QUE DIOS NOS PERDONE

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QUE DIOS NOS PERDONE. 2016. 122´. Color.

Dirección: Rodrigo Sorogoyen; Guión: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen; Dirección de fotografía: Álex de Pablo;  Montaje: Alberto del Campo y Fernando Franco; Música: Olivier Arson;  Dirección artística: Miguel Ángel Rebollo; Producción: Gerardo Herrero, Mercedes Gamero y Mikel Lejarza, para Atresmedia- Tornasol Films-Hernández y Fernández Producciones Cinematográficas (España).

Intérpretes: Antonio de la Torre (Velarde); Roberto Álamo (Alfaro); Javier Pereira (Andrés); Luis Zahera (Alonso); Raúl Prieto (Bermejo); María de Nati (Elena); María Ballesteros (Rosario); José Luis García-Pérez (Sancho); Mónica López (Amparo); Rocío Muñoz-Cobo, Teresa Lozano, Fran Nortes, Andrés Gertrúdix, Raquel Pérez.

Sinopsis: En el verano de 2011, dos policías de Homicidios siguen el rastro de un asesino que se dedica a matar ancianas en el centro de Madrid.

Con su segundo largometraje en solitario, Que Dios nos perdone, el director madrileño Rodrigo Sorogoyen se situó en la cúspide del panorama cinematográfico nacional, y volvió a dejar claro que el thriller policíaco vive una época dorada en nuestro país. La película gustó a la crítica, consiguió unos buenos resultados en taquilla y ganó un número destacable de premios en festivales de prestigio.

Conozco muy pocas películas españolas que reflejen con mayor verosimilitud el trabajo de las fuerzas de seguridad que la conseguida por Sorogoyen es este film, necesariamente duro, que se sitúa en el caluroso verano madrileño de 2011, coincidiendo con la visita a la ciudad del entonces Papa Benedicto XVI. Sus protagonistas pertenecen a la brigada de Homicidios y, como suele ocurrir en esta clase de obras, tienen personalidades diferentes: uno es violento, pero noble y eficaz en su trabajo; el otro es tímido, a causa de su tartamudez, y metódico hasta el extremo. Ambos encuentran conexiones entre los asesinatos de dos ancianas, ocurridos en el lapso de pocos meses, y deben enfrentarse a la burocracia y a sus propios fantasmas personales mientras tratan de atrapar al asesino. No es que Sorogoyen haya inventado la sopa de ajo, pero su propuesta es creíble, atractiva y poseedora de eso que llaman atmósfera. El perfil de los dos personajes principales es tan complejo y está tan logrado, que el resto de aspectos de la película se benefician en todo momento de ello. Las absurdas rivalidades entre presuntos compañeros, o el hecho de que un jefe, ante la disyuntiva entre hacer algo que pueda hacerle caer de su sillón, y no hacer nada, siempre escoja la segunda opción, están a la orden del día en cualquier oficina administrativa, con el agravante de que ese fracaso cotidiano, cuando existe en la Policía, cuesta vidas. Esto se explica en la película con toda su crudeza, y la dota de una buena dosis de autenticidad. La escena en la que los dos protagonistas intentan acordonar una estación de metro, en la que se oculta el presunto asesino, unida a la siguiente, donde se muestran las consecuencias de esa actuación, constituyen un verdadero tratado del desgaste que supone dedicarse a eso del servicio público en España. En un plano más estrictamente policial, el film, cuyo guión encuentro muy sólido, explica con detalle cómo es el desgaste mental producido al sumergirse cada día en lo más podrido de la sociedad, vivir jornada tras jornada inmerso en aquello que las personas normales prefieren no ver, y las personas con despacho, esas que te joden el día a día para después pronunciar tus honras fúnebres, prefieren hacer ver que no existe.

Narrativa y acabado técnico convergen hacia el mismo punto: el realismo. La cámara es movida con nervio, consiguiendo mostrar el interior de unos personajes que viven sobre el alambre y el entorno en el que éstos se mueven. El epílogo, rodado bajo una lluvia torrencial, posee la violenta belleza que la película requiere. Por otro lado, el espíritu del film queda resumido por la recurrente presencia de la voz de la gran diva del fado, Amália Rodrigues, una de cuyas canciones incluso da título a la película. Que Dios nos perdone tiene elementos del moderno cine negro norteamericano, rasgos inequívocamente españoles y un aura desencantada, de puro fado.

La pareja protagonista no puede estar mejor elegida: Roberto Álamo está que se sale, y por eso es capaz de mostrarnos todas las aristas de un personaje que, en manos menos inspiradas, no sería más que un Torrente sin gracia. Por su parte, Antonio de la Torre sale, una vez más, airoso de una labor muy complicada, pues ha de lidiar con un personaje difícil, por su tartamudez, por su introspección y porque todo ello no puede desembocar en la falta de emoción. Del plantel de secundarios, más cumplidor que brillante, he de decir que el papel más relevante, el interpretado por Javier Pereira, está bien resuelto, que a Luis Zahera y a José Luis García-Pérez me los creo y que, del plantel femenino, me quedo con la labor de Mónica López.

Que Dios nos perdone es un notable ejercicio de cine negro hispánico, obra de un director cuya carrera habrá que seguir muy de cerca.

TODOS DICEN I LOVE YOU

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EVERYONE SAYS I LOVE YOU. 1996. 99´. Color.

Dirección: Woody Allen; Guión: Woody Allen; Dirección de fotografía: Carlo Di Palma;  Montaje: Susan E. Morse; Diseño de producción: Santo Loquasto; Vestuario: Jeffrey Kurland; Música: Miscelánea. Temas de Dick Hyman, Gus Kahn, Cole Porter, etc.; Producción: Robert Greenhut, para Sweetland Films-Magnolia Productions-Miramax (EE.UU.).

Intérpretes: Woody Allen (Joe); Goldie Hawn (Steffi); Alan Alda (Bob); Natasha Lyonne (DJ); Julia Roberts (Von); Edward Norton (Holden); Drew Barrymore (Skylar); Lukas Haas (Scott); Tim Roth (Charles Ferry); Gaby Hoffmann (Lane); Natalie Portman (Laura); Trude Klein, Barbara Hollander, Patrick Cranshaw, Billy Crudup, David Ogden Stiers, Itzhak Perlman, Tony Sirico.

Sinopsis: La vida de una rica familia neoyorquina, explicada por la hija adolescente en clave de comedia musical.

No hace falta ser un exhaustivo conocedor de la filmografía de Woody Allen para saber que la música ocupa un lugar primordial en la obra del director neoyorquino. Sin embargo, no fue hasta 1996, en mitad de su última gran etapa creativa, cuando Allen se decidió a rodar un musical puro. Todos dicen I love you no está considerada como una de sus mejores películas, pero es, en muchos aspectos, un film notable.

Hablamos de una comedia musical en toda regla, en la que se alternan las localizaciones y los estados de ánimo. Aunque retrata el pijerío neoyorquino, varias de las escenas clave de la película tienen lugar en París y Venecia (podría decirse que con esta película empieza de verdad el Allen viajero, que en general ha producido más películas flojas que interesantes), y el tono blanco, casi naïf, de algunas escenas, se alterna con la melancolía propia del director. En general, los números musicales, cuyas canciones interpretan mayoritariamente los mismos actores protagonistas (incluyendo al principal arquitecto de la obra), me parecen lo menos destacado del film, aunque Allen se empeña en que aporten algo a la narración y casi siempre lo consigue. No obstante, la recurrente utilización de I´m thru with love cada vez que alguno de los personajes sufre un desengaño amoroso me parece excesiva. En mi opinión, la coreografía de Makin´whoopie, situada muy acertadamente en un hospital, es la mejor de la película.

Se nota que el Allen narrador pasaba por un buen momento. Entre número y número musical, Todos dicen I love you contiene algunos de los mejores chistes políticos de toda su trayectoria: toda la subtrama relacionada con Scott, el hijo adolescente de la familia protagonista, es magnífica, por no hablar de la escena en la que la pija liberal que es Steffi realiza un discurso solicitando prisiones abiertas y menús europeos para los delincuentes encarcelados frente a un auditorio formado por policías. La escena en la que Steffi, Bob (el personaje que pronuncia muchas de las mejores frases de la película) y Joe discuten sobre la capacidad de éste para emparejarse siempre con las mujeres equivocadas es igualmente brillante. Hay otros aspectos más flojos: para la relación entre Joe y Von, Allen utiliza un recurso que ya empleó con fines dramáticos en Otra mujer, y que aquí sólo ayuda al tono de comedia a ratos; con todo, el principal punto flaco de una película en la que narración se pone en boca de DJ, la enamoradiza hija adolescente de la familia, es el romance entre Holden y Skylar, que sólo tiene interés cuando ella deja al yerno perfecto y se lía con un ex-presidiario de esos que tanto gustan a su madre.

Nostalgia, enciclopédico conocimiento de la música popular norteamericana de los años 30 y 40 y homenajes a Groucho Marx se dan cita en un film en el que destaca la luminosa (incluso en las escenas nocturnas) fotografía de Carlo Di Palma. El Nueva York más opulento, así como los rincones más idílicos para el turista de París y Venecia se nos muestran con todo su encanto, gracias en buena parte al trabajo del operador italiano.

Antes mencioné que son los actores protagonistas quienes interpretan las canciones que se cantan en la película. Aunque Allen insistió a los miembros del reparto en que el objetivo era más cantar con naturalidad que hacerlo bien, a Drew Barrymore, mediocre actriz, hubo que doblarla para ahorrarle al espectador la tortura de sus gorgoritos. Al lado de un desprovechado Edward Norton, Barrymore aún empequeñece más de lo que es usual. Los mejores de la función son Alan Alda y un inspirado Tim Roth. Goldie Hawn hace un buen papel, la joven narradora Natasha Lyonne posee la gracia necesaria y Julia Roberts, actriz cuyo éxito merecería ser explicado en un programa de Iker Jiménez, hace lo que puede, aunque al menos queda mejor que Drew Barrymore. Bien Lukas Haas, al igual que una joven Natalie Portman, a la que se le nota el talento incluso haciendo de pija llorona.

Woody Allen tiene varias películas mejores que Todos dicen I love you, pero sus enormes dotes para la comedia hacen de esta película un plato algo empalagoso, pero rico y de fácil digestión.

ENCUENTRO DE CULTURAS

Un día laborable cualquiera. Ocho de la mañana en la Plaça de les Glòries Catalanes, también conocida como Plaza del Perpetuo Socavón. Un taxista se salta un semáforo y está a punto de llevarse puesto a un hombre de apariencia magrebí que cruzaba la calle en ese momento. El peatón, guiado por el cabreo y el susto, golpea con fuerza el vehículo. Se inicia una discusión entre el taxista, que por su aspecto parece ser oriundo de algún país caribeño, y el viandante. Se recriminan mutuamente el escaso respeto por las señales de tráfico y por los medios de trabajo ajenos. No hay hostias, ni nada. A escasos metros de mis mosqueados conciudadanos, empiezo a aburrirme. El taxista zanja la discusión con un estridente “moro de mierda”. Ya puedo continuar mi camino. Yeah, man, I love this town.

EL BAR

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EL BAR. 2016. 102´. Color.

Dirección: Álex de la Iglesia; Guión: Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia; Dirección de fotografía: Ángel Amorós;  Montaje: Domingo González; Música: Joan Valent y Carlos Riera;  Dirección artística:José Luis Arrizabalaga y Arturo García BiaffraProducción: Kiko Martínez, Mikel Lejarza, Álex de la Iglesia, Carolina Bang y Mercedes Gamero, para El Bar Producciones- Nadie es Perfecto- Pampa Films-Pokeepsie Films (España-Argentina).

Intérpretes: Blanca Suárez (Elena); Mario Casas (Nacho); Carmen Machi (Trini); Secun de la Rosa (Sátur); Jaime Ordóñez (Israel); Terele Pávez (Amparo); Joaquín Climent (Andrés); Alejandro Awada (Sergio); Jordi Aguilar, Diego Braguinsky, Mamen García, Daniel Arribas, Paco Sarro, Mari Giner, Toni Lam, Mariano Andrés.

Sinopsis: En un bar de la periferia madrileña, una mañana normal se convierte en un infierno cuando uno de los clientes habituales es tiroteado nada más salir del establecimiento.

A estas de alturas del cuento, uno ya sabe que, por las causas que sean, tengo mejor opinión acerca del cine de Álex de la Iglesia que el común de los mortales. Incluso en sus películas menos logradas soy capaz de encontrar muchos elementos interesantes. El bar, su última película de autor, tuvo más críticas negativas que laudatorias, pero uno diría que, sin estar a la altura de sus obras mayores (El día de la bestia, La comunidad y Balada triste de trompeta) sí cabe situarla en el escalón inmediatamente inferior a las mencionadas dentro de su filmografía.

Precisamente, uno de los rasgos estilísticos que más aprecio en Álex de la Iglesia es que, cuanto más le critican por sus excesos, más excesivo se vuelve. El bar es tal vez su film más escatológico, más feísta y más brutal. Pero no creo que esta película sea sólo la versión pringosa y maloliente (porque el aire fétido de la película se llega a percibir) de El ángel exterminador que muchos han querido ver. La premisa es clara: el miedo saca lo peor del ser humano. El director bilbaíno sitúa la acción en un bar de parroquianos de los de toda la vida, en el que se junta el paisaje habitual en esos lugares (una maruja ludópata, un indigente iluminado, un vendedor, un ex policía, una dueña con malas pulgas y un camarero simple pero bienintencionado) con dos elementos extraños: una tía buena que cae allí por casualidad, y un hipster macizo de los que escogen esos bares por esnobismo inverso. Una mañana cualquiera… hasta que entra en el lugar un tipo robusto, que va directamente al lavabo y tiene pinta de ir drogado hasta las cejas. Después de él, el caos, el sálvese quien pueda… si puede.

Comedia negra, cuento moral y película de terror, El bar es Álex de la Iglesia en estado puro. Dudo que a nadie más se le ocurra sumergir a dos de los mayores sex-symbols del cine patrio en un ejercicio de supervivencia extrema y cubrirlos (literalmente) de mugre hasta las cejas. Brindo por ello. Hobbes en la periferia, apocalipsis cañí. O qué hijos de puta somos cuando se trata de salvar nuestro culo, si éste se halla en peligro inminente de ser un culo muerto. Desde el principio, marcado una vez más por unos brillantes títulos de crédito, hasta que el grupo de los encerrados se separa, y los presuntamente contagiados son obligados a permanecer en el almacén subterráneo, la película es simplemente perfecta. Después hay altibajos, y como suele ser norma de la casa, la tendencia a la hipérbole deriva en un clímax que se va de las manos aunque, esta vez, no del todo.  El descalzaperros final, que tantas veces en el cine de Álex de la Iglesia ha sucedido en las alturas, tiene lugar en esta ocasión en las alcantarillas de una gran ciudad, un espacio que, da igual de la metrópoli de la que hablemos, es el espejo de su alma.

La estética será todo lo feísta que se quiera, pero está tan cuidada como cabría exigirle a uno de los cineastas españoles mejor dotados para lo visual. No me parece que la música esté a la altura de algunos de los mejores trabajos de Roque Baños para el director vasco, pero tampoco desentona. Y siempre me gusta escuchar a Duke Ellington en una película.

Como dije antes, el reparto lo encabezan dos de los actuales mitos eróticos del cine español, Blanca Suárez y Mario Casas, convertido éste ya en un habitual de la troupe de De la Iglesia. En contra de lo que podríamos pensar los agoreros, ambos ofrecen unas interpretaciones bastante dignas, en sendos roles totalmente antiglamourosos y más complicados de lo que parecen. Otros actores, como Secun de la Rosa y Jaime Ordóñez, de limitados registros el primero y relagado siempre a roles secundarios el segundo, están a la altura, aunque los mejores me parecen Carmen Machi, la gran Terele Pávez y Joaquín Climent.

Álex de la Iglesia definió El bar como una obra de teatro filmada. Pese al reparto coral, las claustrofóbicas localizaciones y la abundancia de diálogos, no me parece una obra muy teatral, sino plenamente cinematográfica. En todo caso, es teatro del bueno.

LAS HORAS

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THE HOURS. 2002. 110´. Color.

Dirección: Stephen Daldry; Guión: David Hare, basado en la novela de Michael Cunningham; Dirección de fotografía: Seamus McGarvey;  Montaje: Peter Boyle; Música: Philip Glass;  Dirección artística: Mark Raggett (Supervisor); Diseño de producción: Maria DjurkovicVestuario: Ann Roth; Producción: Scott Rudin y Robert Fox, para Miramax Films-Paramount Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Nicole Kidman (Virginia Woolf); Julianne Moore (Laura Brown); Meryl Streep (Clarissa Vaughan); Ed Harris (Richard Brown); Stephen Dillane (Leonard Woolf); John C. Reilly (Dan Brown); Toni Collette (Kitty); Jeff Daniels (Louis Waters); Allison Janney (Sally Lester); Claire Danes (Julia Vaughan); Miranda Richardson (Vanessa Bell); Linda Bassett (Nelly); Jack Rovello, Sophie Wyburd, Eileen Atkins.

Sinopsis: Las vidas de tres mujeres de distintas épocas se entrecruzan a través de la figura de la escritora Virginia Woolf y su novela Mrs. Dalloway.

El aclamado debut del prestigioso director teatral Stephen Daldry en el largometraje, Billy Elliott, dio paso a su primera aventura norteamericana, Las horas, un drama femenino que adapta la novela de Michael Cunningham. Se trata de una obra llamada a (uno, que es mal pensado por naturaleza,  diría que diseñada para) obtener grandes premios, pero lo cierto es que, pese a sus muchas virtudes, la película no logró igualar el éxito comercial, ni obtener el consenso crítico de su predecesora.

Las horas es un film de estructura compleja, pues en él se narra la historia de tres mujeres separadas por varias generaciones. La primera es la escritora Virginia Woolf, con cuya nota de suicidio, y ejecución del mismo, se inicia la película; la segunda es una mujer estadounidense, madre de un hijo y a la espera de otro, quebrada por dentro pese a su apariencia de felicidad, y a la que la lectura de una de las novelas más conocidas de Virginia Woolf, Mrs. Dalloway, conmueve hasta límites insospechados; y la tercera es una mujer bisexual en el Nueva York de finales del pasado milenio, que en un día revive la trama de la mencionada novela.

Las horas es una película intachable en casi todas sus vertientes, pero que pocas veces consigue que el espectador sea partícipe del desgarro emocional que sufren sus protagonistas, en parte por una excesiva frialdad en la puesta en escena, pero también por la sucinta exposición de las causas que conducen a ese desgarro. En el caso de Virginia Woolf, es evidente que éste se debe a su desequilibrio mental. Por lo que respecta al personaje de Laura Brown, ni siquiera su lesbianismo reprimido, en una época en la que esta tendencia sexual era tabú (y más si se aparenta ser una feliz madre y ama de casa), explica de manera suficiente su modo de actuar; por último, opino que al personaje de Clarissa Vaughan se le fuerza demasiado  a ser Mrs. Dalloway en una época y lugar muy distintos. La vida nunca es como los buenos libros, ni siquiera como los buenos libros trágicos: es mucho más banal (esa palabra con la que Clarissa se autotortura), insignificante y tragicómica que una novela de Virginia Woolf.

Daldry mueve la cámara con elegancia; el uso del montaje paralelo, clave en una película que narra acontecimientos que suceden en tres épocas distintas, me parece muy acertado, y la música de Philip Glass, pese a que tiende a ocupar demasiado espacio en diversas escenas, es de notable calidad. Bien la estética; en la narrativa, a uno le queda la sensación de que no se acaba de dar con el tono correcto, pasándose de la calma a la lágrima con demasiada facilidad y sin apenas término medio.  En la parte final sí que se logra mostrar la profundidad emocional que se pretende, pero puede ocurrir que muchos espectadores se pierdan antes de llegar allí.

Al frente del estelar reparto encontramos a tres de las actrices más célebres y talentosas de nuestro tiempo. Esta vez, quien se llevó los mayores honores fue una irreconocible Nicole Kidman, excelente en el papel de Virginia Woolf. La que es mi actriz favorita, con diferencia, del trío protagonista, Julianne Moore, ofrece su habitual lección interpretativa, pero lo hace al servicio de un personaje que chirría y con un punto menos de inspiración que en sus mejores logros; por último, con Meryl Streep me ocurre lo mismo de casi siempre: vuelve a darme la sensación de estar interpretando a Meryl Streep. En una película de, y para, mujeres, brilla con luz propia Ed Harris, un pedazo de actor. A Allison Janney se le da muy poca cancha, lo cual es una lástima, y lo mismo sucede con John C. Reilly. Muy bien Stephen Dillane, y a Jeff Daniels no acabo de creérmelo.

Notable película que, aun así, no está a la altura de sus pretensiones, pues éstas no son otras que ser Virginia Woolf, y ser también Chejov. Las horas es uno de esos filmes con los que Hollywood trata de redimirse de la cantidad de basura insustancial que produce cada año. Lo logra en buena medida, pero no estamos ante un drama ejemplar, sino ante un intento bastante conseguido.

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA LA LAND)

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LA LA LAND. 2016. 126´. Color.

Dirección: Damien Chazelle; Guión: Damien Chazelle; Director de fotografía: Linus Sandgren;  Montaje: Tom Cross; Diseño de producción: David Wasco; Música: Justin Hurwitz; Dirección artística: Austin Gorg; Producción: Fred Berger, Gary Gilbert, Marc Platt y Jordan Horowitz,para Summit Entertainment- Gilbert Films-Black Label Media- TIK Films (EE.UU).

Intérpretes: Ryan Gosling (Sebastian); Emma Stone (Mia); John Legend (Keith); J.K. Simmons (Bill); Sonoya Mizuno (Caitlin); Callie Hernández (Tracy); Jessica Rothe (Alexis); Rosemarie DeWitt (Laura); Claudine Claudio, Finn Wittrock, Damon Gupton, Terry Walters, Josh Pence, Miles Anderson.

Sinopsis: Mia es una joven aspirante a actriz que trabaja de camarera en Hollywood; Sebastian, un pianista de jazz cuya aspiración es abrir un club dedicado a esta música. Ambos se conocen, se enamoran y tratan de hacer realidad sus sueños.

Que Damien Chazelle es un tipo con mucho talento es algo que debería tener claro cualquiera que haya visto Whiplash. Su siguiente largometraje, La La Land, le convirtió en el ganador más joven del Oscar al mejor director, rúbrica a un éxito impresionante. La película, en la que la música ocupa una vez más un lugar primordial, es a la vez comedia romántica que homenajea a los clásicos de Donen o Minnelli, y reflexión, menos optimista de lo que su apariencia pueda indicar, sobre el amor, el compromiso y la fidelidad a uno mismo.

Una de las grandes virtudes de La La Land es también el origen de su mayor defecto: Chazelle, embarcado en el desafío de rodar un musical, y sabedor de que en el mundo no abundan los bailarines que además sepan actuar, optó por una pareja protagonista en la que sobresalen con creces sus dotes interpretativas. Ello beneficia a la película, en especial cuando su tono se hace más dramático, pero hace que los números musicales sean lo más flojo del conjunto. Las escenas de baile, por muy coloristas que sean, y por mucho que vayan acompañadas por las notables canciones de ese individuo tan brillante que es Justin Hurwitz, o no aportan demasiado en un film centrado de manera casi exclusiva en los avatares sentimentales y profesionales de sus dos protagonistas (véase la escena inicial del atasco de tráfico), o resultan demasiado simples para lo que se pretende dadas las justitas dotes para la danza de las estrellas que los interpretan, que en pantalla se muestran más esforzados que diestros en este aspecto. Incluso en la escena que ilustra el póster de la película esta circunstancia se hace patente.

En casi todo lo demás, La La Land es una gran película. Como aficionado al jazz, celebro que uno de los directores de mayor nivel que ha dado el cine estadounidense en los últimos años sea un ferviente seguidor de esta música. Su modo de filmar y de mover la cámara es tan ágil, y a la vez tan sincopado (en las escenas de baile hay un excesivo montaje, pero eso, sin duda, las hace mejores por las circunstancias antes mencionadas), como una buena interpretación jazzística. Con ritmo y precisión, Chazelle viste de colorista musical que rinde homenaje a los grandes clásicos del género, y a la leyenda de Hollywood como fábrica de sueños, lo que en el fondo es una no excesivamente original pero sí inspirada comedia romántica de tono agridulce. La camarera aspirante a actriz y el pianista fiel a sus principios y a su arte se conocen, se caen mal, se reencuentran. se gustan, se enamoran y se aportan mutuamente el combustible que necesitan para hacer realidad sus sueños. Y lo logran, pero de un modo incompleto: Sebastian consigue tocar cada noche su amado jazz en el club que siempre soñó, pero por el camino tuvo que prostituir su arte para alcanzar sus propósitos y perdió a la mujer que amaba. Mia termina por convertirse en una glamourosa estrella, pero dejando atrás sus sueños de dramaturga y el amor verdadero. Chazelle se marca el detalle de mostrarnos lo que podría haber sido, la comedia almibarada que Hollywood siempre vendió y en la que todos querríamos creer, para acabar mostrándonos que, como escribió de manera inmejorable Leonard Cohen, el amor no es una marcha triunfal (ni un musical a la vieja usanza) sino un frío y solitario aleluya.

Ya he dicho que ni a Emma Stone ni a Ryan Gosling les han llevado las musas por el camino de la danza. De hecho, ella destaca más por el canto, y él por su labor al piano, de lo que ambos lo hacen en las coreografías. Dicho esto, Emma Stone es una gran actriz, y lo demuestra con creces, dejando claro que la apuesta de Chazelle por encabezar el reparto con actores de verdad, en lugar de con bailarines, era la correcta. Gosling es algo más que el sueño húmedo de millones de féminas (y sospecho que de buena parte del universo gay masculino), y su actuación logra hacernos ver la pasión artística de Sebastian, y también su poso amargo. El resto del reparto pinta realmente muy poco, salvo en lo que respecta a la intervención del cantante John Legend y al cameo de J. K Simmons, el hombre que lo bordó en Whiplash.

¿Obra maestra? No, pero tampoco le falta tanto para serlo. Más bien, le sobra. En todo caso, la confirmación de un verdadero talento. Ojalá esta película haya servido para que algunos jóvenes se interesen por el jazz. Sólo por eso, merecería mis elogios, pero La La Land posee un nutrido grupo de cualidades puramente cinematográficas que la hacen merecedora de gran parte de los parabienes recibidos.

OLD BOY

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OLDEUBOI. 2003. 118´. Color.

Dirección: Park Chan-Wook; Guión: Park Chan-Wook, Lim Chun-Hyung y Hwang Jo-Yun, basado en el argumento de Garon Tsuchiya para el cómic de Nobuaki Minegishi; Director de fotografía: Chung Chung-Hoon;  Montaje: Kim Sang-Beom; Música: Jo Yeong-Wook; Diseño de producción: Ryu Seong-Hie; Dirección artística: Ryu Seong-Hie; Vestuario: Jo Sang-Gyeong; Producción: Kim Dong-Joo y Lim Seung-Yong, para CJ Entertainment-Egg Films- Show East-Moho Film (Corea del Sur).

Intérpretes: Choi Min-Sik (Oh Dae-Su); Yu Ji-Tae (Lee Woo-Jin); Kang Hye-Jeong (Mido); Ji Dae-Han (Hwan-Joo); Oh Dal-Su (Park Cheong-Woong); Kim Byeung-Ok (Mr. Han); Lee Seung-Shin (Hyung Ja-Yoo); Yoon Hin-Seo (Lee Soo-Ah); Lee Dae-Yeon, Oh Kwang-Rok, Oh Tae-Kyung, Ahn Yeon-Suk, Oo Il-Han.

Sinopsis: Un hombre es secuestrado y encerrado en un cuarto durante quince años. Al salir de su cautiverio debe averiguar quién buscó vengarse de él por un hecho del pasado.

Pese a que ya había logrado cierta repercusión internacional con Joint Security Area, fue su trilogía de la venganza la responsable de la fama como cineasta del surcoreano Park Chan-Wook. En concreto, la segunda película de esta trilogía, Old boy, constituye todavía hoy el mayor de sus éxitos. Brutal a la vez que sofisticada, esta obra triunfó entre la cinefilia y logró una repercusión comercial que fue más allá de la que habitualmente se atribuye al cine de autor.

La vida de Oh Dae-Su, un pequeño empresario algo borrachuzo, desaparece como tal cuando es secuestrado en plena calle y recluido en un cuarto durante quince años. El protagonista desconoce los motivos de su encierro, durante el cual se le responsabiliza del asesinato de su esposa. Finalizado el cautiverio, a Dae-Su se le conceden cinco días para averiguar las causas que lo motivaron, y que no son otras que la venganza de alguien a quien él hizo daño en el pasado. A partir de esta intrigante premisa, el director nos sumerge, con un estilo visual barroco y un macabro sentido del humor, características ambas del mundo del cómic del que esta historia procede, en un tour de force de desquites encadenados que consigue salir bien parado de su paulatina apuesta por el más difícil todavía. El recurso a la hipnosis para justificar lo injustificable puede parecer fácil, pero no deja de ser eficaz. Tampoco parece que a Park Chan-Wook le interese demasiado la verosimilitud de la trama argumental, que no deja de ser heredada, porque lo que busca es ofrecer un siniestro espectáculo en el que la omnipresente violencia está filmada con mucho estilo y el ritmo no permite demasiados respiros al público. La venganza, uno de los grandes temas del arte (y de la vida), ofrece muchas posibilidades para el lucimiento y más bien pocas para la originalidad, pero el director consigue ambas cosas a base de rizar el rizo. Old boy es una película que no has visto muchas veces antes de verla, que sorprende y que engancha. Desde luego, no es para estómagos débiles, pero el disfrute es intenso, como sus excesos. De hecho, es la ausencia de complejos una de las grandes virtudes de la película, ya sea en cuanto a la exposición de la violencia, a colarnos pulpo como animal de compañía en el plano argumental o a la hora de incluir apuntes de saludable humor chusco en mitad de una larga y multitudinaria escena de lucha. Todo este despliegue no está en absoluto exento de lirismo, como puede apreciarse en la escena de la presa o en los planos sobre la nieve con los que concluye la película. Los, no pocas veces estridentes, movimientos de cámara y el acelerado montaje marcan la pauta, y la banda sonora pone el contrapunto poético.

El reparto está compuesto íntegramente por actores surcoreanos prácticamente desconocidos para quien esto escribe. En general, las interpretaciones son bastante extremas, muy de cómic, sin que haya mucho término medio entre lo parco y lo histriónico. Quien más me convence es el protagonista principal, Choi Min-Sik, que es quien demuestra poseer más registros y saberlos utilizar de manera más precisa para lo que se requiere en cada escena. A su antagonista, Yu Ji-Tae, le encuentro poco expresivo, y a la principal estrella femenina del elenco, Kang Hye-Jeong, le sucede justo lo contrario. El plantel de secundarios sigue la línea general, la del buen hacer al servicio de unos personajes de rasgos esquemáticos pero muy bien definidos.

Old Boy fue, y sigue siendo, una propuesta rompedora y llena de aciertos, en especial visuales. Tan rabiosamente moderna, en el mejor sentido de la expresión, ahora como en la fecha de su estreno, esta película reúne grandes dosis de calidad y entretenimiento, y es del todo recomendable para todos aquellos cinéfilos que no huyen de las obras radicales.

LOS MUNDOS DE CORALINE

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CORALINE. 2009. 96´. Color.

Dirección: Henry Selick; Guión: Henry Selick,  basado en la novela de Neil Gaiman; Dirección de fotografía: Pete Kozachik; Montaje: Christopher Murrie y Ronald Sanders; Música: Bruno Coulais; Diseño de producción: Henry Selick; Dirección artística: Phil Brotherton, Bo Henry, Tom Proost y Dawn Swiderski; Producción: Claire Jennings, Bill Mechanic, Mary Sandell y Henry Selick, para Laika Entertainment-Pandemonium-Focus Features (EE.UU.).

Intérpretes: Dakota Fanning (Voz de Coraline Jones); Teri Hatcher (Voces de la Sra. Jones y La Otra Madre); Jennifer Saunders (Voces de April Spink y de La Otra Spink); Dawn French (Voces de Miriam Forcible y de La Otra Forcible); Keith David (Voz del gato); John Hodgman (Voces del Sr. Jones y El Otro Padre); Robert Bailey, Jr. (Voz de Wyborne); Ian McShane (Voces del Sr. Bobinsky y El Otro Bobinsky); Aankha Neal, George Selick, Hannah Kaiser, Harry Selick, Marina Budovsky, Emerson Tenney, Jeremy Ryder, Carolyn Crawford.

Sinopsis: Coraline es una niña que se acaba de mudar y se siente olvidada por sus padres. En una pared de su nueva casa descubre el camino hacia un nuevo mundo, que es una versión mejorada del real.

Conocido en todo el mundo por haber dirigido esa maravilla burtoniana llamada Pesadilla antes de Navidad, Henry Selick realizó para el estudio Laika, otra de esas factorías que han ayudado a engrandecer el mundo de la animación, Los mundos de Coraline, un sombrío cuento de hadas que remite en muchos aspectos al clásico moderno mencionado. Rodada en 3-D, Coraline adapta una exitosa novela de Neil Gaiman en la que las huellas de los hermanos Grimm y, sobre todo, de Lewis Carroll, se encuentran a cada paso.

Suele decirse que el paso de la infancia a la edad adulta supone el descubrimiento de dos factores que, en buena medida, marcan las vidas de la gran mayoría de las personas: el sexo y la frustración. De esta última se alimenta Coraline, que narra la historia de una niña que empieza a no serlo y que se encuentra en un nuevo hogar sola, sin amigos y sin recibir apenas atención por parte de sus ocupados padres. La joven, por la que sólo se interesan un extraño muchacho que vive en los alrededores y su esquelético gato negro, descubre un nuevo mundo en los muros de su casa. Detrás de una pared hay un pasadizo que lleva a Coraline hasta una versión colorida y mucho más acorde a sus deseos de su vida real. Sus otros padres son atentos, considerados y no tienen otra prioridad que complacerla, el jardín es muy bello, sus vecinos gente peculiar pero de lo más agradable… sin embargo, en ese lugar habitado por criaturas con botones en lugar de ojos no es oro todo lo que reluce, y la niña no tarda en descubrir el lado oscuro de su otra madre cuando se empeña, pese a todas las bondades de ese mundo paralelo, en regresar a su existencia real, aunque sólo sea a ratos.

Por lo que se refiere a los aspectos técnicos, Los mundos de Coraline es una película magistral, algo que puede apreciarse desde los mismos títulos de crédito, en los que se muestra al espectador cómo se construye una muñeca de trapo. La cámara se mueve con exquisitez y Henry Selick se revela escena tras escena como el puto amo del stop-motion. Los logros visuales de este film impresionan, ya sea mostrando la belleza como el horror. Porque lo que empieza como un agradable cuento de hadas da un giro (un punto forzado en algunos aspectos, todo sea dicho) gótico en su parte final y se convierte en una película de terror en toda regla, de esas que los que piensan que los niños son idiotas (y disfrazan ese prejuicio con el barniz hipócrita del paternalismo) jamás recomendarían al público infantil. El film puede verse como una adaptación moderna de Alicia en el país de las maravillas con guarnición de Hansel y Gretel, pero no deja de ser una fábula moral en la que se nos advierte de la necesidad de adaptarnos a una realidad muchas veces frustrante sin refugiarnos en mundos paralelos muy brillantes en apariencia, pero que esconden maldades terribles. Esto puede ser la parábola de muchas cosas (de la adicción a las drogas, sin ir más lejos): como ni Selick, que hace una adaptación bastante libre que, sin embargo, gustó tanto a Neil Gaiman como a los fans de la novela, ni el mencionado autor de la misma son barceloneses, resulta aventurado decir que se anticiparon a lo que iba a resultar el mandato de Ada Colau, pero no puedo negar que en las escenas finales esa curiosa idea me vino a la cabeza.

La muy prolífica actriz Dakota Fanning, que ya había protagonizado años atrás una adaptación en clave adolescente de Hansel y Gretel, demuestra estar en su salsa dando voz a una despierta y caprichosa niña que descubre la maldad dentro de lo que creyó un mundo ideal. Esa maldad la encarna Teri Hatcher, actriz que nunca ha sido santa de mi devoción pero que cumple bien en el doble papel de madre desdeñosa y bruja mala. Destacar a Keith David, que pone voz al gato que se convierte en el ángel de la guarda de la protagonista, y a Ian McShane, que se convierte en la voz del personaje más excéntrico de una película que lo es en grado sumo.

Brillante en todos los aspectos, Los mundos de Coraline merece estar en la lista de los mejores films de animación de este siglo. La filmografía de Henry Selick no destaca por su extensión, y aún así en su trayectoria hay algún sonado traspìés, pero la que todavía es su última película estrenada como director posee una oscura belleza que la convierte en una siniestra maravilla.

EL MONSTRUO DE LA TIENDA DE MÓVILES

Les pongo en situación: llega este simpático bloguero a un local de esos en los que se agolpan los amantes de las apps, de los gigas y de gastarse un dineral en gilipolleces, con su teléfono-antigualla en estado catatónico y ocurre lo siguiente:

ALFREDO: Buenos días. Se me ha estropeado, creo que del todo, el móvil y quería comprar uno nuevo que sea sencillo, pequeño y barato.

VENDEDOR (Podría llamarse Washington Darwin, pero es sólo una hipótesis): Pequeño no va a poder ser, si lo que quiere es un smartphone.

A: ¿Mande?

V: Un teléfono que le permita tener whattsapp.

A. Ah. Pues dame el más pequeño que tengas de esos.

V: Es que el tamaño mínimo de los que hacen ahora es de cinco pulgadas.

A: Mal empezamos. Pues dame uno de 32 y le llamaré tele.

El vendedor, que no parece congeniar con mi lado cómico, me enseña un catálogo de modelos y precios. Señalo el más barato y digo sin titubear:

A: Quiero este. Pónmelo en funcionamiento y eso, que yo de estas cosas ni entiendo, ni quiero.

V (Mientras hace sus labores de puesta en marcha de ese mamotreto que apenas cabe en bolsillo alguno) Tiene instalados Facebook e Instagram de serie.

A: Pues ya puestos, desinstálalos tú mismo.

V (Noto cómo el que se empieza a desprogramar es él) ¿Quiere ir mirando fundas en lo que yo termino la instalación?

A: Para qué, si no pienso ponerle ninguna.

V: Listo. Ahora dispone de muchos más gigas para almacenar fotos.

A: Yo no hago fotos.

Pagué el importe del artilugio y dejé la tienda atravesando una nube de humo grisáceo. ¿Tendrá Movistar exorcistas en nómina?

HE OÍDO QUE HOY ES HOY

Un clásico de la lírica hispánica (galaica, por más señas) que me dedico a mí mismo, porque sí.