LA PRIMA SE CALMA

Movió ficha el BCE (ya era hora), y la prima de riesgo de España e Italia ha descendido de manera notable. A la espera de ver cómo evoluciona el tema en los próximos días (el anuncio de Moody´s de que mantendrá la triple A con la que califica a la deuda USA también es un balón de oxígeno), de momento todo el mundo gana. El BCE adopta una posición de fuerza que contrasta con mucho de lo hecho hasta la fecha, los países periféricos del euro respiran (¿ahora habrá que retrasar las elecciones generales en España?) y los malos de la película observan un movimiento que sospecho les complace, por aquello de que aleja de la orilla a los actores principales de esta obra. Veremos qué nos deparan los próximos actos.

ISRAEL SE MUEVE

Reproduzco íntegramente un interesante artículo que publica hoy El País. En él, el escritor israelí David Grossman analiza el auge del movimiento de los indignados en su país, aunque muchas de las cosas que dice son perfectamente extrapolables a naciones como la nuestra.

UNA VENTANA A UN FUTURO DIFERENTE

El sábado 30 de julio por la tarde, mientras nos manifestábamos en Jerusalén, miré a mi alrededor y vi un río de gente que recorría las calles. Había miles de personas que llevaban años sin hacer oír sus voces, que habían abandonado toda esperanza de cambio, que se habían encerrado en sus problemas y su desesperación.

No les resultó fácil unirse a los jóvenes ruidosos provistos de altavoces. Quizá por la timidez propia de unas personas poco acostumbradas a levantar la voz, sobre todo en medio de un coro de gritos. A veces, tenía la impresión de que nos mirábamos asombrados e incrédulos, sin creernos del todo lo que salía de nuestras bocas. ¿De verdad éramos aquella turba, aquella muchedumbre indignada, que levantaba el puño como habíamos visto hacer en Túnez y Egipto, en Siria y Grecia? ¿Queríamos serlo? ¿Hablábamos en serio cuando gritábamos “¡revolución!”? ¿Qué ocurriría si lo conseguíamos y los lazos que mantenían unida nuestra frágil nación se deshacían? ¿Y si las protestas y las pasiones se transformaban en anarquía?

Sin embargo, después de un rato de desfilar, algo empezó a recorrer nuestras venas: el ritmo, la energía, el sentimiento de unidad. No una unidad que nos intimidase y nos aplastara, sino una unidad heterogénea, abigarrada, familiar e individual al mismo tiempo, una unidad que nos proporcionaba un fuerte sentimiento: aquí estamos, haciendo lo que es debido. Por fin.

Pero entonces llegó la desolación: ¿dónde estábamos hasta ahora? ¿Cómo hemos permitido todo esto?

¿Cómo pudimos resignarnos a que el Gobierno elegido por nosotros convirtiera nuestros sistemas de educación y de salud en un lujo? ¿Por qué no gritamos y protestamos cuando el Ministerio de Economía aplastó a los trabajadores sociales en huelga, y antes de ellos a los discapacitados, a los supervivientes del Holocausto, los ancianos y los jubilados? ¿Cómo es posible que durante años empujáramos a los pobres y los hambrientos a una vida de humillaciones sin fin, en comedores sociales y otras instituciones de beneficencia? ¿Cómo es posible que abandonásemos a los trabajadores extranjeros a merced de personas que les perseguían y les vendían como esclavos de todo tipo, incluso sexuales? ¿Por qué nos acostumbramos a la rapiña de las privatizaciones, que provocó la pérdida de la solidaridad, la responsabilidad, la ayuda mutua, el sentimiento de pertenecer a una misma nación?

Por supuesto, semejante apatía se debió a muchos motivos, pero, en mi opinión, la ocupación es el factor que más ha contribuido al fracaso de los sistemas de control y alerta en la sociedad israelí. Los sectores más enfermos y perversos de nuestra sociedad salieron a la superficie mientras nosotros, tal vez por temor a enfrentarnos a la realidad de nuestras vidas, nos dedicábamos con gran placer a todo tipo de cosas concebidas para embrutecer nuestros sentidos y ocultar esa realidad. De vez en cuando, cuando nos mirábamos en el espejo, algunos se sentían satisfechos por lo que veían y otros se estremecían, pero incluso estos últimos decían: bueno, qué se le va a hacer; suspiraban y le echaban la culpa a La Situación [el conflicto árabe-israelí], como si fuera nuestro destino o un decreto de las alturas. Más aún, dejamos que la televisión comercial llenara el vacío en nuestra conciencia colectiva y pasamos a definirnos en función de luchas por la supervivencia y comportamientos depredadores, a atacarnos unos a otros sin piedad y a despreciar a cualquiera que fuera más débil, o diferente, o menos bello, menos rico o menos listo. Hace años que no hablamos entre nosotros, y más tiempo aún que no escuchamos. Al fin y al cabo, en una atmósfera de codicia y egoísmo, cómo no vamos a atacar a los demás y a pulverizarlos, si eso es precisamente lo que nos enseñan en cada momento: sálvese quien pueda.

Cuanto más nos agotábamos negando sin cesar la realidad, más invitábamos a la opresión, la manipulación y el embrutecimiento de nuestros sentidos, y nos fuimos convirtiendo en víctimas de una política secreta -y eficaz- de divide y vencerás. De modo que una cosa llevó a otra, y nuestras reflexiones honradas sobre el destino y la fatalidad disminuyeron hasta quedarse en peleas por “quién ama al Estado de Israel y quién lo odia”, “quién es leal y quién es traidor”, “quién es un buen judío”, en vez de “quién se ha olvidado de que es judío”; cualquier discusión racional está hoy cubierta de una capa de sentimentalismo, el sentimentalismo patriótico y nacionalista del fariseísmo y el victimismo, la posibilidad de hacer una crítica inteligente de la situación ha ido reduciéndose, e Israel, al final, actúa y se comporta con sus ciudadanos de manera totalmente contraria a los valores e ideales que en otro tiempo le daban su carácter extraordinario y el oxígeno que respiraba.

No obstante, de pronto, en contra de todas las predicciones, hay algo que se ha despertado. La gente se frota los ojos y empieza a abrirse a ese algo, todavía indefinible e impredecible, incluso indescriptible, pero que está adquiriendo forma a través de eslóganes rescatados del tópico, como “¡el pueblo exige justicia social!” y “¡queremos justicia, no caridad!” y otros sentimientos recuperados de épocas anteriores. Existen en el aire indicios de una posible curación, un tikkun, y, por primera vez en mucho tiempo, volvemos a respetarnos a nosotros mismos, como ciudadanos individuales y como pueblo de Israel.

Este despertar está lleno de fuerza, pero también de ingenuidad, y puede embriagarnos. Resulta tentador dejarse llevar por la euforia ante todo lo que ha inspirado este giro de los acontecimientos, hacernos la ilusión de que, una vez más, estamos derribando un viejo orden hasta sus cimientos. Pero no es exactamente eso: el viejo orden no estaba tan mal. Tuvo sus grandes logros, que, entre otras cosas, permiten que el movimiento de protesta exprese sus aspiraciones y que se hagan realidad al menos algunas de ellas. Por eso es imperativo que esta lucha utilice un lenguaje distinto al de otras luchas anteriores que ha habido en este país. Por encima de todo, la lucha debe basarse en el diálogo, para ser socios, y no agentes de unos intereses estrechos y egoístas; personas de principios, y no unos oportunistas sectarios; para no vivir según el versículo “cada uno a su tienda, Israel”. Esa es la única manera de que este movimiento siga teniendo el inmenso apoyo de la población con el que ha contado hasta ahora. El carácter ligeramente confuso del movimiento es precisamente el que hace posible que los distintos grupos reunidos en él conserven sus propias opiniones políticas diferentes al mismo tiempo que comparten -por primera vez en decenios- un programa común humano y cívico, que nos hace estar orgullosos de pertenecer a esta comunidad. ¿Quién, en Israel, puede permitirse el lujo de renunciar a unos bienes tan escasos?

Este movimiento de protesta y sus ecos nos ofrecen una oportunidad de acercamiento entre distintos elementos de la sociedad que no se comunicaban desde hacía generaciones: religiosos y laicos; árabes y judíos; miembros de clases sociales distintas y distantes. En este proceso de identificar lo que tienen en común y lo que pueden conseguir, incluso la derecha y la izquierda pueden emprender un diálogo más realista y comprensivo; por ejemplo, sobre la apatía de la izquierda ante quienes tuvieron que recolocarse tras la retirada de Gaza, una herida abierta entre los colonos. Dicho diálogo quizá pueda aún salvar lo que sea posible del concepto de solidaridad, que un país en nuestra situación no puede dejar desaparecer. En otras palabras, si podemos encontrar este movimiento de protesta en las palabras del poeta Amir Gilboa -“Un día, un hombre se despierta por la mañana y siente que es una nación, y empieza a caminar”-, entonces debe continuar como el poema: “Y a todos los que se encuentra por el camino les dice: ‘Que la paz sea contigo'”.

Es fácil criticar la evolución de este movimiento recién nacido y arrojar dudas sobre él. Siempre es más sencillo encontrar motivos para no hacer algo audaz y definitivo. Pero quien escuche los latidos de los corazones de los manifestantes -no solo en el bulevar Rothschild de Tel Aviv, sino también en los barrios pobres del sur de la ciudad, y en los de Jerusalén, y Ashdod, y Haifa y Beit Shean- se dará cuenta de que se ha abierto una ventana a un futuro diferente. Ese es el momento propicio para que suceda algo así, y, para gran sorpresa de todo el mundo, la gente, por fin, está verdaderamente adhiriéndose a la causa. Tal vez es eso lo que quería decir la joven que se me acercó en la manifestación de Jerusalén y me dijo: “Mira. Todavía faltan líderes, pero la gente ya está aquí”.

© 2011, David Grossman. Traducido del inglés por María Luisa Rodríguez Tapia.

 

MARXISMO

Inicio una nueva sección del blog, en la que iré incorporando, una a una, aquellas frases que a lo largo de los años me han ido sirviendo para comprobar que el hecho de que la mayor parte del género humano esté alfabetizada y no sea sordomuda no tiene por qué ser siempre negativo. Empezaré por una de mis frases favoritas, dicha además por uno de mis grandes referentes ideológicos, Julius Marx, alias Groucho:

“ESTOS SON MIS PRINCIPIOS. SI NO LE GUSTAN, TENGO OTROS”.

VOLVIENDO A LAS BUENAS COSTUMBRES

Anoche volví al Jamboree después del largo paréntesis sin música en directo que sucedió a una intensa temporada primaveral. El motivo, ver el concierto de la nueva sensación del jazz británico, Get the Blessing, banda conocida fundamentalmente por contar con una sección rítmica avalada por sus trabajos con Portishead. Y allá que me fui, esquivando a las hordas de guiris que colapsaban la Rambla poco antes de las once de la noche, hora del concierto. Siempre prefiero ir al segundo pase, que empieza a esa hora, por aquello de que los músicos suelen estar más relajados y son más propensos a hacer experimentos sónicos. Y porque algo queda del noctámbulo que uno fue.

Los chicos (Jake Mc Murchie al saxo tenor, Pete Judge a la trompeta y spanglish -muy gracioso el hombre presentando los temas-, Jim Barr al bajo eléctrico y Clive Deamer a la batería) salieron puntuales al escenario, cosa que es de agradecer pero que provocó que el siempre fiel a sí mismo público autóctono que casi llenó el local tuviera que coger a toda prisa sus bebidas y dejar el parloteo para centrarse en lo importante, es decir, en la música.

Get The Blessing es, en el mejor de los sentidos posibles, una banda. Posee un sonido característico y compacto, y desde las sillas se percibe que los músicos disfrutan tocando unos temas contemporáneos, accesibles a un público no estrictamente jazzístico, muy influidos por Ornette Coleman, y basados en las improvisaciones de trompeta y saxo sobre los potentes ritmos marcados por una batería enérgica y precisa y un bajo contundente cual martillo pilón. Con esta fórmula, los británicos fueron ganándose la complicidad de un respetable tan modosito al principio como implicado a partir del tercer tema, cosa que suele ocurrir cuando los del escenario no se aburren y no tocan música aburrida y rutinaria. En fin, como la música está para ser oída, más que para hablar de ella, ahí va una de las canciones interpretadas anoche por el grupo.

Y otra más.

Total, hora y cuarto de buena música, sólo estropeada, por lo que a mí respecta, por la pareja de cenutrios que tenía delante y que dedicó una parte significativa del concierto a hacer fotitos con su móvil superfashion y deslumbrar por unos segundos a la gente de alrededor. En fin, también en los conciertos de jazz encuentras idiotas. Menos que fuera, normalmente, pero… Pues eso, que me gustó el grupo, que cuando Get The Blessing regresen a Barcelona o toquen en algún otro sitio en el que yo esté iré a verlos a poco que pueda, y que este tipo de cosas hacen que uno lleve la vida real con algo más de dignidad.

 

¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

Hoy la cosa iba más o menos bien, dentro del desastre, pero ha sido acabar la rueda de prensa del gobernador del BCE, Jean Claude Trichet, y empezar a hundirse los indicadores económicos. En atención a la salud mental de los europeos, en especial la de los ciudadanos de los países de segunda, me atrevo a pedirle a este señor que en adelante no vuelva a abrir la boca en público salvo para beber agua, porque como hable dos veces más este año y el efecto de sus palabras sea el mismo qu el de hoy, ya sólo tendremos que buscar a los otros tres jinetes.

LA CLAVE DEL ENIGMA

Ser lo bastante listo para saber que nada tiene sentido, y lo bastante estúpido para seguir viviendo sin que eso te afecte. ¿O era al revés?

 

2011: ¿ESCAPE FROM SPAIN?

Las cifras de paro son alarmantes, incluso estando en plena temporada turística, pero parece que el problema es que aquellos que todavía conservamos el empleo sobramos, al menos mientras sigamos teniendo la costumbre de querer cobrar lo que nos corresponde cada fin de mes. Ah, quienes trabajamos en la Administración sobramos el doble, aunque el número de funcionarios aquí no es superior al de los países europeos  más avanzados. Sí lo son la incompetencia, la desidia, la bajísima productividad y el absentismo presencial, de muchos de los funcionarios públicos, y de bastantes de los que no lo son.

La prima de riesgo está por las nubes, como era de prever. ¿O acaso alguien creía que para esa especie de monstruo desconocido al que llaman los mercados, el premio gordo eran Grecia, Portugal o Irlanda? Se trata, o mucho me equivoco, de cargarse el euro, o la propia UE si me apuran, así que mejor dejamos de quejarnos de lo malos que estaban los entremeses, porque ya están sirviendo el primer plato. Ah, como sucedió al principio de este embrollo, el chef que lo ha preparado es yanqui, pero los primeros en catarlo seremos los europeos de segunda.

Iba a cambiar el modelo económico y no sé qué leches, pero la educación sigue siendo un desastre, la inversión en I+D+I ha descendido desde que nos petó la burbujita, y lo lógico será que muchos de los jóvenes con estudios y dominio de idiomas extranjeros que quedan por aquí acaben largándose a trabajar a otros países. Como ocurre desde los años 60: ladrillo (olvidémonos de él, quizá hasta dentro de algunas décadas), turismo, chanchullo, choriceo, enchufe y chapuza. Spain is different. Catalonia, no gaire.

Tenemos familia real parásita, más coches oficiales que EE.UU., 17 televisiones autonómicas públicas, una estatal y mil locales altamente deficitarias, una cultura que vive en gran parte de la subvención, varios gobiernos por cabeza (todos ellos ineficaces; alguno sobrará, supongo), somos líderes en Europa en siniestralidad laboral (lo cual tiene mérito con la poca gente que trabaja), consumo de drogas ilegales y fracaso escolar, quienes no cobran por nómina pagan impuestos irrisorios (y eso si lo hacen) y las únicas empresas potentes del país a escala internacional son bancos o antiguos monopolios estatales, cuyos ejecutivos, por cierto, están notando tanto la crisis como los sobrepagados deportistas de élite que nos encanta traer de todas partes (ni que fuéramos un país rico), sólo para poder hablar de algo en el bar y en la oficina durante el año. ¿Qué sobra?  Pues camas en los hospitales, coño. ¿Qué vamos a hacer, o ya hemos hecho en algunos virreinatos? Echar a la seudoizquierda del poder para volver a poner a la derecha de siempre. Eso sí, hacemos unos trenes de alta velocidad que no coge nadie, y unos aeropuertos sin aviones de la hostia. Tendrían que rescatarnos, sí. De nosotros mismos.

 

 

LA DACIÓN EN PAGO, O YA PARA QUÉ

Seamos sinceros: si se aprobara una norma admitiendo (con efectos retroactivos) que la entrega de la vivienda es suficiente para saldar la deuda hipotecaria, el país saltaría en pedazos. Y aprobar la norma sin los mencionados efectos retroactivos tiene poco sentido, pues actualmente no se le concede una hipoteca ni a Dios, y es muy dudoso que esto vaya a cambiar a corto o medio plazo. Así que… se agradecen las buenas intenciones, pero quizá haya que empezar por cambiar otras cosas.

ESPAÑA Y OLÉ

Mi más sincera felicitación para el seleccionador español de fútbol sub-19, don Ginés Meléndez, no sólo por el título europeo conseguido por sus muchachos, sino sobre todo por haber sido la alegría de la fiesta. Una vez conseguido el campeonato, el hombre, que sin duda atesora dos de los principales atributos que ha de tener un español de pro (mucho fervor patriótico y poco seso) se abalanzó literalmente sobre uno de sus jugadores para arrebatarle la bandera asturiana que con tanto orgullo portaba el mozo sobre sus hombros. Y todo porque, según dijo don Ginés al explicar el incidente, había recibido instrucciones de la Federación de que ningún jugador subiera a recoger el trofeo llevando una bandera distinta de la española. Con ello se demuestra que al simpático seleccionador le adorna otra virtud hispánica muy típica: ser un perfecto lameculos.

RELATO Nº2

Segunda píldora al canto. Se recomienda su lectura tras una atenta audición de la versión de My Way, interpretada por Sid Vicious.

A MI MANERA

–         Lo siento, agente, le juro que intenté controlarme, pero no pude. Aquel tipo estaba allí, ante mis ojos, destrozando sin piedad algunos de mis recuerdos más queridos, y no fui capaz de soportarlo… ¿Cree que se salvará?

–   Los médicos creen que sí, pero aún no es seguro. Si ese hombre no sobrevive va usted a pasarse una buena temporada en prisión.

–   Tal vez, pero volvería a hacerlo una y cien veces… Mejor no ponga eso en mi declaración, agente.

–     Esto no es una declaración, al menos hasta que su abogado aparezca por aquí de una vez. De todas formas, cuénteme cómo ocurrió todo, así la espera será menos aburrida.

–   Verá, agente: un amigo mío de la oficina, Gutiérrez, acaba de ser ascendido a subdirector de márketing después de ocho intentos, por lo que el hombre, presa de un entusiasmo más que comprensible, decidió pagarse una cenita para celebrarlo. La cena ha sido esta noche, y los invitados éramos: la secretaria de Gutiérrez; Albanell, el eterno jefe de personal de la empresa; aquel tipo, Osorio creo que se apellida, y un servidor. Yo apenas conozco al tal Osorio, sólo sé que había coincidido en otra empresa con Gutiérrez, nada más. Usted sabe, agente, cómo son esas cenas. Al principio todo el mundo trata de guardar las apariencias, pero en cuanto empieza a correr el vino hasta los mudos cuentan chistes.

–      Para chiste el que le contó usted a Osorio.

–    Íbamos algo borrachos, agente, y todos queríamos seguir la fiesta. Gutiérrez estaba deseando follarse a su secretaria, pero como ella no parecía estar por la labor, decidimos por unanimidad seguir castigando el hígado en algún local de moda. Después de una breve discusión, Albanell tuvo la genial idea de decir que yo había sido vocalista en varias orquestas de baile durante mi juventud, y, como era de temer, acabamos en un karaoke. Allí Osorio no paró de repetir que él también era un gran cantante,  y los demás estaban encantados ante la posibilidad de asistir a un duelo estilo spaghetti-western. Yo empezaba a estar de mal humor y no tenía ganas de cantar, sólo de beber gin tonics y de admirar a un grupo de cuarentonas, algunas de bastante buen ver, que cantaban a coro un tema de Julio Iglesias – La vida sigue igual, creo-; pero todos insistían y al final subí al escenario con el único objetivo de que me dejaran en paz. Me negué a cantar My Way, que es mi canción favorita, porque es una blasfemia cantar una canción como esa en las condiciones en que me encontraba, y opté por interpretar Y cómo es él porque aún en coma podría hacerlo mejor que Perales. Lo hice, y todo el mundo me aplaudió, como en los viejos tiempos… Bueno, Osorio no participó de la ovación, más bien me miraba con envidia.

–      No muy sana, deduzco…

–     La envidia sana no existe, agente, igual que la sangre azul y el reino de los cielos.

–      Déjese de filosofías, que llegará su abogado y me perderé lo mejor.

–      Como usted quiera, agente. Osorio dijo que iba a cantar My Way. Yo intenté hacerle cambiar de idea, porque me conozco, pero el tipo seguía en sus trece y los demás encontraban muy divertida la escena. Tenía que haberlo oído, agente. Cualquiera que tenga un mínimo gusto musical habría hecho lo mismo que yo hice… ¡Qué gallos, qué dicción tan estropajosa, qué absoluta desfachatez, reírse de Sinatra de esa forma cuando no han pasado ni dos meses desde el día de su muerte!. Porque el tipo se reía, agente, tuvo los santísimos cojones de reírse, y eso no pude soportarlo. Saqué del bolsillo el revólver que llevo desde que me atracaron el verano pasado y le pegué dos tiros.

–      Por suerte, sólo acertó uno.

–     ¿Por suerte?… Mejor no ponga eso en mi declaración, agente.