FREEDOM FOR TABARNIA

Resultado de imagen de TABARNIA

Como barcelonés que siempre ha creído que el resto de Cataluña (me refiero en especial a las provincias norteñas, a excepción del Valle de Arán, y a las comarcas no costeras) es una maldición bíblica que nos ha caído a los capitalinos por algún pecado antiguo, no puedo sino mostrar mi absoluto apoyo a la creación de Tabarnia, legítimo acto de rebelión de un territorio oprimido por un expolio fiscal incuestionable, frecuentemente asaltado por tractoristas y demás elementos agropecuarios, y maltratado por una ley electoral injusta y por un sinfín de pueblerinos que, unidos a las menguantes hordas de guiris, impiden que los barceloneses nativos podamos comprar a gusto en la FNAC y El Corte Inglés. Es de esperar que el derecho de los tabarneses a decidir su propio futuro sea respetado desde ya mismo, y que un tsunami democrático se abra paso desde Lloret hasta Reus para reclamar la libertad de un pueblo colonizado. La fuerza de sus azadas y de su trapera policía invasora no logrará detenernos. Visca Tabàrnia lliure!

DE PALMA

Resultado de imagen de de palma documentary

DE PALMA. 2015. 110´. Color.

Dirección: Noah Baumbach y Jake Paltrow; Guión: Noah Baumbach y Jake Paltrow; Dirección de fotografía: Jake Paltrow;  Montaje: Matt Mayer y Lauren Minnerath; Música: Miscelánea. Piezas compuestas por Bernard Herrmann, Pino Donaggio, Ennio Morricone, etc.; Producción: Noah Baumbach y Jake Paltrow, para Boxmotion-Empire Ward (EE.UU.).

Intérpretes:  Brian De Palma.

Sinopsis: El director Brian De Palma repasa su trayectoria cinematográfica.

Quienes me conocen, o quienes me leen con cierta frecuencia, saben que para mí el cine es una de las cosas verdaderamente importantes de la existencia, que entre los seres a quienes admiro se encuentran diversos cineastas, y que uno de ellos es Brian De Palma. En su filmografía hay verdaderas joyas, e incluso sus películas menos distinguidas poseen para mí un indudable interés. Leí hace tiempo el libro De Palma por De Palma, en el que el director de Nueva Jersey hablaba con una lucidez poco frecuente de su cine, y del de los demás. Por todo ello, un documental en el que este director  continuaba la tarea divulgativa emprendida en ese libro es para mí una obra de visionado obligatorio, y he de decir que no me ha decepcionado en absoluto.

El formato no puede ser más simple, pues el documental no es más que una extensa entrevista a De Palma, en la que el director repasa toda su obra mientras se van intercalando escenas de sus películas, y de aquellas obras ajenas que le marcaron (cómo no, las primeras imágenes insertadas pertenecen a Vértigo…). No hay problema: escuchar a Brian De Palma hablar de cine, y poder repasar su obra junto a él, es una gozada. Noah Baumbach y Jake Paltrow, directores, sobre todo el primero, de interesante trayectoria, sólo necesitan que De Palma (a quien hay que agradecerle su franqueza a la hora de mencionar sus fuentes de inspiración) explique su cine para hacer un documental de lo más interesante. Dado el pertinaz enfrentamiento entre De Palma y una parte no precisamente pequeña de la crítica cinematográfica, el hecho de que Baumbach sea hijo de dos personas dedicadas a esa profesión no deja de resultar curioso… quizá sea la forma que ha encontrado este hombre de redimirse de su pecado original, porque lo cierto es que incluso muchas de las mejores películas de Brian De Palma (Vestida para matar, El precio del poder, Atrapado por su pasado) recibieron en su momento un buen número de críticas feroces, que dicen bastante más de quienes las escribieron que del director, pero que en ocasiones llegaron a condicionar la acogida popular de esas obras (maestras, a mi entender). Como el propio entrevistado se encarga de repetir, nunca terminó de encajar en el sistema de producción de los grandes estudios, y de hecho, a excepción de la fallida Beeman el Magnífico, sus diez primeros films, muchos de ellos claramente experimentales, fueron financiados de manera independiente. De ellos, los dos últimos (Hermanas y El fantasma del Paraíso) le situaron de lleno entre lo más interesante del panorama cinematográfico de los brillantes años 70, junto a sus amigos Scorsese, Coppola o Spielberg. El rotundo éxito de Carrie marcó el primer gran punto álgido de una trayectoria que siempre se ha movido, en cuanto a la acogida de sus obras, como una montaña rusa de pronunciados altibajos. De Palma habla de sus éxitos y sus fracasos, de lo que pretendía conseguir con cada una de sus películas y de lo cerca o lejos que se quedó, en cada caso, de su objetivo.  Teniendo en cuenta que se trata de un autor maltratado, que no oculta su decepción por la tibia respuesta a algunas de sus obras más queridas, como Corazones de hierro, Snake eyes o Atrapado por su pasado (“no puedo hacer una película mejor que ésta”, recuerda haber pensado De Palma al no recibir, en el pase de la película en el festival de Berlín, la entusiasta ovación esperada), también hay espacio para la autocrítica (por ejemplo, por no haber hecho una adaptación más dura de La hoguera de las vanidades, tal vez el gran fiasco de su carrera), para la diversión, al recordar anécdotas de sus rodajes, como las perrerías que le hizo Sean Penn a Michael J. Fox en la filmación de Corazones de hierro, y para la reflexión, como cuando el director, que se trasladó a Europa después de otro fracaso, Misión a Marte, explica que a él, como a la práctica totalidad de los directores de cine, no se le recordará por las películas realizadas después de cumplir los 60 años de edad, sino por las hechas en las tres décadas anteriores. De hecho, el análisis de los cuatro últimos largometrajes del director (entre los que se encuentra un film que me gusta mucho, Femme fatale) apenas ocupa diez minutos de este documental, cuyo aparente minimalismo (en abierto contraste con el estilo del entrevistado, cineasta excesivo y siempre barroco en lo visual) no empaña su calidad: pongan un micrófono y una cámara a Brian De Palma, permítanle hablar de su arte, y obtendrán una gran lección de cine.

 

SLEEPERS

Resultado de imagen de sleepers 1996

SLEEPERS. 1996. 144´. Color.

Dirección: Barry Levinson; Guión: Barry Levinson, basado en la novela de Lorenzo Carcaterra; Director de fotografía: Michael Ballhaus;  Montaje: Stu Linder; Música: John Williams; Diseño de producción: Kristi Zea; Dirección artística: Tim Galvin; Producción: Barry Levinson y Steve Golin, para PolyGram Filmed Entertainment-Baltimore Pictures- Astoria Films-Propaganda Films- Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Kevin Bacon (Nokes); Billy Crudup (Tommy Marcano); Robert De Niro (Padre Bobby); Ron Eldard (John); Minnie Driver (Carol); Vittorio Gassman (King Benny); Dustin Hoffman (Danny Snyder); Terry Kinney (Ferguson); Bruno Kirby (Padre de Shakes); Frank Medrano (Fat Mancho); Jason Patric (Shakes); Joe Perrino (Joven Shakes); Brad Pitt (Michael); Brad Renfro (Joven Michael); Geoffrey Wigdor (Joven John); Jonathan Tucker (Joven Tommy); Eugene Byrd (Rizzo); Jeffrey Donovan, George Georgiadis, Don Hewitt, Paul Herman, Wendell Pierce, John Slattery, Aida Turturro.

Sinopsis: La travesura de cuatro adolescentes del barrio neoyorquino de Hell´s Kitchen termina en un homicidio involuntario. Los muchachos son condenados a pasar un mínimo de un año en el reformatorio Wilkinson, lugar en el que sufrirán todo tipo de abusos.

Barry Levinson, director irregular que alcanzó la cumbre en su profesión con la sobrevalorada Rain man, logró su mejor trabajo cinematográfico con Sleepers, adaptación de un best seller de Lorenzo Carcaterra que, de acuerdo con el autor, está basado en hechos reales (la versión oficial es otra bien distinta, todo hay que decirlo). La película, una exaltación de la amistad masculina, de los peculiares códigos morales de los barrios duros y, a la vez, un duro retrato de los reformatorios juveniles estadounidenses, tuvo un moderado éxito, pero en mi opinión supone el mayor logro artístico de Levinson, que aquí cambió los paisajes de su Baltimore natal por los neoyorquinos y convirtió el film en un proyecto personal, al asumir también las funciones de guionista y productor.

Sleepers es un film compuesto de dos partes bien diferenciadas. En la primera, que se desarrolla en las postrimerías de la convulsa década de los 60, se nos explica la primera adolescencia de cuatro muchachos criados en uno de esos barrios en los que imperan los códigos de la calle, hasta que una travesura degenera en una estupidez de enormes proporciones que provoca la muerte de un transeúnte inocente. Para los muchachos, la verdadera condena no será la impuesta por el juez, sino las traumáticas experiencias que vivirán tras los muros del reformatorio. Esta primera parte me parece magistral, hasta el punto de que, por momentos, la historia de esos cuatro muchachos me transporta a una de mis películas favoritas, Érase una vez en América. La recreación histórica es muy acertada, y el retrato social no puede desprender más autenticidad. Llama la atención que, en un barrio en el que la corrupción y el chanchullo constituyen las habituales maneras de hacer, en que las esperanzas de sus moradores por ir hacia arriba en la escala social son más bien escasas, en que la Mafia sigue mandando lo suyo y los malos tratos conyugales son la rutina de muchos hogares, las protestas estudiantiles contra la guerra del Vietnam sean vistas como algo lejano, como una pataleta de estudiantes pijos de universidades caras. En Hell´s Kitchen, la experiencia de la guerra es otra: la de enterrar a los muchachos del barrio que fueron reclutados para la batalla contra el comunismo y regresan dentro de un ataúd. Dos personajes son decisivos para entender los códigos éticos que se muestran en la película: el padre Bobby, un sacerdote que protege a sus feligreses porque no es ajeno a las debilidades humanas y fue delincuente juvenil antes de convertirse en párroco, y King Benny, un gángster de la vieja escuela, que trabajó para Lucky Luciano y continúa siendo el personaje más poderoso del barrio. Pero una vida, o cuatro, pueden arruinarse en unos pocos y desastrosos minutos y, después de ellos, los jóvenes protagonistas conocerán el verdadero horror. Repito: esta primera parte es gran cine.

La segunda parte nos sitúa en 1981. Los cuatro muchachos son ya unos adultos marcados a fuego por la traumática experiencia vivida tras los barrotes de Wilkinson. Dos de ellos se han convertido en matones alcoholizados y drogadictos. Otro tiene un empleo poco cualificado en un periódico, e intenta llegar a reportero, y el cuarto ha conseguido una buena posición en el mundo del Derecho. Una noche cualquiera, los dos pistoleros se cruzan en un restaurante con su antiguo torturador, y le asesinan allí mismo. Este hecho da origen a un proceso judicial que no es sino la plasmación de un plan de venganza que el muchacho convertido en jurista lleva años tramando: que el juicio a sus dos amigos de infancia se convierta en un proceso contra los abusos que todos ellos sufrieron en el reformatorio. Las referencias a El conde de Montecristo son continuas, pero aquí el relato pierde parte de su magia, se enrevesa por momentos y no remonta de veras hasta la parte final. Incluso la labor de Levinson (que siempre fue un artesano aplicado, más que un cineasta brillante), que en la primera parte es impecable, baja el nivel, y su manera de filmar es menos inspirada. Eso sí, el excelente trabajo de Michael Ballhaus sigue patente a lo largo de toda la película, y lo mismo hay que decir de la banda sonora escrita por John Williams, en un trabajo a la altura de su enorme prestigio.

El reparto es multiestelar, y en él hay mucho bueno, y algunos puntos débiles. En general, la interpretación de los cuatro chavales (entre los que se encuentra el malogrado Brad Renfro) que dan vida a los protagonistas en su etapa adolescente da la talla. Kevin Bacon borda el papel de sádico carcelero, Robert De Niro ofrece una actuación acorde a lo esperable en alguien de su talento, y Vittorio Gassman… bueno, nunca dejó de ser un actor sensacional. Dustin Hoffman también se luce en el papel de un abogado alcohólico que ha llegado a tal punto de decadencia que incluso sufre para resultar convincente en su función de marioneta de su presunto oponente en el estrado, y Bruno Kirby es un secundario más que eficaz. En cuanto a los actores que dan vida a los protagonistas en su etapa adulta, destacar a un Brad Pitt que deja claro que había nacido para el estrellato. Jason Patric, un actor muy limitado, no está al nivel que requieren su personaje y la película. Billy Crudup y Ron Eldard sí cumplen con creces. Destacar la presencia de dos rostros que, años después, triunfaron a lo grande en la televisión: Aida Turturro y John Slattery. La actuación de ambos en esta película es de calidad. El personaje de Minnie Driver, actriz que no me entusiasma, está metido con calzador.

Sleepers es una obra maestra en su primera mitad, y una buena película, con momentos notables, en su parte final. En resumen, es una historia de amistad y venganza, narrada desde un plano ético que a cualquiera que haya crecido en un barrio humilde le será fácil de entender. Sin ser perfecta, es la mejor película de Barry Levinson, que supo convertir una historia ajena en un proyecto personal, rodearse de actores y técnicos de primera fila, y filmar los mejores setenta minutos de toda su carrera.

HABLA, MUDITA

Resultado de imagen de habla mudita

HABLA, MUDITA. 1973. 87´. Color.

Dirección: Manuel Gutiérrez Aragón; Guión: Manuel Gutiérrez Aragón y José Luis García Sánchez, basado en una historia de Manuel Gutiérrez Aragón ; Dirección de fotografía: Luis Cuadrado;  Montaje: Pablo G. Del Amo; Música: Franz Schubert; Diseño de producción: Mario Ortiz; Producción: Elías Querejeta, para Elías Querejeta Producciones Cinematográficas, S.L.-Filmverlag der Autoren (España-República Federal de Alemania).

Intérpretes: José Luis López Vázquez (Ramiro); Kiti Mánver (La muda); Francisco Algora (El mudo); Hanna Axmann (Carlota); Manuel Guitián (Castelar); Francisco Guijar (Ramiro); Marisa Porcel (Eleuteria); Francisco Guijar, Susan Taff, Rosa de Alba, Edy Lage, Carmen Liaño, Antonio Gamero, Luis Barboo.

Sinopsis: Ramiro, un estudioso del lenguaje, está de vacaciones con su familia en los picos de Europa. Utilizando sus conocimientos, decide enseñar a hablar a una adolescente muda con la que se encuentra en una de sus excursiones.

La ópera prima de Manuel Gutiérrez Aragón  anticipa buena parte de las virtudes y carencias de su cine posterior. Habla, mudita, en la que se deja notar la huella del productor Elías Querejeta, adalid de un nuevo cine español en el tardofranquismo y la Transición, fue reconocida en el Festival de Berlín y contó con el beneplácito de la crítica y de los espectadores ávidos de ver un cine español alejado de los estereotipos.

Habla, mudita es una película en la que la premisa y la atmósfera están más logradas que la narrativa. El debutante director se muestra acertado a la hora de captar (con la notable ayuda de Luis Cuadrado) la belleza de unos parajes, los de las aldeas rurales de la cordillera Cantábrica, que conoce muy bien. Asimismo, la idea de reflexionar sobre la incomunicación y las posibilidades del lenguaje a través de la confusa relación entre un erudito y una joven sordomuda en un entorno primitivo y cerril, está muy bien sobre el papel, pero no tanto en su desarrollo. Abundan las digresiones, no pocas de ellas innecesarias, y aunque uno sienta simpatía por el hombre ilustrado que se obsesiona hasta lo socialmente peligroso con una joven relegada a un papel totalmente secundario en el reducido (en todos los aspectos) microcosmos que habita, en ocasiones el guión parece no saber hacia dónde dirigirse, hacia el drama o la comedia, la denuncia o el intimismo, lo banal y lo profundo. El personaje de Ramiro, una especie de Humbert Humbert sin el explícito componente sexual, es un ser hastiado de la vida e incomprendido por quienes, en teoría, mejor le conocen. Enseñar a hablar a la mocita muda es, en primera instancia, la excusa para quitarse de encima a una familia a la que no soporta y para postergar el regreso a su rutina madrileña. Más tarde, la compañía de esa joven egoísta, caprichosa y casi tan primaria como el pequeño salvaje de Truffaut (película que, sin duda, los artífices de Habla, mudita vieron con atención) se convertirá en la razón de ser de Ramiro, hasta el punto de provocar las habladurías de los parroquianos, gente cerrada y embrutecida.

Habla, mudita apunta en muchas direcciones, algunas muy acertadas (el retrato de los lugareños, por ejemplo), pero pertenece a esa clase de filmes (muy habituales en la trayectoria posterior de Gutiérrez Aragón) a los que se les resiste la diana. Pienso que a ese cruce entre la vejez y la juventud, lo erudito y lo primitivo, la palabra y su ausencia, podría habérsele sacado más jugo, sin que eso signifique que la película no sea interesante, o resulte una propuesta directamente fallida. Gutiérrez Aragón parece tener más claro lo que tiene que explicar que cómo hacerlo, y eso hace que el espectador pueda, a ratos, sentirse confuso acerca de la intención última de lo que está viendo en la pantalla.

Encabeza el reparto uno de los grandes actores del cine español, José Luis López Vázquez, que en ese 1973 estrenó nueve películas, y que en ésta pudo volver a demostrar la enorme capacidad como actor dramático que ya habían explotado anteriormente Carlos Saura o Jaime de Armiñán. Como me ocurre con todo el guión, no en todas las escenas consigo entender a su personaje, pero su interpretación es, una vez más, de categoría. Kiti Mánver, actriz de prolífica carrera, tuvo aquí su primer papel importante en el cine, y desde luego no desperdició su oportunidad. A Paco Algora, otro actor de nivel que por entonces daba sus primeros pasos en el cine, no se le saca todo el jugo posible, pues su personaje, el clásico tonto del pueblo, no le permite demasiadas filigranas. De los secundarios, me quedo sin duda con Manuel Guitián, impecable pedante pueblerino.

Película más atractiva que lograda, Habla, mudita es, con todo, un buen debut de un director que, aunque tuvo varios éxitos en los 80, nunca acabó de ser lo que prometía.

LA LLEGADA

Resultado de imagen de arrival

ARRIVAL. 2016. 116´. Color.

Dirección: Denis Villeneuve; Guión: Eric Heisserer, basado en el relato Story of your life, de Ted Chiang; Director de fotografía: Bradford Young;  Montaje: Joe Walker; Música: Johann Johansson; Diseño de producción: Patrice VermetteDirección artística: Isabelle Guay (Supervisión); Producción: David Linde, Shawn Levy, Aaron Ryder y Dan Levine, para Lava Bear Films-FilmNation Entertainment-21 Laps Entertainment (Canadá-EE.UU.).

Intérpretes: Amy Adams (Louise Banks); Jeremy Renner (Ian Donnelly); Forest Whitaker (Coronel Weber); Michael Stuhlbarg (Agente Halpern); Mark O´Brien (Capitán Marks); Tzi Ma (General Shang); Abigail Pniowsky (Hannah alos 8 años); Julia Scarlett Dan (Hannah a los 12 años); Jadyn Malone (Hannah a los 6 años); Frank Schorpion (Dr. Kettler); Lucas Chartier-Dessert, Christian Jadah, Lucy Van Oldenvarneveld, Andrew Shaver, Pat Kiely, Sonia Vigneault, Mark Camacho, Sabrina Reeves, Julian Casey, Larry Day, Matthew Wilson, Ruth Chiang.

Sinopsis: Una lingüista es reclutada por el ejército estadounidense cuando una nave extraterrestre aterriza en el estado de Montana. Es una de las 12 que una civilización alienígena ha enviado a la Tierra.

El canadiense Denis Villeneuve, que ya se había revelado como uno de los cineastas más interesantes de nuestro tiempo con películas como Incendios Prisioneros, no frustró las altas expectativas que había generado entre la cinefilia su incursión en el subgénero alienígena, La llegada, uno de los films de ciencia-ficción realmente importantes realizados en este siglo. Villeneuve consiguió una película inteligente y sensible sin caer en las trampas del cine de consumo rápido y poso nulo tan habitual en esta época.

Al igual que Christopher Nolan en Interstellar, Villeneuve, que toma como base literaria de su propuesta un relato de Ted Chiang, busca ofrecer un gran espectáculo de ciencia-ficción que, al mismo tiempo, haga pensar al público y le ponga al alcance conceptos científicos clave. La omnipresencia de las esferas proporciona el punto de apoyo que ayuda a entender la película, pues La llegada posee una estructura circular que nos es narrada a partir de un hecho traumático, como es ver a una madre junto al lecho de muerte de su hija adolescente. En la frialdad de una habitación de hospital, la mujer que generó una vida que ahora se apaga explica esa breve existencia a partir del momento clave en el que todo empezó, con el aterrizaje de una docena de naves extraterrestres en distintos lugares de la Tierra, elegidos aparentemente al azar. La eminente lingüista Louise Banks, esa madre, es invitada a comandar un grupo de expertos que intentará comunicarse con los alienígenas que han aterrizado en territorio estadounidense, y que trabajará codo con codo con los militares y con un equipo de científicos liderado por el doctor Ian Donnelly. El reto es poder dar una respuesta clara a la pregunta clave: ¿qué han venido a hacer esos heptápodos, que manejan un concepto del tiempo completamente distinto al lineal que caracteriza a nuestra especie, a nuestro extraño planeta?

Villeneuve huye de las historias de invasiones alienígenas al uso, y adopta un enfoque más adulto e intelectual que, sin embargo, engancha como el mejor thriller. A partir de una estética fría, pero de enorme buen gusto, y de una puesta en escena en la que predomina la contención y se dejan los golpes de efecto para los momentos narrativos clave de la historia, el director canadiense utiliza a las criaturas venidas del espacio exterior para poner a nuestra propia especie delante del espejo. La visión del director no me parece muy distinta a la de quienes desearíamos que se produjera una invasión extraterrestre de verdad e intentaríamos contribuir en lo posible a su éxito, pues esa llegada que da título a la película desata, en la inmensa mayoría de los terrícolas, las reacciones previsibles: miedo, agresividad, pìllaje… la diferencia es que, en el film, los mejores representantes de nuestra especie, que son la lingüista y el científico, se hallan en el momento y el lugar adecuados para impedir el previsible fiasco de la visita alienígena. Porque los extraterrestres han venido para decirnos algo (hecho que demuestra un inmenso valor), utilizando un lenguaje no verbal basado en círculos, y el espectador vive con tensión de la odisea de la doctora Banks por traducir ese mensaje antes de que sus semejantes la emprendan a bombazos con los recién llegados. Elegante, casi minimalista (como la notable partitura de Johann Johansson), pero sin pretender conquistar al público desde la pedantería, Villeneuve nunca engaña, pues ofrece una historia que posee inteligencia y sensibilidad (es extraño, en el cine y en la vida, que algo o alguien reúna ambas cualidades, sustituidas con demasiada frecuencia por el sentimentalismo barato) y que nos hace pensar, pero al tiempo nos da todas las claves de un film que es un círculo perfecto. El final, para mi gusto, es excelente, con momentos de verdadera poesía. Ahí, Villeneuve supera a Nolan.

Al frente del reparto, tenemos a una de las mejores actrices de este siglo, Amy Adams, que brinda una magnífica interpretación, profunda y ajena al recurso fácil del despliegue lacrimal. Sobre su personaje gira toda la película, y está claro que Adams tiene talento para soportar ese peso sin problemas. Jeremy Renner es un gran actor, aquí en un registro más contenido que en algunos de sus papeles más recordados, que puede dar una perfecta réplica a una intérprete como Amy Adams, y Forest Whitaker uno de esos tipos que siempre aportan su sello de calidad a todas las películas en que participa. El eficaz Michael Stuhlbarg, cuyo papel constituye el punto de conexión entre los personajes positivos y la idiocia reinante en casi todo el resto del planeta, merece buena nota y completa el cuarteto protagonista. Más allá, los personajes realmente a destacar son esos extraterrestres heptápodos de aspecto inquietante e inteligencia superior.

Gran película de un director que ya posee un número interesante de obras notables para lo breve que es su filmografía, y que se confirma como uno de los cineastas a seguir de cerca en esta época. La llegada es una película redonda, en todos los sentidos del término, y queda desde su mismo estreno como una obra importante del cine de ciencia-ficción.

EL HOMBRE QUE VIO LLORAR A FRANKENSTEIN

Resultado de imagen de el hombre que vio llorar a frankenstein

EL HOMBRE QUE VIO LLORAR A FRANKENSTEIN. 2010. 78´. Color.

Dirección: Ángel Agudo; Guión: Ángel Agudo; Dirección de fotografía: Aitor Uribarri;  Montaje: Óscar Martín; Música: Enrique García; Producción: José Luis Alemán, Sergio Molina y Luis Miguel Rosales, para La Cruzada Entertainment-Scifiworld (España).

Intérpretes: Paul Naschy, Mick Garris, Elvira Primavera, Bruno Molina, Sergio Molina, John Landis, Antonio Mayans, José Luis Alemán, Jack Taylor, Jorge Grau, Joe Dante, Caroline Munro, María José Cantudo, Javier Aguirre, Javier Botet, Nacho Cerdá, Laura De Pedro, Ángel Sala, José Antonio Pérez Giner.

Sinopsis: Documental que repasa la trayectoria vital y cinematográfica de Paul Naschy.

El hombre que vio llorar a Frankenstein es un homenaje póstumo a Paul Naschy, personaje capital en el cine de terror rodado en España. Jacinto Molina, nombre real del biografiado, fue un niño que vivió de cerca las consecuencias de la Guerra Civil y un deportista de élite antes de abrirse paso en el mundo de la interpretación. La película de Ángel Agudo reivindica la importancia de un hombre cuyo trabajo ha sido minusvalorado sistemáticamente en España.

El punto de vista de la película, y esto no intenta disimularse en ningún momento, es el de un fan, uno de los muchos que tiene Naschy, pues no en vano varias de sus películas son consideradas obras de culto en países como Japón, donde Molina vivió cinco años en busca de nuevas oportunidades para su cine, o los Estados Unidos. El director Mick Garris, que ejerce como narrador del documental, y otros destacados artesanos del cine fantástico y de terror, como Joe Dante o John Landis, hablan profusamente de la importancia que algunos de los films interpretados y/o dirigidos por Paul Naschy tuvieron en su educación cinematográfica. En España, este apasionado del cine logró varios éxitos de taquilla en los años 70, en especial con su recordada caracterización de hombre-lobo, para caer después en un ostracismo del que ya no volvería a emerger, si bien nunca le faltaron grupos minoritarios, pero muy fieles, de fans que vivieron sus primeras experiencias terroríficas ante una pantalla viendo a Paul Naschy como licántropo, vampiro o momia en películas rodadas con poco dinero, bastante imaginación y verdadera entrega al oficio.

Técnicamente, El hombre que vio llorar a Frankenstein (título tomado de una anécdota contada por el propio Naschy, que confesó haber visto sollozar una noche fría y lluviosa al mismísimo Boris Karloff), no es gran cosa, y se ve más voluntarismo que pericia en este justificado homenaje a un personaje único dentro del panorama del cine español. La brevedad del metraje hace que se pase de puntillas por situaciones que podrían haber dado bastante más jugo, sobre todo las relacionadas con esos rodajes complicados tan frecuentes en el cine de terror patrio, así como por los aspectos más oscuros de un hombre que también tuvo que batallar contra la depresión. No obstante, momentos como los homenajes recibidos por Naschy en distintos países, en los que recibió el reconocimiento de cinéfilos de todo el mundo, o la declaración final de Elvira, la mujer que acompañó a Jacinto Molina durante toda su vida (“poca gente goza del privilegio de hacer en la vida aquello que más le apasiona, y él fue uno de esos privilegiados”), bien valen el visionado de un documental que cumple con su función principal: rendir tributo a un hombre que bien lo merece, y despertar el interés por su obra entre los cinéfilos jóvenes más curiosos y desprejuiciados.

COMENTARIO PREELECTORAL

Como sé que hay gente decepcionada por aquello de que aún no he abierto mi boquino bloguero para hablar de las próximas elecciones en Cataluña, allá vamos. Empezaré por decir que este jueves, los demócratas con mal disimuladas ansias dictatoriales (y lacito), y los siervos del opresor Estado español hemos de escoger entre dos de los emojis más populares del whattsapp: la flamenca y el truño. A mí, esta campaña me está sirviendo para corroborar que con los independentistas no hay entendimiento posible, y que esa izquierda que dice no apoyar la secesión, pero recomienda votar a los de la estelada para sacar del poder a Rajoy, no sabe por dónde anda. No todo vale, ni siquiera contra el PP. Y si la alternativa es más paro, más aislamiento y más pobreza para esa gente a la que esos sujetos dicen defender, pues es como liarte con tu suegra porque no soportas a tu esposa. He aquí el nivel que hay. Que Dios nos coja confesados.

YO, DANIEL BLAKE

Resultado de imagen de i daniel blake

I, DANIEL BLAKE. 2016. 98´. Color.

Dirección: Ken Loach; Guión: Paul Laverty; Director de fotografía: Robbie Ryan;  Montaje: Jonathan Morris; Música: George Fenton;  Diseño de producción: Fergus Clegg y Linda Wilson; Producción: Rebecca O´Brien, para Sixteen Films-Why Not Productions-Wild Bunch-Les Films du Fleuve-Canal + (Reino Unido-Francia).

Intérpretes: Dave Johns (Daniel Blake); Hayley Squires (Katie); Briana Shann (Daisy); Dylan McKiernan (Dylan); Kate Rutter (Ann); Sharon Percy (Sheila); Kema Sikazwe (China); Steven Richens, Amanda Payne, Chris McGlade, Shaun Prendergast, Gavin Webster, Stephen Clegg, Micky McGregor, Dave Turner, Malcolm Shields.

Sinopsis: Daniel Blake es un carpimtero viudo que, tras sufrir un infarto, debe tramitar el subsidio por incapacidad. Atrapado en la maraña burocrática, se ve abocado a una situación desesperada.

Paradigma del cine social más combativo, Ken Loach no se ha ablandado con la edad. Yo, Daniel Blake, su mejor película en muchos años, ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y puso sobre la mesa una cuestión hoy primordial en todo Occidente: el desmantelamiento del estado del bienestar.

Loach, que vuelve a colaborar con su guionista de cabecera, Paul Laverty, siempre fue más efectivo en su crítica social cuando conoce bien el terreno en el que ubica sus tramas. En el caso de esta película, el binomio Loach/Laverty se mueve en campo propio, pues su conocimiento de las interioridades (es decir, de las incongruencias y flaquezas) del escuálido sistema de protección social británico se revela profundo. Hablo de un sistema para el que todo aquel que solicita un subsidio es un maleante en potencia, alguien que intenta saltarse el sacrosanto deber de ser explotado en silencio que corresponde a todo obrero obediente. El director escoge como protagonista a un hombre chapado a la antigua, un carpintero de 59 años que, después de cuatro décadas de duro trabajo, sufre un ataque cardíaco y debe tramitar el subsidio de incapacidad. Por un lado, los médicos no le consideran apto para volver a trabajar, pero por el otro, esos linces que hacen las valoraciones de los peticionarios sin tener ni idea de medicina dicen que su dolencia es insuficiente para alcanzar el baremo que le da derecho a la prestación. Para no quedarse sin nada, Daniel ha de solicitar el subsidio de desempleo, lo que le sumerge en una espiral de estupideces y miserias burocráticas que harían palidecer a Kafka.

Loach, que en lo estilístico es de lo más austero, pero que aquí consigue no llegar al puro desaliño que lastra algunos de sus films, nos dice que sólo la solidaridad entre los desfavorecidos puede protegerles de las garras de un sistema corrupto, de un Estado voraz para recaudar (no en lo que a las clases altas se refiere) y muy cicatero a la hora de cubrir las necesidades básicas de quienes forman la base de la pirámide social. Daniel es un obrero de los de antes, trabajador incansable y rebelde ante las injusticias, pero sus principios están pasados de moda. Cuando ve que a una joven londinense, que acaba de llegar a Newcastle para poder ofrecer un techo a los dos hijos que cría sin ayuda de nadie, se le niega la posibilidad de sellar su tarjeta del desempleo por haber llegado a la oficina unos pocos minutos más tarde del horario establecido, monta en cólera. Después de su intervención, esa joven y sus hijos serán su nueva familia, y le ayudarán a afrontar su desigual batalla contra el sistema. No obstante, aquí no hay ni rastro de los elementos de comedia con los que Loach acostumbra a suavizar sus dramas sociales: Yo, Daniel Blake es un potente gancho de izquierda dirigido a la mandíbula de un orden establecido que, por conveniencia, por miedo o por pereza, todos hemos contribuido a crear y que tarde o temprano nos jode a todos, también a los indiferentes o a quienes prefieren centrarse en pamplinas como las religiones o las patrias. Esta dura película, que plantea sus tesis quizá con demasiada vehemencia pero parece tan bien documentada que produce verdadero terror, deja bien claro que el hecho de que, en muchas ciudades grandes o medianas, la diferencia en la esperanza de vida entre los habitantes de los barrios más pudientes y los más humildes se mida en lustros no es fruto de la casualidad, sino de un sistema que fomenta la desigualdad y de la mezcla de desidia e incompetencia de gran parte de aquellos que dicen servir al ciudadano. Es evidente que estamos ante una película que funcionará en la medida en la que lo haga su guión, que muy posiblemente sea el mejor que haya firmado Paul Laverty en su ya dilatada trayectoria.

Loach recurre a su habitual manera de elaborar los repartos, formados casi siempre por actores poco conocidos o semiprofesionales. Dave Johns interpreta de manera sobresaliente a un personaje conmovedor, de esos que desde la sobriedad consiguen dejar huella en el público. Hayley Squires da vida a otra de esas madres solteras que intentan salir a flote en circunstancias difíciles tan frecuentes en el cine de Loach. Estamos ante una actriz muy prometedora. El nivel de los secundarios es inferior al de los protagonistas, cosa a la que también contribuye que sus personajes estén compuestos en función de los principales, más que como entidades con un universo propio.

Yo, Daniel Blake es un panfleto, pero un panfleto cojonudo, que apunta donde debe y dispara con mucha precisión. Como dije al principio, lo mejor de Loach en lo que llevamos de siglo.

 

THIRST

Resultado de imagen de thirst 2009

BAKJWI. 2009. 133´. Color.

Dirección: Park Chan-Wook; Guión: Jeong Seo-Kyeong y Park Chan-Wook, inspirado en la novela de Émile Zola Thèrése RaquinDirector de fotografía: Chung Chung-Hoon;  Montaje: Kim Jae-Beom y Kim Sang-Beom; Música: Jo Yeong-Wook; Diseño de producción: Ryu Seong-Hie; Dirección artística: Ryu Seong-Hie; Vestuario: Jo Sang-Gyeong; Producción: Ahn Soo-Hyun y Park Chan-Wook, para CJ Entertainment-Moho Films- Focus Features International (Corea del Sur).

Intérpretes: Song Kang-Ho (Sacerdote Sang-Hyeon); Kim Ok-Bim (Tae-Ju); Kim Hae-Suk (Señora Ra); Shin Ha-Kyun (Kang-Woo); Park In-Hwan (Sacerdote Noh); Oh Dal-Su (Yeong-Doo); Song Young-Chang (Seung-Dae); Mercedes Cabral (Evelyn); Choi Hee-Jin (Enfermera); Eriq Ebouaney (Immanuel); Seo Dong-Soo, Lee Hwa-Ryong, Onthatile Peele, Choi Jong-Ryol.

Sinopsis: Un sacerdote se somete a un tratamiento experimental de alto riesgo. Sobrevive, pero sufre una transformación que le lleva a convertirse en un vampiro.

Consagrado a nivel internacional gracias a su trilogía de la venganza, el surcoreano Park Chan-Wook es uno de los más conocidos cineastas asiáticos. Thirst, su personal incursión en el subgénero vampírico, fue considerada por buena parte de la crítica como un paso atrás en su trayectoria cinematográfica. Con matices, secundo esa opinión.

Estaba claro que una historia de vampiros dirigida por Park Chan-Wook no iba a discurrir por los cánones más clásicos. Eso sí, se distancia de la detestable saga Crepúsculo, lo cual juega a su favor. El director surcoreano nos habla de un abnegado sacerdote católico, un individuo que hace gala de una de las mayores excentricidades posibles en nuestro tiempo, no sólo entre el clero: practicar lo que se predica. Se preocupa por sus feligreses, en especial por los más vulnerables y por los enfermos, y lleva su sacrificio (ese instinto negador de la vida tan cristiano) hasta el punto de someterse a un tratamiento experimental cuya principal característica es su escaso índice de supervivientes. El sacerdote sale vivo de la terapia, pero ésta tiene como efecto secundario una extraña afección cutánea, similar a la lepra, que sana cuando el enfermo bebe sangre. Convertido, a su pesar, en un vampiro, el siervo de Dios experimenta una sed de pecado que, en lo carnal, se manifiesta en un deseo irreprimible hacia la ahijada de una de sus feligresas más activas, cuyo hijo es, además, el esposo de la muchacha.

En Thirst, a Park Chan-Wook le fallaron los frenos. La suma de elementos dramáticos, terroríficos, e incluso de momentos de humor macabro, acaba por restar, por provocar saturación en el espectador. A ello contribuye un metraje a todas luces excesivo; no hubiese estado de más una última visita a la sala de montaje para eliminar elementos superfluos, por ejemplo toda la subtrama de los devotos de esa especie de santo vendado en el que se convierte el sacerdote tras el experimento, que no aporta elementos significativos al conjunto. Minutos de más al margen, se percibe una voluntad de estilo demasiado forzada, en la que los indudables aciertos estéticos (toda la escena final, con la llegada del amanecer, es de una belleza indiscutible) quedan en segundo plano ante lo artificioso de la trama, en la que muchas cosas parecen suceder más por capricho que por coherencia narrativa, y por la autocomplacencia de un director visualmente muy talentoso, pero que muestra excesivo empeño en dejar su sello en cada escena. Al contrario que la sangre que sus protagonistas beben con avidez, Thirst, más que fluir, a ratos coagula. La inevitable historia de amour fou, que recorre el conocido camino que va de la lujuria a la tragedia, no se nos presenta con el exacerbado romanticismo de Coppola, sino con un enfoque más cínico, que pretende ser más moderno y quizá no lo sea más que Zola: el protagonista convierte, por expreso deseo de ella, a su objeto de deseo en vampiresa, pero despierta de su sueño de feliz inmortalidad al comprobar que Tae-Ju era una Cenicienta más bien perversa y que, ya convertida en vampiresa, no es mucho más que un animal sediento de sangre. El final me parece francamente bueno, pero hasta llegar a él ocurren demasiadas cosas, y no todas imprescindibles. La fotografía y la música, a cargo de dos colaboradores habituales del director, sí son de gran calidad, especialmente el trabajo de iluminación de Chung Chung-Hoon en una película cien por cien nocturna.

Song Kang-Ho, rostro habitual en el cine de Park Chan-Wook, me parece un actor notable, que hace una convincente interpretación de un personaje que podría estar mejor definido. No obstante, este intérprete consigue dotar de credibilidad a ese sacerdote entregado a su causa que acabará por estar del lado del mal sin perder jamás su esencia. La para mí desconocida Kim Ok-Bim me convence menos: sus diferentes metamorfosis, primero de Cenicienta a amante lujuriosa, y de ahí a asesina inmisericorde, no me las acabo de creer. La verdad, la joven actriz no me parece una Teresa Raquin que vaya a quedarse en la memoria colectiva. Shin Ha-Kyun lidia con un personaje sin matices, el de un presunto maltratador que no es más que un débil mental víctima de una esposa insatisfecha, y hace lo que puede. Mejor parada sale Kim Hae-Suk, sin duda una buena actriz.

Thirst, sin ser un bodrio o una película desdeñable, no está a la altura de las expectativas creadas por Park Chan-Wook en su filmografía anterior. Con un metraje más ajustado, y un engarce más pulido entre Thèrése Raquin y los elementos vampíricos, podría haber sido una película muy notable, pero se queda a medio camino. Más interesante por lo que promete que por lo que realmente es.

 

LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA

Resultado de imagen de the andromeda strain 1971

THE ANDROMEDA STRAIN. 1971. 127´. Color.

Dirección: Robert Wise; Guión: Nelson Gidding, basado en la novela de Michael Crichton; Director de fotografía: Richard H. Kline;  Montaje: Stuart Gilmore y John W. Holmes; Música: Gil Mellé; Diseño de producción: Boris Leven; Dirección artística: William Tuntke; Producción: Robert Wise, para Universal Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Arthur Hill (Dr. Jeremy Stone); David Wayne (Dr. Charles Dutton); James Olson (Dr. Mark Hall); Kate Reid (Dra. Ruth Leavitt); Paula Kelly (Karen Anson); George Mitchell (Jackson); Ramon Bieri (Mayor Manchek); Kermit Murdock (Dr. Robertson); Richard O´Brien (Grimes); Peter Hobbs (General Sparks); Eric Christmas, Mark Jenkins, Peter Helm, Carl Reindel, Richard Bull.

Sinopsis: En una apartada población de Nuevo México se produce, después de estrellarse allí un satélite de la NASA, un extraño fenómeno que provoca la muerte de todos sus habitantes, a excepción de un bebé y un anciano. Un equipo de científicos es reclutado para averiguar las causas del suceso.

La última obra importante de Robert Wise, un cineasta que supo dar el salto desde la serie B a las grandes superproducciones, y que firmó varias películas de enorme éxito, fue La amenaza de Andrómeda, film que mezcla la fábula catastrofista con la ciencia-ficción y que adapta la novela de Michael Crichton, autor cuya obra ha dado bastante juego en el séptimo arte. Wise, que además produjo el film, pudo permitirse hacerlo a su gusto, y el resultado es una de las películas más rigurosas a nivel científico que ha dado Hollywood en toda su historia.

El pánico a una hecatombe planetaria es uno de los elementos que marcan buena parte de la cultura de los años 60. Además, el éxito de 2001: una odisea del espacio contribuyó de manera enorme a que la ciencia-ficción, género relegado durante años a un segundo término, revelara su potencial para captar al gran público sin sacrificar la divulgación científica en pos del espectáculo. Sin la coexistencia de ambos factores hubiese sido imposible que La amenaza de Andrómeda hubiese visto la luz, al menos tal y como fue planteada. Es evidente que Robert Wise pretende concienciarnos acerca de los peligros de ir jugueteando con armas biológicas de enorme poder destructivo, pero lo hace desde una perspectiva eminentemente científica, obviando los clichés de Hollywood: la película es densa, pues desentraña los métodos de trabajo que un puñado de científicos sin glamour (esa clase de individuos que salvará el mundo cuando a la inmensa mayoría de mastuerzos que lo habitamos nos dé, seguramente por incompetencia, por cometer una trastada letal) durante cuatro días en los que una amenaza biológica pone en riesgo la supervivencia de buena parte de la población terrestre. Estas mentes privilegiadas deben, en ese período de tiempo, identificar, aislar y combatir a un microorganismo llegado del espacio exterior, que de expandirse podría redecorar la Tierra de modo definitivo.

Es de alabar que Wise, sin dejar de aprovechar el documentado trabajo de Michael Crichton, consiga convertir en apasionante la película, y muestre al público que los héroes llevan batas blancas y suelen pasarse la mayor parte del tiempo mirando a través de un microscopio. La influencia de 2001 es enorme (de los efectos especiales se encarga Douglas Trumbull, que hizo la misma función en el film de Kubrick) y abarca tanto a la escenografía como a la frialdad de la mirada del director, que casi siempre opta por planos fijos, aunque se permite utilizar en ocasiones la pantalla partida, recurso muy en boga en aquellos tiempos. El guión, además de poseer una coherencia aplastante, se aparta del referente en cuanto a la abundancia de diálogos, que consiguen clarificar al espectador los aspectos más técnicos de la investigación y son, en ocasiones, muy ingeniosos, en especial aquellos en los que interviene el personaje de la doctora Leavitt, quizá el mejor conseguido de todos. El debut en la gran pantalla del jazzman Gil Mellé como compositor de bandas sonoras se decanta por lo atonal y lo electrónico, en línea con una película de lo más cerebral, pero que nunca aburre: Wise, que empieza mostrando los devastadores efectos producidos por la caída del satélite en una población de lo más corriente, juega con maestría con el aislamiento y la premura de tiempo con la que trabajan los científicos, crea tensión desde la distancia y evita al máximo los lugares comunes. El que sí utiliza (la lucha contra el reloj del doctor Hall por desactivar el mecanismo de autodestrucción de la base que, en contra de lo inicialmente previsto, haría que el microorganismo se multiplicase nada más alcanzar la superficie terrestre) está resuelto con mucho oficio y un saludable punto de ironía. El espectador medio actual, ése que mide su capacidad de concentración en segundos y cree ser algo más que un número insignificante, dirá que La amenaza de Andrómeda es lenta y aburrida, pero Wise hizo esta película para seres intelectualmente curiosos, para aquellos que quieren comprender en qué consiste el método científico.

Al margen de prescindir del romance y de otros innecesarios estereotipos, Wise dobló la apuesta al optar por un reparto carente de estrellas, en un loable afán por no distraer al espectador de lo que realmente importa. De todo el elenco, formado en buena parte por veteranos intérpretes especializados en roles secundarios, sobre todo televisivos, quien brilla de manera más intensa es la británica Kate Reid, que está perfecta dando vida al personaje más rico de la película. Arthur Hill es otro de los puntos fuertes a nivel interpretativo, mientras que a James Olson lo veo más justito. David Wayne, uno de esos actores de quienes se recuerda más el rostro que el nombre, hace una buena labor, al igual que ese habitual secundario del western llamado George Mitchell.

 

La amenaza de Andrómeda es una muy notable película de ciencia-ficción, que destaca por la importancia que le da a la primera de esas dos palabras. Dado que la acción no transcurre en el futuro, sino en la época en la que fue rodada la película, la posibilidad de quedar anticuada se reduce muchísimo, y casi medio siglo después de su estreno me sigue pareciendo un film imprescindible en su género.