SILENCIO

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SILENCIO. 2016. 159´. Color.

Dirección: Martin Scorsese; Guión: Jay Cocks y Martin Scorsese, basado en la novela de Shusaku Endo; Director de fotografía: Rodrigo Prieto;  Montaje: Thelma Schoonmaker; Música: Kathryn Kluge y Kim Allen Kluge; Diseño de producción: Dante Ferretti; Dirección artística: Wen-Ying Huang (Supervisión); Producción: Gastón Pavlovich, Barbara De Fina, Martin Scorsese, Randall Emmett, Vittorio Cecchi Gori, Irwin Winkler, David Lee y Emma Tillinger Koskoff, para De Fina/Cappa- CatchPlay-EFO Films-Fábrica de Cine-IM Global-SharpSword Films-Sikelia Productions-Waypoint Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Andrew Garfield (Padre Rodrigues); Adam Driver (Padre Garupe); Liam Neeson (Padre Ferreira); Tadanobu Asano (Intérprete); Ciarán Hinds (Padre Valignano); Issei Ogata (Inquisidor Inoue); Shinya Tsukamoto (Mokichi); Yoshi Oida (Ichizo); Yosuke Kubozuka (Kichijiro); Kaoru Endo, Diego Calderón, Liang Shi, Michié, Rafael Kading, Matthew Blake, Benôit Masse, Tetsuya Igawa, Panta, Miho Harita, Takuya Matsunaga, Masayuki Yamada, Yoriko Doguchi, Ryo Kase, Nana Komatsu.

Sinopsis: Dos jóvenes sacerdotes jesuitas solicitan ser enviados a Japón, donde el cristianismo es perseguido de manera brutal por las autoridades.

En lo que supuso un notable cambio de registro después de El lobo de Wall Street, Martin Scorsese completó con Silencio su trilogía sobre la fe, que inició hace tres décadas con La última tentación de Cristo y continuó a mediados de los 90 con la película menos apreciada de toda su filmografía, Kundun. En esta ocasión, Scorsese viajó al Japón del siglo XVI, tomando como punto de partida una novela de Shusako Endo que aborda la represión sufrida por quienes llevaron el cristianismo a Japón. Este film, claramente fuera de su tiempo y ajeno a las modas imperantes, dividió a la crítica y fue, en general, poco apreciado por el público. Por mi parte, no es el Scorsese más espiritual mi preferido, pero tengo claro que Silencio es la obra de un magnífico cineasta.

El tema de la película es el poder de la fe frente a la razón, e incluso frente a la fuerza. Esto, para Scorsese y uno de sus guionistas preferidos para los films de época, Jay Cocks, es algo positivo, opinión de la que discrepo. Para mí, el viaje de los dos jóvenes jesuitas a Japón en busca de su mentor espiritual, que al parecer ha apostatado, constituye un ejercicio de extrema soberbia disfrazada de piedad, pues su objetivo final es la imposición de unas creencias religiosas que se pretenden superiores a las imperantes en el lugar. El problema (para ellos y sus feligreses, obviamente) es que dichas creencias han sido prohibidas por las autoridades japonesas, que se esfuerzan en reprimir la fe cristiana con la misma crueldad extrema que ésta utilizó para imponerse en otras latitudes más occidentales. Esto equipara a los sacerdotes jesuitas en el Extremo Oriente, y por supuesto a su rebaño, con los primeros cristianos: obligados a ocultar su fe, siempre temerosos de la denuncia que les llevará hacia ese martirio que en el fondo desean, pues el cristianismo no deja de ser una religión que odia la vida y todo lo placentero que pueda haber en ella, viviendo como alimañas en espera del Paraíso prometido. Viéndolo en retrospectiva, creo que Japón acertó al erradicar el cristianismo: la brutalidad de los métodos empleados para ello no difiere mucho, como he dicho, de la utilizada para imponerlo en otros lugares. Ocurre en todas partes: los sectarios pueden despertar compasión cuando son minoría y son reprimidos por el poder, pero manifiestan toda su intolerancia y su fanatismo en cuanto lo alcanzan.

Una vez marcado mi territorio ideológico respecto al del director, añado que Silencio es una gran película, maravillosamente filmada. Scorsese utiliza con maestría las imágenes (y los silencios, cuya fuerza espiritual comprendemos quienes, desde un radical ateísmo, hemos visto en directo, por ejemplo, la procesión sevillana del Gran Poder) para captar la belleza salvaje del Japón rural, el sufrimiento de los torturados, que se niegan a creer que padecen en vano, y la confiada arrogancia de las autoridades. Como gran cinéfilo que es, Scorsese demuestra tener bien estudiados a los maestros japoneses (abundan los planos en los que la cámara sitúa su punto de vista a la altura de los ojos de una persona sentada en el suelo), en especial a Akira Kurosawa: la fantasmagórica aparición en pantalla del inquisidor Inoue es un magistral homenaje al genio nipón, al igual que el personaje de Kichijiro, casi una transcripción literal del samurái cobarde que aparece en una de las mejores películas que he visto jamás. Abundan las imágenes en las que se funden el virtuosismo con el engrandecimiento de la narración, aunque opino que la belleza de algunos planos no justifica un epílogo demasiado largo, y en parte innecesario. De haber terminado con la apostasía de Rodrigues, el film sería una obra maestra. Sus últimos diez minutos le alejan de esas cotas, pese a que el último plano es magistral en lo cinematográfico (en lo ideológico, es otro cantar). El ritmo de la película es muy japonés, lo que la aleja de los gustos del público mayoritario, pero no de los míos. Otro aspecto, que ya he tocado antes de pasada, pero que valoro mucho de esta obra es su gestión del sonido: el rugido de las olas, los lamentos de los afligidos y, sobre todo, ese silencio con el que Dios obsequia a quienes sufren en su nombre, dicen tanto o más que los diálogos, por mucho que algunos de ellos sean de alto nivel.

Quienes percibimos talento interpretativo en Andrew Garfield al ver La red social andábamos un tanto decepcionados con su trayectoria posterior, pero este joven intérprete confirma a las órdenes de Scorsese que es capaz de llevar el peso de una película de calidad sin hacerle perder valor. Adam Driver, que interpreta al sacerdote jesuita que acompaña a Rodrigues en su misión japonesa, es otro joven actor con muchas posibilidades, que aquí acierta al darle a su personaje la indispensable dosis de fanatismo. Son, no obstante, Issei Ogata y Liam Neeson quienes aún le aportan un plus a la película en cuanto aparecen en pantalla, uno como inquisidor y el otro como sacerdote apóstata. En general, el nivel de los actores japoneses es más que correcto, pero el que demuestra Tadanobu Asano va un punto más allá.

Silencio es otra prueba de que Scorsese es un crack, incluso cuando hace cine de estampita.

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