ÉRASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD

ONCE UPON A TIME IN HOLLYWOOD. 2019. 161´. Color.

Dirección: Quentin Tarantino; Guión: Quentin Tarantino; Dirección de fotografía: Robert Richardson;  Montaje: Fred Raskin; Música: Miscelánea. Piezas de Hugo Montenegro, Bernard Herrmann, Vanilla Fudge, Aretha Franklin, Deep Purple, Los Bravos, Paul Revere & The Raiders, etc.;  Diseño de producción: Barbara Ling; Dirección artística: Richard L. Johnson (Supervisión); Producción: David Heyman, Quentin Tarantino y Shannon McIntosh, para Heyday Films-Bona Film Group- Visiona Romantica-Sony Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Rick Dalton); Brad Pitt (Cliff Booth); Margot Robbie (Sharon Tate); Al Pacino (Marvin Schwarz); Emile Hirsch (Jay Sebring); Margaret Qualley (Pussycat); Timothy Olyphant (James Stacey); Julia Butters (Trudi); Bruce Dern (George Spahn); Dakota Fanning (Squeaky Fromme); Austin Butler (Tex); Nicholas Hammond (Sam Wanamaker); Lorenza Izzo (Francesca); Luke Perry (Wayne Maunder); Damian Lewis (Steve McQueen); Mike Moh (Bruce Lee); Samantha Robinson, Rafal Zawierucha, Costa Ronin, Damon Herriman, Michael Madsen, Kurt Russell, Tim Roth, Lena Dunham, Mikey Madison, James Landry Hébert, Harley Quinn Smith, Clu Gulager, Martin Kove, Zoe Bell, James Remar, Brenda Vaccaro, .

Sinopsis: En el Los Ángeles de 1969, un actor en declive y su doble para las escenas de acción intentan continuar sus respectivas carreras en el cine mientras a su alrededor se suceden acontecimientos que afectan a celebridades de la época.

La novena película de Quentin Tarantino es, a la vez, un compendio de toda su trayectoria y un calculado salto hacia adelante que está consiguiendo buenos resultados comerciales y, en general, goza del respaldo de la crítica. En mi opinión, se trata de una obra brillante en la que, sin embargo, se dan cita algunos de los momentos más flojos en la carrera del director.

Si Los odiosos ocho remitía en multitud de aspectos a Reservoir dogs, esta vez el universo autorreferencial de Tarantino cambia de dirección y vira hacia Malditos bastardos, no sólo en los aspectos más obvios, como el protagonismo de Brad Pitt o el guiño expreso que se le hace a través de una de las películas protagonizadas por Rick Dalton, sino de un modo más profundo. Tarantino sabe que la vida real es, en muchas ocasiones, una puta mierda y, como hizo en su film sobre los nazis, opta de nuevo por contarnos un cuento. El propio título de la película no da lugar a equívocos respecto a este punto. Este cuento es, además, un canto de amor al séptimo arte, pues, para Tarantino (y uno le comprende perfectamente) la vida es cine. En concreto, el cine que te marcó en tu infancia y en tu juventud y te enamoró para siempre. El director sitúa la acción en el momento en el que la época dorada de Hollywood daba sus últimos coletazos y se centra en un actor venido a menos para ofrecernos su particular crónica de cómo era La La Land hace medio siglo. Rick Dalton es un personaje, y es a la vez la suma de muchos, de infinidad de actores que en su momento triunfaron en la televisión, dieron el salto a la gran pantalla y no consiguieron alcanzar el estrellato. Llegados a ese punto, las opciones eran volver a la casilla de salida, pero no ya para interpretar a los héroes de los telespectadores, sino al villano de la función, o emigrar a Europa para protagonizar westerns u otras películas de género de bajo presupuesto. Ahí, Tarantino es una enciclopedia, y lo demuestra. Es fácil perderse en su particular universo, lleno de referencias cinéfilas y musicales que suelen escapar de lo obvio, pero también es bueno trabajar para el espectador con una cierta cultura general, cada vez más abandonado por Hollywood. También es cierto que hablamos de un guionista excepcional que, a la hora de mostrar los extractos de la carrera de Rick Dalton, no da puntada sin hilo, y logra que todos sean importantes para la narración, pese a parecer digresiones, puros divertimentos colocados ahí por un mero capricho de cineasta estiloso. Esos caprichos innecesarios están, pero en otra parte.

Érase una vez en Hollywood es también un elogio de la amistad masculina. En plena crisis profesional y próximo a caer en el alcoholismo, Rick se aferra a Cliff Booth, un especialista convertido en el bastón que necesita la antigua estrella para no darse de bruces contra el suelo. Cliff es un tipo duro, parco en palabras y que, pese a su carisma y a su presencia física, jamás consiguió pasar del estatus de doble de acción y ha llegado a la madurez con una caravana casi en ruinas, un perro y una acusación no confirmada de haber asesinado años atrás a su esposa. Las vivencias de ambos durante el turbulento año 1969 constituyen el eje de una película que, por momentos, nos sitúa frente al Quentin Tarantino más autocomplaciente de su carrera. Además de ofrecernos la fiesta en la mansión Playboy más sosa que pueda concebirse, es necesario comentar que mola ver a Brad Pitt conducir a gran velocidad a través del Los Ángeles de finales de los 60 mientras escucha por la radio joyas musicales de la época… una vez. Entregado al carisma de su dúo protagonista, y a la vez deseoso de presumir de virtuosismo con la cámara (y de discoteca), Tarantino se recrea en exceso en momentos que, al contrario de lo que ocurre con las películas y los rodajes de Rick Dalton, no aportan demasiado al conjunto y dilatan el metraje de manera innecesaria. El director muestra un dominio técnico aplastante, su entente con Robert Richardson sigue produciendo resultados fantásticos, pero Fred Raskin debió utilizar más la tijera, porque las escenas importantes (la aparición de Marvin Schwarz, por ejemplo) siguen siendo oro puro, y eso acentúa el contraste por tratarse de un cineasta en cuya obra anterior cuesta encontrar tiempos muertos.

Entre las grandes virtudes de la película, encontramos el descacharrante, y gloriosamente incorrecto, sentido del humor de Tarantino, que le da pie a cachondearse de Bruce Lee, de los hippies… y de regalarle a Brad Pitt una escena que habrá encantado a Angelina Jolie, y ese corazoncito que tiene este autor y que hace que sus obras se eleven por encima del pastiche violento que podrían ser: hay auténtico amor al recordar a Sharon Tate, vecina de Rick Dalton. A través de ambos (la crisis de él en su roulotte por haber olvidado sus diálogos a causa de sus excesos con el alcohol, y la luminosa alegría de ella al comprobar que el público la encuentra divertida y adorable en La mansión de los siete placeres), el hombre detrás de la cámara muestra las dos caras de la profesión de actor, una profesión por la que él siente un indisimulado cariño. Lo que siente hacia los hippies es otra cosa, y como se parece bastante a mis propios pareceres al respecto de esa subespecie, no me extenderé demasiado, salvo para decir que un idiota es un problema, un idiota drogado es un problema grave y un puñado de idiotas drogados que se creen en posesión de la verdad son un mal a erradicar antes de que infecten a los especímenes sanos. Llegados a este punto, diré que el final es acojonante, al igual que toda la escena que narra la visita de Cliff al viejo rancho en el que se aloja la familia Manson. No hay otro director de espíritu tan libre como para rodar esta clase de escenas, ni con el talento de filmarlas de manera perfecta.

Que Tarantino es capaz de sacar lo mejor de sus actores es una obviedad, pero sucede con cada nueva película, y es preciso subrayarlo. Leonardo DiCaprio es un intérprete al que la edad y la sabia elección de proyectos están colocando en el trono que siempre pareció destinado a alcanzar, y Brad Pitt hace una de las mejores interpretaciones de su carrera en la piel de un tipo que está de vuelta de todo y posee la gran virtud de la lealtad. Ambos están que se salen, aunque el director abuse de su carisma. Margot Robbie interpreta con maestría a un ángel, y poco más se puede decir al respecto, salvo que esta mujer lo tiene todo para habitar el Olimpo. Las apariciones de Al Pacino y Bruce Dern, otro de los que ya forma parte de la banda de Tarantino, me parecen excelentes, y del resto de actores, mucho menos conocidos, me apetece resaltar la labor de Margaret Qualley, cuyo personaje, además de dar pie a un chiste guarro muy gracioso, muestra que a veces la locura puede ser muy seductora, constituyendo casi el reverso de Sharon Tate. También es de destacar la intervención de Kurt Russell (en una escena hilarante, cosa que también ayuda), el encanto de la joven Julia Butters, la convincente cara de loca de Dakota Fanning y el tributo a clásicos como Clu Gulager o Brenda Vaccaro.

Érase una vez en Hollywood es un gran Tarantino con lagunas, que por momentos muestra que el duro Quentin se nos está aburguesando y a ratos se ama a sí mismo con demasiada locura, pero que es también un maravilloso cuento sobre el cine con final feliz.

EL COLOSO DE RODAS

IL COLOSSO DI RODI. 1961. 120´. Color.

Dirección: Sergio Leone; Guión: Ennio De Concini, Luciano Martino, Cesare Seccia, Carlo Gualtieri, Luciano Chitarrini, Ageo Savioli y Sergio Leone; Director de fotografía: Antonio Ballesteros;  Montaje: Eraldo Da Roma; Música: Francesco Angelo Lavagnino. Diseño de producción: Ramiro Gómez; Vestuario: Vittorio Rossi; Producción: Michele Scaglione, para Produzioni Atlas Consorziate-Cineproduzioni Associate- Procusa Film-Comptoir Français de Productions Cinématographiques- CTI (Italia-Francia-España).

Intérpretes: Rory Calhoun (Darío); Georges Marchal (Pelíocle); Lea Massari (Diala); Conrado San Martín (Tireo); Ángel Aranda (Koros); Mabel Karr (Mirte); Mimmo Palmara (Ares); Jorge Rigaud (Lisipo); Roberto Camardiel (Serse); Alf Randal, Yann Larvor, Carlo Tamberlani, Félix Fernández, Antonio Casas, Fernando Calzado, José María Vilches.

Sinopsis: Darío, un militar ateniense, llega a la isla de Rodas justo acaba de construirse el Coloso y un grupo de rebeldes acentúa sus acciones contra la tiranía.

Si por algo El coloso de Rodas ha logrado un espacio en la historia del cine es por ser el primer largometraje dirigido íntegramente por Sergio Leone, un realizador clave en la segunda mitad del siglo XX. Se trata de una coproducción europea que se inscribe en el género del peplum, que en aquellos años gozaba del favor de la taquilla y que, como había sucedido años antes con el cine negro y sucedería años después, gracias al propio Leone, con el western, fue fusilado a conciencia desde el Viejo Continente con la noble intención de llevarse un trozo del pastel y que los yanquis no se quedaran con todo el dinero. La ópera prima de Leone tuvo un moderado éxito, y consiguió poner en el mapa a este singular cineasta.

Lo cierto es que el peplum europeo debió de producir mayores alegrías entre el colectivo homosexual que entre la cinefilia planetaria, pues el subgénero apenas produjo obras de verdadera entidad. El coloso de Rodas, sin ser una gran película, posee al menos determinadas cualidades que la distinguen para bien de las docenas de obras similares producidas en la época, y que tienen mucho que ver con el incipiente talento de su director, pues el guión es bastante rutinario y se ciñe de manera estricta a los clichés más manidos de lo que aquí se llamó cine de romanos. Aquí, romanos no hay, lo mismo que originalidad, pero sí hay una escena pre-créditos, llena de acción no interrumpida por los diálogos, en la que el cinéfilo atento puede comprobar que, más allá de los decorados de cartón-piedra, a los mandos se encuentra un individuo muy capaz. Ya sabemos que, al menos, la película no será aburrida. Después aparece en escena Darío, un ateniense recién licenciado del ejército que viaja a Rodas, isla de la que es natural su madre, para asistir a la inauguración de uno de los monumentos más impresionantes construidos en la Antigüedad, el Coloso. El militar, interesado sobre todo en perseguir mujeres y disfrutar de los placeres de la vida, no tarda en comprobar que la conocida como isla de la paz es en realidad un auténtico polvorín, en el que un grupo organizado de resistentes trata de derribar al monarca y las conspiraciones para hacerse con el poder se suceden dentro y fuera del fastuoso palacio real. Fracasado su intento de abandonar la isla por vía marítima, Darío se convertirá en parte fundamental en los distintos conflictos políticos que asolan Rodas.

Leone tiene claro que lo que gusta al público es el espectáculo, y pese a que el presupuesto da para lo justito, se lo da con desmesura, demostrando un gran dominio del lenguaje visual y buena mano para las escenas de masas. No aparecen todavía los primerísimos planos que serán una de las marcas distintivas del director romano, ni esa forma única de dilatar el tiempo fílmico, pero sí tenemos su buen estilo a la hora de mostrar la violencia, algunos diálogos muy elocuentes pese a su parquedad, mucha acción y, antes del encuentro con Ennio Morricone, esa habilidad para ensamblar música e imagen que pocos han conseguido igualar. En el montaje hay algunas cosas que chirrían, aunque imagino que ello es debido a que se hicieron diversas versiones de la película y la aquí reseñada es la francesa, que es la más corta de todas, por lo que, por ejemplo, en las transiciones entre las escenas que transcurren en la fiesta palaciega da la sensación de faltar algo. Es evidente que la fidelidad histórica no importa un pimiento (el Coloso se mantuvo en pie durante un siglo antes de, en efecto, ser derribado por los efectos de un terremoto que destruyó buena parte de la isla), pero tanto en las escenas de las multitudinarias batallas entre monárquicos y rebeldes, como en las que muestran los devastadores efectos del seísmo, aflora el talento de un cineasta importante.

A nivel interpretativo, encontramos el típico batiburrillo de nacionalidades típico de estas coproducciones, cuyos repartos solían estar encabezados por galanes estadounidenses de popularidad decreciente en su país. Aquí, el susodicho es un Rory Calhoun que, al menos, logra ser algo menos inexpresivo de lo que solían serlo esos compatriotas suyos que cruzaban el charco para participar en productos similares y aporta un saludable punto de ambigüedad y cinismo, rasgos ambos característicos de los protagonistas de Leone. En el elenco europeo, destaca una casi debutante Lea Massari, malvada y seductora como marcan los cánones del género. Georges Marchal, que interpreta al mejor amigo del protagonista, cumple con buena nota, y por parte española tenemos al vigoroso Conrado San Martín, que en esta ocasión da vida, de manera correcta, a Tireo, el verdadero malo de la película, un ser intrigante que conspira para hacerse con el trono, aunque sea a cambio de poner a su tierra a merced de una potencia extranjera. En el resto del internacional reparto abundan los actores hercúleos de expresividad discutible.

La ópera prima de Leone es un más que correcto peplum que acumula, no siempre de manera ordenada, todos los tópicos del género en el que se inscribe, nunca deja de resultar entretenido y deja algunas muestras del enorme talento de su director. Una película típica para pasar un buen rato sin mayores pretensiones, y a la vez un divertimento para cinéfilos a la caza de las huellas de la maestría de Leone.

TITUS

TITUS. 1999. 160´. Color.

Dirección: Julie Taymor; Guión: Julie Taymor, basado en la obra de teatro de William Shakespeare Tito Andrónico; Director de fotografía: Luciano Tovoli;  Montaje: Françoise Bonnot; Música: Elliot Goldenthal;  Dirección artística: Pier Luigi Basile (Supervisión); Diseño de producción: Dante Ferretti; Diseño de vestuario: Milena Canonero; Producción: Julie Taymor, Jody Allen y Conchita Airoldi, para Clear Blue Sky Productions-Urania Pictures, S.R.L.-Overseas FilmGroup-NDF International (Reino Unido).

Intérpretes: Anthony Hopkins (Tito Andrónico); Jessica Lange (Reina Tamora); Harry Lennix (Aaron); Angus Macfadyen (Lucio); Alan Cumming (Saturnino); Laura Fraser (Lavinia); Colm Feore (Marco); Matthew Rhys (Demetrio); Jonathan Rhys Meyers (Quirón); James Frain (Basiano); Kenny Doughty (Quinto); Blake Ritson (Mucio); Osheen Jones, Raz Degan, Colin Wells, Ettore Geri, Constantine Gregory, Geraldine McEwan, Giacomo Gonnella, Emanuele Vezzoli.

Sinopsis: El veterano general Tito Andrónico regresa a Roma después de derrotar a los godos. Una vez en la capital, el emperador muere, y el viejo soldado apoya el acceso al trono de Saturnino, lo que le acarreará innumerables desgracias.

Como mandan los cánones, la directora teatral británica Julie Taymor dio el salto a la gran pantalla mediante la adaptación de una obra de Shakespeare. En esencia, el proyecto no era otro que llevar al cine una pieza que Taymor ya había dirigido sobre las tablas y que de la que apenas podían encontrarse huellas visibles en el séptimo arte. Titus, el film resultante, no gozó en general del beneplácito de la crítica y fue básicamente ignorado por el público estadounidense.

Taymor, que en lo narrativo se mantiene bastante fiel al texto original, sitúa la acción en un indeterminado marco temporal que acaba siendo un batiburrillo entre la Roma clásica y la edad contemporánea en el que, al margen de algunos momentos visuales chocantes, se echa en falta una mayor coherencia. Quienes hayan leído la obra (que, imagino, serán además quienes no se rasguen las vestiduras ante la gran violencia de lo narrado) serán conscientes de que modernizarla no es tarea sencilla, pero el doble juego de la directora en este punto no termina de convencer, pues no apuesta de un modo lo bastante decidido ni por el respeto absoluto al original ni por la versión libre.

Sin duda, la moraleja de la obra es que, si uno quiere tener una vejez tranquila, es mejor que no permita gobernar a sus enemigos. La tragedia de Tito Andrónico es la de quien, en su afán por salvaguardar las tradiciones, atrae hacia sí grandes desgracias por situarse a sí mismo y a los suyos en un nido de serpientes, lo que da pie a una sucesión de venganzas encadenadas, cada vez más crueles, cuyo origen está en dos acciones del anciano militar: el sacrificio ritual del primogénito de la reina de los godos, Tamora, y su decisión de apoyar en la sucesión al trono al pusilánime y cruel Saturnino frente a la candidatura del leal Basiano, que además es el prometido de la hija del general. Este último acto causa un cisma familiar que se resuelve en falso y deja a Tito Andrónico y a sus allegados a merced de la mujer que le ha jurado venganza, proclamada emperatriz por la fuga de Basiano y Lavinia, y del malvado moro que, además de asesor, es amante de Tamora.

Titus apunta maneras de gran película, a la manera de las mejores adaptaciones shakespearianas de Kenneth Branagh, pero no termina de confirmar sus bondades a causa de algunas elecciones de la directora que, como le ocurre al protagonista de la obra, no terminan de ser afortunadas. Ya he mencionado la cuestión temporal, pero en la fastuosa puesta en escena, cuyo responsable es el gran Dante Ferretti, se suceden enormes aciertos visuales (toda la escena en la que Tito Andrónico ruega a los tribunos por la vida de dos de sus hijos, o la manera de mostrar la suprema desgracia de Lavinia) con concesiones al esteticismo vacuo, como las escenas oníricas o el mismo plano final, y con alambicados e innecesarios movimientos de cámara que no son más que tics de cineasta novel con ganas de demostrar demasiado y que lastran una escena tan brillante como la de la bacanal interrumpida por las flechas que Tito Andrónico y los suyos hacen caer sobre la residencia imperial. Tampoco la opción de la comedia negra, tono por el que se opta para mostrar la sangrienta carnicería que marca el clímax de la obra, me parece la más acertada de las posibles. Quizá sea un modo de intentar relativizar la extrema violencia de esas escenas, pero si, como creo, lo que busca el autor es mostrar la maldad intrínseca del ser humano, expresada de un modo radical en y por el personaje de Aaron, así como los efectos devastadores de la venganza, dudo que el enfoque de Taymor sea el mejor de los posibles. Eso sí, en el afán de que su película no aburra al espectador, la directora triunfa de un modo absoluto, al igual que lo hace la banda sonora de un Elliot Goldenthal que demuestra saber moverse en el terreno de la épica y de la tragedia desaforada.

Otra de las cosas que pueden discutírsele a Julie Taymor es la dirección de actores, lo que tratándose de la adaptación de una obra de Shakespeare no es un problema menor. Lo menciono porque abundan el histrionismo y la sobreactuación, y cuando eso sucede en la mayoría de los personajes es que nos hallamos ante una directriz superior más que ante una decisión personal de cada uno de los intérpretes. El gran Anthony Hopkins, que borda su papel durante la mayor parte del metraje, al final parece estar volviendo a interpretar a Hannibal Lecter, permitiéndose algún guiño explícito a su personaje-fetiche que, en otro contexto, podría hasta resultar humorístico. Quien sale muy bien parada es Jessica Lange, actriz de gran calibre a la que Hollywood no siempre ha ofrecido los papeles que merecía. Su mirada y su expresión transmiten el odio que siente su personaje de un modo inequívoco. A Harry Lennix, que interpreta a uno de los personajes más malvados de la literatura, le puede a menudo una tendencia a la sobreactuación que arruina la labor de Alan Cumming, una especie de Nerón con peinado de Adolf Hitler, y convierte en insufribles las apariciones en pantalla de Matthew Rhys y Jonathan Rhys Meyers. Mucho mejor está Angus Macfadyen, y un escalón más arriba, el siempre acertado Colm Feore y una sufridora Laura Fraser.

Titus me parece una notable película, no apta para estómagos sensibles, que podría haberse convertido en todo un clásico si su directora se hubiera contenido más en ciertos aspectos, porque la película, rodada en Italia y Croacia, posee la grandeza que cabría esperarse en una obra mayor.

SALVAJE

IN HELL. 2003. 98´. Color.

Dirección: Ringo Lam; Guión: Eric James Virgets y Jorge Álvarez; Director de fotografía: John B. Aronson;  Montaje: David M. Richardson; Música: Alexander Bubenheim; Diseño de producción: Valentina Mladenova; Dirección artística: Boriana Mintcheva; Producción: David Varod, Danny Lerner y John Thompson, para 777 Film Corporation-Millenium Films (EE.UU.-Bulgaria).

Intérpretes: Jean-Claude Van Damme (Kyle Leblanc); Lawrence Taylor (451); Lloyd Battista (General Hruschov); Carlos Gómez (Tolik); Emanuil Manolov (Ivan); Chris Moir (Billy); Marnie Alton (Grey); Alan Davidson (Malakai); Billy Rieck, Kaloyan Vodenicharov, Veselin Kalanovski, Ivo Tonchev, Juan Fernández, Milos Milicevic, Paulo Tocha, Robert LaSardo, Valentin Ganev.

Sinopsis: Un ingeniero estadounidense que trabaja en Rusia mata al asesino de su esposa y es enviado a cumplir cadena perpetua a la cárcel más dura del país.

Salvaje constituyó la tercera y última colaboración entre Jean-Claude Van Damme y el recientemente fallecido director de Hong Kong Ringo Lam. Muchos, entre los que me incluyo, consideran que este es el mejor film de los tres, y que supuso un paso adelante en la carrera del actor belga, por entonces en plena cuesta abajo a causa de su declive personal y de su participación en fiascos del calibre de Street fighter y Double team. La película no mejoró la situación de Van Damme en el mercado estadounidense, pues no llegó a ser estrenada en las salas cinematográficas del país, pero sí fue bien recibida entre los fans del actor en el resto del mundo, en especial en Europa.

En el haber de Jean-Claude Van Damme hay que decir que, con mayor o menor fortuna, siempre ha intentado ofrecer películas que vayan más allá de su estatus de estrella del cine de acción y que ofrezcan mayores alicientes al público que verle exhibir músculos y soltar mamporros, que es lo que siempre se espera de él. Salvaje, a mi modo de ver, demuestra que el de Bruselas compartía en parte la opinión de muchos de sus críticos respecto a lo repetitivo que resultaba verle casi siempre rodando escenas de acción glamourosas en las que siempre salía vencedor, y casi impoluto. Aquí, para empezar, destierra las artes marciales y, literalmente, se mete en el fango. Las muchas peleas se nos presentan con realismo, y el absoluto protagonista de la función recibe de lo lindo y deja un espacio para que los espectadores más desprejuiciados comprueben que también es capaz de actuar.

El principal handicap de la película es que empieza mal. El prólogo, que muestra el asesinato de la esposa del protagonista, el juicio del criminal y la posterior venganza del agraviado, que le lleva a la peor cárcel de Rusia, es de lo más rutinario tanto en lo narrativo como en lo visual. En verdad, parece sacado de cualquiera de las malas imitaciones de El justiciero de la ciudad que han llenado las estanterías de los videoclubs durante décadas. Sin embargo, en cuanto Kyle Leblanc, que así se llama el personaje al que interpreta Van Damme en la cinta, pisa ese infierno de prisión, la cosa se transforma en un estimable drama carcelario en el que el abundante derroche de testosterona no oculta interesantes reflexiones sobre las estructuras de poder en mundos cerrados, la maldad intrínseca del ser humano o las diferentes maneras de sobrevivir en el infierno. Cierto es que la corrupción en Rusia o los caracteres de los responsables de la penitenciaría están descritos con brocha gorda, o que abundan los tópicos carcelarios (hay préstamos de diversas películas, desde Papillon a Encerrado) pero justo es reconocer que la película es de lo más entretenida y que en ocasiones es capaz de trascender dichos tópicos.

Ringo Lam fue un puro cineasta de acción, incapaz de mantener la cámara quieta durante más de dos segundos pero dotado de una indiscutible pericia para filmar al ser humano en su faceta más cercana a la animalidad. En este film necesariamente oscuro, Lam, además de tino a la hora de mostrar unas peleas violentas que van mucho más allá de la típica coreografía artificiosas tan característica del género, logra sacar buenos frutos de las diversas escenas en las que el protagonista es recluido en la celda de aislamiento. Creo que el montaje es bastante acertado, estando por encima del resto de apartados técnicos, y que la falta de medios se sortea con dignidad.

Dije antes que Jean-Claude Van Damme es capaz de actuar, y lo mantengo. En esta película, el actor belga da vida a un personaje que sufre muchísimo, tanto en el aspecto físico como en el psicológico, y que debe pasar por distintos estados emocionales y experimentar el dolor, la ira, la confusión, el embrutecimiento, la esperanza y el miedo, para poder salir del pozo sin perder la dignidad por el camino. No es Laurence Olivier, pero logra transmitir lo que pretende. Me parece muy interesante el personaje del preso 451, interpretado de manera correcta por Lawrence Taylor, un despiadado asesino que liquida a sus distintos compañeros de celda porque hacen demasiado ruido pero que es capaz de reflexionar, escribir y, llegado el momento, confiar en quien lo merece. Entre los intérpretes de los responsables de la prisión uno echa en falta a algún actor de más enjundia capaz de dar algo más de lo que el guión, mucho más logrado a la hora de dibujar el perfil de los presidiarios, les brinda. Por último, la labor de Alan Davidson no me parece en absoluto desdeñable.

Salvaje tiene la gran virtud de ser bastante mejor de lo que aparenta: otra más de Van Damme. Los fans del actor belga no quedaron decepcionados, y el esfuerzo por ofrecer algo interesante a otro tipo de público, por filmar acción realista y no prefabricada, no fue esta vez en balde.

EL BLUES DEL AVIÓN PRIVADO

Dado que acostumbro a leer lo que queda de la prensa seria, he podido ver la imagen de un tal Maluma llorando a moco tendido al contemplar su recién adquirido avión privado. El mundo entero debería llorar con él, porque el hecho de que ese simulacro de cantante haya alcanzado tales cotas de fama no deja de ser muy deprimente. No obstante, no critico al sujeto, como hacen los progres de salón, por ostentoso, pues tiene el derecho de gastarse su dinero en lo que le apetezca, y desde luego no va a hacerlo en la creación de escuelas de música que hagan posible que los jóvenes comprendan que lo que él hace es una puta mierda. Lo lamentable es que alguien tan carente de talento no utilice como medio de transporte habitual una moto de repartidor de Glovo. Algo estamos haciendo mal.

HAVE A NICE DAY

HAO JILE/ HAVE A NICE DAY. 2017. 75´. Color.

Dirección: Liu Jian; Guión: Liu Jian; Dirección de fotografía: Lin Shan; Montaje: Liu Jian; Música: The Shanghai Restoration Project; Producción: Yang Cheng, Liu Jian y Jin Rui, para LeJoy Animation Studio-NeZha Bros. Pictures- Jiamei Spring Pictures (China).

Intérpretes: Zhu Changlong (Voz de Xiao Zhang); Cao Kai (Voz de Zhao Lao); Liu Jian (Voces de Yuanjun y Li Er); Yang Shiming (Voz del tío Liu); Shi Haitao (Voz de A De); Ma Xiaofeng (Voz de Shoupi); Xue Feng (Voz de Lao San); Zheng Yi (Voz de Erjie); Cao Kou (Voz de Huangyan); Zhu Hong, Wang Da, Wu Yu, Zhao Xingjun, Zeng Hongyu.

Sinopsis: Un conductor roba una bolsa llena de dinero que pertenece a un gángster. Durante unas horas, un grupo de personajes guiados por la codicia tratan de hacerse con el botín.

Have a nice day es, prácticamente, la primera noticia que tenemos por estos lares de la existencia de un cine de animación para adultos en China. Su responsable es Liu Jian, un joven director que con su segundo largometraje topó, como era previsible, con la censura de su país, pero logró traspasar fronteras y exhibir en Occidente un producto que, a la postre, fue recibido con más expectación que entusiasmo.

Lo que conocemos en Europa del cine de animación asiático proviene del país que más prestigio ha conseguido con sus producciones, Japón, y también, y sobre todo en los últimos años, de la boyante industria de Corea del Sur. El visionado de Have a nice day confirma que este género se encuentra aún en China en un estado embrionario, lejos del alto grado de perfección que se ha logrado en otras latitudes. Hablamos de una película en la que el influjo occidental es tan notable que, de no ser por los rasgos físicos de sus personajes, resulta difícil de ubicar geográficamente. Y he aquí uno de los mayores defectos que le he encontrado al film: le falta China. Liu Jian nos presenta una trama en la que la influencia de Quentin Tarantino es notoria, pero a la que, entre tanta referencia a elementos universales de la cultura popular, le faltan elementos definitorios propios. Vista la película, lo único que podemos saber de China es algo que a nadie se le escapa: que en esa extensa nación, teóricamente comunista y convertida en la práctica en el sueño húmedo realizado de todo oligarca occidental, la codicia mueve el mundo al igual que sucede en la práctica totalidad de las zonas habitadas del planeta. Sospecho que algo tiene que ver la censura en ello, pero a la historia le faltan toques propios que la alejen del pastiche tarantiniano.

Un joven conductor roba una bolsa llena de dinero, cuyo dueño se nos muestra en el prólogo como un torturador, con la noble intención de invertirlo en recomponer a su novia, candidata a protagonizar un episodio de la versión china de Chapuzas estéticas. Los distintos personajes que van descubriendo el robo coinciden en la misma idea: hacerse con la bolsa de los huevos de oro al precio que sea necesario. Sumen a un asesino a sueldo, contratado por el gángster ultrajado para recuperar lo que era suyo, y ya tienen la historia servida. La cuestión es que esa historia ya nos la han presentado infinidad de veces, muchas de ellas con mejor sabor. Liu Jian mezcla algunas buenas ideas, como mostrar el inmenso, y muchas veces peligroso, poder de la tecnología, o exhibir un concepto pesimista de la vida como lucha de todos contra todos, con un sinfín de tópicos modernos que dejaron de ser originales después del estreno de la tercera película de Guy Ritchie. De ellos, sólo salvo el sueño kitsch, con canción incluida, sobre la soñada huida a Shangri-La de una de las protagonistas.

De las funciones que ejerce en el film, diría que Liu Jian es mejor montador que director, y mejor director que guionista. La película es corta, y se ve con facilidad. Algunos de los aportes musicales son interesantes, y sí, el dibujo es rudimentario, pero efectivo en una trama más bien sórdida en la que abundan los tonos grises. Aquí, las influencias del director se van hacia Otomo u Oshii, aunque las comparaciones son un tanto odiosas.

En el trabajo de quienes dan voz a los personajes predomina el hieratismo. La ausencia de actores profesionales en el elenco se nota para mal, pues en los intérpretes se adivina más voluntad que dominio del medio. Por destacar a alguien, creo que Yang Shiming logra emerger un poco de la atonía general en este importante apartado.

Opino que Have a nice day es una película más importante para China, como embrión de una industria que puede tener mucho futuro, que para el resto del mundo, ya acostumbrado a ver productos de similar naturaleza y mayor calidad. Pasable, a secas.

DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA

Siempre se puede esperar un gran poder de observación en alguien capaz, como Aldous Huxley, de escribir Un mundo feliz:

“TANTO EL CAPITALISMO COMO EL NACIONALISMO SON FRUTOS DE LA OBSESIÓN POR EL PODER, EL ÉXITO Y LA POSICIÓN SOCIAL”..

EL SASTRE DE PANAMÁ

THE TAILOR OF PANAMA. 2001. 112´. Color.

Dirección: John Boorman; Guión: Andrew Davies, John Le Carré y John Boorman, basado en la novela de John Le Carré; Dirección de fotografía: Philippe Rousselot; Montaje: Ron Davies;  Diseño de producción: Derek Wallace; Música: Shaun Davey; Dirección artística: Sarah Hauldren (Supervisión); Producción: Kevan Baker y John Boorman, para Columbia Pictures (Reino Unido-EE.UU).

Intérpretes: Pierce Brosnan (Andy Osnard); Geoffrey Rush (Harry Pendel); Jamie Lee Curtis (Louisa); Brendan Gleeson (Mickie Abraxas); Leonor Varela (Marta); Harold Pinter (Tío Benny); Catherine McCormack (Francesca); Daniel Radcliffe (Mark); David Hayman (Luxmore); Mark Margolis (Rafi Domingo); John Fortune (Maltby); Jon Polito (Ramón); Jonathan Hyde (Cavendish); Dylan Baker (Dusenbaker); Harry Ditson (Elliot); Martin Savage (Stormont); Lola Boorman, Martín Ferrero, Edgatdo Molino, Paul Birchard, Ken Jenkins.

Sinopsis: Un agente del servicio secreto británico es enviado a Panamá, donde entabla contacto con un sastre inglés de dudoso pasado que viste a algunas de las más altas personalidades del país.

El británico John Boorman dirigió algunas películas realmente importantes en los inicios de su carrera, pero su obra había caído en la irrelevancia en los años 90 hasta que resurgió con la excelente El general. Su siguiente proyecto fue la adaptación de El sastre de Panamá, una novela de John Le Carré que debe mucho a Nuestro hombre en La Habana y en la que el escritor se implicó con firmeza, ejerciendo como coguionista y productor ejecutivo de una obra que no fue, en general, bien recibida por la crítica y pasó bastante inadvertida para las grandes audiencias.

El sastre de Panamá podría haberse titulado Farsa y tragedia del espionaje internacional, y creo que en esta dualidad se explica el relativo, y a mi entender inmerecido, fracaso de la película, porque el film de Boorman es una comedia muy trágica, o una tragedia muy cómica, y esa mezcla de tonos, además de ser susceptible de confundir al público, no se lleva tan bien en el último tramo de la película como en las primeras tres cuartas partes de la misma. Por otra parte, se da la circunstancia de que la trama es en verdad poco verosímil, pero los personajes protagónicos lo son de veras. Como admirador de John Le Carré que soy, veo ese idealismo desencantado tan característico del autor, consecuencia inevitable de unir dos grandes cualidades humanas, pasión y agudeza analítica, con las cicatrices propias de la experiencia. Por concretar, el personaje de Mickie Abraxas es la perfecta imagen de lo que les ocurre a esas escasas personas que desean cambiar el mundo por principios, y no únicamente por mejorar su propio estatus personal. No obstante, Abraxas es más un contrapunto que un leitmotiv, pues el tono de la historia lo marcan dos personajes, Andy Osnard y Harry Pendel, en cuyos retratos predomina sin duda la ironía. El primero es un playboy decadente, a sueldo del MI6, que es enviado a Panamá como castigo a su afición por fornicar con las esposas de los embajadores, y el segundo es un sujeto que se ha construido una muy buena vida basada en la mentira. El encuentro entre el espía cínico y hambriento de notoriedad con el sastre que aprendió su oficio en la cárcel y que, tras cambiar de continente, forjó para sí un perfil modélico y logró ser el modisto de cabecera de las altas personalidades de un país latinoamericano de singular importancia estratégica, da lugar, cómo no, a un engaño que va adquiriendo grandes proporciones a medida que los responsables de los servicios secretos británicos se lo van creyendo, y que termina por devorar a sus artífices. Es importante señalar la distinta reacción de los protagonistas cuando la bola de nieve se ha hecho demasiado grande: el expresidiario busca redimirse, mientras el agente del Gobierno pone todo su empeño en sacar el máximo beneficio personal de la situación creada. La moraleja está clara: los juegos de Occidente son la pesadilla cotidiana del Tercer Mundo. El modo de llegar a ella no siempre es el más coherente, aunque subrayar, de la forma en que se hace en esta película,  que dos grandes defectos humanos, como son la codicia y la estupidez, están muchas veces detrás de la toma de grandes decisiones, es un gran punto a favor.

John Boorman es un cineasta enérgico, que aquí demuestra no haber perdido su brío y tener una acreditada capacidad para no aburrir. Como sucede en otras de sus películas, se pone especial énfasis en mostrar el contraste entre el modo de vida de los ricos y el de quienes están condenados a pelear por sus sobras, entre la frialdad de los despachos, la luminosidad y amplitud de los espacios en los que se mueven los seres superiores y la oscuridad y estrechez de los barrios bajos, que son, y así se subraya también con las imágenes, donde la vida, y los estragos causados por los poderosos, se hacen palpables. Llama la atención el hábito de filmar las escenas de sexo en planos muy cortos, que acentúan el efecto tórrido mostrando lo mínimo. Falta quizá un punto de inspiración en los aspectos técnicos más importantes, lo que unido al hecho de que al final la trama se vuelva más enrevesada y opte, quizá en exceso, por acentuar su faceta dramática en detrimento de la satírica, hasta entonces preponderante, impide que la película llegue a alcanzar la excelencia que por momentos insinúa.

Para Pierce Brosnan, que por entonces acababa de finalizar su periplo encarnando a James Bond, debió de resultar muy liberador interpretar un personaje que no deja de ser una versión mucho más veraz del espía británico más famoso del cine. Su don para ejercer de seductor cínico es innegable, y por ello su trabajo a las órdenes de Boorman está entre los mejores de su irregular carrera. Que le acompañe un gran actor como Geoffrey Rush, muy cómodo en un personaje que ha hecho de la impostura un arte, es un plus para la película. También resulta muy adecuada para su papel la principal intérprete femenina, Jamie Lee Curtis, que se desenvuelve muy bien como esposa engañada, pero ni de lejos estúpida. Un actor de raza, habitual en el cine de Boorman, como Brendan Gleeson, está soberbio como ese Mickie Abraxas heroico y patético a la vez. Leonor Varela, la actriz que da vida a Marta, la mano derecha del sastre, logra no verse eclipsada con tanta estrella alrededor. Curiosa la presencia, nunca mejor dicho, del dramaturgo Harold Pinter en el papel del tío y mentor de Harry Peele. Aparece también un joven Daniel Radcliffe pre-Harry Potter, pero los secundarios más distinguidos son Catherine McCormack, Mark Margolis, Dylan Baker, Jon Polito y uno de esos actores que jamás decepciona, David Hayman.

El sastre de Panamá, sin ser perfecta, ni la mejor adaptación cinematográfica de una novela de John Le Carré, sí es un film estimable, bastante mejor de lo uno podría creer si lee muchas de las críticas que se le dedicaron. Es más, opino que es una película digna del talento de un notable director como John Boorman, y que, a diferencia de lo que ocurre con otras obras que en su momento gozaron de mayor prestigio, está envejeciendo muy bien. O, por ser más precisos, en casi dos décadas no lo ha hecho en absoluto.

LOS OTROS CURAS

Reconozco que esos seres, tan abundantes entre mi especie, que creen haberle encontrado el sentido a algo que no lo tiene, cual es la existencia, me inspiran cierta ternura. No obstante, esos buenos sentimientos me duran sólo hasta que el espécimen iluminado en cuestión intenta hacerme partícipe de la buena nueva, de la Gran Verdad Revelada, de ese bálsamo de Fierabrás que salvará a la decadente especie humana de todos sus males. En ese punto, sólo contemplo dos opciones: librar para siempre al planeta de semejante mastuerzo, o recurrir a la mejor medicina que jamás se ha inventado: el sarcasmo. Como soy de natural cobarde, y las manchas de sangre en la ropa son bastante difíciles de eliminar, hasta ahora he escogido siempre la segunda opción, que tiene la ventaja de hacer cambiar los papeles y conseguir que, después de un lapso de tiempo que varía según el grado de tozudez del predicador, la Voz de la Sabiduría Alquilada (los iluminados son muy poco dados a parir algún pensamiento original o idea propia) abandone su beatífico rictus de superioridad y fantasee con exterminar a ese individuo refractario a las grandes verdades del Universo y, lo que es peor, que disfruta haciéndose el graciosillo. De entre la mucha gente detestable que pulula por la Tierra, quienes inventan paraísos merecerían un lugar especial en el Averno, y quienes les siguen, son el Averno mismo. Muchos no visten como curas, pero cuánto se les parecen.

B.B. KING ON THE ROAD

B.B. KING ON THE ROAD. 2017. 106´. Color.

Dirección: Jon Brewer; Guión: Jon Brewer; Dirección de fotografía: Stefan Coulson y Tom Goudsmit;  Montaje: Gagik Karagheuzian; Música: B. B. King; Producción: Jon Brewer, para Cardinal Releasing (EE.UU.).

Intérpretes: B. B. King, Tony Coleman, Sue Evans, Ron Levy, Floyd Newman, Calvin Owens, Ernest Withers, Milton Hopkins, Ernest Vantrease, Bill Szymczyk, Lora Walker, Duke Jethro, James Bolden, Stewart Levine, Tina France, Joe Bihari, Wilson Ester, Eric Clapton, Bono, Carlos Santana, Buddy Guy, Joe Bonamassa, Kenny Wayne Shepherd, Susan Tedeschi, Dr. John, Ringo Starr, Mick Taylor, Bill Wyman.

Sinopsis: Documental centrado en las giras realizadas por B. B. King a lo largo de su carrera.

Jon Brewer se ha construido una sólida carrera en la dirección de documentales, centrando la práctica totalidad de su obra en la vertiente musical del género. A principios de la actual década rodó un film sobre el músico de blues más popular de las últimas décadas, B.B. King, y tras el fallecimiento del guitarrista le brindó este cálido homenaje centrado en la incansable labor del dueño de Lucille como artista en directo.

El director nos brinda un producto solvente, que se centra en algunas declaraciones de archivo del homenajeado y en los recuerdos de quienes le acompañaron, en algunos casos durante varias décadas, en sus giras, primero circunscritas a los circuitos especializados en la música negra y más tarde, con la promulgación de las leyes sobre derechos civiles y gracias a la devoción que muchos de los más destacados representantes de la invasión británica sentían por los maestros del blues, centradas en hacer llegar la esencia de ese género al gran público de todo el planeta. Estamos hablando de un hombre que llegó a hacer 365 conciertos en un año, la inmensa mayoría en poblaciones distintas, y que pasó gran parte de su vida en la carretera. Un auténtico estajanovista de la música que se acostumbró a ese brutal ritmo de trabajo cuando los escasos salarios, los problemas con el fisco y las estafas por parte de promotores sin escrúpulos, tan frecuentes en el negocio de la música, le obligaron a subsistir bajándose lo justo del escenario, y que no bajó el listón hasta que, ya a una edad muy avanzada, la enfermedad hizo mella en él con toda crueldad. Esto da pie a un sinfín de vivencias, muchas de ellas divertidas (en ese terreno, Floyd Newman se lleva la palma), que son la columna vertebral sobre la que se sustenta la película, que sigue una estructura cronológica y agrupa a los testimonios en dos grupos: los de quienes giraron acompañando a B. B. King, y los músicos famosos que hablan de su maestría e influencia. Resulta llamativo que el único bluesman negro que aparezca sea el gran Buddy Guy, pero hay que recordar que B.B. King fue un artista muy longevo que logró sobrevivir a la práctica totalidad de sus contemporáneos. Da gusto, con todo, escuchar el cariño con el que estrellas como Ringo Starr, Carlos Santana, Susan Tedeschi o Dr. John se refieren al hombre que más hizo por popularizar el blues sin pervertir su esencia. Eso sí, la apuesta que se hace en el film por la presencia de músicos populares para el gran público se me antoja excesiva. Faltan algunas figuras menos célebres que deberían estar, como nuestro Raimundo Amador.

El montaje, que es un elemento fundamental de toda película, y quizá aún más en una de este tipo, es más que correcto. La música, qué duda cabe, es excelente: poca gente ha tocado la guitarra con tanta sensibilidad y de un modo tan expresivo como Riley Ben King. Puestos a criticar, servidor hubiera incluido al menos una canción completa en el documental, pero todo es opinable. Sus músicos le recuerdan como un jefe exigente pero generoso, cuya bonhomía le aleja de otros iconos de la música negra como James Brown o Miles Davis. Especialmente emotivas son las imágenes del funeral de un hombre que ha dejado un gran hueco en la música y que es homenajeado con cariño por un Jon Brewer que une la pasión del aficionado con la profesionalidad del cineasta. Recomendable para cualquier amante de la música.