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EL HIPOPÓTAMO

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THE HIPPOPOTAMUS. 2017. 86´. Color.

Dirección: John Jencks; Guión: Blanche McIntyre y Tom Hodgson, basado en la novela de Stephen Fry; Director de fotografía: Angus Hudson;  Montaje: Robin Hill y John Richards; Música: Samuel Karl Bohn; Diseño de producción: Stéphane Collonge; Dirección artística: Irene Moreno Feliu; Producción: Alexa Seligman y Jay Taylor, para  The Electric Shadow Company (Reino Unido).

Intérpretes: Roger Allam (Ted Wallace); Emily Berrington (Jane Swann); Dean Ridge (Simon Logan); Fiona Shaw (Anne Logan); Matthew Modine (Michael Logan); Tommy Knight (David Logan); John Standing (Podmore); Lyne Renee (Valerie Richmonde); Emma Curtis (Clara Richmonde); Tim McInnerny (Oliver Mills); Geraldine Sommerville (Rebecca Logan); Tim Charles, Rod Glenn, Adrian Bouchet, Simon Markey, Russell Tovey, Richard Glover, Emma West, Sebastian Croft.

Sinopsis: Un poeta y crítico teatral en horas bajas recibe el encargo de acudir a una rica villa para investigar unos hechos extraños que allí suceden.

John Jencks se zambulló por segunda vez en la dirección de largometrajes con la adaptación cinematográfica de una exitosa novela, escrita por un auténtico pura sangre de la cultura inglesa, Stephen Fry, a quien fuera de las islas conocemos sobre todo por sus trabajos como actor. El hipopótamo es una comedia muy negra, que en general no gustó a la crítica pero sí al autor de la novela, hecho este último que no deja de ser una rareza.

Para que te guste El hipopótamo te tiene que entrar por el ojo su personaje principal, Ted Wallace, una especie de alter ego del propio Stephen Fry con no pocos ingredientes de mi muy admirado Christopher Hitchens. Ya en la primera escena, en la que Wallace, pasado de whisky, destroza en directo una obra teatral y provoca un altercado con el reparto, queda claro el talante del personaje, que acto seguido recibe dos malas noticias: su despido laboral y una llamada de su sobrina en la que ésta le dice que está enferma de leucemia. La joven, no obstante, está contenta porque su enfermedad ha remitido gracias a algo, o a alguien, que vive en la mansión de los Logan, uno de cuyos hijos adolescentes, poeta amateur por más señas, es ahijado de Ted. Así pues, el incrédulo crítico, y poeta de inspiración agotada, se dirige a la muy aristocrática campiña para averiguar qué hay detrás de las curaciones milagrosas que parecen estar ocurriendo en el lugar.

A Fry, y por extensión a Jencks, que dirige con pulcritud pero poco más, le interesa mucho más la descripción de los personajes, y a partir de ella elaborar un punzante cuadro de costumbres de la alta sociedad británica, que la investigación en sí misma, cuya finalidad en la trama es la de servir de excusa para la muy loable labor de denunciar la superstición, la superchería, y la facilidad con la que nos agarramos a los clavos ardiendo más estúpidos cuando más graves se nos ponen las cosas. Esto es lo que, en mi opinión, ha ofendido al sector más pacato (y, por desgracia, muy mayoritario en esta era de corrección política y exaltación de la memez) de la crítica, porque El hipopótamo, que será desigual e irregular pero dispara sus dardos con mucha precisión, es a la vez elitista y vulgar, culta y grosera… como lo son las personas con muchas lecturas y una honestidad superior a la media, como es el caso de Ted Wallace. Su humor vitriólico, que como la caridad bien entendida empieza por él mismo, su capacidad para convertirse en una de las pocas personas a las que el abuso de alcohol no vuelve más idiotas de lo que ya eran estando sobrias, y su elogiable espíritu inquisitivo inundan la película y la convierten en una delicia perversamente divertida, o divertidamente perversa, como ustedes prefieran. Una fábula moral con mucho de comedia costumbrista y disfraz de thriller que no deja títere con cabeza. En cuestiones técnicas, la película no es nada del otro mundo, al margen de la fabulosa aportación musical de ese monstruo de las baquetas llamado Antonio Sánchez, pero El hipopótamo utiliza con mucha habilidad el sarcasmo para hacernos ver la verdadera naturaleza de los milagros.

Todo gran personaje necesita ser interpretado por un gran actor, y Roger Allam, que lleva la película por donde a sus notables virtudes para convertirse en otra persona les da la real gana, es un Ted Wallace perfecto en su decadencia, en su lucidez y en su descreimiento. A su lado destacan Fiona Shaw, en el papel de la única persona de la mansión de los milagros que conserva un ápice de sentido común, un Tim McInnerny que se convierte en una ácida parodia de un dramaturgo homosexual… escrita por un dramaturgo homosexual, y una Geraldine Sommerville cuyo duelo con Roger Allam en las escenas que ambos comparten es de gran altura. Sin llegar al nivel de los anteriores, Matthew Modine está bien en el papel del millonario yanqui creador del monstruo, y Lyne Renee notable en el papel de madre perfecta que desprecia a su hija por estar lejos de serlo. Los jóvenes están también bastante correctos, lo que demuestra que en Inglaterra, país de grandes actores, hay cantera. Dean Ridge, por ejemplo, me parece un actor con muchas posibilidades de cara al futuro.

Divertimento inteligente, y muy gozoso para todo aquel cinéfilo desprejuiciado que entre en su juego, El hipopótamo es uno de esos films que todo el mundo debería ver. Desde luego, en versión original, que es como habría que ver todas las películas, pero en especial aquellas en las que las palabras y la dicción son tan importantes como en esta agradable sorpresa llegada desde las islas británicas, que alguna sorpresa agradable también nos tienen que dar de vez en cuando.

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