LA NOVENA PÍLDORA

Nuevo relato, ideal para enfermos de peterpanismo.

SKATEBOARD

Remember when you were young/you shone like the sun.

PINK FLOYD, Shine on you crazy diamond

Todo iba bien hasta que se oyó el zumbido del despertador. Unos segundos después, el bulto que llenaba la cama se convirtió en un tipo de unos treinta años, pelo revuelto y pinta de acabar de rodar una escena en algún remake de La noche de los muertos vivientes. El bulto, cuyo nombre era Carlos, oyó cómo los críos del piso de arriba bajaban las escaleras a velocidad de Fórmula Uno, bostezó tres o cuatro veces y se dirigió al cuarto de baño para tratar de recomponer su aspecto frente al espejo. Antes de salir de casa, tuvo tiempo para quemarse una vez más la lengua con el café del desayuno y ajustarse su discreto traje azul marino.

Ahí estaba, un día más, silbando The Logical Song y dispuesto a sobrevivir al ataque de las pólizas pendientes de revisión sin sufrir más daños de los habituales, es decir, una todavía soportable crisis existencial y la esquizofrenia provocada por la necesidad de defender un empleo de mierda. Porque él estaba obligado a conservar su modesta silla de empleado de seguros, aunque sólo fuese para poder pagarse los narcóticos y para que sus familiares más cercanos y otros honrados ciudadanos de análogo criterio siguieran creyendo que un trabajo estable y un salario raquítico eran suficientes para la integración social de ciertas criaturas de marcadas tendencias anarcoidestructivas y escaso cariño hacia sus congéneres. Con seguridad, si la semana anterior se hubiera decidido a salir del lavabo de quienes ya se habían resignado a ser sus futuros suegros con la polla al aire y cara de yerno perfecto, tal como había pensado, el problema de su inserción social ya estaría resuelto. Cobarde como era, optó por un retorno a la soltería más civilizado, lo que equivale a decir más aburrido, y su mundo siguió andando sin más sobresaltos.

Él también andaba, rumbo a la oficina, pero como las lluvias y las obras habían dejado su ruta habitual poco menos que intransitable, tuvo que atravesar varios callejones hasta que, al pasar por el pequeño y a aquellas horas vacío parque de sus primeras caídas por el tobogán, descubrió un objeto que llamó su atención: se trataba de un monopatín casi idéntico al último que tuvo. Estaba abandonado junto al columpio, llamándole. Carlos dejó su cartera en el suelo y cogió el monopatín. En el bachillerato, él había sido el mejor skater del barrio, merecedor de una admiración que desapareció al poco tiempo para no regresar jamás. Habían pasado al menos doce años de aquella época en la que la hierba era más verde, la luz más brillante y los críos bailaban breakdance al ritmo del Rockit de Herbie Hancock, y casi nueve desde la última vez que montó en un monopatín, pocos días antes de ser uno de los penúltimos gilipollas en largarse a hacer la mili. “Seguro que ahora no tardaría ni tres segundos en perder el equilibrio y aterrizar en el suelo”, pensó. No iba mal de tiempo. Recorrió el parque con la mirada. No había testigos. Dejó por fin el monopatín en el suelo y se subió encima con mucho cuidado. Se sintió ridículo, subido en un monopatín vestido con traje y corbata, pero decidió continuar unos segundos más al comprobar que aún era capaz de repetir algunas de sus viejas piruetas. Tal vez aquellos años no estaban tan lejos como creía apenas diez minutos antes.

Debía apresurarse si no quería llegar tarde a la oficina, pero no podía abandonar aquel parque sin intentar repetir la mejor de sus acrobacias, consistente en ascender a través de uno de los postes laterales que sostenían el columpio y, al llegar al travesaño, regresar a tierra haciendo una doble pirueta. Ésta era la parte más complicada, y a ella le debía su primera fractura de muñeca. Miró su traje y pensó que, después de esto, no habría nadie más idóneo que él para protagonizar la nueva campaña publicitaria de Emidio Tucci. Dudó, siempre dudaba, era su estado natural.

Decidió intentarlo de todos modos, qué importaba un traje más o menos. Se dirigió a toda velocidad hacia el columpio, pero calculó mal la distancia y cayó al suelo sin apenas tiempo para cubrirse la cara.

Tardó un par de minutos en levantarse. Al parecer, nadie había visto el espectáculo, lo que en cierto modo era un consuelo. Si se daba algo de prisa, aún podría llegar a tiempo a la oficina.

CAMPEÓN

Este año, el Mundial de Fórmula 1 nos está ofreciendo una interesante lucha por el subcampeonato. El título, desde hace mucho, era cosa de un solo hombre: Sebastian Vettel. El piloto alemán ha hecho una temporada perfecta y, como ocurre cuando además de tener mucho talento dispones del mejor coche, ha arrasado en la clasificación general de conductores. Desde el principio del certamen, el resto de participantes sabía que el germano jugaba en otra liga. El dominio de Red Bull respecto a las otras escuderías punteras ha sido tan insultante que parece difícil que en la próxima temporada McLaren o Ferrari puedan destronarles. Hay que felicitar a Vettel por el fantástico triunfo que ha conseguido. Su juventud, su calidad y su gran equipo hacen prever que no será el último.

CONGRATULATIONS

Mis más sinceras felicitaciones a las mentes pensantes que han hecho coincidir en nuestra ciudad, el próximo 20 de octubre, los conciertos del trío de David Mengual, del excelente guitarrista gitano Raphaël Fays y de la Maria Schneider Orchestra. Espero haberme clonado para entonces.

EL HOMBRE

Inauguración por todo lo alto de mi temporada de conciertos otoño-invierno asistiendo a la actuación de uno de los grandes de la guitarra (no sólo jazzística): Pat Martino. El lugar, el Jamboree, que este año me ha dado varias alegrías y, anoche, una de las mayores. Eso de tener a escasos metros a grandes figuras de la música, sin perderse detalle de su toque y sus gestos, es lo que uno entiende por concierto, lo que te hace aflojar la cartera, adentrarte en el inframundo ramblero un día de esos de quedarse en casa, y disfrutar.

Como apasionado de los virtuosos de la guitarra y los teclados que soy, el trío guitarra-Hammond-batería es una de mis formaciones favoritas en el jazz. Martino la ha cultivado desde el principio de una carrera interrumpida hace treinta años por una complicada operación cerebral que le hizo perder por completo la habilidad para tocar. Nadie lo diría viendo la agilidad y la precisión con la que sus dedos se desplazan hoy a través del mástil de la guitarra, la misma que me impresionó hará unos dos años y medio en Luz de Gas, la misma que me hace escuchar sus discos con veneración.

Desde hace ya muchos años, Martino interpreta en sus conciertos el mismo repertorio, con muy pocas variaciones en cuanto a los temas elegidos. Anoche no fue una excepción. Como suelen hacer los grandes veteranos para no anquilosarse y seguir evolucionando, el guitarrista de Filadelfia apareció acompañado por dos músicos jóvenes; el excelente organista Jay Bianchi y el batería Shawn Hill, con un look en principio más propio de Sepultura que de un trío de jazz, pero que supo ser sutil en el acompañamiento y contundente en sus partes solistas. Con ellos, Martino enlazó, casi sin pausas, temas en su mayoría de tempos medios o rápidos, a excepción de la fantástica interpretación baladística del tema de Horace Silver Peace. El nivel medio fue muy alto, pero el momento cumbre del concierto fue la versión del clásico de Bobby Hebb Sunny, una canción que Martino literalmente borda y toca como nadie. Después de eso, un tema potente para terminar, el líder anunciando sus deseos de que todos volviéramos a vernos el próximo año (así sea, maestro) y, otra vez, la vuelta a la realidad. Silbando Sunny al subir las Ramblas, eso sí, y sin apenas reparar en los lateros y las guiris minifalderas.

Martino y su trío interpretando Round midnight hace sólo tres días:

No podía faltar: Sunny, tal como aparece en el disco Pat Martino Live, de 1972.

IDIOTAS

Muchas frases geniales hay en ese libro genial llamado Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline. He aquí una de ellas:

“PARA QUE EL CEREBRO DE UN IDIOTA SE PONGA EN MOVIMIENTO TIENEN QUE OCURRIRLE MUCHAS COSAS, Y MUY CRUELES”.

BERT JANSCH

En recuerdo del músico escocés Bert Jansch, fallecido hace unas horas. Excelente guitarrista y todo un mito del folk. El vídeo que acompaña a esta breve necrológica fue grabado en 1968 e ilustra un tema de la banda más célebre de la que Jansch fue parte: Pentangle.

MIEDO

El miedo a perder el trabajo, a no encontrarlo, o a que te bajen el sueldo, según la situación de cada cual, está bastante extendido en mi mundo. En otros, esos miedos no tienen mucha razón de ser, pero parece que allá en las alturas acechan temores distintos. Si se detiene a docenas de manifestantes (el show de esta tarde en la cafetería de la Ciutat Judicial de Barcelona no tiene nombre) y se les trata como si fueran terroristas por unos zarandeos y unas pintadas a parlamentarios abandonados a su suerte por quienes debían protegerles (que sin duda esperaban con indisimulado regocijo incidentes de mucha mayor gravedad), si se encarcela a raperos por lo que dicen las letras de sus canciones, si un gobierno decide de un día para otro eliminarse la paga extra de Navidad, es que hay miedo. Justificado, no cabe duda, porque se está incubando un estallido social importante que algunos de nuestros nefastos mandamases parecen querer desactivar con fuego. Estos gestos demuestran que se sienten débiles. No me parece mal que el miedo se universalice, porque en mi mundo ya lo teníamos, y a veces es el mejor instrumento para obrar con sensatez. Ojalá quienes nos han llevado hasta aquí siempre hubieran tenido miedo.

EL PERICO

Muchos artistas catalanes deleitaron con su música al personal en las fiestas de la Mercè, pero yo eché a faltar a uno de gran nivel, que sin duda hubiera elevado la fiesta a cotas siderales: El Gitano de Balaguer. Ahí va uno de sus videoclips, disfrútenlo (con moderación):

OSCAR PETERSON: KEEPING THE GROOVE ALIVE

OSCAR PETERSON: KEEPING THE GROOVE ALIVE. 2003. 54´. B/N-Color.

Dirección : Ron Allen; Guión: Mike Laewen; Director de fotografía : Colin Boettcher;  Montaje : Derek Prosser y Ron Allen; Música: Oscar Peterson (Música adicional de Andrew Huggett); Producción: Hoda Elatawi, para GAPC Entertainment (Canadá).

Intérpretes: Oscar Peterson, Celine Peterson, May Peterson, Diana Krall, Benny Green, Herbie Hancock, Maynard Ferguson, Phil Nimmons, Makoto Ozone. Narración de Christopher Plummer.

Sinopsis: Documental que repasa la vida y la obra del pianista de jazz Oscar Peterson (1925-2007).

Gracias a La 2 de TVE pude ver anoche este documental canadiense que, en poco menos de una hora, resume las más de cinco décadas de trayectoria musical de Oscar Peterson, ofreciendo asimismo valiosos apuntes sobre su vida personal, mucho menos aireada y polémica que la de otros iconos del jazz. Se trata, como no podía ser de otra forma, de un breve resumen de la larga y exitosa carrera del pianista canadiense, vista a través de sus propias declaraciones, de las de algunos de sus familiares y de otros compañeros de profesión, pero sobre todo oída a través de su música, la de uno de los pianistas mejor dotados técnicamente de la historia del jazz, de toque excelso, exquisita elegancia y gran talento improvisador.

Influido principalmente por Art Tatum y Nat King Cole, Peterson lideró dos legendarios tríos jazzísticos, el primero acompañado por Herb Ellis a la guitarra y Ray Brown al bajo, y el segundo con Ed Thigpen a la batería sustituyendo a Ellis, durante los 50 y los 60. El documental aporta interesante material de esa época, así como loas a Peterson que hicieron en aquellos años personajes como Duke Ellington o Ella Fitzgerald. Se habla del Peterson adolescente entregado a la difícil tarea de brillar en el panorama musical, de la gran amistad que le unió al productor Norman Granz, de un intérprete apabullantemente talentoso que era a su vez una persona bromista y alegre con problemas para compatibilizar la vida en la carretera y las obligaciones familiares, al maestro y mentor de jóvenes pianistas que llegaron a ser grandes estrellas, y también al Peterson a quien una apoplejía, que a su vez derivó en una depresión, apartó durante años de su gran amor, en torno al cual giró toda su vida: la música. Todo ello narrado por un gran actor, Christopher Plummer, que además fue amigo y compañero de instituto de Peterson en Montreal. Imprescindible para amantes del jazz y, por extensión, de la buena música.

HASTA CUÁNDO

No conocía al poeta valenciano Salvador Iborra, asesinado hace unos días en la puerta de su casa del Barri Gòtic. Hasta hoy, tengo la inmensa suerte de no conocer a sus asesinos. Muchos vecinos de Ciutat Vella no pueden decir lo mismo, pues han de convivir con esa clase de escoria día sí, día también. Rincón siempre olvidado a nivel oficial, salvo para explotarlo turísticamente, el Casc Antic sabe bien, y desde hace algún siglo que otro, lo que son la prostitución, los robos, el tráfico de drogas y el ninguneo gubernativo en sus muy variadas formas. Servidor empezó a frecuentar la zona vieja hará unos cuatro lustros y sabe algo de eso. Sin embargo, de unos años a esta parte uno tiene la sensación de que hay una especie de contrato no escrito que dice que, si te aventuras a ciertas horas por ciertas calles, es tu problema, porque si algo malo te ocurre, vas a encontrarte completamente desprotegido. Pequeñas, y no tan pequeñas, mafias, campan a sus anchas aprovechando el mucho turismo y la desidia y cobardía de quienes nos gobiernan. Y uno se pregunta por qué, y se pregunta hasta cuándo.  O existe una política orientada a que todas las personas honradas, los buenos de la película, quienes viven y dejan vivir y no cometen delitos, abandonen el distrito de Ciutat Vella, o algo se está haciendo rematadamente mal, pues eso, lo contrario de lo que se debería pretender, es lo que se está consiguiendo. Si entregamos lo más valioso de nuestra ciudad al turismo de vómito y mamada en la calle, a lateros y trileros dirigidos por mafias, a las putas tiendas de souvenirs, a antros de comida basura (o de comida bazofia a precios estratosféricos), a rateros cuya religión es el odio, si no evitamos que haya pisos vacíos ocupados por delincuentes, si nos dedicamos a subvencionar a quienes quieren aniquilarnos, es que hemos perdido completamente el norte. Y así es, desde hace muchos años, en Barcelona y en todos los municipios del área metropolitana que conozco. Lamentablemente, sucesos como el que le ha costado la vida a Salvador Iborra te indignan, pero no te sorprenden.  Y uno se pregunta hasta cuándo.