SIETE DÍAS DE ENERO

 

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SIETE DÍAS DE ENERO. 1979. 128´. Color.

Dirección: Juan Antonio Bardem; Guión: Juan Antonio Bardem y Gregorio Morán; Dirección de fotografía: Leopoldo Villaseñor; Montaje: Guillermo S. Maldonado; Música: Nicolas Peyrac; Producción: Serafín García Trueba y Alain Coiffier, para Goya Producciones Cinematográficas- Les Films des Deux Mondes (España-Francia)

Intérpretes: Manuel Ángel Egea (Luis María Hernando de Cabral); Fernando Sánchez Polack (Sebastián Cifuentes); Madeleine Robinson (Adelaida); Jacques François (Don Tomás); Virginia Mataix (Pilar); José Manuel Cervino (Antonio González Muñoz); Manuel de Benito (Andrés); Alberto Alonso (Cisco Kid); Joaquín Navarro (Líder sindical); Miguel Bódalo, Cris Huerta, Lázaro Cerezo, Jesús Alcaide, Enriqueta Carballeira, Eduardo Calvo, Fernando Chinarro, Raúl Fraire, Ricardo Palacios, Gabriel Llopart, Guillermo Montesinos, José Riesgo, Francisco Vidal.

Sinopsis: Mientras en España hay una huelga general en el transporte por carretera, organizada por los clandestinos sindicatos de izquierda, la represión policial causa la muerte de un estudiante en una manifestación y el GRAPO secuestra a dos importantes personajes del país, grupos de extrema derecha organizan una acción violenta para revertir la incipiente apertura democrática.

Con la llegada de la democracia, Juan Antonio Bardem se dedicó a realizar sus films más militantes, que no los mejores. Su carrera estaba en trayectoria descendente desde hacía varios años, y ni siquiera su primera película rodada tras la muerte de Franco, la estimable El puente, está a la altura de sus primeros –y mayores-logros como director. En esta tesitura vio la luz Siete días de enero, mezcla de ficción y documental que, partiendo de la narración de la famosa Semana Negra madrileña, constituye un homenaje a los abogados laboralistas asesinados en la calle de Atocha por pistoleros pertenecientes a la extrema derecha. Este cine abiertamente político no solía dar mucho juego en las taquillas españolas, y esto fue lo que sucedió también con el film de Bardem.

Cualquier reseña dedicada a Siete días de enero debe comenzar señalando que estamos ante un ejemplo de film de propaganda, pero de propaganda bien hecha, porque esta clase de cine, como cualquier otra, hay que saber hacerla, y Bardem domina los recursos de su oficio: véase, por ejemplo, cómo se muestran los asesinatos de los abogados laboralistas al ralentí, o el acompañamiento musical de las ya de por sí conmovedoras imágenes del entierro. Al comienzo, un rótulo nos advierte de que no es intención de los autores de la película prejuzgar los hechos narrados, pero lo cierto es que los asesinos, así como los instigadores del crimen, quedan retratados de manera inequívoca (muy poco hay que saber de la historia reciente en España como para no reconocer al personaje real que oculta don Tomás, el líder político de la extrema derecha, o quién es realmente el elegante y perverso Cisco Kid, personaje muy de moda en la actualidad). De hecho, el guión, obra del propio director y de una de las mentes políticas más lúcidas de este país, Gregorio Morán, hace hincapié en enseñar al espectador el universo de aquellos que deseaban con fervor la continuidad del franquismo. Para ello, trataron de utilizar en provecho propio la estrategia de la tensión, cuyo objetivo era provocar la reacción violenta de la izquierda, en especial de los todavía ilegalizados comunistas, para justificar un golpe de estado, que habrían de liderar los elementos más reaccionarios del Ejército. Al margen del feroz terrorismo de ETA, y de algunas espectaculares acciones de los GRAPO (dos de ellas, sobre las que la película pasa de puntillas, tuvieron lugar durante la misma semana que los asesinatos de Atocha), organizaciones situadas al margen del espectro político, esa reacción violenta de la izquierda no se produjo, pues si de algo carece la derecha radical española es de sutileza, y los rojos les vieron venir desde lejos y supieron, por la cuenta que les traía, contenerse.

También en el cine, las prisas son malas, y el principal defecto de Siete días de enero radica en su propio carácter de film de urgencia. Esto, que por un lado dota a la película de un gran valor testimonial, repercute de modo negativo en la parte puramente artística, pese a que Bardem no era, como ha quedado dicho, ni un patán ni un recién llegado. Algunos grandes aciertos, como el modo de alternar las imágenes reales (véanse, por ejemplo, las de la represión policial en la manifestación llevada a cabo para protestar por la muerte del estudiante Arturo Ruiz) con las de ficción, quedan empañados por el carácter muchas veces forzado y casi desaliñado de algunas de éstas, que, aunque verosímiles (no cuesta creer que los señoritos pijos de la extrema derecha necesiten manos encallecidas que hagan por ellos el trabajo sucio), adolecen de un acabado cinematográfico mejorable. Esto se hace también muy patente en el apartado interpretativo, muy desigual y marcado por el hecho de que los personajes de ambos lados del tablero político son muy de una pieza, seguramente demasiado. Como retrato de la extrema derecha española, creo que Siete días de enero no yerra demasiado, pero la visión del comunismo patrio que ofrece la película anda escasa de autocrítica. Entrando en materia, me creo a José Manuel Cervino como pistolero inmisericorde, a un a veces excesivo Fernando Sánchez Polack como fascista irredento, a Alberto Alonso como engominado ángel exterminador de la Brigada Político-Social, o a Joaquín Navarro como líder sindical (a él, me lo creo por algo tan anticinematográfico como que no actúa en absoluto), pero las interpretaciones de Manuel Ángel Egea o Jacques François se me quedan cortas, y en el bando comunista todo es tan colectivo que apenas asoma algún personaje con entidad propia.

Siete días de enero es, con todo, un testimonio ineludible de una época convulsa, en el que se alternan aciertos y errores artísticos para dar forma a un film muy poderoso en sus mejores momentos, y muy agudo en el análisis del enemigo. Se trata de un film que todo el mundo en España debería ver, en especial aquellos que piensan, o nos quieren hacer pensar, que este país ha cambiado muy poco desde la muerte del dictador Francisco Franco.

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