ABRACADABRA

ABRACADABRA. 2017. 91´. Color.

Dirección: Pablo Berger; Guión: Pablo Berger; Dirección de fotografía: Kiko de la Rica;  Montaje: David Gallart; Música: Alfonso de Vilallonga; Diseño de producción: Alain Bainée; Dirección artística: Anna Pujol Tauler; Producción: Ibon Cormenzana, Mikel Lejarza, Pablo Berger, Ignasi Estapé y Mercedes Gamero, para Arcadia Motion Pictures-Atresmedia-Mama Films-Movistar +- Perséfone Films-Scope Pictures-Noodles Production- Pegaso Pictures AIE (España).

Intérpretes: Maribel Verdú (Carmen); Antonio de la Torre (Carlos); José Mota (Pepe); José María Pou (Doctor Fumetti); Priscilla Delgado (Toñi); Quim Gutiérrez (Alberto); Julián Villagrán (Pedro Luis); Ramón Barea, Javivi, Esperanza Elipe, Saturnino García, Javier Antón, Malena Gutiérrez, Nadia Torrijos.

Sinopsis: Una mujer de mediana edad ve cómo su marido se transforma después de un espectáculo de hipnosis celebrado durante una boda.

Un lustro después de triunfar con Blancanieves, el director vasco Pablo Berger regresó a las pantallas con su tercer largometraje, Abracadabra, en el que repite buena parte del equipo técnico y artístico del film anterior, aunque las diferencias a nivel temático entre ambas obras sean muy marcadas. Abracadabra gustó a los críticos, pero no tanto al público, al que quizá se le vendió una comedia que, vista la película, existe sólo en pequeñas dosis.

Con la confianza por las nubes, Berger se lanzó a una mezcla de géneros que va de más a menos y a la que, en su tramo final, le cuesta encontrar su tono. Mezclar la comedia sobrenatural y el drama costumbrista ya tiene su misterio, pero si añadimos elementos de thriller e incluso guiños al cine de terror pasados por el tamiz del humor negro, para concluir en forma de tratado sobre la emancipación femenina, pues hasta cierto punto es normal que la audiencia se pierda por el camino, que es precisamente lo que sucede. Creo que, en el panorama más bien plano del cine español contemporáneo, Pablo Berger es una especie rara a la que hay que proteger, porque busca sendas poco trilladas y tiene muy buenas ideas, tanto narrativas como visuales. Todo esto no es obstáculo para decir que su tercera película le ha salido sólo medio bien. Aplaudo la capacidad de Berger para darle no una, sino varias vueltas de tuerca al costumbrismo cañí, lo que seguramente es uno de los principales nexos comunes entre los tres largometrajes del director, así como la fuente de las mayores satisfacciones que nos da esta película, y creo que el cine español necesitaba representar una masacre en un bodorrio mientras los invitados bailan al ritmo de María Jesús y su acordeón, lo mismo que hace un cuarto de siglo necesitaba que alguien saliera de una tarta y provocara una carnicería al son de Aires de fiesta, pero, más allá de ese y otros buenos momentos, el conjunto queda deslavazado, y de hecho toda la trama mágico-hipnótica deja bastante que desear. Y conste que tiene su gracia que un gañán obsesionado por el fútbol (bueno, por el Real Madrid, porque Carlos es uno de los millones de españoles que no entiende de ese deporte, sino sólo de su equipo) se (re)convierta en el marido perfecto al quedar poseído por el espíritu de un chaval sensible y majísimo que, poco después del Mundial de Naranjito, hizo del cuchillo jamonero su pasaporte a la fama, que no a la gloria, por aquello de no tomar con regularidad las pastillas contra la esquizofrenia. Pero esa gracia se agota pronto, reaparece a cuentagotas y la alternancia de personalidades (tres, en concreto) bajo la piel de Carlos, y el relato de los intentos de Carmen, su esposa, por reparar el estropicio causado por su insufrible primo, un hipnotizador aficionado, en uno de esos bodorrios en los que queda claro que el ser humano es poco más que un espécimen patético, navega entre lo brillante, lo afectado y lo ridículo sin que aparezca demasiado una brújula que, directamente, desaparece en el clímax, es decir, cuando más falta hacía. Si lo que se plantea es que lo progre es la solución frente a lo rancio, que en el fondo es de lo que va la cosa, debería plantearse mejor.

En el plano visual, igualmente las buenas ideas se alternan con los desaciertos. Entre ellos, citaré la que algunos han llamado, con muy sana mala leche, escena de la epilepsia, demasiado larga y de limitado interés. Por otra parte, lo de la cámara girando alrededor de los enamorados danzarines mientras suena una canción romántica quedaba sensacional en Carrie; después, algo menos. La escena en la que Carlos persigue al imaginario simio en la grúa, por el contrario, está filmada de forma magnífica, y lo mismo cabe decir de la secuencia que ilustra la visita de Carmen y su primo al antiguo hogar de Alberto, el joven cuyo espíritu ha anidado en Carlos. Alabo también de Pablo Berger su cultura musical, aunque aquí se esconde una reflexión triste, porque efectivamente la música buena ha quedado como patrimonio de las discotecas para viejos, si hablamos de aquella entidad ya lejana que solíamos llamar ocio nocturno.

Existe una práctica unanimidad entre los espectadores de Abracadabra en cuanto a alabar el trabajo de Maribel Verdú por encima del del resto de sus compañeros de reparto, y he de decir que estoy de acuerdo con ello sólo en parte, pues creo que la mejor interpretación de la película la ofrece Antonio de la Torre, un actor de registros casi infinitos que aquí, por aquello de que realmente llega a interpretar a tres personajes, los muestra todos. Maribel Verdú es muy buena actriz, pero aquí la encuentro demasiado intensa y proclive a un lagrimeo no siempre justificado. Para José Mota y José María Pou el problema son sus personajes: el del gran actor catalán, simplemente, no hay por dónde cogerlo, y el del cómico manchego pone difícil diferenciar entre personaje e interpretación. De lo mejor, la aparición de Julián Villagrán, porque a Quim Gutiérrez lo veo bastante perdido.

Repito: Pablo Berger es un cineasta de mucho nivel, pero Abracadabra significa un paso atrás en su carrera, porque resulta, y esto es una novedad en su filmografía, un film fallido en varios de sus aspectos, lo que emborrona unas virtudes que también existen.

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