SPOTLIGHT

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SPOTLIGHT. 2015. 125´. Color.

Dirección: Thomas McCarthy; Guión: Josh Singer y Thomas McCarthy, basado en hechos reales; Dirección de fotografía: Masanobu Takayanagi;  Montaje: Tom McArdle; Música: Howard Shore; Diseño de producción: Stephen H. Carter; Dirección artística: Michaela Cheyne; Producción: Nicole Rocklin, Steve Golin, Blye Pagon Faust y Michael Sugar, para Participant Media-Anonymous Content-Rocklin Faust-First Look Media (EE.UU).

Intérpretes: Mark Ruffalo (Mike Rezendes); Michael Keaton (Michael Robby Robinson); Rachel McAdams (Sacha Pfeiffer); Liev Schreiber (Marty Baron); John Slattery (Ben Bradlee Jr.); Brian D´Arcy James (Matt Carroll); Stanley Tucci (Mitchell Garabedian); Doug Murray (Peter Canellos); Jamey Sheridan (Jim Sullivan); Neal Huff (Phil Saviano); Billy Crudup (Eric McLeish); Brian Chamberlain (Paul Burke); Michael Cyril Creighton (Joe Crowley); Paul Guilfoyle (Pete Conley); Elena Wohl, Gene Amoroso, Sharon McFarlane, Michael Countryman, Tim Whalen, Maureen Keiller, Len Cariou, Robert B. Kennedy.

Sinopsis: La llegada de un nuevo editor al Boston Globe implica el reinicio de una investigación periodística sobre agresiones sexuales contra menores perpetradas por sacerdotes católicos de la ciudad.

La carrera como director de Thomas McCarthy, que caminaba cuesta abajo después de unos comienzos más que prometedores, dio un brutal salto hacia adelante con Spotlight, drama periodístico que retrata la investigación sobre el escándalo de los sacerdotes pederastas en Boston, y a los reporteros que la llevaron a cabo. El film cosechó un notable éxito crítico y popular, además de multitud de premios, y se convirtió por derecho propio en una de las películas más importantes, a todos los niveles, estrenadas en los últimos años.

No ocurre muchas veces que una película actual, con un claro referente en el pasado, supere a su antecesora en todos los terrenos. Esto es lo que sucede entre Spotlight y Todos los hombres del presidente, obra cinematográfica de cabecera sobre la investigación periodística al más alto nivel cuyo brillo palidece comparado con el del film de McCarthy, que se beneficia de poseer un guión fantástico, de los mejores que se han llevado a la gran pantalla en este siglo. No es que todo encaje, que también, sino que el modo en que está construida la narración, casi como un thriller, consigue que la película se imponga a sus previsibles limitaciones, una de las cuales (y no la menor) es que un relato sobre una investigación periodística larga y complicada puede fácilmente resultar aburrido para quienes no estén interesados en el tema de fondo. Dejando aparte la opinión personal que puedan merecerme quienes no sientan interés en una historia que denuncia multitud de agresiones sexuales, cometidas por sacerdotes católicos, cuyas víctimas eran menores de edad, la cuestión es que la película posee un ritmo endiablado, producto de las cualidades del guión y del buen trabajo realizado en la sala de montaje, que no deja demasiado margen para el pestañeo. La odisea de un pequeño grupo de periodistas del Boston Globe cautiva en lo estrictamente cinematográfico porque, sin estar filmada con un estilo atrevido o tocado por el genio, sabe exprimir las posibilidades de un libreto del que me impresiona su capacidad para añadir personajes y situaciones que hacen que la trama avance por diferentes caminos hasta converger en un final que, no por conocido, deja de ser excelente. Spotlight es un canto a los mejores valores del periodismo a la antigua usanza, ese que está desapareciendo en el mundo libre, vencido por las censuras (así, en plural, porque son fundamentalmente dos: la ideológica y la económica, que a la larga es aún peor) y el todo fácil y gratis que satura el ciberespacio llenándolo de patochadas sin rigor informativo o científico alguno. Porque lo que hizo ese grupo de periodistas del Boston Globe denunciando a los curas pederastas de la ciudad pero, sobre todo, la ley del silencio impuesta por las altas jerarquías católicas que les otorgaba impunidad, cambió el mundo para mejor, y de eso puede presumir muy poca gente. Está todo en Spotlight: el valor de los periodistas, la pasión por su trabajo, pero también sus miedos (a precipitarse, a equivocarse y hundir sus carreras y sus vidas, incluso a ser adelantados por la competencia y perder el Santo Grial de los reportajes periodísticos), la progresiva salida a la luz de las víctimas, casi siempre niños pobres, las consecuencias de la investigación en una ciudad en la que la tradición católica es centenaria y el poder terrenal de los siervos de Dios muy difícil de sortear… está todo, dije, narrado en un magnífico crescendo exento de estridencias y trucos baratos hollywoodienses, sabedores los artífices de la película de que, cuando una historia es tan poderosa, todo lo que haga que la atención del público se desvíe de ella va en perjuicio de la película. Pero ojo, hay arte: la partitura de Howard Shore, sin duda, lo tiene.

También las interpretaciones. Más de una vez he escrito que Mark Ruffalo es un actor con cualidades que no me acaba de convencer, pero aquí está acertado, e intenso sólo cuando toca, en un papel que ha marcado para bien su trayectoria. Michael Keaton está teniendo una madurez muy provechosa en lo artístico, y en Spotlight se erige en uno de los puntos fuertes del reparto en el papel del periodista más veterano, y por lo mismo más resabiado, del grupo; Rachel McAdams, de la que ya hablé bien en la reseña de El hombre más buscado, vuelve a darme motivos para hacer lo mismo, y a Liev Schreiber nunca le he visto mejor que en esta película. Capítulo aparte para Stanley Tucci, actor mayúsculo que borda el papel de abogado protector de las víctimas… y tipo lúcido, pues es este personaje quien hace el inteligente apunte de que deben ser los extranjeros en Boston, el letrado armenio y el editor judío, quienes limpien la basura de la ciudad. Bien Brian D´Arcy James, superior un John Slattery que demuestra no haber perdido el carisma que lució en Mad Men, y Jamey Sheridan a lo suyo, que es hacer de secundario siempre eficaz. Por último, la labor de Michael Cyril Creighton, dando voz y alma a las víctimas, también merece destacarse.

Aunque tiene escenas para enmarcar (la visita de Sacha Pfeiffer a la casa de uno de los sacerdotes pederastas, por ejemplo) el mérito de Spotlight reside en coger una historia real, que en verdad merece la sobada calificación de drama humano, y explicarla de la mejor forma posible. En rigor, una de las películas fundamentales de lo que llevamos de siglo. Y no sólo por ética, sino también por cinefilia. Spotlight es un éxito artístico, la película que esa historia merecía.

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