LOS TRES DÍAS DEL CÓNDOR

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THREE DAYS OF THE CONDOR. 1975. 117´. Color.

Dirección: Sydney Pollack; Guión: David Rayfiel y Lorenzo Semple Jr., basado en la novela Six days of the Condor, de James Grady; Director de fotografía: Owen Roizman;  Montaje: Don Guidice; Música: Dave Grusin;  Diseño de producción: Stephen Grimes;  Dirección artística: Gene Rudolf; Producción: Dino Di Laurentiis y Stanley Schneider, para  Dino Di Laurentiis Company-Wildwood Enterprises (EE.UU.).

Intérpretes: Robert Redford  (Joe Turner, Condor); Faye Dunaway (Kathy Hale); Cliff Robertson (Higgins); Max Von Sydow (Joubert); John Houseman (Mr. Wabash); Addison Powell (Leonard Atwood); Tina Chen (Janice); Walter McGinn (Sam Barber); Michael Kane (Wicks); Don McHenry (Dr. Lappe); Michael B. Miller, Jess Osuna, Dino Narizzano, Helen Stenborg, Patrick Gorman, Hansford Rowe, Hank Garrett.

Sinopsis: Joe Turner es un lector que trabaja para la CIA, Una mañana, al volver a la oficina, descubre que todos sus compañeros han sido asesinados. Él emprende la huida, al tiempo que trata de averiguar los motivos del suceso.

Dado que casi todos los primeros largometrajes dirigidos por Sydney Pollack fueron éxitos, la posición de este cineasta surgido, como tantos otros de su generación, de la pequeña pantalla, era de lo más privilegiada a mediados de la década de los 70. A ello contribuyó su enlace profesional con una de las grandes estrellas del momento, Robert Redford, actor con el que colaboró por tercera vez consecutiva en Los tres días del Cóndor, thriller de política-ficción en clave conspirativa que permanece como uno de los destacados en su género.

Los 70, que fueron una década importante en muchas artes, fueron también unos años de desencanto político: día a día se constataba el fracaso de la revolución hippie, y se comprobaba que los elementos más reaccionarios seguían cómodamente instalados en los puestos de mando de la nave. En Estados Unidos, asuntos como la penosa gestión de la guerra de Vietnam o el escándalo del Watergate hicieron florecer, entre los sectores liberales, una enorme desconfianza hacia sus propios órganos de poder. En ese sentido, como en tantos otros, Los tres días del Cóndor es un film muy de su época, pues narra la lucha de un hombre justo contra un sistema podrido que le persigue, sin que lleguen a saberse muy bien los motivos. Lo cierto es que Joe Turner, un lector al servicio de la CIA, se encuentra una mañana, al volver del desayuno, los cadáveres de todos sus compañeros de trabajo. Cuando empieza a atar cabos en mitad de su lógica huida, comprende que sobre los sillones más cómodos de la organización para la que trabaja se sientan quienes mejor podrían explicarle el sentido de la masacre ocurrida en su oficina.

La película, que en general es bastante buena, presenta diversos problemas de verosimilitud: cuesta creer, visto el grado de profesionalidad de los asesinos, que éstos, al ver que falta precisamente la pieza que da más sentido a su crimen, no esperen su llegada a la oficina una vez eliminados todos sus compañeros. Tampoco me parece muy creíble que un lector de la CIA se revele como un agente secreto de gran nivel, capaz de confundir y llevar de cabeza a espías con mucha más preparación que escrúpulos. Por último, toda la trama que une a Turner con la mujer a la que secuestra me parece muy cogida por los pelos, y algunas partes de ella son directamente prescindibles. Pollack, que nunca fue un cineasta demasiado dotado a la hora de imprimir ritmo a sus obras, es capaz de crear en esta película algunas de las mejores escenas de acción de su filmografía, al tiempo que demuestra dominar muy bien la filmación en espacios cerrados. Podría decirse que el final es anticlimático, pues en las últimas escenas el gran protagonista es el diálogo, pero lo que se escucha es brillante: la película, que empieza realmente bien, languidece un tanto en su parte central hasta que son precisamente esos diálogos los que le devuelven una entidad que por momentos llega a tambalearse. En especial, la última conversación entre Turner y Higgins es fantástica, además de exacta: muchas de esas personas que aborrecen los métodos empleados por quienes realizan el trabajo sucio que les permite vivir como viven, cambiarían (utilizo el condicional aunque esto se ve a cada rato) su discurso de forma radical en cuanto su modus vivendi se viera amenazado.

También en las cuestiones técnicas la película es inconfundiblemente setentera: la fotografía de Owen Roizman, la jazzística banda sonora de Dave Grusin o los decorados remiten a aquella época que nos empezó a descubrir, entre otras cosas, que el petróleo explica mucho de lo que ocurre en este caótico mundo.

En la parte interpretativa, prima el lucimiento de Robert Redford, un actor que nunca me ha parecido de primerísima fila pero que siempre cumplió cuando lo que se necesitaba era una estrella que supiera actuar. No me creo la evolución de su personaje, pero eso es más culpa del guión que de la labor de Redford. Buena nota también para Faye Dunaway, aunque a su personaje le sobren escenas: en las que sí aportan a la película, la actriz recita con carisma y buen hacer unos diálogos a veces excelentes. Cliff Robertson está magnífico como duro capo del contraespionaje, y destaca muchísimo en las escenas en que interviene; no le va muy a la zaga Max Von Sydow en su papel de cualificado profesional del control demográfico. En la labor de los actores se nota que Pollack sabía dirigirlos muy bien.

Los tres días del Cóndor es una notable película, a la que algunas incoherencias narrativas privan de convertirse en la obra maestra que pudo ser y que, por momentos, se atisba.

 

 

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