Y BORGES DIJO

Frase llena de sabiduría, y espero que profética, fruto de la mente de uno de esos escritores que demuestran que también el premio Nobel se equivoca: Jorge Luis Borges, fallecido hace 25 años.

“CREO QUE CON EL TIEMPO MERECEREMOS QUE NO HAYA GOBIERNOS”.

RELATO Nº3

Tercera píldora, indicada para ser leída tras una breve ojeada al álbum de fotos familiar.

PANDEMIA

No puedo afirmarlo con certeza, pero si hago caso a lo que dicen mis padres, que nunca mentirían sobre tan trascendental dato, nací el catorce de abril de mil novecientos setenta y tres, justo a tiempo de chafarles las vacaciones de Semana Santa. A eso se le llama precocidad.

A mi madre aún le gusta recordar los sufrimientos que le ocasionaron mis continuos lloros, tan continuos que durante mi primer año de vida sólo estuve un día sin llorar, el veinte de diciembre para ser exactos. Sí, ya sé, fue el día que liquidaron a Carrero Blanco pero, pueden creerme, se trata de una simple coincidencia, por más que a mi padre la circunstancia no le pasara desapercibida: “Habrá que matar a uno de esos cada día para que el niño se calle”, repetía a cada nuevo despliegue lacrimal. Por suerte, ningún familiar tomó la frase en sentido estricto, ahorrándome así el trauma de ser el causante directo del ingreso en el mundo del terrorismo de algún pariente cercano.

Al cumplir tres años dejé de llorar, y no volví a hacerlo hasta que me prohibieron hacer la primera comunión, al descubrir el anciano sacerdote de la parroquia un buen número de pareados guarros escritos con letra infantil en mi libro de catequesis. La causa de mis lágrimas no fue el verme excluido de tan horrible ceremonia; lo que de verdad me hundió fue perder la pasta que iba a conseguir a cambio de que toda la parentela pudiera verme hacer el ridículo vestido de marinerito, pasta que un servidor pensaba destinar a comprar todos los tebeos de Mortadelo y Filemón que aún no habían caído en sus ya afiladas garras.

Del resto de mi existencia, tan austera en lágrimas como pródiga en desgracias, sólo diré que aún no he logrado hallar la manera de conseguir los tebeos sin hacer la comunión, extraña enfermedad que comparto con cientos de millones de seres humanos y para la que la ciencia, por el momento, no ha encontrado un remedio adecuado.

MORAÍTO CHICO

Si hay un estilo musical de los que se cultivan en España que merezca sin ningún género de duda el calificativo de arte, ése es sin duda el flamenco. Por desgracia, el género parece abonado en los últimos meses a las malas noticias, y hoy los aficionados hemos conocido otra de ellas: la muerte del guitarrista jerezano Moraíto Chico, conocido principalmente por haber sido durante años el tocaor habitual de su vecino del barrio de Santiago José Mercé.

De toque sereno, preciso y alejado del efectismo, Moraíto nació en el seno de una familia de artistas y pronto se hizo un nombre en su ciudad natal, y por extensión en el mundo flamenco, acompañando a cantaoras como La Paquera de Jerez. Precisamente ellos, los cantaores, alabaron hasta la saciedad su calidad como acompañante, faceta en la que siempre fue muy solicitado por las figuras del cante jondo. También grabó dos discos en solitario. El segundo de ellos, Morao, Morao, cayó en mis manos hace más o menos una década en una de mis frecuentes visitas a las bibliotecas públicas de Barcelona, y gracias a eso he podido disfrutar desde entonces de un trabajo bien hecho que desgraciadamente ya no va a tener continuidad discográfica. Moraíto, eso sí, ha dado esa continuidad a su dinastía y transmitido su talento a su hijo Diego del Morao, uno de los guitarristas flamencos más brillantes que he oído en esta década. Y, por supuesto, nos queda su música.

Por tangos:

Acompañando a José Mercé:

HOY SNOB, MAÑANA DEMODÉ

En el interesante blog sobre gastronomía que Mikel López Iturriaga tiene en El País, hay un apartado dedicado a la comida viejuna (término original de los chicos de Muchachada Nui), es decir, a aquellos platos que en su día surgieron de los restaurantes de postín, arrasaron después en todo tipo de establecimientos hosteleros y cayeron por fin en el olvido más absoluto. Y creo que estas historias de auge y caída no se limitan en nuestra sociedad a lo gastronómico, sino que ocurren en casi todos los ámbitos de la vida, desde los más triviales a los más profundos.

El esquema sería el siguiente: un día, una mente privilegiada y con mucho tiempo libre para inventar cosas crea algo y lo divulga entre su círculo de allegados, que pasan a ser algo así como los happy few stendhalianos. Entre ellos habrá algún crítico, especialista, experto o similar que desde su foro hará saber al resto de los mortales que es de los pocos elegidos que puede disfrutar de ese fenómeno tan rompedor. Pocas cosas joden tanto al resto de los mortales que ver cómo otros van a orgías mientras ellos se la cascan en casa, así que el producto (vamos a llamarlo así, porque hoy en día casi todo lo es) se comercializa o difunde para un público mucho más amplio, lo que tiene dos consecuencias básicas: que su calidad bajará, porque para que el invento llegue a muchas bocas se ha de bajar el listón y no ir por ahí hundiendo cerebros o bolsillos, y que los happy few del principio despreciarán su antiguo objeto de deseo porque sólo adoran lo que tienen mientras los demás carezcan de ello y la plebe les mire con envidia. Cuando los árbitros del buen gusto se cansan de algo, pronto lo que era estiloso se convierte en hortera, el fenómeno de hoy es el olvidado de mañana, y la fiesta vuelve a empezar desde el principio con un nuevo invento. No sé si la gastronomía imita a la vida o viceversa, pero creo que la mejor forma de no pasar de moda es no estarlo nunca. Y la rueda jamás se detiene, pues cuando las mentes privilegiadas ya no inventan un carajo, siempre nos queda el revival.

 

KRUGMAN

Esta mañana he leído (traducido al español) un artículo publicado por el Nobel de economía Paul Krugman en The New York Times. En dicho artículo se afirma que la culpa de que la situación política en EE.UU. esté provocando graves problemas económicos corresponde casi en exclusiva a la derecha, a esa extrema derecha enferma de ignorancia, arrogancia y sinrazón agrupada bajo el paraguas del Tea Party. Pienso que Krugman acierta, pero olvida un detalle importante: que en buena parte esa ultraderecha soberbia, encantada de haberse conocido y eterna poseedora de la verdad absoluta ha sido creada por la izquierda, en Estados Unidos y en la práctica totalidad del mundo occidental. Esa izquierda que primero renunció a sus principios marxistas para ocupar los más altos cargos de las repúblicas democráticas o de las monarquías parlamentarias, que más tarde perdió toda referencia ideológica al hundirse el bloque soviético y que ha vivido desde entonces agarrada a ser, en el mejor de los casos, el mal menor para las clases medias y populares, es la principal responsable de que el capitalismo salvaje se haya adueñado de todo el poder y haya perdido el miedo al enemigo por la renuncia anticipada de éste a plantear batalla.  Si para algo ha de servir el socialismo democrático es para, aceptando la propiedad privada y el libre mercado por la sencilla razón de que hasta ahora no hemos sido capaces de inventar algo mejor, llevar al capitalismo lo más cerca posible del socialismo (servicios públicos universales, igualdad de oportunidades, laicismo de Estado, expansión de los derechos y libertades individuales, internacionalismo frente a nacionalismo). Es obvio a estas alturas que el fracaso, en general, ha sido mayúsculo, y que las perspectivas inmediatas no son nada halagüeñas, pese a que, como han demostrado con maneras en general bastante pacíficas los movimientos de indignados en diversos países, y se está viendo de un modo mucho más bestial estos días en Inglaterra, el sistema es débil y la fuerza de no demasiados le hace temblar más de lo que creemos o queremos ver. Quizá si los líderes y representantes de las clases populares salieran de ellas mismas, y no de otras, los gallos nos cantarían de otra manera, pero, hoy por hoy, la situación de la izquierda política, o de lo que pueda quedar de ella en gran parte de nuestra civilización, es sencillamente lamentable porque, hablando claro, la derecha cada vez es más derecha, y la izquierda ya no sabe ni lo que es, ni lo que quiere ser.

 

FWN

Si hablamos de maestros del aforismo, el nombre de Friedrich Nietzsche debe figurar sin duda alguna en los primeros puestos de la lista. Ahí va una de las muchas frases suyas que iré incluyendo en el blog, extraída del que tal vez sea su libro clave, Así habló Zaratustra:

“VUESTRO AMOR AL PRÓJIMO ES VUESTRO MAL AMOR A VOSOTROS MISMOS”

Dedicada a todos aquellos que necesitan del mal ajeno para sentirse buenos y generosos.

LA PRIMA SE CALMA

Movió ficha el BCE (ya era hora), y la prima de riesgo de España e Italia ha descendido de manera notable. A la espera de ver cómo evoluciona el tema en los próximos días (el anuncio de Moody´s de que mantendrá la triple A con la que califica a la deuda USA también es un balón de oxígeno), de momento todo el mundo gana. El BCE adopta una posición de fuerza que contrasta con mucho de lo hecho hasta la fecha, los países periféricos del euro respiran (¿ahora habrá que retrasar las elecciones generales en España?) y los malos de la película observan un movimiento que sospecho les complace, por aquello de que aleja de la orilla a los actores principales de esta obra. Veremos qué nos deparan los próximos actos.

ISRAEL SE MUEVE

Reproduzco íntegramente un interesante artículo que publica hoy El País. En él, el escritor israelí David Grossman analiza el auge del movimiento de los indignados en su país, aunque muchas de las cosas que dice son perfectamente extrapolables a naciones como la nuestra.

UNA VENTANA A UN FUTURO DIFERENTE

El sábado 30 de julio por la tarde, mientras nos manifestábamos en Jerusalén, miré a mi alrededor y vi un río de gente que recorría las calles. Había miles de personas que llevaban años sin hacer oír sus voces, que habían abandonado toda esperanza de cambio, que se habían encerrado en sus problemas y su desesperación.

No les resultó fácil unirse a los jóvenes ruidosos provistos de altavoces. Quizá por la timidez propia de unas personas poco acostumbradas a levantar la voz, sobre todo en medio de un coro de gritos. A veces, tenía la impresión de que nos mirábamos asombrados e incrédulos, sin creernos del todo lo que salía de nuestras bocas. ¿De verdad éramos aquella turba, aquella muchedumbre indignada, que levantaba el puño como habíamos visto hacer en Túnez y Egipto, en Siria y Grecia? ¿Queríamos serlo? ¿Hablábamos en serio cuando gritábamos “¡revolución!”? ¿Qué ocurriría si lo conseguíamos y los lazos que mantenían unida nuestra frágil nación se deshacían? ¿Y si las protestas y las pasiones se transformaban en anarquía?

Sin embargo, después de un rato de desfilar, algo empezó a recorrer nuestras venas: el ritmo, la energía, el sentimiento de unidad. No una unidad que nos intimidase y nos aplastara, sino una unidad heterogénea, abigarrada, familiar e individual al mismo tiempo, una unidad que nos proporcionaba un fuerte sentimiento: aquí estamos, haciendo lo que es debido. Por fin.

Pero entonces llegó la desolación: ¿dónde estábamos hasta ahora? ¿Cómo hemos permitido todo esto?

¿Cómo pudimos resignarnos a que el Gobierno elegido por nosotros convirtiera nuestros sistemas de educación y de salud en un lujo? ¿Por qué no gritamos y protestamos cuando el Ministerio de Economía aplastó a los trabajadores sociales en huelga, y antes de ellos a los discapacitados, a los supervivientes del Holocausto, los ancianos y los jubilados? ¿Cómo es posible que durante años empujáramos a los pobres y los hambrientos a una vida de humillaciones sin fin, en comedores sociales y otras instituciones de beneficencia? ¿Cómo es posible que abandonásemos a los trabajadores extranjeros a merced de personas que les perseguían y les vendían como esclavos de todo tipo, incluso sexuales? ¿Por qué nos acostumbramos a la rapiña de las privatizaciones, que provocó la pérdida de la solidaridad, la responsabilidad, la ayuda mutua, el sentimiento de pertenecer a una misma nación?

Por supuesto, semejante apatía se debió a muchos motivos, pero, en mi opinión, la ocupación es el factor que más ha contribuido al fracaso de los sistemas de control y alerta en la sociedad israelí. Los sectores más enfermos y perversos de nuestra sociedad salieron a la superficie mientras nosotros, tal vez por temor a enfrentarnos a la realidad de nuestras vidas, nos dedicábamos con gran placer a todo tipo de cosas concebidas para embrutecer nuestros sentidos y ocultar esa realidad. De vez en cuando, cuando nos mirábamos en el espejo, algunos se sentían satisfechos por lo que veían y otros se estremecían, pero incluso estos últimos decían: bueno, qué se le va a hacer; suspiraban y le echaban la culpa a La Situación [el conflicto árabe-israelí], como si fuera nuestro destino o un decreto de las alturas. Más aún, dejamos que la televisión comercial llenara el vacío en nuestra conciencia colectiva y pasamos a definirnos en función de luchas por la supervivencia y comportamientos depredadores, a atacarnos unos a otros sin piedad y a despreciar a cualquiera que fuera más débil, o diferente, o menos bello, menos rico o menos listo. Hace años que no hablamos entre nosotros, y más tiempo aún que no escuchamos. Al fin y al cabo, en una atmósfera de codicia y egoísmo, cómo no vamos a atacar a los demás y a pulverizarlos, si eso es precisamente lo que nos enseñan en cada momento: sálvese quien pueda.

Cuanto más nos agotábamos negando sin cesar la realidad, más invitábamos a la opresión, la manipulación y el embrutecimiento de nuestros sentidos, y nos fuimos convirtiendo en víctimas de una política secreta -y eficaz- de divide y vencerás. De modo que una cosa llevó a otra, y nuestras reflexiones honradas sobre el destino y la fatalidad disminuyeron hasta quedarse en peleas por “quién ama al Estado de Israel y quién lo odia”, “quién es leal y quién es traidor”, “quién es un buen judío”, en vez de “quién se ha olvidado de que es judío”; cualquier discusión racional está hoy cubierta de una capa de sentimentalismo, el sentimentalismo patriótico y nacionalista del fariseísmo y el victimismo, la posibilidad de hacer una crítica inteligente de la situación ha ido reduciéndose, e Israel, al final, actúa y se comporta con sus ciudadanos de manera totalmente contraria a los valores e ideales que en otro tiempo le daban su carácter extraordinario y el oxígeno que respiraba.

No obstante, de pronto, en contra de todas las predicciones, hay algo que se ha despertado. La gente se frota los ojos y empieza a abrirse a ese algo, todavía indefinible e impredecible, incluso indescriptible, pero que está adquiriendo forma a través de eslóganes rescatados del tópico, como “¡el pueblo exige justicia social!” y “¡queremos justicia, no caridad!” y otros sentimientos recuperados de épocas anteriores. Existen en el aire indicios de una posible curación, un tikkun, y, por primera vez en mucho tiempo, volvemos a respetarnos a nosotros mismos, como ciudadanos individuales y como pueblo de Israel.

Este despertar está lleno de fuerza, pero también de ingenuidad, y puede embriagarnos. Resulta tentador dejarse llevar por la euforia ante todo lo que ha inspirado este giro de los acontecimientos, hacernos la ilusión de que, una vez más, estamos derribando un viejo orden hasta sus cimientos. Pero no es exactamente eso: el viejo orden no estaba tan mal. Tuvo sus grandes logros, que, entre otras cosas, permiten que el movimiento de protesta exprese sus aspiraciones y que se hagan realidad al menos algunas de ellas. Por eso es imperativo que esta lucha utilice un lenguaje distinto al de otras luchas anteriores que ha habido en este país. Por encima de todo, la lucha debe basarse en el diálogo, para ser socios, y no agentes de unos intereses estrechos y egoístas; personas de principios, y no unos oportunistas sectarios; para no vivir según el versículo “cada uno a su tienda, Israel”. Esa es la única manera de que este movimiento siga teniendo el inmenso apoyo de la población con el que ha contado hasta ahora. El carácter ligeramente confuso del movimiento es precisamente el que hace posible que los distintos grupos reunidos en él conserven sus propias opiniones políticas diferentes al mismo tiempo que comparten -por primera vez en decenios- un programa común humano y cívico, que nos hace estar orgullosos de pertenecer a esta comunidad. ¿Quién, en Israel, puede permitirse el lujo de renunciar a unos bienes tan escasos?

Este movimiento de protesta y sus ecos nos ofrecen una oportunidad de acercamiento entre distintos elementos de la sociedad que no se comunicaban desde hacía generaciones: religiosos y laicos; árabes y judíos; miembros de clases sociales distintas y distantes. En este proceso de identificar lo que tienen en común y lo que pueden conseguir, incluso la derecha y la izquierda pueden emprender un diálogo más realista y comprensivo; por ejemplo, sobre la apatía de la izquierda ante quienes tuvieron que recolocarse tras la retirada de Gaza, una herida abierta entre los colonos. Dicho diálogo quizá pueda aún salvar lo que sea posible del concepto de solidaridad, que un país en nuestra situación no puede dejar desaparecer. En otras palabras, si podemos encontrar este movimiento de protesta en las palabras del poeta Amir Gilboa -“Un día, un hombre se despierta por la mañana y siente que es una nación, y empieza a caminar”-, entonces debe continuar como el poema: “Y a todos los que se encuentra por el camino les dice: ‘Que la paz sea contigo'”.

Es fácil criticar la evolución de este movimiento recién nacido y arrojar dudas sobre él. Siempre es más sencillo encontrar motivos para no hacer algo audaz y definitivo. Pero quien escuche los latidos de los corazones de los manifestantes -no solo en el bulevar Rothschild de Tel Aviv, sino también en los barrios pobres del sur de la ciudad, y en los de Jerusalén, y Ashdod, y Haifa y Beit Shean- se dará cuenta de que se ha abierto una ventana a un futuro diferente. Ese es el momento propicio para que suceda algo así, y, para gran sorpresa de todo el mundo, la gente, por fin, está verdaderamente adhiriéndose a la causa. Tal vez es eso lo que quería decir la joven que se me acercó en la manifestación de Jerusalén y me dijo: “Mira. Todavía faltan líderes, pero la gente ya está aquí”.

© 2011, David Grossman. Traducido del inglés por María Luisa Rodríguez Tapia.

 

MARXISMO

Inicio una nueva sección del blog, en la que iré incorporando, una a una, aquellas frases que a lo largo de los años me han ido sirviendo para comprobar que el hecho de que la mayor parte del género humano esté alfabetizada y no sea sordomuda no tiene por qué ser siempre negativo. Empezaré por una de mis frases favoritas, dicha además por uno de mis grandes referentes ideológicos, Julius Marx, alias Groucho:

“ESTOS SON MIS PRINCIPIOS. SI NO LE GUSTAN, TENGO OTROS”.

VOLVIENDO A LAS BUENAS COSTUMBRES

Anoche volví al Jamboree después del largo paréntesis sin música en directo que sucedió a una intensa temporada primaveral. El motivo, ver el concierto de la nueva sensación del jazz británico, Get the Blessing, banda conocida fundamentalmente por contar con una sección rítmica avalada por sus trabajos con Portishead. Y allá que me fui, esquivando a las hordas de guiris que colapsaban la Rambla poco antes de las once de la noche, hora del concierto. Siempre prefiero ir al segundo pase, que empieza a esa hora, por aquello de que los músicos suelen estar más relajados y son más propensos a hacer experimentos sónicos. Y porque algo queda del noctámbulo que uno fue.

Los chicos (Jake Mc Murchie al saxo tenor, Pete Judge a la trompeta y spanglish -muy gracioso el hombre presentando los temas-, Jim Barr al bajo eléctrico y Clive Deamer a la batería) salieron puntuales al escenario, cosa que es de agradecer pero que provocó que el siempre fiel a sí mismo público autóctono que casi llenó el local tuviera que coger a toda prisa sus bebidas y dejar el parloteo para centrarse en lo importante, es decir, en la música.

Get The Blessing es, en el mejor de los sentidos posibles, una banda. Posee un sonido característico y compacto, y desde las sillas se percibe que los músicos disfrutan tocando unos temas contemporáneos, accesibles a un público no estrictamente jazzístico, muy influidos por Ornette Coleman, y basados en las improvisaciones de trompeta y saxo sobre los potentes ritmos marcados por una batería enérgica y precisa y un bajo contundente cual martillo pilón. Con esta fórmula, los británicos fueron ganándose la complicidad de un respetable tan modosito al principio como implicado a partir del tercer tema, cosa que suele ocurrir cuando los del escenario no se aburren y no tocan música aburrida y rutinaria. En fin, como la música está para ser oída, más que para hablar de ella, ahí va una de las canciones interpretadas anoche por el grupo.

Y otra más.

Total, hora y cuarto de buena música, sólo estropeada, por lo que a mí respecta, por la pareja de cenutrios que tenía delante y que dedicó una parte significativa del concierto a hacer fotitos con su móvil superfashion y deslumbrar por unos segundos a la gente de alrededor. En fin, también en los conciertos de jazz encuentras idiotas. Menos que fuera, normalmente, pero… Pues eso, que me gustó el grupo, que cuando Get The Blessing regresen a Barcelona o toquen en algún otro sitio en el que yo esté iré a verlos a poco que pueda, y que este tipo de cosas hacen que uno lleve la vida real con algo más de dignidad.