones y, al contrario, a veces a Milius le pierden sus excesivas ansias de solemnidad. El gran miércoles consigue comunicar, ayudada por unas escenas marítimas espectaculares, la pasión por el surf de sus protagonistas (y, por supuesto, de su director), pero sus mejores momentos ocurren cuando la película se hace más sombría y el final de la juventud se nos muestra como la inmensa pérdida que realmente es. Esas grandes olas que, años después de los mejores años surferos de los personajes principales, vuelven a arrastrarles hacia el mar, no son más (ni menos) que la metáfora de la juventud momentánea y felizmente recuperada.

Como ya he dicho, en el aspecto visual la película da el espectáculo que promete, con un loable trabajo de Bruce Surtees y de todos los técnicos y cámaras que se dedicaron a captar la magnificencia de las olas del Pacífico. Mención especial merece la inspirada banda sonora de un Basil Poledouris cuya habilidad para la épica siempre combinó de maravilla con el espíritu grandilocuente de Milius. Pocas flaquezas le veo a esta película en el apartado técnico, pero no ocurre lo mismo con el actoral: El gran miércoles fue el último film destacable en el que apareció un Jan-Michael Vincent que siempre me pareció un intérprete mediocre. Ese Matt Johnson estelar e inadaptado merecía a un actor de mayor calibre. Mejor están William Katt, que tampoco es que sea Marlon Brando pero cumple bien en el papel del surfero más centrado del trío, y un ya algo sobreactuado Gary Busey. Los papeles femeninos son demasiado tópicos y cumplen una función poco más que decorativa (aunque tal vez sea Barbara Hale la mejor parada de todo el reparto), y también creo que el rol del mentor surfero caído en desgracia, encarnado por Sam Melville, debería haber recaído en un actor de más nivel. A modo de anécdota, destacar la aparición de Robert Englund, años antes de ponerse el jersey a rayas de Freddy Krueger.

Película reivindicable pese a sus excesos, El gran miércoles va más allá de ser un producto destinado en exclusiva a los amantes del surf y queda como un relato de una época que gana enteros a medida que su tono se hace elegíaco.

TIN TOY

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TIN TOY. 1989. 6´. Color.

Dirección: John Lasseter; Guión: John Lasseter; Montaje: Craig Good; Producción: William Reeves, para Pixar Studios (EE.UU.).

Intérpretes: Animación.

Sinopsis: Un juguete huye de un bebé cuando comprueba que éste termina por destrozar a todos los que tiene a su alcance.

Tin Toy es un cortometraje recordado por ser el referente más inmediato de Toy Story, el film que significó la triunfal irrupción de Pixar como referente de la animación digital. Entre una y otra obra pasaron varios años de trabajo y perfeccionamiento técnico que dieron un magnífico fruto. Tin Toy es la muestra de que se había iniciado un buen camino, pero que todavía faltaba trecho por recorrer antes de llegar a la excelencia.

John Lasseter dirigió este cortometraje, que narra la contradictoria reacción de unos juguetes ante la criatura (un bebé de pañales) a la que deben divertir. Por un lado, todos son conscientes de su función como objetos de entretenimiento, pero por otro huyen despavoridos ante la afición del niño a destrozarlos y dejarlos inservibles. La técnica está todavía no tan en pañales como la criatura coprotagonista, pero todavía lejos de lo que este estudio ofrecería años después. De hecho, Tin Toy sirvió a la gente de Pixar como aprendizaje, por ejemplo a la hora de restringir al máximo la aparición de figuras humanas en sus obras hasta que la técnica permitiera que su reflejo en pantalla estuviera a la altura de lo planeado. Es la imagen del bebé el punto más débil de este cortometraje, que está del todo orientado al público infantil. La historia es sencilla, sin complicaciones. Más allá de su valor como necesario eslabón de crecimiento, no puede decirse que TinToy sea una de las mejores películas cortas de Pixar. Está bien, pero se echa en falta la inspiración de otras producciones de la casa.

PIPER

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PIPER. 2016. 6´. Color.

Dirección: Alan Barillaro; Guión: Alan Barillaro; Dirección de fotografía: Erik Smitt y Derek Williams; Montaje: Sarah K. Reimers; Música: Adrian Belew; Producción: Marc Sondheimer, para Pixar Studios-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Animación.

Sinopsis: Mientras el resto de sus congéneres busca a la orilla del mar moluscos con los que alimentarse, un pequeño pájaro se ve incapaz de superar su miedo al agua.

Piper, uno de los más recientes cortometrajes producidos por Pixar, supuso el exitoso salto a la dirección de uno de los meritorios de la compañía, Alan Barillaro. Este trabajo, que acompañó el estreno en las salas de Buscando a Dory, obtuvo el Oscar al mejor cortometraje de animación y un reconocimiento prácticamente unánime.

Piper es (otra vez) el resultado de unir una técnica prodigiosa (sólo con ver la marea de la primera escena uno ya se queda maravillado) con una propuesta narrativa capaz de divertir al público infantil mientras se le ofrece un mensaje positivo sin caer en la chorrada supina, al tiempo que los adultos pueden experimentar el momentáneo goce de recuperar al niño que llevan dentro. La historia del ave acuática que supera el miedo al elemento del que habrá de extraer su comida gracias a la asunción de la técnica utilizada por los cangrejos subraya la necesidad de buscar nuevos caminos para conseguir los objetivos y de ir más allá de lo trillado. Con esta premisa argumental se puede hacer una obra maestra o un petardo considerable, y es de recibo admitir que Alan Barillaro, que en la parte musical cuenta con el apoyo del talento de Adrian Belew, se ha quedado mucho más cerca de lo primero. No yerran quienes afirman que estamos ante uno de los mejores cortometrajes de Pixar de toda la historia. Y eso es decir mucho.

EN LA CUERDA FLOJA

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WALK THE LINE. 2005. 136´. Color.

Dirección: James Mangold; Guión: Gill Dennis y James Mangold, basado en las autobiografías de Johnny Cash; Dirección de fotografía: Phedon Papamichael;  Montaje: Michael McCusker; Música: T-Bone Brunett. Canciones de Johnny Cash;  Dirección artistica: John R. Jensen y Rob Simons; Diseño de producción: David J. Bomba; Producción: James Keach y Cathy Konrad, para Fox 2000 Pictures-Tree Line Films-Konrad Pictures- (EE.UU.).

Intérpretes: Joaquin Phoenix (Johnny Cash); Reese Witherspoon (June Carter); Ginnifer Goodwin (Vivian Cash); Robert Patrick (Ray Cash); Dallas Roberts (Sam Phillips); Dan John Miller (Luther Perkins); Shelby Lynne (Carrie Cash); Tyler Hilton (Elvis Presley); Waylon Payne (Jerry Lee Lewis); Shooter Jennings (Waylon Jennings); Sandra Ellis Lafferty (Maybelle Carter); Larry Bagby, Clay Steakley, Johnathan Rice, Johnny Holiday, Ridge Canipe, Lucas Till, James Keach.

Sinopsis: Biografía del cantante Johnny Cash, que pasó de la pobreza a convertirse en una de las grandes estrellas de la música country.

Aunque la mayor parte de su filmografía no da para dejarse llevar por el entusiasmo, el director James Mangold ha realizado algunas películas notables, entre las que ocupa un lugar preferente En la cuerda floja, film biográfico sobre el legendario cantante estadounidense Johnny Cash que funcionó muy bien en taquilla, gustó a la mayor parte de la crítica y catapultó a su pareja protagonista a los mayores premios interpretativos otorgados en el año 2005.

La película, cuyo guión se basa en las memorias del propio Cash, sigue la típica estructura de explicar la historia en flashback partiendo de un momento que remite al protagonista a su infancia: en este caso, Cash, que espera en las dependencias de la prisión de Folsom para volver al escenario en su mítico concierto de 1968, observa una sierra mecánica que hay en los talleres de la cárcel, un artilugio casi idéntico al que segó la vida de su hermano mayor cuando Johnny tenía doce años. A partir de ese traumático suceso, se nos explica el largo y azaroso trayecto que llevó a Johnny Cash hasta ese momento crucial de su carrera como cantante.

Lo primero que hay que reconocerle a James Mangold es el haber hecho un film cautivador, en el que la música aparece por todas partes y lo hace siempre con sentido. Este es un factor que contribuye de manera decisiva a que las dos horas y cuarto de metraje pasen muy deprisa para el espectador, ya sea éste experto conocedor de la vida y obra de Johnny Cash o un simple aficionado. Hablamos de un hombre que, tras conocer una infancia de trabajo duro y ningún cariño paterno, se alistó en el ejército (su forma de resumir su experiencia militar frente al que sería su primer productor no puede ser más aguda), contrajo matrimonio con una mujer que le dio tres hijas y pasó por distintos empleos hasta conseguir su primer contrato de grabación y embarcarse en una serie interminable de giras junto a otras estrellas pujantes como Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Carl Perkins, Roy Orbison y el gran amor de su vida, June Carter. Fueron precisamente el brutal ritmo de trabajo (Cash llegó a ofrecer 300 conciertos al año) y el rechazo de ella a entablar una relación amorosa con el cantante los factores que empujaron a éste a un frenético consumo de anfetaminas y alcohol que estuvo a punto de hundir del todo su carrera y su vida, convirtiéndole en un tipo violento y depresivo que tuvo diversos problemas con la justicia y provocó innumerables destrozos, hechos sobre los que la película pasa de una manera bastante superficial. En la cuerda floja es una historia de redención, la de una estrella que, en la cúspide del éxito, no es capaz de liberarse de los fantasmas que le provocan el rechazo de las dos personas más importantes para él: su padre y June.

Canciones y hechos se suceden a gran velocidad (aquí es justo hacer una pausa para elogiar la labor de montaje) en un film muy competente en lo técnico y cargado de sensibilidad al que no le pierde ni siquiera su apuesta final por el edulcoramiento. Las escenas clave, en especial la actuación en Folsom, están resueltas de manera magnífica, y los pasajes más tópicos (la relación de Cash con su primera esposa) logran, pese a todo, mantener el tipo.

Los elogios vertidos hacia la pareja protagonista de En la cuerda floja son del todo merecidos, no sólo porque Joaquin Phoenix y Reese Witherspoon interpretan de manera muy convincente todas las canciones cantadas en realidad por Johnny Cash y June Carter, sino porque en las escenas no musicales ambos demuestran una química envidiable y hacen gala de un verdadero estado de gracia. Como el protagonismo de ambos es absoluto, poco importa que el trabajo de los secundarios esté algún escalón por debajo: de los que más aparecen en pantalla, Ginnifer Goodwin cumple en un papel marcado por los tópicos, y Robert Patrick recrea con eficacia ese también típico papel de padre sentimentalmente inválido. Del resto, me quedo con Waylon Payne, que interpreta a un joven Jerry Lee Lewis.

Gran película, que documenta los altibajos en la vida de una verdadera estrella de la música, contiene momentos maravillosos y ofrece un amplio abanico de grandes canciones recreadas de manera más que notable. Mangold no es el mejor Clint Eastwood, que aún podría haberlo hecho mejor, pero consigue acercársele y ofrecer uno de los mejores biopics de este siglo.

PASEO POR LA PUERTA DEL INFIERNO

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La exposición El infierno según Rodin apura sus últimos días en la sede de la Fundación Mapfre y ayer, por fin, tuve ocasión de contemplar en vivo la obra de un artista al que admiro especialmente. De Rodin me cautivan su valentía en las temáticas y en la ejecución de sus obras, su captación del movimiento y su profundidad psicológica. Su encuentro con La divina comedia de Dante y con Las flores del mal de Baudelaire produjo una obra que posee un oscuro atractivo, ése que encontramos en Caravaggio, en las pinturas negras de Goya o en los grabados de Gustave Doré. La exposición sigue el proceso de creación de la obra más importante del escultor francés, cuya elaboración le ocupó buena parte de su vida, y en ella pueden verse desde los bocetos iniciales hasta las primeras maquetas de las figuras centrales, no sólo de esta obra, sino de la escultura como arte. Un recorrido por la belleza del abismo capaz de provocar emociones poderosas en todo aquel que contempla estas figuras marcadas por el dinamismo y el desgarro. La obra de uno de esos artistas que sin duda merecen ser calificados como geniales.

EL SUEÑO DE RED

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RED´S DREAM. 1987. 4´. Color.

Dirección: John Lasseter; Guión: John Lasseter; Montaje: Craig Good; Música: David Slusser; Producción: John Lasseter y William Reeves, para Pixar Studios (EE.UU.).

Intérpretes: Animación.

Sinopsis: En un rincón de una tienda de bicicletas, un monociclo sueña con ser una estrella del circo.

El sueño de Red es el segundo cortometraje dirigido por John Lasseter para Pixar. En él, de nuevo los objetos inanimados cobran vida y son capaces de manifestar (y comunicar) sentimientos del todo humanos. A diferencia del anterior proyecto de Lasseter, Luxo Jr., El sueño de Red parece apuntar directamente al público adulto. De hecho, la historia es bastante triste, pues habla de algo que sólo se entiende con la edad, por mucho que millones de personas presuntamente adultas se nieguen a asumirlo: que es imposible vivir sin ilusión, pero que confundirla con la realidad, que es terca como ella sola y nunca se pierde el final de una fiesta, sólo puede llevar a la frustración. En el aspecto argumental, El sueño de Red me parece un cortometraje magnífico. Sin embargo, y pese a ese ambiente, que en estética y música, homenajea al cine negro clásico, diría que estamos ante uno de los trabajos menos inspirados técnicamente de la factoría Pixar, lo que sin duda ha afectado de manera negativa a su recibimiento popular. Si el espectador consigue abstraerse de la ausencia de la fascinación visual marca de la casa, podrá disfrutar de una pequeña gran historia que es, en el fondo, la de casi todos nosotros.

MI VIDA ENTRE LAS HORMIGAS

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MI VIDA ENTRE LAS HORMIGAS. 2017.96´. Color.

Dirección: Chema Veiga y Juan Moya; Guión: Chema Veiga y Juan Moya; Dirección de fotografía: Sules García, Marco Caneda y David Ruiz;  Montaje: Juan Moya; Música: Los Ilegales, Jorge Ilegal y los Magníficos; Producción: Ohiana Olea y Carlos Navarro, para Altube Filmeak-Médula Producciones (España).

Intérpretes: Jorge Martínez, David Alonso, Willy Vijande, Alejandro Espina Blanco, Paco Martín, Jaime Beláustegui, Jesús Ordovás, Mariskal Romero, Víctor Manuel, Jaime Urrutia, Miguel Ríos, Igor Paskual, Javier Andreu, Diego Manrique, Vanexxa, Tomás Fernando Flores.

Sinopsis: Biografía de Jorge Martínez, músico conocido por ser el líder de la banda Ilegales.

Mi vida entre las hormigas es un documental biográfico sobre uno de los personajes más peculiares que ha dado el rock español: Jorge Martínez, líder de Ilegales, banda asturiana que alcanzó una enorme popularidad en los 80 y que, después de diversas vicisitudes, ha vuelto recientemente a la carretera. El film, financiado en parte a través de una campaña de mecenazgo popular, está dirigido por los debutantes Chema Veiga y Juan Moya, a quienes hay que felicitar por lo ágil y bien narrado del conjunto. El interés del protagonista es indiscutible, pues la vida de Jorge Martínez no da para un documental sin desperdicio, sino para unos cuantos.

El biografiado y sus siempre provocadoras opiniones ocupan buena parte del metraje, complementada por las intervenciones de excompañeros, músicos de otras bandas y muchos de los grandes popes del periodismo musical español. De ellos, son interesantes las intervenciones de Mariscal Romero, que incide en el origen acomodado de Martínez, rasgo que este francotirador del rock comparte con muchos de los que, con él, protagonizaron el boom del pop-rock español en los 80, y de Diego Manrique, que lamenta el hecho de que el personaje de Jorge Martínez haya devorado al autor de un buen puñado de canciones importantes dentro del rock de este país. Tipo desclasado, Jorge Martínez ya era conocido en Gijón mucho tiempo antes de empezar a dar conciertos con su primera banda: Madson; esto es fácil de comprender, pues no había demasiada gente que se paseara por la ciudad con un stick de hockey en la mano.

No es que Jorge Martínez haya sido un auténtico punk; es que sigue siéndolo. La película se hace eco del espíritu nihilista y salvaje del líder de Ilegales, un tipo tan leído como aficionado a meterse en peleas a puñetazos. Son, sin embargo, quienes comparten o compartieron escenario con él (a uno de ellos, Jandro Espina Blanco, el bajista que más tiempo tocó junto a Martínez, va dedicada la película) quienes ofrecen el retrato más claro de un individuo de lo más contradictorio, capaz de mimar al máximo las muchas guitarras de su colección, pero también de corregir a sus músicos a cabezazos, y de dejar su lado más agresivo para montar una banda con un repertorio de canciones anteriores a la época de los Beatles. Se trata de un film muy sincero, en el que los trapos sucios y cuestiones de índole mucho más íntima (Jorge se refiere un par de veces a una antigua novia que murió por culpa de la heroína) se suceden con un ritmo que poco tiene que envidiar al de los himnos más rabiosos del grupo. Uno de ellos, Soy un macarra, fue uno de los muchos éxitos por accidente de la historia de la música, pues el grupo ni siquiera iba a grabar el tema, y mucho menos tenía previsto sacarlo como sencillo. No obstante, el título de esta canción define muy bien la faceta más conocida de Jorge Martínez, el gran iconoclasta que colecciona valiosas guitarras eléctricas, soldados de plomo y polos Fred Perry. Todo un personaje, con un talento especial para la provocación, que además ha compuesto títulos icónicos del rock español.  Estupendo documental, recomendable no sólo para los fans del biografiado, sino para todos aquellos que quieran conocer la historia de la época dorada del pop-rock español desde un ángulo muy peculiar, y del todo reñido con el aburrimiento.

¿QUÉ HACEMOS CON MAISIE?

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WHAT MAISIE KNEW. 2012. 93´. Color.

Dirección: Scott McGehee y David Siegel; Guión: Nancy Doyle y Carroll Cartwright, basado en la novela de Henry James; Director de fotografía: Giles Nuttgens;  Montaje: Madeleine Gavin; Música: Nick Urata; Diseño de producción: Kelly McGehee; Producción: Daniela Taplin Lundberg, Daniel Crown y Charles Weinstock, para Red Crown Productions- Weinstock Productions- 10th Hole Productions-KODA Entertainment-120dB Films- Dreambridge Films- Image Entertainment (EE. UU.).

Intérpretes: Julianne Moore (Susanna); Onata Aprile (Maisie); Steve Coogan (Beale); Alexander Skarsgard (Lincoln); Joanna Vanderham (Tanya); Jesse Spadaccini (Martin); Sadie Rae, Diana García, Amelia Campbell, Maddie Corman, Paddy Croft, Trevor Long, Emma Holzer, Nadia Gan, Samantha Buck.

Sinopsis: Maisie es una joven que vive el derrumbe del matrimonio de sus padres, un marchante de arte y una vocalista de rock.

Uno de los títulos más destacados del cine independiente estadounidense allá por el año 2012 fue ¿Qué hacemos con Maisie?, drama en el que el dúo de directores formado por Scott McGehee y David Siegel lleva a la pantalla una adaptación contemporánea de una novela que Henry James escribió a finales del siglo XIX. Con esta película, McGehee y Siegel recuperaron la buena dirección después de dos films bastante mediocres.

Cuando uno piensa en un drama cinematográfico cuyo tema principal es el divorcio, la referencia inevitable es Kramer contra Kramer.  ¿Qué hacemos con Maisie? se distancia al ofrecernos la visión infantil de ese hecho traumático, pues en todo momento el punto de vista adoptado es el de la única hija de un matrimonio que hace aguas por todas partes. Maisie es una niña inteligente y sensible, lejos de esos dictadorzuelos chillones que se ven por todas partes, y su desgracia consiste en ser descendiente de una de tantas parejas que le hacen a uno preguntarse en qué estaban pensando cuando les dio por casarse y reproducirse. La película empieza allá donde esos dramas románticos que tanto daño han hecho suelen terminar: en la agria descomposición de un matrimonio fracasado (del que queda una huella imborrable, con cara, ojos y sentimientos), en ese ruido que con tanto arte describió Sabina. Maisie, siempre protegida por Margo, la niñera, primero es testigo del cruce de reproches, para convertirse después del inevitable divorcio en el trofeo que sus padres se disputan, y en el arma que se arrojan para seguir dañándose.

Aplaudo la idea de trasladar el universo urdido por una mente tan brillante como la de Henry James a esta convulsa y éticamente pobre época nuestra, pero el guión es tramposo, pues los personajes son demasiado unidimensionales, y el hecho de que, en el mundo real tanta gente lo sea no me parece una buena excusa. Cierto es que hay millones de personas que, aunque quieran a sus hijos, se quieren más a sí mismas, pero en los personajes de los padres egoístas y manipuladores faltan claroscuros, como también sucede en la descripción de las nuevas parejas de éstos. Unos son demasiado malos, los otros demasiado buenos, y al final se pierde parte del encanto de la propuesta al meter demasiado azúcar en una película que es mejor cuanto más amarga.  McGehee y Siegel ruedan con oficio, pero la puesta en escena tampoco es tan espectacular como para hacer que el espectador pase por alto los defectos de la trama, que la clava, eso sí, al mostrar a los niños como víctimas de los errores de quienes los engendraron, y en mostrar toda la insatisfacción y la mezquindad que puede haber tras las paredes de un lujoso edificio de apartamentos neoyorquino.

¿Qué hacemos con Maisie? se beneficia del gran trabajo de su reparto, que en varias escenas (véase la del encuentro casual en mitad de la calle de la madre de la criatura con las personas que de verdad la cuidan) consigue darle a los personajes una profundidad emocional que supera con creces la que hay en el texto. Por supuesto, está esa maravilla de actriz en perpetuo estado de gracia que es Julianne Moore, pero quiero destacar la actuación de Onata Aprile, que está en las antípodas de la criatura repelente que tantas películas (y vidas reales) arruina. Steve Coogan consigue aportar buenos matices a su personaje desde la sobriedad, lo cual es de agradecer, y Alexander Skarsgard y, sobre todo, Joanna Vanderham, actriz televisiva que demuestra talento, merecen buena nota en su recreación de unos personajes que, tal como están diseñados, se prestan demasiado a lo angelical.

¿Qué hacemos con Maisie?  me parece mejor por lo que propone, y por cómo lo hace, que por cómo lo resuelve, pero no por ello deja de ser un sólido drama, con excelentes interpretaciones y argumentos más que suficientes para mover a su audiencia a la reflexión sobre los temas que plantea.