LA LEYENDA DEL INDOMABLE

COOL HAND LUKE. 1967. 126´. Color.

Dirección : Stuart Rosenberg; Guión: Frank Pierson y Donn Pearce, basado en la novela de este último;  Música : Lalo Schifrin; Director de fotografía : Conrad Hall;  Montaje : Sam O´Steen; Dirección artística: Cary Odell; Producción: Gordon Carroll y Carter de Haven, Jr., para Warner Bros (USA).

Intérpretes: Paul Newman (Luke); George Kennedy (Dragline); J.D. Cannon (Society Red); Jo Van Fleet (Arletta); Lou Antonio  (Koko); Strother Martin (Capitán); Clifton James (Carr); Luke Askew (Jefe Paul); Robert Drivas (Loudmouth Steve); Harry Dean Stanton (Tramp); Dennis Hopper (Babalugats); Morgan Woodward (Jefe Godfrey); Joy Harmon (La chica).

Sinopsis: Luke ha sido condenado a dos años de trabajos forzados por romper en plena borrachera unos postes de aparcamiento. Una vez en prisión, se gana el respeto de los presidiarios y la ira de los carceleros por su tenacidad y sus constantes intentos de fuga.

Los que hablan siempre del cine de autor tienen aquí un hueso duro de roer, porque La leyenda del indomable es, ante todo y sobre todo, una película de Paul Newman, que brinda aquí una de sus mejores y más recordadas interpretaciones cinematográficas incorporando a Luke el rebelde, el ateo, el testarudo, el involuntario líder y más voluntario mártir, el principio y final de la película. Newman ríe, corre, canta, llora, desafía a la autoridad, habla con Dios y se zampa cincuenta huevos duros en este drama carcelario sobre la juventud rebelde y la brutalidad de la vida en prisión. Además del show de Newman (actúa tan bien que hasta se hace perdonar el narcisismo) son de destacar la fotografía de Conrad Hall y otras dos interpretaciones, las de Jo van Fleet y George Kennedy, que se llevó por su papel el Oscar que una vez más se le negó al protagonista. El trabajo de Rosenberg es excelente, siendo ésta sin duda la mejor película de su corta y harto irregular filmografía.

Película muy de su tiempo, ha envejecido sin embargo mucho mejor que otros films que marcaron aquella época como El Graduado, Dos hombres y un destino o Easy Rider, y ello porque la rebeldía no ha perdido encanto pero sigue siendo cosa de unos pocos, porque las cárceles siguen siendo un infierno, porque nunca se ha lavado un coche con tanta gracia en la historia del cine, porque ahora como entonces sigue siendo jodido ser uno mismo y porque, en fin, pocas veces Paul Newman brilló tanto (y eso es decir mucho). Algunas escenas se dilatan demasiado para lo que la historia exige, se copian elementos de otras películas como Al este del Edén o La gran evasión, más de un personaje secundario está construido de forma pelín arquetípica pero, con todo, La leyenda del indomable es una muy buena y muy entretenida obra cinematográfica.

TEATRO

Dos versos que Calderón de la Barca incluyó en El gran teatro del mundo, y que no necesitan mayor comentario:

“QUE TODA LA VIDA HUMANA/REPRESENTACIONES ES”.

NOLE, EL NÚMERO 1

Lo de Novak Djokovic en este 2011 agota los adjetivos. Anoche, el tenista serbio consiguió algo que nadie había hecho con anterioridad: ganar cinco torneos Masters 1000 en la misma temporada. Lo hizo en Montreal, derrotando en la final al estadounidense Mardy Fish en un duelo en el que el de Belgrado, al parecer aquejado de algunos problemas físicos, estuvo lejos de la brillantez absoluta que mostró en anteriores rondas. No obstante, Nole supo aprovechar sus ocasiones, tuvo mucha más fortaleza mental que su adversario y consiguió una victoria sufrida, demostrando que también es capaz de ganar resistiendo, y no sólo arrollando. A Djokovic, tenista de enorme clase, se le suponía llamado a las más altas cimas del tenis pero, por unas cosas u otras, ha habido que esperar hasta este año para que su rendimiento estuviera a la altura de su potencial. Su temporada lo dice todo: 55 victorias y una sola derrota (contra Federer en París) desde enero, nueve títulos en nueve finales disputadas y la sensación de que, cuando está a su mejor nivel, no hay un solo tenista en el circuito capaz de derrotarle. Ahora llega otro Masters 1000, el de Cincinatti, donde en mi opinión Nole haría bien en reservar fuerzas para el que puede ser su tercer Grand Slam de la temporada y cuarto de su carrera, todo ello con 24 años. Habrá que ver si el serbio logra reinar en Nueva York. Parece, eso sí, que el trono del tenista con más clase que he visto en mi vida, Roger Federer, está en buenas manos.

Cambiando de tema, nuevo paseo de Casey Stoner en Moto GP, ayer en el circuito checo de Brno. Con Lorenzo fuera del podio y Pedrosa (el único piloto que en circunstancias normales podría haberle disputado la victoria) fuera de carrera por una absurda caída a las primeras de cambio, el australiano está cada vez más cerca de su segundo título mundial en la categoría reina.

Sí, ya sé que anoche se enfrentaron dos superequipos de fútbol, todopoderosas escuadras patrocinadas por una monarquía despótica y una casa de apuestas, respectivamente, pero no vi el partido y no hablaré de él. Cuando empiecen los torneos serios, hablaré de fútbol.

 

DE NUEVO KRUGMAN

Nueva perla del Nobel de Economía Paul Krugman para The New York Times, publicada en España en la edición de hoy de El País. De todos los economistas que hablan y escriben sin cesar sobre la crisis, ninguno me parece tan realista e inteligible para los profanos como él, que, aunque habla básicamente de EE.UU., explica cosas que en la periferia europea nos resultan muy familiares:

La crisis secuestrada

Les ha dejado la agitación de los mercados con una sensación de miedo? Bueno, pues debería. Está claro que la crisis económica que empezó en 2008 no ha terminado ni mucho menos.

Pero hay otra emoción que deberían sentir: ira. Porque lo que estamos viendo ahora es lo que pasa cuando la gente influyente se aprovecha de una crisis en vez de tratar de resolverla.

Durante más de un año y medio -desde que el presidente Obama decidió convertir los déficits, y no los puestos de trabajo, en el tema central de su discurso sobre el Estado de la Unión de 2010- hemos mantenido un debate público que ha estado dominado por las preocupaciones presupuestarias, mientras que prácticamente se ha hecho caso omiso del empleo. La supuestamente urgente necesidad de reducir los déficits ha dominado hasta tal punto la retórica que, el lunes, en medio de todo el pánico en las Bolsas, Obama dedicaba la mayoría de sus comentarios al déficit en vez de al peligro claro y presente de una nueva recesión.

Lo que hacía que todo esto resultase tan grotesco era el hecho de que los mercados estaban indicando, tan claramente como cualquiera podría desear, que nuestro mayor problema es el paro y no los déficits. Tengan en cuenta que los halcones del déficit llevan años advirtiendo de que los tipos de interés de la deuda soberana de EE UU se pondrían por las nubes en cualquier momento; se suponía que la amenaza del mercado de los bonos era la razón por la cual debíamos reducir drásticamente el déficit. Pero esa amenaza sigue sin materializarse. Y esta semana, justo después de una rebaja de calificación que se suponía que debía asustar a los inversores en bonos, esos tipos de interés en realidad se han hundido hasta mínimos históricos.

Lo que el mercado estaba diciendo -casi a voces- era: “¡No nos preocupa el déficit! ¡Nos preocupa la debilidad de la economía!”. Porque una economía débil se traduce tanto en unos tipos de interés bajos como en una falta de oportunidades empresariales, lo que, a su vez, se traduce en que los bonos del Tesoro se convierten en una inversión atractiva aunque la rentabilidad sea baja. Si la rebaja de la deuda de EE UU ha tenido algún efecto, ha sido el de acrecentar los temores a unas políticas de austeridad que debilitarán aún más la economía.

¿Y cómo llegó el discurso de Washington a estar dominado por el problema equivocado?

Los republicanos radicales, cómo no, han tenido algo que ver. Aunque no parece que los déficits les importen demasiado (prueben a proponer cualquier subida de los impuestos a los ricos), han descubierto que insistir en los déficits es una forma útil de atacar los programas del Gobierno.

Pero nuestro debate no habría llegado a estar tan descaminado si otras personas influyentes no hubiesen estado tan ansiosas por eludir el asunto del empleo, incluso ante una tasa de paro del 9%, y secuestrar la crisis en defensa de sus planes previos.

Repasen la página de opinión de cualquier periódico importante, o escuchen cualquier programa de debate, y es probable que se topen con algún autoproclamado centrista afirmando que no hay remedios a corto plazo para nuestras dificultades económicas, que lo responsable es centrarse en las soluciones a largo plazo y, en concreto, en la “reforma de las prestaciones”, o sea, recortes en la Seguridad Social y Medicare. Y cuando se topen con alguien así, sean conscientes de que esa clase de gente es uno de los principales motivos por los que tenemos tantos problemas.

Porque el hecho es que, en estos momentos, la economía necesita desesperadamente un remedio a corto plazo. Cuando uno sangra profusamente por una herida, quiere un médico que le vende esa herida, no un doctor que le dé lecciones sobre la importancia de mantener un estilo de vida saludable a medida que uno se hace mayor. Cuando millones de trabajadores dispuestos y capaces están en paro, y se desperdicia el potencial económico al ritmo de casi un billón de dólares al año, uno quiere políticos que busquen una recuperación rápida en vez de gente que le sermonee sobre la necesidad de la sostenibilidad fiscal a largo plazo.

Por desgracia, lo de dar lecciones sobre la sostenibilidad fiscal es un pasatiempo de moda en Washington; es lo que hacen las personas que quieren parecer serias para demostrar su seriedad. Así que, cuando la crisis estalló y nos arrastró a unos grandes déficits presupuestarios (porque eso es lo que pasa cuando la economía se contrae y los ingresos caen en picado), muchos miembros de nuestra élite política tenían muchas ganas de utilizar esos déficits como excusa para cambiar de tema y pasar del empleo a su cantinela favorita. Y la economía seguía desangrándose.

¿Qué conllevaría una respuesta real a nuestros problemas? Ante todo, por el momento conllevaría más gasto gubernamental, no menos; con un paro masivo y unos costes de financiación increíblemente bajos, deberíamos estar reconstruyendo nuestras escuelas, carreteras, redes de distribución de agua y demás. Conllevaría unas medidas agresivas para reducir la deuda familiar mediante la condonación y la refinanciación de las hipotecas. Y conllevaría un esfuerzo por parte de la Reserva Federal para tratar por todos los medios de poner la economía en movimiento, con el objetivo intencionado de generar más inflación a fin de aliviar los problemas de endeudamiento.

Lógicamente, los sospechosos habituales tacharán esas ideas de irresponsables. Pero ¿saben lo que es de verdad irresponsable? Secuestrar el debate sobre la crisis para conseguir las mismas cosas que uno defendía antes de la crisis, y dejar que la economía siga desangrándose.

Paul Krugman © 2011. New York Times Service. Traducción de News Clips.

 

MALEDICTUM

Al parecer, un jefe de Estado y líder religioso extranjero, de vasta cultura y mucho gancho mediático, va a aterrizar en España para dirigir un espectáculo que se ha dado en llamar Jornadas Mundiales de la Juventud. Se trata de un antiguo Inquisidor Mayor, retrógrado a más no poder, que predica una moral hipócrita y caduca y que, por acción u omisión, ha protegido durante décadas a personas que han cometido terribles delitos, cuyas víctimas han precisamente los más jóvenes. Representa a la organización que probablemente ha hecho más daño al género humano a lo largo de la Historia, organización que, por suerte, se halla hoy en franco, aunque todavía insuficiente, retroceso en el mundo civilizado. Hace unas horas me he cruzado con muchos jóvenes que asistirán al evento, que se celebra en Madrid, y han pasado antes por mi ciudad. Espero que gasten mucho dinero en Barcelona, que se vayan por donde han venido y se guarden su doctrina para la más estricta intimidad. Siento lástima por ellos, porque una cosa es creer en Dios, cosa que yo no he hecho nunca pero que es tan respetable como lo sean los creyentes con quienes no lo somos, y otra muy distinta idolatrar a semejante personaje y a la organización que lidera.

QUINTETO

Fiesta grande anoche en el Jamboree, refugio ideal tras recorrer el típico zoo de la Rambla, que de tan previsible resulta harto cansino. Se presentaba en el club de la Plaça Reial el quinteto de Tom Harrell, una de las grandes referencias de la trompeta jazzística en las últimas décadas. He tenido el placer de seguir su prolífica carrera discográfica desde hace casi dos décadas, tengo grabaciones suyas, como líder y acompañante, en todos los formatos posibles, y admiro tanto su forma de tocar, que aúna fuerza y lirismo, como su habilidad compositiva, pues Harrell, a diferencia de un gran número de jazzistas, defiende casi en exclusiva sus propias composiciones tanto en sus discos como en los conciertos, sin apenas recurrir a composiciones ajenas (anoche la excepción fue un tema de otro legendario trompetista, Kenny Dorham). Hasta ayer nunca había visto actuar a Harrell, y he de decir que en vivo su presencia es más bien inquietante. Escondido tras unas gafas de sol, el trompetista de Illinois se muestra completamente ausente cuando no toca, aislado en su propio universo (es sabido que Harrell, que a pesar de ello ha construido una carrera musical impresionante, padece esquizofrenia), del que resurge a través de su trompeta para ofrecer una música de inusual belleza.

A sus 65 años, Harrell se ha rodeado de músicos mucho más jóvenes y rebosantes de energía, y anoche todos ellos rayaron a una gran altura. No ocurrió lo mismo con el líder, que brindó algunos buenos solos al respetable pero que en ocasiones se mostró errático y confuso al ejecutar sus improvisaciones. Lo bueno de ser jefe, eso sí, es que si te rodeas del personal adecuado, ellos te salvarán la papeleta. Y Harrell dispone de todo un equipazo: el saxo tenor Wayne Scoffery, músico londinense de buena pegada y técnica apabullante, encandiló al personal cada una de las veces en las que intervino como solista; lo mismo puede decirse del pianista californiano Danny Grissett, a quien no conocía, un miembro más de la al parecer inagotable cosecha de excelentes pianistas que nos está ofreciendo el siglo XXI; por detrás, el más antiguo acompañante de Harrell, el bajista Ugonna Okegwo, marcaba el ritmo con sutileza y precisión y, en la batería, el espectacular Jonathan Blake, también actual percusionista del trío de Kenny Barron, dejó patidifusa a la concurrencia con su fuerza inagotable, que se convirtió directamente en agresividad al ejecutar unos solos de los que no se olvidan fácilmente.

El repertorio, centrado en el recién publicado The time of the sun, huyó por completo de lo baladístico (terreno en el que el líder es particularmente brillante) y se centró en temas de tempo rápido que resultaron magníficos para ver la calidad y la energía del grupo. En fin, que quedarse en Barcelona en agosto tiene sus ventajas.

Vídeo de la banda interpretando el tema-título del último CD:

Uno más, esta vez interpretando un temazo de Thelonious Monk:

 

Y BORGES DIJO

Frase llena de sabiduría, y espero que profética, fruto de la mente de uno de esos escritores que demuestran que también el premio Nobel se equivoca: Jorge Luis Borges, fallecido hace 25 años.

“CREO QUE CON EL TIEMPO MERECEREMOS QUE NO HAYA GOBIERNOS”.

RELATO Nº3

Tercera píldora, indicada para ser leída tras una breve ojeada al álbum de fotos familiar.

PANDEMIA

No puedo afirmarlo con certeza, pero si hago caso a lo que dicen mis padres, que nunca mentirían sobre tan trascendental dato, nací el catorce de abril de mil novecientos setenta y tres, justo a tiempo de chafarles las vacaciones de Semana Santa. A eso se le llama precocidad.

A mi madre aún le gusta recordar los sufrimientos que le ocasionaron mis continuos lloros, tan continuos que durante mi primer año de vida sólo estuve un día sin llorar, el veinte de diciembre para ser exactos. Sí, ya sé, fue el día que liquidaron a Carrero Blanco pero, pueden creerme, se trata de una simple coincidencia, por más que a mi padre la circunstancia no le pasara desapercibida: “Habrá que matar a uno de esos cada día para que el niño se calle”, repetía a cada nuevo despliegue lacrimal. Por suerte, ningún familiar tomó la frase en sentido estricto, ahorrándome así el trauma de ser el causante directo del ingreso en el mundo del terrorismo de algún pariente cercano.

Al cumplir tres años dejé de llorar, y no volví a hacerlo hasta que me prohibieron hacer la primera comunión, al descubrir el anciano sacerdote de la parroquia un buen número de pareados guarros escritos con letra infantil en mi libro de catequesis. La causa de mis lágrimas no fue el verme excluido de tan horrible ceremonia; lo que de verdad me hundió fue perder la pasta que iba a conseguir a cambio de que toda la parentela pudiera verme hacer el ridículo vestido de marinerito, pasta que un servidor pensaba destinar a comprar todos los tebeos de Mortadelo y Filemón que aún no habían caído en sus ya afiladas garras.

Del resto de mi existencia, tan austera en lágrimas como pródiga en desgracias, sólo diré que aún no he logrado hallar la manera de conseguir los tebeos sin hacer la comunión, extraña enfermedad que comparto con cientos de millones de seres humanos y para la que la ciencia, por el momento, no ha encontrado un remedio adecuado.

MORAÍTO CHICO

Si hay un estilo musical de los que se cultivan en España que merezca sin ningún género de duda el calificativo de arte, ése es sin duda el flamenco. Por desgracia, el género parece abonado en los últimos meses a las malas noticias, y hoy los aficionados hemos conocido otra de ellas: la muerte del guitarrista jerezano Moraíto Chico, conocido principalmente por haber sido durante años el tocaor habitual de su vecino del barrio de Santiago José Mercé.

De toque sereno, preciso y alejado del efectismo, Moraíto nació en el seno de una familia de artistas y pronto se hizo un nombre en su ciudad natal, y por extensión en el mundo flamenco, acompañando a cantaoras como La Paquera de Jerez. Precisamente ellos, los cantaores, alabaron hasta la saciedad su calidad como acompañante, faceta en la que siempre fue muy solicitado por las figuras del cante jondo. También grabó dos discos en solitario. El segundo de ellos, Morao, Morao, cayó en mis manos hace más o menos una década en una de mis frecuentes visitas a las bibliotecas públicas de Barcelona, y gracias a eso he podido disfrutar desde entonces de un trabajo bien hecho que desgraciadamente ya no va a tener continuidad discográfica. Moraíto, eso sí, ha dado esa continuidad a su dinastía y transmitido su talento a su hijo Diego del Morao, uno de los guitarristas flamencos más brillantes que he oído en esta década. Y, por supuesto, nos queda su música.

Por tangos:

Acompañando a José Mercé:

HOY SNOB, MAÑANA DEMODÉ

En el interesante blog sobre gastronomía que Mikel López Iturriaga tiene en El País, hay un apartado dedicado a la comida viejuna (término original de los chicos de Muchachada Nui), es decir, a aquellos platos que en su día surgieron de los restaurantes de postín, arrasaron después en todo tipo de establecimientos hosteleros y cayeron por fin en el olvido más absoluto. Y creo que estas historias de auge y caída no se limitan en nuestra sociedad a lo gastronómico, sino que ocurren en casi todos los ámbitos de la vida, desde los más triviales a los más profundos.

El esquema sería el siguiente: un día, una mente privilegiada y con mucho tiempo libre para inventar cosas crea algo y lo divulga entre su círculo de allegados, que pasan a ser algo así como los happy few stendhalianos. Entre ellos habrá algún crítico, especialista, experto o similar que desde su foro hará saber al resto de los mortales que es de los pocos elegidos que puede disfrutar de ese fenómeno tan rompedor. Pocas cosas joden tanto al resto de los mortales que ver cómo otros van a orgías mientras ellos se la cascan en casa, así que el producto (vamos a llamarlo así, porque hoy en día casi todo lo es) se comercializa o difunde para un público mucho más amplio, lo que tiene dos consecuencias básicas: que su calidad bajará, porque para que el invento llegue a muchas bocas se ha de bajar el listón y no ir por ahí hundiendo cerebros o bolsillos, y que los happy few del principio despreciarán su antiguo objeto de deseo porque sólo adoran lo que tienen mientras los demás carezcan de ello y la plebe les mire con envidia. Cuando los árbitros del buen gusto se cansan de algo, pronto lo que era estiloso se convierte en hortera, el fenómeno de hoy es el olvidado de mañana, y la fiesta vuelve a empezar desde el principio con un nuevo invento. No sé si la gastronomía imita a la vida o viceversa, pero creo que la mejor forma de no pasar de moda es no estarlo nunca. Y la rueda jamás se detiene, pues cuando las mentes privilegiadas ya no inventan un carajo, siempre nos queda el revival.