SOMBRAS

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SHADOWS. 1958. 77´. B/N.

Dirección: John Cassavetes; Guión: John Cassavetes; Dirección de fotografía: Erich Kollmar;  Montaje: John Cassavetes y Maurice McEndree; Música: Charles Mingus; Diseño de producción: Randy Liles y Bob Reeh; Producción: Maurice McEndree, para Lion International (EE.UU.)

Intérpretes: Ben Carruthers (Ben); Lelia Goldoni (Lelia); Hugh Hurd (Hugh); Anthony Ray (Tony); Dennis Sallas (Dennis); Tom Allen (Tom); David Pokitillow (David); Rupert Crosse (Rupert);  David Jones, Pir Marini, Victoria Vargas, Jack Ackerman, Jacqueline Walcott, Cliff Carnell, Lynn Hamilton, John Cassavetes, Seymour Cassel.

Sinopsis: Retazos de la vida de tres jóvenes germanos de raza negra en el Nueva York de finales de los años 50.

El debut en la dirección de largometrajes de John Cassavetes es aún recordado por haber roto multitud de esquemas en el cine norteamericano, cuya dinámica llevaba décadas marcada de acuerdo al sistema de producción de los grandes estudios. Junto a un puñado de jóvenes artistas, Cassavetes creó Sombras, la obra seminal del cine independiente estadounidense, con un presupuesto mínimo, mucho entusiasmo y un encomiable afán rupturista.

Por situarlo todo en su justo término, lo que hizo John Cassavetes fue llevar a su propio universo las enseñanzas que otras cinematografías, en especial el Neorrealismo italiano y las obras primerizas de Satyajit Ray en la India, ya llevaban años experimentando: cine realista, rodado sobre el terreno, con actores no profesionales y escasos medios para explicar la vida de verdad, alejada del típico glamour de las películas. Cassavetes sintonizó con el espíritu de la Nouvelle Vague, que en aquellos años estaba produciendo sus primeros e importantes logros, y lo impregnó todo de un halo jazzístico que ligaba con el ansia de vivir y de desencorsetarse de la juventud de su época. Sombras es un film fruto de la improvisación: se rodaron docenas de horas de metraje, que al final quedaron reducidas a una obra de poco más de hora y cuarto de duración.

Puestos a saltarse convenciones, Cassavetes situó como protagonistas de su película a tres hermanos de raza negra que tratan de buscarse la vida en una ciudad de Nueva York en plena transición entre los conservadores años 50 y la revolución social que se estaba gestando por aquel entonces. No es que el film tenga un guión propiamente dicho, pero podemos seguir las andanzas de este singular trío: la vida canalla de Ben, un trompetista, y su extraña pareja de amigos; los intentos de Hugh, un vocalista con talento cuyo estilo no encaja con los gustos del público, siempre acompañado por su mucho más pragmático representante, y los vaivenes emocionales de Lelia, una chica cuya piel casi parece blanca. La música de Charles Mingus marca el paso de una obra fresca, real, que late. Ahí radica el encanto de Sombras para el cinéfilo contemporáneo, ajeno al impacto que esta obra pudo provocar en el momento de su estreno. Ahora bien, la improvisación no lo justifica todo: técnicamente, estamos ante la obra de un principiante, en el mal sentido de la palabra. Sombras adolece de una puesta en escena atropellada, en la que el afán por imitar el ritmo sincopado del jazz se traduce muchas veces en errores de novato que nada tienen que ver con el escaso presupuesto o con esa frescura a la que antes hice mención como uno de los puntos fuertes de la película. Se puede ser rompedor y hacer una obra improvisada sin cometer fallos de raccord tan evidentes, o sin abusar tanto de unos primeros planos no siempre necesarios, pero es lo que hay. En la narración, se mezclan escenas muy interesantes, como la que quizás sea mi preferida, la del bolo de Hugh en Filadelfia, con otras que se alargan en exceso, como el peculiar post-coitum de Lelia, personaje contradictorio que, eso sí, da pie a que el director aborde la cuestión del racismo… como aborda el resto de elementos de la película: con mirada certera y escasa sutileza.

Los actores, muchos de ellos compañeros del director en la escuela de arte dramático, utilizan en su mayoría sus nombres de pila reales y dan la (en esta película) agradable sensación de no actuar. De todos ellos, quien tuvo una carrera cinematográfica más dilatada fue Tom Allen (usando, eso sí, el nombre de Tom Reese), quien de hecho es uno de los intérpretes que más me convence, junto a Lelia Goldoni y a Hugh Hurd. Anthony Ray, por su parte, me da siempre la sensación de que su personaje le viene grande. Como curiosidad, mencionar que el director se reserva para sí un brevísimo papel de hombre que se enfrenta a un acosador, y la también testimonial presencia de Seymour Cassel, uno de los actores-fetiche de Cassavetes en el futuro.

Más allá de su valor arqueológico, y de sus llamativos errores, Sombras queda como obra primeriza de un director que, una vez pulió su estilo, produjo películas notables, y también como un film reivindicable por lo radical de su propuesta, por la brillantez de algunas escenas, por su autenticidad… y por la música de Charles Mingus.

 

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