EL NIÑO Y LA BESTIA

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BAKEMONO NO KO. 2015. 119´. Color.

Dirección: Mamoru Hosoda; Guión: Mamoru Hosoda; Montaje: Shigeru Nishiyama; Música: Masakatsu Takagi; Dirección artística: Yoichi Nishikawa, Takashi Omori y Yohei Takamatsu; Diseño de vestuario: Daisuke Iga; Producción: Genki Kawamura, Yuichiro Sato, Takuya Ito y Atsushi Chiba, para Studio Chizu-NTV-Toho Company-Dentsu-Kadokawa- D.N. Dream Partners (Japón).

Intérpretes: Aoi Miyazaki (Voz de Kyuta niño); Shota Sometani (Voz de Kyuta/Ren); Koji Yakusho (Voz de Kumatetsu); Suzu Hirose (Voz de Kaede); Mamoru Miyano (Voz de Ichirohiko); Masahiko Tsugawa (Voz del Gran Señor); Kazuhiro Yamahi (Voz de Iozan); Yo Oizumi (Voz de Tatara); Kumiko Aso (Voz de la madre de Kyuta); Keishi Nagatsuka (Voz del padre de Kyuta); Kappei Yamaguchi (Voz de Jiromaru); Lily Franky (Voz de Hyakushubo).

Sinopsis: Ren es un niño que, tras la muerte de su madre, que cuidaba de él después del divorcio de sus padres, se niega a vivir con sus tutores legales. En su escapada, se introduce en el mundo paralelo de las bestias, en el que Kumatetsu, un guerrero egoísta y malcarado, le acoge para que sea su aprendiz.

Coleccionista de galardones en el Festival de Sitges, Mamoru Hosoda es uno de los directores más talentosos que ha dado el siempre interesante cine de animación japonés en el siglo XXI. El niño y la bestia, una épica historia de aprendizaje, es su última película estrenada, y también la más taquillera de su trayectoria.

Por resumir una historia que, a lo largo del metraje, va haciéndose más compleja, El niño y la bestia trata de dos seres unidos por el desarraigo: un joven sin referentes familiares y un guerrero a quien todos reconocen su valor, pero cuyo carácter imposible hace que nadie quiera ser su aprendiz, algo que necesita para optar a la máxima jerarquía en el mundo de las bestias. Por eso, Kumatetsu, que así se llama el guerrero, decide adoptar a ese niño humano que ha encontrado por casualidad. La falta de fuerza y destreza de éste, y la incapacidad del guerrero para transmitir unos conocimientos que él adquirió sin ayuda, hace que la relación entre ambos sea tirante, y amenace con romperse desde sus mismos inicios. Sin embargo, algo convence a Ren, el niño al que el guerrero rebautiza como Kyota, de quedarse con Kumatetsu: en un duelo con Iozan, su máximo rival, en mitad de una plaza pública llena de gente, nadie apoya a su proyecto de mentor. Como él, Kumatetsu está solo, y eso será lo que les una. Se inicia entonces una historia de aprendizaje, que en este caso es mutuo: el viejo aprenderá tantas cosas del joven como al revés, y ambos harán mejor al otro. Cuando Ren regresa al mundo de los humanos, lo hace como un muchacho fuerte y decidido, que sólo necesitará mejorar su instrucción académica para destacar en la sociedad. De instruirle en los libros se encarga Kaede, una muchacha que sufre acoso escolar.

Hay muchas cosas llamativas en esta película: en primer lugar, la calidad de sus dibujos, que resulta impactante y deja claro, en especial en las escenas finales, que lo tradicional no está reñido con el espectáculo. Quizá la película juegue a demasiadas cosas y haya aspectos cuya aportación resulte discutible, como el reencuentro de Ren con su padre, pero El niño y la bestia, a mi parecer un film de animación claramente adulto, sale airosa de casi todos los desafíos que se propone. Se trata de una película interesante a nivel ético (aquí, hay que resaltar el hecho de que lo que diferencia a los humanos de las bestias sea la oscuridad que anida en en el alma de los primeros), con un envoltorio formal de primera clase y un indiscutible sentido del espectáculo, que da lo mejor de sí en las escenas en las que Ichirohiko, el hijo mayor de Iozan, revela su villanía y siembra el caos en ambos mundos. El mensaje puede resultar obvio, e incluso conservador, al subrayarse con claridad la importancia de la figura paterna, la película da lo mejor de sí cuando Kyota y Kumatetsu coinciden en pantalla, y en general cuando el film se desarrolla en el mundo de las bestias y no en el de los humanos, resultando más flojos y convencionales los personajes de nuestra especie que las bestias. No obstante, la película está muy bien narrada, y no me parece que sus dos horas de metraje sean un exceso. La música acompaña la acción sin destacar especialmente, y las voces están muy trabajadas, sobresaliendo especialmente la de Koji Yakusho, que hace que al ver y oír a Kumatetsu nos vengan a la cabeza los samurais de las películas de Kurosawa.

Nueva demostración de que no todo lo interesante del cine de animación japonés está en Ghibli, El niño y la bestia no es una película redonda, pero se le acerca bastante, y confirma el talento de un director cuyas propuestas van haciéndose cada vez más ambiciosas y al que, cuando consiga hacer encajar todas las piezas, veo capaz de producir alguna obra maestra.

DUERME, DUERME, MI AMOR

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DUERME, DUERME, MI AMOR. 1975. 93´. Color.

Dirección: Francisco Regueiro; Guión: Manuel Ruiz Castillo, Esmeralda Adam y Francisco Regueiro; Dirección de fotografía: Raúl Pérez Cubero; Montaje: Pablo G. Del Amo;  Música: Felipe Campuzano (Interpretada por Las Grecas); Decorados: Luis Argüello; Producción: Serafín García Trueba, para Goya Film (España).

Intérpretes: José Luis López Vázquez (Mario Martínez); María José Alfonso (Amparo); Rafaela Aparicio (Portera); Laly Soldevila (Maite); Lina Canalejas (Encarnación); Manuel Alexandre (Paco Hernández Gil); Isabel Pallarés (Suegra); Beatriz Savón, Manuel Guitián, Antonio Orengo, Rafael Conesa, Elmer Modling.

Sinopsis:  Una mudanza desencadena la tormenta en el matrimonio de Mario, un apocado oficinista. Harto de soportar las humillaciones a las que le somete su esposa, decide administrarle una dosis cada vez mayor de somníferos para mantenerla dormida.

El irregular e interesante director Francisco Regueiro ya poseía una consolidada trayectoria cuando estrenó Duerme, duerme, mi amor, una comedia negra llena de toques surrealistas que fue completamente ignorada en su momento y que, como sucede tantas otras veces, fue objeto de una tardía reivindicación que sirvió para darla a conocer entre las nuevas generaciones de cinéfilos.

La película, uno de cuyos guionistas es Manuel Ruiz Castillo, coautor del argumento de El extraño viaje, supone un intento de darle una vuelta de tuerca a la comedia de enredo a la española que hacía furor en su época, y apostar por un enfoque decididamente surrealista, en el que destaca esa capacidad tan celtibérica de hacer a sus personajes más reconocibles cuanto más exagerado es su retrato. Con un  pie en la comedia más popular, y otro en la vía más ácida, aderezada con esperpento y misoginia, de Berlanga o Fernán Gómez, en Duerme, duerme, mi amor, tenemos los elementos clásicos (marido anulado por esposa histérica y dominante, portera cotilla, suegra molesta y tentadoras vecinas), pero cargados de vitriolo (la esposa lanza el váter por la ventana porque, recién iniciada la mudanza, es lo único que había para tirar; la portera es, además de fisgona, alcohólica y aficionada a espantar a las cigüeñas a escopetazos; la suegra acaba largándose con un guiri ligón; una de las vecinas, cuyo prometido está a punto de salir de la cárcel, está salida a más no poder y la otra, muy piadosa ella, sufre taquicardias cada vez que la entrepierna se le despierta). Lo irónico del caso es que a Mario, un anónimo oficinista, acaba de tocarle la lotería, pero ni así consigue enderezar su existencia en su nuevo barrio. Al final, decide que lo mejor es atiborrar a su esposa de somníferos, para que se esté quietecita y deje de hacer el vándalo con el ajuar doméstico, y lanzarse a la conquista de Encarnación, la vecina piadosa. Como es lógico, nada saldrá como Mario había previsto.

El leitmotiv musical de la película es Te estoy amando locamente, uno de los bombazos de la España tardofranquista que, aún hoy, es pieza de escucha obligada en los festejos patrios de mayor despliegue etílico. La elección de este tema no puede ser más acertada, pues describe la película a la perfección. Con gracia, y mala leche a espuertas, Regueiro se mofa de las mujeres, de los hombres, de sus casi siempre ridículos rituales de apareamiento, y de los casi siempre nefastos resultados de éstos. Con una puesta en escena que aporta una sobriedad a la que el guión renuncia sin complejos, la película avanza (un tanto a saltos, todo hay que decirlo) hacia un final que no sigue el tono imprevisible de lo anterior, pero sí resulta de lo más coherente.

Buena parte del mérito de Duerme, duerme, mi amor reside en un gran reparto, que está en estado gracia. Otras veces he hablado de la enorme calidad de José Luis López Vázquez, que aquí borda su típico personaje de españolito medio superado por las circunstancias e incapaz de ser algo más que un mindundi, por mucha lotería que le toque. A su lado, un magnífico plantel de actrices de entre las que es difícil destacar a alguna por encima de las demás. María José Alfonso, que se pasa media película dormida, está excelente en la otra media; Rafaela Aparicio aparece graciosísima en una versión desquiciada de su personaje de toda la vida; Lina Canalejas, con un personaje mitad objeto de deseo y mitad beata con furores, es otro de los puntos fuertes de la película, y la gran Laly Soldevila, con traje de novia y la libido por las nubes, está tan impagable como siempre. Breve pero interesante intervención de otro grande, Manuel Alexandre, y a destacar también el trabajo de la veterana Isabel Pallarés en una de sus últimas apariciones en la gran pantalla.

Delirante, estrambótica y divertida, Duerme, duerme, mi amor es una de esas películas que hacen reír y consiguen ir más allá. Un film claramente a rescatar.

LA VISITA

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THE VISIT. 2015. 94´. Color.

Dirección: M. Night Shyamalan; Guión: M. Night Shyamalan; Dirección de fotografía: Maryse Alberti;  Montaje: Luke Ciarrocchi; Música: Miscelánea. Piezas de Les Baxter, Donizetti, Tchaikovsky, etc.;  Dirección artistica: Scott Anderson; Diseño de producción: Naaman Marshall; Producción: Marc Bienstock, Jason Blum y M. Night Shyamalan, para Blinding Edge Pictures-Blumhouse Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Olivia DeJonge (Becca); Ed Oxenbould (Tyler); Deanna Dunagan (Abuela); Peter McRobbie (Abuelo); Kathryn Hahn (Madre); Celia Keenan-Bolger, Samuel Stricklen, Patch Darragh, Jorge Cordova, Benjamin Kanes.

Sinopsis: Becca y Tyler, dos adolescentes, van a pasar una semana a casa de sus abuelos, a quienes no conocen. Una vez instalados, no tardan en comprobar que sus anfitriones son gente de lo más extraña.

Después de años en los que calidad y la aceptación de sus películas no hacía más que menguar, el director recuperó parte del encanto de sus primeras obras con La visita, film de terror de bajo presupuesto que no es otra cosa que una versión moderna del cuento de Hansel y Gretel.

En esta ocasión, Shyamalan apuesta por el terror psicológico, prescindiendo de elementos sobrenaturales y adornando el conjunto con toques de humor negro. La ingeniosa propuesta formal, consistente en que la película se nos presenta como el documental que Becca, una joven con pretensiones artísticas, rueda sobre la visita a unos abuelos a quienes, a causa de serias rencillas familiares, no ha visto jamás, puede provocar mareos puntuales en el espectador más clásico, pero consigue lo que pretende, que no es otra cosa que dar miedo. Con guiños a monumentos del género como El resplandor HalloweenLa visita sumerge al público en un inquietante crescendo (a Shyamalan pueden reprochársele varios defectos, pero posee una envidiable capacidad de crear tensión), en el que desde un principio se percibe que nada va ser tan idílico como se suponía, pero donde los elementos terroríficos van dosificándose con maestría hasta desembocar en una claustrofóbica pesadilla desencadenada por dos ancianos cuya frágil apariencia es sólo un espejismo.

La pérdida de status de Shyamalan dentro de la industria cinematográfica le ha dejado fuera de las grandes producciones, de los holgados presupuestos y de los repartos de campanillas, pero el hombre tiene talento y, como Orson Welles en Macbeth, consigue mucho con muy poco. La visita acojona, a base de acumular golpes de efecto y de atemorizar con elementos absolutamente cotidianos; y todo eso tiene mérito, porque uno ya tiene sus añitos, se ha tragado centenares de películas de terror y, siendo sinceros, creía que, después de soportar el procés durante varios años, ya estaba curado de espantos. Pero con una videocámara, una joven que se cree Bergman, un chico blanco que querría ser negro, una casa solitaria y dos abueletes muy tarados el director logra que el espectador se adentre en su pesadilla (en la que, como en la vida misma, no faltan los detalles jocosos), y sienta algo de ese miedo que nada tiene que ver con litros de sangre y casquería y que, precisamente por eso, se percibe como más real.

No hay música original (detalle que, a mi juicio, juega a favor de una película como ésta), la puesta en escena es eficacísima, y el montaje un completo acierto, siendo un elemento primordial en el buen resultado de la película. En cuanto al reparto, he de decir que Ed Oxenbould, el actor que interpreta al hermano menor de Becca, me resulta pelín insufrible, quizá por esos rapeos que, eso sí, sirven al director para soltar unas sanas dosis de cachondeíto. Mucho mejor Olivia DeJonge, pero a quien destaco sobre todos los demás es a Deanna Dunagan, genial en el papel de anciana perturbada. Kathryn Hahn, la actriz que interpreta a la madre de los pequeños, me convence sólo a medias, aunque confieso que me hizo gracia el perfil de su personaje, una casi cuarentona con sensación de fracaso, que navega entre la depresión y un fingido optimismo y que cree que su siguiente pareja tendrá la receta para su felicidad. Shyamalan no vive en una nube…

Gran película, que servirá para que los fans de su director recuperen el orgullo, y para que sus detractores esperen con renovada impaciencia su nuevo tropiezo. A mí me gusta que los cineastas con talento hagan obras a su altura, y por ello confieso que he disfrutado mucho (aunque disfrutar no sea ni de lejos la palabra exacta) viendo La visita.

 

DÍAS DEL CIELO

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DAYS OF HEAVEN. 1978. 93´. Color.

Dirección : Terrence Malick; Guión: Terrence Malick; Dirección de fotografía: Néstor Almendros;  Montaje: Billy Weber; Dirección artística: Jack Fisk; Música: Ennio Morricone; Vestuario: Patricia Norris; Producción: Bert Schneider y Harold Schneider, para Paramount Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Richard Gere (Bill); Brooke Adams (Abby); Sam Shepard (El granjero); Linda Manz (Linda); Robert Wilke (Capataz de la granja); Jackie Shultis (Amiga de Linda); Stuart Margolin, Timothy Scott,  Gene Bell, Doug Kershaw, Richard Libertini, John Wilkinson.

Sinopsis: Bill y Abby, que son pareja, y Linda, la hermana de él, huyen de Chicago para trabajar como jornaleros en una granja de Texas. Bill y Abby, que no están casados, aparentan ser hermanos, pero todo se complica cuando el granjero se enamora de ella.

El segundo largometraje de Terrence Malick fue Días del cielo, drama rural ambientado hace un siglo y cuyo marco son los campos de trigo de Texas. La película gustó a la crítica, que premió a Malick con el galardón al mejor director en el Festival de Cannes, pero obtuvo unos discretos resultados en taquilla. No creo, como he leído por ahí, que ésta sea la mejor película de Terrence Malick, pero sí que se trata de un film de gran calidad, que quizá pasó más desapercibido en su época de lo que debería porque, en aquellos años, el nivel del cine norteamericano era muy alto.

La historia, que viene precedida por unos títulos de crédito ilustrados con fotografías de obreros, campesinos y demás gente humilde de Norteamérica, arranca con las imágenes de una factoría que Bill, el protagonista, abandona tras pelearse con su patrón, al que deja malherido. Junto a su pareja, Abby, y su hermana adolescente, Linda, Bill emprende rumbo hasta Texas, donde los dos adultos consiguen empleo como jornaleros en la siega. Lo que allí les espera es un trabajo muy duro, un sueldo escaso, y las habladurías de quienes sospechan que Bill y Abby no son, como afirman, hermanos. La suerte de estos trabajadores sin estrella cambia cuando el dueño de la granja, un joven aquejado de una grave enfermedad, se enamora de Abby. No obstante, la verdadera relación entre ella y Bill acabará por salir a la luz.

Ya en su segunda película, Terrence Malick era un director con un estilo propio muy marcado. Las influencias pictóricas, que van de Millet a Hopper, pasando por Van Gogh, y el talento visual de Malick crean un universo estético de impactante belleza, faceta en la que este director es uno de los grandes. Con la fotografía de Néstor Almendros, que se llevó un merecido Oscar por su impresionante utilización de la luz natural (en la estela de lo que Kubrick había hecho en Barry Lyndon), y la sensible partitura de Ennio Morricone como puntos de apoyo, Malick crea una verdadera obra de arte, que en lo narrativo es quizás el film más accesible de toda su carrera. Apoyado, como en él es costumbre, mucho más en la voz en off (en esta ocasión, la de la adolescente Linda) y en lo que transmiten las imágenes que en los diálogos, Malick se centra en el triángulo amoroso que forman Bill, Abby y el granjero. Lo paradójico es que es Bill, hombre de carácter pendenciero y muy enamorado de Abby, quien empuja a la mujer a aceptar los favores del terrateniente, al saber que éste padece una grave enfermedad y creer que su amada enviudará pronto y su suerte habrá cambiado para siempre. Pero la miseria exige paciencia, que es una virtud de la que Bill carece, máxime cuando ve que Abby es feliz junto al granjero. Es magnífica la escena en la que ambos hombres salen de caza y Bill reprime en el último momento sus deseos de matar a su teórico cuñado, pero el momento cumbre, que marca a su vez el desenlace de la tragedia, coincide con la llegada de una plaga de langosta a las tierras del granjero. En lugar de hacer un tratado acerca de cómo el status social, las relaciones de poder entre individuos y los instintos sexuales marcan nuestros actos, el director deja que sean sus bellas imágenes y la voz de alguien que está fuera del triángulo quienes expliquen esto al espectador. Y hace muy bien.

Si algo falla en Días del cielo, si algo le priva de recibir la calificación de obra maestra que por otros aspectos merece, es su reparto. Del trío protagonista, sólo salvo a Sam Shepard, pues un joven Richard Gere demuestra ser un actor más esforzado que talentoso, y a Brooke Adams su papel le viene algo grande. Como los secundarios, a excepción de la joven Linda Manz, que no pasa de correcta, y de un buen Robert Wilke, carecen de peso, la labor de los actores es lo más flojo de la película.

Gran film, no obstante, en el que Terrence Malick ratifica un talento que no volvió a aparecer hasta dos décadas después, el tiempo que este intermitente director tardó en estrenar su siguiente, y también soberbia, película.

ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA

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ONCE UPON A TIME IN AMERICA. 1983. 251´. Color.

Dirección: Sergio Leone; Guión: Leonardo Benvenuti, Piero De Bernardi, Enrico Medioli, Franco Arcalli, Franco Ferrini y Sergio Leone, basado en la novela de Harry Grey The Hoods; Director de fotografía: Tonino Delli Colli;  Montaje: Nino Baragli; Música: Ennio Morricone. Dirección artística: Carlo Simi; Vestuario: Gabriella Pescucci; Producción: Arnon Milchan, para The Ladd Company-Embassy International Pictures-Producers Sales Organisation (EE.UU-Italia).

Intérpretes: Robert de Niro (David Noodles Aaronson); James Woods (Max Berkovicz); Elizabeth McGovern (Deborah); Tuesday Weld (Carol); James Hayden (Patsy Goldberg); William Forsythe (Philip Cockeye Stein); Darlanne Fluegel (Eve); Larry Rapp (Fat Moe); Amy Ryder (Peggy); Scott Tiler (Joven Noodles); Rusty Jacobs (Joven Max); Jennifer Connelly (Joven Deborah); Brian Bloom (Joven Patsy);  Noah Moazezi (Dominic); Adrian Curran (Joven Cockeye); Mike Monetti (Joven Fat Moe); Julie Cohen (Joven Peggy); Joe Pesci (Frankie Manoldi); Burt Young (Joe); Treat Williams (Jimmy Conway); Danny Aiello (Jefe de policía Aiello); Richard Bright (Chicken Joe); Richard Foronji (Policía Fartface); Louise Fletcher (Directora del cementerio); Robert Harper, Dutch Miller, Gerard Murphy, Mario Brega, James Russo, Marcia Jean Kurtz, Estelle Harris.

Sinopsis: Noodles es un niño pobre que vive en el barrio judío de Nueva York. Allí conoce a Max, y juntos organizan una banda que pasa de cometer pequeños robos a convertirse en poderosos gángsters durante la época de la Ley Seca.

Ya en la época en la que cosechaba éxitos con su trilogía del dólar, el director romano Sergio Leone mostró su interés en adaptar para el cine The hoods, la novela autobiográfica de Harry Grey sobre el gangsterismo judío en Nueva York. Tuvieron que pasar casi dos décadas entre la génesis del proyecto y su estreno en las salas. Demasiado tiempo, porque, parafraseando al personaje interpretado por Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, cuando Érase una vez en América llegó a las pantallas, después de un largo y dificultoso periplo, el cine ya se había hecho pequeño. La película fue incomprendida por el público, remontada y mutilada por sus productores e ignorada en los grandes premios cinematográficos, aunque un sector de la cinefilia la encumbró desde el principio, llegando a compararla con El Padrino. Al parecer, se rodaron unas diez horas de material, a partir de las cuales se hizo un primer montaje de cuatro horas y media de duración. La versión que en su momento circuló en VHS, y que también sirvió como base para la edición en DVD, dura alrededor de tres horas y cuarenta minutos; posteriormente se hizo un extended director´s cut, que es el que se comenta en esta reseña. Empezaré por decir que las escenas añadidas poseen interés y ayudan a entender una película narrativamente compleja.

Está claro que mis reseñas cinematográficas no pretenden ser objetivas. Esto, que es una constante, cobra aún más sentido cuando se trata de comentar Érase una vez en América, una de mis películas favoritas de toda la historia del cine. Nunca se es objetivo cuando se habla de aquello que se ama. En esta obra maestra, Sergio Leone pone lo mucho bueno que tiene su filmografía anterior (esto va para los críticos que desprecian los westerns del romano), y lo lleva a otra dimensión, la de la épica y la poesía. La relación entre el cine y los gángsters ha dado unos hijos maravillosos, casi siempre desde una óptica italoamericana. Érase una vez en América resulta excepcional ya en este aspecto, pues sus protagonistas son de origen judío, hijos de gentes que llegaron desde Europa a principios del siglo XX, huyendo de la miseria y las persecuciones. Uno de esos chicos es David Aaronson, Noodles, el protagonista de esta historia que, a través de continuos saltos temporales, aspira nada menos que a contar más de medio siglo de historia de los bajos fondos de un país en cuya génesis y desarrollo la violencia ocupa un lugar principal. Como podía esperarse en Leone, hay sangre y tiroteos, pero también hay mucho más. Me permito decir que las escenas enmarcadas en los años 20, en las que los protagonistas son preadolescentes, son insuperables. Nunca el cine ha mirado con tanta belleza y sensiblidad el paso a la edad adulta como en esta película tan triste y a la vez tan hermosa. Pondré un ejemplo: las más perfectas manifestaciones artísticas creadas por el ser humano han retratado de diversas formas el amor puro, ése que pertenece al mundo de lo ideal y que, para decepción de los verdaderos románticos, nunca llega a manifestarse en la vida real más que como un pálido reflejo de lo que soñamos; pues bien, la perfecta encarnación de ese amor puro son los ojos de Noodles espiando el baile de Deborah a través de esa rendija que, 35 años después, sigue ahí y produce el mismo efecto que la famosa magdalena proustiana. ¿Quién no se enamoraría de esa criatura llena de gracia? En todas las escenas juveniles se encuentra el germen de lo que ocurrirá después: de hecho, un discurso angular de la película, quizá el verdadero mensaje de toda ella, es que sólo la juventud es capaz de la pureza, en el amor y en la amistad. Después, todo se corrompe, en buena parte por culpa de la codicia. Puede decirse, incluso, que todas las escenas adultas narran el proceso de destrucción de lo bello, hasta llegar a un final que no es sino la constatación de todo lo bueno perdido.

La banda sonora de Ennio Morricone, también una de las mejores de la historia, merece capítulo aparte. No se trata sólo de la impresionante calidad de sus composiciones originales, que consiguen que la virtuosa cámara de Leone se mueva al son de sus melodías, sino lo que hace con canciones imperecederas como Amapola (créanme, conozco a tipos duros que, desde que vieron la película, son incapaces de escuchar esta pieza sin emocionarse) o Yesterday. Sí, el genio romano cascarrabias posee la fórmula de lo sublime.

Leone, sus técnicos y su equipo de guionistas crearon una maravillosa pieza artística, en la que los gestos, los sonidos (ese teléfono que marca el punto de ruptura) y las miradas dicen muchísimas cosas, en la que el detallismo y la minuciosidad se extreman, en la que la violencia marca de la casa también es capaz de poesía (la muerte de Dominic), en la que, en suma, los reencuentros sólo pueden ser dolorosos. Cuando Noodles regresa a Nueva York, después de haber estado escondido 35 años por haber delatado a sus amigos a la policía, al ver su rostro demacrado y en sus ojos llenos de cansancio, sabemos que lo que se nos va a explicar es la historia de una derrota. No sólo la suya, sino la de todo un grupo de individuos que, saliendo de la miseria, llegaron a tenerlo todo y terminaron perdiéndolo. Por eso, el plano final de Noodles me parece una ironía, en una película en la que, pese a todo, también hay momentos de humor y unos diálogos fuera de serie. “Acostarme temprano”, contesta un viejo Noodles cuando Fat Moe le pregunta qué ha hecho durante su larga ausencia. Eso, por no hablar del Cantar de los cantares en versión Deborah…

Una película excepcional merece un reparto excepcional, y Leone lo tuvo. Lo encabeza un Robert De Niro que deja claro por qué es uno de los grandes actores dramáticos del último medio siglo. Cuando está dentro de un registro parco, como sucede en esta película, De Niro es insuperable. Tengo que volver a esa rendija, porque ahí sus ojos cansados recuperan el brillo… en el resto del reparto, dos puntos comunes: todos están muy bien, y ninguno, salvo quienes intervienen de forma muy episódica como Joe Pesci, estuvo nunca mejor. James Woods, que es un actor como la copa de un pino, hace el papel de su vida en la piel del inteligente, intrigante y despótico Max Bercovicz, cuyas manos manejan todos los hilos; Elizabeth McGovern, buena actriz cuyos inicios de carrera fueron tan esperanzadores como decepcionante su posterior desarrollo, es una gran Deborah adulta, una mujer que antepone el éxito a todo lo demás (nótese la frialdad con la que baila Amapola con Noodles la noche antes del trágico final de su historia de amor). Otra mujer que está magnífica es Tuesday Weld, cuyas réplicas a Wood y De Niro son sobresalientes. Entre los secundarios, un Treat Willims más que correcto,  que lidera una subtrama sindical que podría parecer prescindible… de no ser porque explica en buena manera el final de la historia, unos destacables Joe Pesci, Burt Young y Danny Aiello, y un buen trabajo general de todo el elenco, en la que es la mejor dirección de actores de toda la filmografía de Leone. Los jóvenes intérpretes que dan vida a los protagonistas en su adolescencia cumplen con muy buena nota. Entre ellos brilla con luz propia una jovencísima Jennifer Connelly. Creo que ya lo he dicho, pero ¿quién no se enamoraría de ella?

Sergio Leone jamás concibió Érase una vez en América como su testamento cinematográfico, pues su prematuro fallecimiento le pilló preparando otros proyectos que, por desgracia, no pudieron ver la luz. De todos modos, una carrera no puede tener un final mejor que con una obra maestra absoluta. Qué manejo del tiempo y la tensión, qué maravillosa utilización de la música, qué maestría a la hora de alternar esos primeros planos tan suyos con bellísimas (y también desgarradas, como la de Noodles en la solitaria playa) tomas generales… no está mal para un tipo al que muchos, que a saber qué habrán hecho de productivo en su vida, sólo veían capaz de hacer westerns polvorientos en Almería. Termino: nunca pongo notas a las películas en mi blog pero, por si no ha quedado claro, ésta es un diez.

 

LUCES Y ESTRELLAS

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Anoche, el Teatre Grec vivió una gran noche flamenca con el espectáculo Tempo de luz, encabezado por tres luminarias del cante: Carmen Linares, Arcángel y Marina Heredia. Los dos primeros están entre mis favoritos del actual cante jondo, lo que sin duda justifica el hecho de mover el culo un domingo por la noche y aposentarlo en una de las butacas del teatro de Montjuïc para disfrutar del flamenco.

Los tres cantaores fueron turnándose en las riendas del concierto, siempre acompañados por el virtuoso toque de Bolita y Miguel Ángel Cortés y la percusión de Paquito González. Adoro a Carmen Linares, una maestra del quejío, pero no me pareció verla en su mejor noche. Aún así, fue capaz de emocionar contando sin acompañamiento una de mis piezas-fetiche del flamenco, Canto de la resignación, y dándole jondura y sabiduría a Se equivocó la paloma. Quien sí estuvo en la plenitud de su arte fue Arcángel, magnífico cantaor que, aparte de brillar por Huelva tanto como acostumbra, bordó la interpretación del lorquiano Vals de las ramas, pieza que forma parte de uno de mis discos favoritos de todos los tiempos, Omega. Marina Heredia, cantaora granadina de voz torrencial y buen conocimiento de la tradición, derrochó poderío en los cantes gitanos y se ganó una de las ovaciones de la noche al mostrar su dominio de la copla. Entre tanto cantaor de lujo, buena parte del protagonismo acabó llevándoselo Ana Morales, una bailaora a la que no conocía y que lo hizo muy bien, aunque he de hacer constar que el baile no es precisamente mi disciplina predilecta en el flamenco y que, estando la cosa tan medida al juntarse sobre el escenario tres cantaores de categoría, al final me acabó sobrando baile. Pero sólo por ese bis final, sin micrófonos y con ese aire de libertad que a veces se echa de menos en los teatros, ya hubiera valido la pena pagar la entrada.  Y hubo mucho más, porque para eso había tantos artistas de verdad sobre las tablas. Un rayo de luz en una Barcelona cada vez más gris.

Carmen Linares y Miguel Poveda:

Arcángel, artistazo:

Los tres por bulerías:

 

 

MI AMIGO MR. MORGAN

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MR. MORGAN´S LAST LOVE. 2013. 110´. Color.

Dirección: Sandra Nettelbeck; Guión: Sandra Nettelbeck, basado en la novela La douceur assassinede Françoise Dorner; Director de fotografía: Michael Bertl;  Montaje: Christoph Strothjohann; Música: Hans Zimmer; Diseño de producción: Stanislas Reydellet; Dirección artística: Arnaud Denis y Alexander Scherer; Producción: Philipp Kreuzer, Ulrich Stiehm, Frank Kaminski y Astrid Kahmke, para Scope Pictures-Senator Film- Bavaria Film-Kaminski Stiehm Film Gmbh (Alemania-Francia).

Intérpretes: Michael Caine (Matthew Morgan); Clémence Poésy (Pauline);  Justin Kirk (Miles Morgan); Jane Alexander (Joan Morgan); Anne Alvaro (Colette); Gillian Anderson (Karen Morgan); Michèle Goddet, Richard Hope, Alexis Goslain.

Sinopsis: Matthew Morgan, un profesor de filosofía viudo y solitario que vive en París, conoce a Pauline, una joven profesora de baile, y redescubre algunas cosas buenas de la vida gracias a ella.

Sandra Nettelbeck, directora que se dio a conocer con Deliciosa Martha, regresó a la palestra internacional con Mi amigo Mr. Morgan (edulcorado título español, previsible fruto de la corrección política), drama romántico que adapta una novela de Françoise Dorner. El film fue, en general, bien recibido, aunque sin llegar a despertar ninguna clase de entusiasmo. Esto último lo entiendo perfectamente.

Tengo claro que lo mejor que hicieron los responsables de esta película fue conseguir que Michael Caine la protagonizara. Por lo demás, se trata de un film del montón, cuyo argumento podría valer para cualquier telefilme de sobremesa y que sólo destaca por la enorme interpretación del actor británico. Este drama de amores otoñales (invernales, más bien), traumas familiares y angelicales jóvenes parisinas se deja ver y se va sin dejar huella. Todo lo que ocurre es tan correcto como previsible, el envoltorio es tan funcional como carente de chispa y la sensibilidad que se le supone al relato es, en general, más impostada que verdadera. Por destacar otra cosa, Mi amigo Mr. Morgan cuenta con una buena banda sonora de un Hans Zimmer que aquí adopta un tono más intimista que el que suele mostrar en las grandes superproducciones que le han hecho célebre. Dejando esto al margen… sólo queda Michael Caine, un maestro, cuyo mayor defecto son los papeles que acostumbra a escoger, que consigue darle empaque dramático a un personaje tópico a más no poder. El modo de enfocar y desarrollar la historia es blando, con escenas que no pueden calificarse de otro modo que de ñoñas. En definitiva, un intento de drama sensible que no pasará a la historia, que empieza y acaba en su protagonista y que no merece más que un aprobado justito.

 

NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS

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NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS. 2011. 112´. Color.

Dirección: Enrique Urbizu; Guión: Michel Gaztambide y Enrique Urbizu; Dirección de fotografía: Unax Mendia; Montaje: Pablo Blanco; Música: Mario de Benito;  Dirección artística: Antón Laguna; Producción: Álvaro Augustín y Gonzalo Salazar-Simpson, para Lazona Films- Manto Films-Telecinco Cinema (España).

Intérpretes: José Coronado (Santos Trinidad); Rodolfo Sancho (Rodolfo); Helena Miquel (Jueza Chacón); Juanjo Artero (Leiva); Pedro María Sánchez (Ontiveros); Younes Bachir (Rachid); Nadia Casado (Celia); Juan Pablo Schuk (Lora); Eduard Farelo, Karim El-Kerem, Abdelali El Aziz, Nasser Saleh, Héctor Claramunt, Elvira Cuadrupani, Walter Gamberini.

Sinopsis: Santos Trinidad, un policía alcohólico, asesina a tres personas en un club de alterne, pero una persona es testigo del crimen y consigue huir. La caza del testigo por parte de Santos se cruza con la investigación judicial del triple crimen.

La gran triunfadora del año cinematográfico 2011 en España fue No habrá paz para los malvados, un duro thriller que supuso la tercera colaboración exitosa entre el director Enrique Urbizu y José Coronado, dos personajes que, sin duda, dan lo mejor de sí mismos en el cine policíaco.

La película empieza y acaba de manera frenética, y en su parte central opta por un tono más reposado para mostrar, por un lado, la caza del testigo huido por parte del policía asesino, y también la evolución de las pesquisas para aclarar el crimen cometido por éste, una madrugada cualquiera, en un puticlub de los de toda la vida, regentado por colombianos vinculados al narcotráfico. Enrique Urbizu es un cineasta que se ha convertido en el mejor retratista de cloacas del cine español, y de nuevo se maneja la mar de bien entre intrigas, corrupciones y bandas criminales. Todo gira alrededor de Santos Trinidad, un policía modélico y multicondecorado que acabó donde se acaba tras muchos años de nadar en el fango: en una vorágine autodestructiva de alcoholismo y misantropía. Salta a la vista que Trinidad es Torrente, pero sin rastro alguno de cachondeíto. Al contrario: se trata de una de las criaturas más gozosamente nihilistas que ha producido el cine español en años, algo así como la versión patria del teniente corrupto que interpretó Harvey Keitel a las órdenes de Abel Ferrara, pero sin rollo religioso ni aullidos. “No entiendo cómo un personaje así puede seguir en la policía”, dice la juez Chacón cuando conoce a Santos. Lo meritorio, creo yo, es ser policía en España y no acabar convirtiéndose en él.

Aunque la película falla en el aspecto del sonido, por lo demás es un thriller muy bien narrado al que sólo puede achacársele la excesiva lentitud de algunas escenas centradas en la investigación, como los interrogatorios al empresario colombiano o la entrevista entre Chacón y Ontiveros. Aunque no se nos explican los motivos del triple asesinato cometido por Santos (tal vez porque, sencillamente, no los hay: a veces, la vida en el filo es así), la sucesión de hechos sigue una secuencia coherente, y en los aspectos técnicos se nota que Urbizu maneja con soltura los hilos del cine policíaco. En España, refugio de todas las mafias que pueblan este mundo podrido, no resulta extraño que, a partir de un encabronamiento homicida de un policía alcoholizado, aparezcan narcotraficantes colombianos, oscuros manejos policiales y cédulas islamistas. Tenemos de todo, y así nos va. Las escenas de acción están tan bien hechas que uno querría más, pero tampoco las investigaciones policiales acostumbran a ser tan espectaculares como nos las enseñan en Hollywood. No obstante, la historia es muy potente, y se sigue con interés, por ser una ficción bien llevada… que tampoco tiene tanto de ficticia.

Sin duda, el papel de Santos Trinidad fue la confirmación de la valía como actor de José Coronado, un intérprete que con los años ha mejorado muchísimo. Su trabajo tiene el mérito de no convertir a su personaje en una parodia de sí mismo; sólo hay que verle cuando, interrogado por Nadia acerca de si conserva a una antigua pareja, responde: “A mí no me quiere nadie”. El resto de actores no brillan tanto, aunque la labor de Helena Miquel, actriz cuya carrera no ha acabado de despegar, me parece más que correcta.

No habrá paz para los malvados (excelente título, por cierto) es un notable thriller, cuyo final debería ser visto mil veces por todos los inconscientes que este mundo pueblan, para que recuerden quién es el enemigo, y sepan a qué se debe el hecho de que, cuando viajan en transporte público, visitan un centro comercial o, simplemente, pasean por una céntrica plaza, no salten por los aires o sean acribillados a tiros. Hablo, pues, de una película con un gran prólogo, un mejor epílogo, un protagonista de los que dejan huella y una trama policial interesante y bien filmada. Merecido éxito de un film que supo satisfacer a la crítica y llegar al espectador medio.

 

BY SIDNEY LUMET

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BY SIDNEY LUMET. 2015. 103´. Color.

Dirección: Nancy Buirski; Guión: Nancy Buirski; Montaje: Anthony Ripoli; Producción: Nancy Buirski, Thane Rosenbaum, Joshua A. Green, Chris Donnelly, Scott Berrie y Robin Yigit Smith, para RatPac Documentary Films-Augusta Films-Matador Content-American Masters (EE.UU.).

Intérpretes: Sidney Lumet.

Sinopsis: Documental en el que el cineasta Sidney Lumet repasa su vida y su carrera.

Sidney Lumet es uno de los directores más importantes del cine norteamericano de la segunda mitad del siglo XX. En 2008, tres años antes de su fallecimiento, ofreció una extensa entrevista en la que repasó su vida y su trayectoria profesional. Este material permaneció inédito hasta que la directora Nancy Buirski lo convirtió en este excelente documental, que termina de la mejor manera posible: con un listado de los 44 largometrajes dirigidos por Lumet, varios de los cuales han hecho amar el cine a personas de las más diversas edades y procedencias.

El visionado de By Sidney Lumet no sólo brinda al espectador las confesiones de un director de cine sobre su obra, sino algo de mayor valor, si cabe: esta película ofrece la extraña, y muy recomendable, oportunidad de escuchar a un  hombre sabio, que desde la privilegiada atalaya que le otorgan sus 83 años, sienta cátedra sobre el cine y la vida desde una absoluta falta de ínfulas. Ante las acusaciones acerca del excesivo eclecticismo de su obra (es cierto que durante su carrera aceptó dirigir un buen número de películas de encargo, algunas de las cuales son francamente flojas), el director comenta que existen unas claras constantes en su filmografía: la denuncia de las injusticias (y, en concreto, la apología de quienes tienen el valor de enfrentarse a ellas, algo que el propio cineasta se reprocha no haber hecho en un suceso traumático que vivió a bordo de un tren), la importancia de la familia y de las relaciones paterno-filiales, y la ciudad de Nueva York, en la que nació y tuvo siempre su residencia. Con permiso de Martin Scorsese, nadie ha retratado mejor la ciudad de los rascacielos que Sidney Lumet.

Hijo de padre actor, que se ganaba la vida -más bien mal- en los teatros judíos neoyorquinos en la época de la Gran Depresión, y actor infantil también él, Lumet encontró su vocación a través de dos amores que nunca le abandonaron, y en los que confiesa que hubiera sido muy feliz, incluso en el caso de no haber tenido jamás la ocasión de dirigir películas: el teatro y la televisión. Ambos medios marcaron profundamente su modo de hacer cine, el primero en la cuestión temática y el segundo en la técnica. Su creciente fama en ambos campos, unida al imprescindible factor suerte, hizo que fuese elegido para dirigir la adaptación cinematográfica de Doce hombres sin piedad. A partir de ese éxito, Lumet construyó una carrera que le permitió trabajar con los mejores intérpretes (Henry Fonda, Marlon Brando, Anna Magnani, Katharine Hepburn, Rod Steiger, James Mason, Sean Connery, Al Pacino, Paul Newman, Peter Finch o Philip Seymour Hoffman son sólo una representación de los actores que han ofrecido algunos de sus mejores trabajos cinematográficos a las órdenes de Lumet) y cambiar muchas veces de registro sin apenas moverse de su ciudad ni abdicar de su preferencia por filmar en espacios cerrados.

Muchas de las películas de Sidney Lumet son un placer para los cinéfilos. Oírle hablar, de ellas y de su visión del mundo, también lo es. Repito, escuchar a un hombre sabio es cosa rara. By Sidney Lumet nos da la posibilidad de hacerlo, con el añadido de que ese hombre fue también un gran director de cine.

 

CONAN, EL BÁRBARO

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CONAN THE BARBARIAN. 1982. 126´. Color.

Dirección: John Milius; Guión: John Milius y Oliver Stone, basado en el personaje de cómic creado por Robert E. Howard; Dirección de fotografía: Duke Callaghan; Montaje:  C. Timothy O´Meara; Música: Basil Poledouris; Diseño de producción: Ron Cobb; Dirección artística: Pierluigi Basile, Benjamín Fernández y Veljko Despotovic ; Producción: Buzz Feitshans y Raffaella De Laurentiis, para Dino De Laurentiis Company-Edward R. Pressman Film- Universal Pictures (EE.UU.- Italia)

Intérpretes: Arnold Schwarzenegger (Conan); James Earl Jones (Thulsa Doom); Sandahl Bergman (Valeria); Max Von Sydow (Rey Osric); Ben Davidson (Rexor); Cassandra Gaviola (Bruja); Gerry López (Subotai); Mako (Mago/Narrador); Valerie Quennessen (Princesa); William Smith (Padre de Conan); Nadiuska, Jorge Sanz, Luis Barboo, Franco Columbu, Jack Taylor, Sven Ole Thorsen.

Sinopsis: Un día de invierno, la aldea donde vive el niño Conan es arrasada, y sus padres asesinados por los extranjeros. Convertido en esclavo, Conan vivirá con el objetivo de reencontrarse con quienes mataron a su familia.

Sin duda, la película que marcó el punto álgido de la popularidad de John Milius como director fue Conan el bárbaro, violento film de espada y brujería basado en el cómic de Robert E. Howard, un individuo cuya breve vida bien daría para un largometraje. Rodado en España para abaratar costes (y porque la muerte de Tito desaconsejó la localización inicialmente prevista, Yugoslavia), el film fue vapuleado por la mayoría de la crítica especializada, pero supuso un éxito mundial, que aupó al estrellato a su protagonista y contribuyó a cimentar la popularidad de un subgénero que hoy vive una de sus etapas de mayor reconocimiento popular gracias a series como Juego de tronos.

Milius, cineasta de ideas políticas ultraconservadoras y apasionado de las armas, era un director ideal para Conan, pues había mostrado de sobras su talento como guionista y su capacidad para mostrar la acción y la violencia en pantalla. El guión, coescrito junto a un Oliver Stone sumergido, según confesión propia, en una espiral de politoxicomanía, es fiel a los parámetros del director: mucha violencia, pocas pero lapidarias frases y coartada cultural. En este caso, la proporciona nada menos que Friedrich Nietzsche. Uno de los aforismos del pensador alemán con los que menos simpatizo (todo aquello que no nos mata, nos hace más fuertes) encabeza la película, cuyo protagonista representa la visión, a mi parecer bastante superficial, que Milius tiene del superhombre nietzscheano.

Suelo insistir con este tema, pero nunca está de más recordar que la revisión de aquellas películas que te apasionaron en la infancia y la adolescencia, una vez cumplidos los cuarenta, suele provocar decepciones. En el caso de Conan el bárbaro, he de confesar que al ver los efectos de la primera escena, en la que un joven Conan es aleccionado por su padre acerca del secreto del acero, me temí lo peor. Falsa alarma: la aparición en la aldea de las hordas devastadoras de Thulsa Doom es gran cine, lleno de vigor y poderío. A partir de ahí, se nos ofrece la crónica de la vida de Conan, cuyo objetivo final no es otro que la venganza, y de las aventuras que le llevan de ser esclavo a convertirse en rey. La elipsis que muestra el paso del Conan niño al adulto me parece muy lograda, aunque luego, entre las cortas y casi siempre vibrantes escenas de acción que se producen a lo largo de la película, se encuentran algunos tiempos muertos en los que el film cae en lo reiterativo. En general, la película es mucho mejor cuando vibra; en las pausas entre aventura y aventura (y las hay muy buenas, como el encuentro con la bruja), hay un forzado afán de profundidad (que la primera frase que pronuncia el protagonista sea una paráfrasis de una de las citas más populares que se atribuyen a Gengis Khan así lo demuestra) que no logra ocultar los problemas de ritmo, comunes a toda la obra como director de Milius posterior a su obra maestra, El viento y el león.

Superado el susto inicial, he de subrayar que Conan el bárbaro es una gran película en lo técnico y lo artístico. Queda lejos el aroma a cartón-piedra: la escenografía, la composición de planos y el montaje son los de una gran producción, alejada del cutrerío que suele hacer que estas producciones de espada y taparrabos caigan en lo ridículo. Con todo, lo que más ha quedado de la película, junto al propio personaje protagonista, es la impresionante banda sonora de Basil Poledouris, cuya fuerza va más allá del poderoso tema principal y es uno de los factores que hace más llevaderas las escenas de transición, algunas de las cuales parecen haber sido (con buen criterio, así hay que decirlo) definidas de acuerdo a la partitura.

Podríamos discutir si alguna vez Arnold Schwarzenegger ha llegado a ser un actor, pero lo que está claro es que, allá por 1982, estaba muy lejos de serlo. Modelo de cachas inexpresivo, la interpretación de Arnie es tan pétrea como su apariencia, e incluso el director tuvo que darle clases de inglés para tratar de atenuar su cerrado acento centroeuropeo. Es obvio que todo eso a la gente le importó muy poco, porque Conan convirtió a Schwarzenegger en una de las grandes estrellas del cine de la década inmediatamente posterior a su estreno. Lo mejor del reparto es, sin duda, la poderosa presencia de James Earl Jones, así como las muy episódicas apariciones de Max Von Sydow. Hay que destacar también la intrépida belleza de una Sandahl Bergman cuya carrera se despeñó después de lo que podría haber sido su gran espaldarazo, y la anecdótica intervención de un Jorge Sanz prepúber como joven Conan. Ah, y su madre en la ficción es nada menos que Nadiuska, la diva del destape que hoy día vive en el psiquiátrico de Ciempozuelos.

Conan el bárbaro, film generador de diversas secuelas y remakes que no le llegan a la suela del zapato, es uno de esos taquillazos ochenteros que resisten bien el paso del tiempo. Tampoco John Milius supo rentabilizar este gran éxito, y sólo ha dirigido una película de cierta entidad desde entonces. Demasiado poco para un talento que, al margen de su ideología fascistoide, fue capaz de hacer grandes aportaciones al cine en su época de mayor esplendor creativo.