SÁBADOS

Hoy, que es sábado y vengo de un paseo pasado por agua por el centro de mi ciudad, me ha venido a la cabeza una frase del escritor andaluz José Manuel Caballero Bonald que había leído antes de salir, y que es justo lo que veo cuando salgo por ahí:

“EN LA SUPERFICIE, DIGAMOS QUE EN LA CALLE DE LOS SÁBADOS, HAY MUCHA DESENVOLTURA, MUCHO AIRE DE DESPREOCUPACIÓN, PERO EN EL FONDO HAY TAMBIÉN MUCHO MALESTAR, ALGUNA TRISTEZA”.

LA AUTOSECRETARIA GENERAL

La todavía ministra de Defensa, Carme Chacón, se ha preguntado en voz alta por qué una mujer catalana no puede dirigir el PSOE. Nada lo impide, lógicamente. Ahora sólo falta que los socialistas encuentren entre sus filas una mujer catalana dotada de suficiente talla política como para dirigir el partido porque, desde luego, la señora Chacón está muy lejos de serlo. Su trayectoria demuestra que su nivel político anda muy por debajo de su ego. Y que nadie se equivoque, si la muy trepa Pijiministra no se come una rosca en sus indisimuladas ambiciones sucesorias no será por ser mujer ni catalana sino, sencillamente, porque no vale.

DESTINO

Frase de mi muy admirado Camilo José Cela:

“LOS MISMOS CUEROS TENEMOS TODOS LOS MORTALES AL NACER Y, SIN EMBARGO, CUANDO VAMOS CRECIENDO, EL DESTINO SE COMPLACE EN VARIARNOS COMO SI FUÉSEMOS CERA”.

 

CIERRE PATRONAL

Los jugadores de la NBA son unos privilegiados. Tanto, que pueden permitirse no ceder al chantaje de los dueños de sus equipos y contestar “lo dejo” ante un ultimátum de lo más ridículo, porque, como cualquier otro negocio, el baloncesto profesional en Estados Unidos no es nada sin sus jugadores, la única razón de ser del espectáculo. Si los propietarios de los equipos pierden dinero, cosa que difícilmente afectará a sus elefantiásicas cuentas corrientes y que hará reír mucho a gente como Roman Abrámovich, siempre pueden venderlos. Como seguidor del baloncesto europeo, en mi opinión de mayor riqueza conceptual y táctica que el que se juega en la NBA, celebro que el lockout nos haya traído a brillantes jugadores como Deron Williams o Farmar, y el retorno a Europa de auténticas estrellas de la canasta como Tony Parker, Kirilenko, Batum, Rudy Fernández, Splitter, Pekovic, Ilyasova o Krstic (todos ellos admirados por quienes les vimos jugar antes de irse a hacer las Américas, más allá de banderas o colores) … y los que vendrán, es decir, todos aquellos jugadores que no quieran estar parados, sino competir, en vez de jugar pachangas entre ellos o hacer clinics con público y pagados a precio de oro en China. NBA sí, por supuesto, pero la idea de ver las mejores Ligas nacionales, y desde luego la mejor Euroliga, de la historia, tampoco es poca cosa.

NORMAS PARA LA TRANSFORMACIÓN PENDIENTE

Transcribo un artículo muy inspirador, escrito por el filósofo esloveno Slavoj Zizek y publicado en la edición de hoy de mi diario favorito de las Españas, El País. La traducción es de María Luisa Rodríguez Tapia.

El violento silencio de un nuevo comienzo

¿Qué hacer después de la ocupación de Wall Street, de que las protestas que comenzaron lejos (Oriente Próximo, Grecia, España, Reino Unido) hayan llegado al centro y ahora, reforzadas, estén volviendo a extenderse por el mundo? Uno de los grandes peligros que afrontan los manifestantes es el de enamorarse de sí mismos, de lo bien que se lo están pasando en los sitios ocupados. En San Francisco, en una concentración de solidaridad con Wall Street, el 16 de octubre de 2011, se oyó una invitación a participar en la protesta como si fuera una concentración jipi de los años sesenta: “Nos preguntan cuál es nuestro programa. No tenemos programa. Estamos aquí para pasárnoslo bien”.

Organizar una feria es barato; lo verdaderamente importante es lo que queda al día siguiente, en qué cambia nuestra vida diaria. Los manifestantes deben enamorarse del trabajo duro y paciente. No son un final, sino un comienzo, y su mensaje fundamental es: se ha roto el tabú, no vivimos en el mejor mundo posible, y tenemos el derecho, e incluso el deber, de pensar alternativas. En una especie de triada hegeliana, la izquierda occidental ha vuelto a sus principios: después de abandonar el llamado “fundamentalismo de la lucha de clases” por la pluralidad de las luchas antirracistas, feministas, etcétera, el problema fundamental vuelve a ser el “capitalismo”. La primera lección debe ser: no debemos culpar a personas ni actitudes. El problema no son la corrupción ni la codicia, es el sistema que nos empuja a ser corruptos. La solución no es “la calle frente a Wall Street”, sino cambiar este sistema en el que la calle no puede funcionar sin Wall Street.

Queda mucho camino por recorrer, y pronto habrá que abordar los interrogantes verdaderamente difíciles, no sobre lo que no queremos, sino sobre lo que queremos. ¿Qué organización social puede sustituir al capitalismo actual? ¿Qué tipo de dirigentes necesitamos? ¿Qué órganos, incluidos los de control y represión? Es evidente que las alternativas del siglo XX no han funcionado. Aunque la “organización horizontal” de las multitudes concentradas, con su solidaridad igualitaria y sus debates abiertos, resulta emocionante, no debemos olvidar lo que escribió Gilbert Keith Chesterton: “Tener la mente abierta, en sí, no es nada; el objeto de abrir la mente, como el de abrir la boca, es poder cerrarla con algo sólido dentro”. Lo mismo ocurre con la política en épocas de incertidumbre: los debates abiertos tendrán que fundirse en nuevos significantes fundamentales, pero también en respuestas concretas a la vieja pregunta leninista: “¿Qué hacer?”.

Es fácil responder a los ataques conservadores directos. ¿Son antiamericanas las protestas? Cuando los fundamentalistas conservadores aseguran que Estados Unidos es una nación cristiana, conviene recordar lo que es el cristianismo: el Espíritu Santo, la comunidad libre e igualitaria de creyentes unidos por el amor. Los manifestantes son el Espíritu Santo, mientras que, en Wall Street, los paganos adoran a falsos ídolos. ¿Son violentos los manifestantes? Es cierto que su lenguaje puede parecer violento (ocupación y otros mensajes similares), pero lo son en el sentido en el que era violento Mahatma Gandhi. Son violentos porque no quieren que las cosas continúen como hasta ahora. ¿Pero qué violencia es esta comparada con la necesaria para sostener el buen funcionamiento del sistema capitalista mundial? Se les llama perdedores, pero ¿no están los verdaderos perdedores en Wall Street, y no les hemos rescatado con nuestro dinero, cientos de miles de millones? Se les llama socialistas, pero, en Estados Unidos, ya existe un socialismo para los ricos. Se les acusa de no respetar la propiedad privada, pero las especulaciones que desembocaron en la crisis de 2008 aniquilaron más propiedad privada, ganada con esfuerzo, que si los manifestantes se dedicaran a hacerlo noche y día; baste recordar los cientos de hipotecas ejecutadas.

No son comunistas, si por comunismo nos referimos al sistema que se vino merecidamente abajo en 1990; y recordemos que los comunistas que quedan hoy gobiernan el capitalismo más despiadado que existe (China). El éxito del capitalismo comunista de China es un mal presagio de que el matrimonio entre capitalismo y democracia está aproximándose a un divorcio. El único sentido en el que se les puede llamar comunistas es que les importan los bienes comunes -los bienes comunes de la naturaleza, del conocimiento-, que el sistema está poniendo en peligro. Les desprecian por ser soñadores, pero los auténticos soñadores son quienes piensan que las cosas pueden seguir indefinidamente como están, con meros cambios superficiales. No son soñadores, son el despertar de un sueño que está convirtiéndose en una pesadilla. No destruyen nada, reaccionan ante la autodestrucción gradual del propio sistema. Todos conocemos la típica escena de dibujos animados: el gato llega al borde del precipicio, pero sigue andando, sin saber que ya no tiene suelo bajo los pies, y no se cae hasta que no mira hacia abajo y ve el abismo. Lo que están haciendo los manifestantes es recordar a quienes tienen el poder que deben mirar hacia abajo.

Esa es la parte fácil. Los miembros del movimiento deben cuidarse de los enemigos y, sobre todo, de los falsos amigos que fingen apoyarles pero ya están haciendo todo lo posible para diluir la protesta. Igual que nos dan café descafeinado, cerveza sin alcohol, helado sin grasa, el poder intentará convertir las protestas en un gesto moralista e inocuo. En el boxeo, “abrazarse” es agarrar el cuerpo del rival con los brazos para impedir o dificultar los golpes. La reacción de Bill Clinton a las protestas de Wall Street es un ejemplo perfecto de abrazo político; Clinton cree que las protestas son “en conjunto… algo positivo”, pero le preocupa que la causa sea tan difusa: “Deben defender algo concreto, no solo mostrarse en contra, porque, si se limitan a estar en contra, otros llenarán el vacío que han creado”, dijo. Clinton sugirió que los miembros del movimiento apoyen el plan de empleo del presidente Obama, que, según él, creará “dos millones de puestos de trabajo en el próximo año y medio”.

A lo que hay que resistirse en esta etapa es precisamente a ese deseo de traducir rápidamente la energía de la protesta en una serie de demandas “pragmáticas” y “concretas”. Es verdad que las protestas han creado un vacío: un vacío en el terreno de la ideología hegemónica, y hace falta tiempo para llenarlo como es debido, porque es un vacío cargado de contenido, una apertura para lo Nuevo. Los manifestantes salieron a la calle porque estaban hartos de un mundo en el que reciclar las latas, dar un par de dólares a obras benéficas o comprar un capuchino en Starbucks porque el 1% va al Tercer Mundo basta para sentirse a gusto. Después de externalizar el trabajo y la tortura, después de que las agencias matrimoniales hayan empezado a externalizar incluso las relaciones, vieron que llevaban mucho tiempo dejando externalizar sus compromisos políticos, y quieren recuperarlos.

El arte de la política también es insistir en una demanda concreta que, aunque sea totalmente “realista”, trastorna la ideología hegemónica, es decir, que, pese a ser factible y legítima, en la práctica es imposible (por ejemplo, la sanidad universal en Estados Unidos). Después de las protestas de Wall Street, debemos movilizar a la gente por esas demandas, pero es muy importante permanecer alejados del terreno pragmático de las negociaciones y las propuestas “realistas”. No debemos olvidar que cualquier debate que se haga aquí y ahora seguirá siendo necesariamente un debate en el campo enemigo, y hará falta tiempo para desplegar el nuevo contenido. Todo lo que digamos ahora nos lo podrán quitar (recuperar); todo menos nuestro silencio. Este silencio, este rechazo al diálogo, a los abrazos, es nuestro “terrorismo”, tan amenazador y siniestro como debe ser.

 

MORIR O NO MORIR

Oficialmente, no ha pasado nada anormal. Que en el principal hospital de la provincia de Girona te diagnostiquen un aneurisma cerebral y te envíen al de la Vall d´Hebron, en Barcelona, es normal; que allí suspendan hasta en dos ocasiones la intervención quirúrgica que puede salvarte la vida, también es normal. Normal en un país subdesarrollado y gobernado por miserables con despacho, claro. La historia de María del Carmen Mesa, su peregrinación por cuatro hospitales catalanes sin que recibiera algo parecido a una atención médica digna hasta que ya fue demasiado tarde, es la historia de una muerte quizá evitable. Sea como sea, es la historia de una gran derrota colectiva, la de todos nosotros. En este país, además de quirófanos y medios técnicos, faltan otras muchas cosas. Y sobra cierta gente que se permite decidir cuánto vale la vida de los demás y puede salir a la calle con una libertad y una seguridad que no merece. Ahora, la pelota está en el tejado de los jueces, que han de elegir entre convertir este caso en una triste excepción, o permitir que, de ahora en adelante, pase a ser una regla amparada en la impunidad.

TABUCCHI

El diario El País publica en su edición de hoy un artículo del novelista Antonio Tabucchi que reproduzco a continuación porque supone, a mi entender, un muy atinado resumen de lo que ha supuesto la época Berlusconi en Italia. La traducción es de Carlos Gumpert:

“Desberlusconizar Italia

Los mercados europeos han “despedido” a Silvio Berlusconi. Es un alivio saber a un monstruo semejante apartado de la vida pública. Pero no será tan fácil desberlusconizar Italia ni erradicar el microbio que ha difundido por toda Europa. Recientemente, en un programa que circula por la web y en televisiones locales asociadas con SkyTV, pudieron volver a ver los italianos a un gran periodista, Michele Santoro, a quien Berlusconi, amo definitivo también de la televisión estatal, había expulsado hace dos meses. Así como logró borrar de la televisión pagada por los italianos los escasos programas que proporcionaban una información objetiva. Presente en el programa Clandestino de Santoro, el jefe del Partido Democrático, el mayor partido de la oposición (Pierluigi Bersani, expartido comunista) quiso apropiarse de la coyuntura declarando “Somos NOSOTROS quienes hemos desarzonado a Berlusconi”.

Vayamos a los hechos. La historia empieza en 1993, cuando se produce una extraña coincidencia comentada por todos los arrepentidos mafiosos: por un lado, matanzas y bombas de la mafia en varias ciudades italianas (Florencia, Milán, Roma) y, por otro, la fundación de un nuevo partido, Forza Italia, por Berlusconi con su amigo Marcello Dell’Utri (hoy condenado en segundo grado por concurso externo con la mafia y senador) y la fiel amistad del abogado Cesare Previti (hoy condenado por corromper a jueces) y de Gianni Letta, director de un periódico de derechas de Roma.

En 1994 Berlusconi gana las elecciones. Pero su Gobierno cae poco después a causa de la retirada del apoyo de un pequeño partido de inspiración neonazi y separatista, la Liga Norte. Berlusconi parece un hombre acabado. Sus deudas con los bancos son enormes, sus empresas están en crisis. Podría dar con sus huesos en la cárcel. Pero he aquí que un hombre del Partido Democrático (por entonces Democráticos de Izquierdas), el mismo partido excomunista de Bersani, le lanza un salvavidas. Se llama Massimo D’Alema, ha hecho carrera en el Partido Comunista a la sombra de un padre senador del PC y encabeza un Gobierno de transición tras la caída de Berlusconi. D’Alema, que se considera un estadista, siente la necesidad de “reformar” la Constitución italiana, que considera demasiado vieja (fue promulgada en 1947). Y, en particular, lo que atañe a la Justicia. Una “necesidad” que solo advertía D’Alema, pero como “gran estadista” desea formar una comisión bicameral para discutir los problemas de la justicia con la oposición de derechas, es decir, con Silvio Berlusconi. Berlusconi, que empezó su carrera como animador de piano-bar y cantante de cruceros para acabar siendo el mayor constructor de Milán gracias a su amistad con Bettino Craxi, entonces político poderoso y más tarde condenado por corrupción y prófugo en Túnez, se convierte, con la inestimable colaboración de D’Alema, en un “estadista”. Su estrella política renace, las puertas de Italia se le abren de par en par, gana de nuevo las elecciones, dinamita la comisión bicameral y a D’Alema, y se impone como el amo de Italia.

17 años de poder en beneficio propio

Hoy que Berlusconi se va, será difícil desmontar su imperio, todo aquello de lo que se ha apropiado y anular las leyes anticonstitucionales que en estos 17 años de poder ha promulgado en beneficio propio. Porque es necesario aclarar que no han sido 17 años de dominio ininterrumpido: hubo también épocas en las que el centroizquierda hubiera podido hacerle frente: primero el Gobierno del propio D’Alema, de octubre de 1998 a diciembre de 1999, y después el Gobierno Prodi, de mayo de 2006 a mayo de 2008. Romano Prodi fue el único político italiano capaz de derrotar a Berlusconi, pero su Gobierno de coalición, que abarcaba desde un centro excesivamente de derechas a una izquierda demasiado radical, fue constantemente socavado por un lado y por otro, sobre todo por dos nefastos personajes: Clemente Mastella, líder de una derecha con un electorado clientelar en la región de Nápoles (hoy, él mismo y muchos de sus representantes están siendo objeto de investigaciones judiciales) y Fausto Bertinotti y el extraño partido de Refundación Comunista. Bertinotti, aficionado a participar cada noche, vestido por los mejores diseñadores italianos, en el programa televisivo más sórdido de la RAI, presentado por el periodista Bruno Vespa, quien permitió realizar a Berlusconi un “contrato televisivo con los italianos”, con el que Berlusconi prometió un paraíso a quienes le escuchaban.

Hoy puede decirse que Berlusconi creó un mundo ficticio gracias a su imperio televisivo y mediático y que los italianos cayeron en un “Show de Truman”, como lo ha definido Barbara Spinelli. Pero no hay que olvidar que este “Show de Truman” ha producido leyes concretas, una situación concreta, un régimen. Y tampoco hay que olvidar las verdaderas responsabilidades de quienes han sido condescendientes con ese grotesco espectáculo, que desgraciadamente no se ciñó únicamente a la televisión sino que afectó a la vida real. Para empezar, la clase dirigente, es decir, los mismos industriales italianos que hoy tanto se quejan. Fueron ellos quienes exaltaron a Berlusconi y vieron en él al Hombre Nuevo que podía dar mayores ganancias a una categoría a la que, desde luego, ganancias nunca faltaron. Igual que los industriales y propietarios agrícolas con Mussolini, los empresarios italianos han dado muestras de su incapacidad ante una nueva economía mundial. Cerriles, mezquinos, provincianos, ávidos, de un apetito sin fin, vieron en Berlusconi al hombre que les consentiría pagar menos impuestos y explotar mejor a sus obreros.

El otro gran cómplice del berlusconismo ha sido el Vaticano. Berlusconi ha destrozado la escuela pública, favoreciendo la escuela confesional e inyectando mucho dinero (no del suyo, sino del Estado) en favor de la escuela privada de orientación católica. Los coqueteos, los acuerdos, los compromisos entre Berlusconi y la Conferencia Episcopal durante estos años han tenido algo de obsceno. El cardenal Bertone, uno de sus mayores aliados, sigue siendo consejero del Papa. La tercera responsabilidad de la anestesia de las conciencias que han sufrido los italianos la atribuyo a la llamada prensa independiente y liberal. Berlusconi llegó al extremo de considerar la prensa como algo de su propiedad. Los españoles recordarán un encuentro oficial entre Berlusconi y Zapatero donde, lamentándose del corresponsal de El PAÍS, Miguel Mora, Berlusconi dijo a un Zapatero que se limitaba a sonreír que sus periodistas no se comportaban bien. Lo cierto es que Berlusconi dispone con los medios que controla de una auténtica batería de cañones. En primer lugar, el diario Il Giornale (perteneciente a su hermano Paolo, condenado por corrupción) y además Libero e Il Foglio de Giuliano Ferrara, ex-ministro y consejero personal suyo, periódicos dirigidos por gente sin escrúpulos. Vittorio Feltri, uno de los directores de Libero, es aún temible por todos los dosieres proporcionados por los servicios secretos próximos a Berlusconi, que han tenido fichados secretamente a periodistas, intelectuales, economistas, industriales, banqueros y políticos. Estos ficheros permitieron a Berlusconi increíbles acciones de linchamiento de sus opositores, a menudo con el consenso del Vaticano. Baste mencionar el caso de Dino Boffo, director del diario católico Avvenire, sobre quien Feltri publicó un falso dossier policial haciéndolo pasar por homosexual. Se desconoce si fue una filtración o un montaje del periódico, pero Feltri, tras algunos meses suspendido por el colegio de periodistas, se excusó por el error y es de nuevo uno de los más temibles periodistas italianos, inventor del “Metodo Boffo”.

Otro periódico con graves responsabilidades es el Corriere della Sera. Tradicionalmente órgano de la burguesía del Norte, hubiera podido alinearse con una burguesía ilustrada y progresista que también existe (el abogado Pisapia, representante de esta mentalidad, ganó recientemente las elecciones municipales en Milán), pero optó por la burguesía más reaccionaria y fascistoide. Cuando el director Ferruccio De Bortoli decidió publicar por entregas La rabia y el orgullo, de Orianna Fallaci, uno de los libros más xenófobos y nefastos del periodismo italiano, se cruzó el Rubicón. El libro fue también premiado por el presidente de la República C. A. Ciampi, el mismo que firmó el envío de tropas italiana a Irak bajo el nombre de “misión de paz”. El berlusconismo ha sido una época entera.

Si hay hoy en la prensa italiana un periódico que pueda presumir de haber desarzonado a Berlusconi es Il fatto quotidiano, dirigido por Antonio Padellaro y por el más valeroso periodista italiano, quien prácticamente solo ha hecho frente al aluvión de tanta prensa infecta: Marco Travaglio. En sus libros y sus artículos, Travaglio nunca ha dejado de denunciar las conexiones de Berlusconi con la extrema derecha, las finanzas de negocios más sucios, la mafia, Putin, Gadafi. Lo peor con lo que Berlusconi ha tejido el entramado de su poder.

Por esto será difícil deshacer la tela que se le permitió tejer a Berlusconi en 17 años de poder. No me demoro en las profundas heridas que mediante sus leyes en beneficio propio ha infligido Berlusconi a la Constitución italiana y por lo tanto a las reglas de la Unión Europea. Son muchas, algunas de difícil remedio. Los mercados han provocado su caída, pero la Unión Europea lo ha tolerado hasta hoy. Habrá que esperar acontecimientos”.

 

SE VA EL CAIMÁN

La dimisión de Silvio Berlusconi, personaje tan siniestro (no precisamente por su orientación política) como ridículo, es una de las pocas buenas noticias que nos ha traído la crisis en Europa. Se va el viejo proxeneta, que lo ha sido no de unas cuantas mujeres, sino de todo un país que le ha reído sistemáticamente las gracias o ha mirado hacia otro lado mientras el mal llamado Cavaliere se quedaba, literalmente, con todo. Lo que venga ahora, sea lo que sea, sólo puede ser mejor. Más nos vale, porque la caída de la tercera economía de la zona euro situaría a toda la UE en un punto de no retorno.

12

Nueva píldora, recomendada para fans de Rilke, si es que aún queda alguno, y artistas frustrados de toda procedencia.

ESCRIBIR COMO BUKOWSKI ES FÁCIL

“ Más de un hombre bueno ha acabado en el arroyo por culpa de una mujer”

HENRY CHINASKI

“ Mediocres del mundo, yo os absuelvo”

F. MURRAY ABRAHAM (Antonio Salieri) en Amadeus

Carlos Almeida era un joven más bien tímido que de mayor quería llegar a ser un escritor provocador. Después de pasarse toda la adolescencia imitando a Rilke y comiéndose las pocas roscas que dejaban caer al suelo los músicos (y suerte que a esa edad aún no sueles tropezarte con narradores), un día cayó en sus manos Trópico de Cáncer y su universo de pasiones arrebatadas y florecillas silvestres se tambaleó hasta derrumbarse. Aquel yanqui sabía escribir, vivía la vida y follaba como un descosido. “A la mierda Rilke”, dijo a su espejo nada más terminar el libro.

En la vida real, Carlos Almeida era contable en una empresa de embutidos. Levantarse cada mañana a las seis y media suponía un freno considerable a sus ansias de bohemia desenfrenada, pero supo apañárselas para mantener la doble imagen de aprendiz de escritor depravado y empleado del mes y, además, emparejarse con una chica razonablemente bella y bastante inteligente llamada Carolina. Ése fue el principio de su final como escritor.

Poco antes de conocer a Carolina, Carlos descubrió a Charles Bukowski, y ese descubrimiento significó un antes y un después en su forma de escribir. Aprendió que lo que callaba, y lo que casi todos los demás escritores también callaban, tal vez era más interesante, o al menos estaba más vivo, que lo que escribían. Durante un par de meses creó varios relatos cortos, deudores del estilo del ”mártir truculento del sueño americano” (así fue bautizado el también conocido como Henry Chinaski en un periódico parisino; nadie mejor que los franceses para el palabreo pomposo), que tuvieron muy buena acogida entre sus amigos escritores y otros compañeros de parranda. Por fin, el aprendiz de narrador parecía haber encontrado su camino. Pero como la dicha nunca es completa, Carolina leyó sus relatos:

–         No están mal -dijo-, aunque siguen demasiado ciertas modas actuales, y se nota que te gusta Bukowski.

–         ¿ Y qué tiene eso de malo?- preguntó Carlos.

–         Nada –contestó Carolina-, pero escribir como Bukowski es fácil. Basta con transcribir tu vida real.

Carlos hubiera podido decir muchas cosas, pero gran parte de ellas supondrían quedarse sin la única novia que tenía, así que optó por el silencio. A él le gustaban sus relatos, le divertía leerlos y, qué carajo, si el autor fuese otra persona él diría igualmente que varios de ellos eran cojonudos, aunque ni la mitad que los de Bukowski.  Esta idea empezó a torturarle: si tan fácil era escribir como el gran Hank, ¿qué valor tenían las historias de Carlos Almeida, el mismo que los solos de los cientos de trompetistas que querrían ser Freddie Hubbard? ¿Otro imitador barato? ¿Un nuevo escritor de karaoke?¿Merecía la pena sacrificarlo todo, Carolina incluida, por un talento más bien dudoso, y por un éxito más dudoso todavía? El mundo, que ya tenía su Hesse, su Joyce, su Dostoievski, su (tengo que decirlo) Bukowski, ¿le necesitaba también a él? Porque, si la respuesta a esta última pregunta era afirmativa, eso suponía dejarlo todo y dedicarse únicamente a escribir, sin Carolina, sin jamones y, previsiblemente, sin dinero. Entonces sí podría llegar a escribir como Bukowski… si lograba sobrevivir el tiempo suficiente, claro.

*                            *                          *

Carlos Almeida se pasó una semana encerrado en casa, sin hablar con nadie, intentando encontrar la respuesta correcta a todas aquellas preguntas. Por lo que me han contado, hoy, cinco años después de aquella crisis, tiene dos hijos fruto de su matrimonio con Carolina, es jefe de contabilidad en la empresa de embutidos y no ha vuelto a escribir un solo relato. Descanse en paz.

ESTAMOS CONTIGO

Envío desde mi humilde blog un mensaje de solidaridad a Don Iñaki Urdangarin, falsamente acusado por la carroña subversiva de haberse llevado unos milloncejos por la patilla. Mucha envidia es lo que hay. En todo caso, lo único que ha hecho el deportista mozarrón del Norte-Nordeste (que bien nos lo hemos comido por acá, bodorrio incluido) es lo que hubiera querido para sí un servidor: jugar en el Barça (aunque sea de balonmano), pegar un braguetazo para no dar un palo al agua hasta la incineración, e hincharse de pasta a costa de la plebe. Tener que casarse con una infanta es la ineludible penitencia por tanta felicidad, ahora puesta en entredicho por un juez maliciosillo. Lo dicho, Iñaki, eres un español ejemplar y estamos contigo.