LA MENTIRA ASESINA

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EMMANUEL CARRÈRE. El adversario (L´Adversaire). Anagrama. 172 páginas. Traducción de Jaime Zulaika.

Todavía hoy muchos recuerdan el caso de Jean-Claude Romand, el hombre que, en 1993, y tras haber fingido ser un  prestigioso médico durante 18 años, asesinó a toda su familia cuando sus mentiras estaban a punto de ser descubiertas. Esta historia llamó la atención de mucha gente, y uno de ellos fue uno de los grandes escritores franceses de nuestra época, Emmanuel Carrère, quien, deseoso de conocer de primera mano los motivos de alguien capaz de cometer semejante monstruosidad, se documentó de manera rigurosa, entabló una relación epistolar con el propio Romand, a cuyo juicio asistió, y años después de la condena (cadena perpetua, con al menos 22 años de cumplimiento efectivo), publicó El adversario, impactante obra en la que se mezclan el tono documental y la reflexión sobre el lado más oscuro de la naturaleza humana.

A la hora de juzgar este libro, el primer ejemplo comparable que acude a la mente es el de A sangre fría, de Truman Capote. En ambos casos, tenemos un crimen brutal y a un escritor de talento deseoso de comprender el proceso mental que llevó a los asesinos a ser capaces de provocar una auténtica masacre. En el caso de Romand, la investigación pronto desveló que toda su vida estaba marcada por la mentira: nunca terminó la carrera de medicina, jamás tuvo un empleo remunerado y mantuvo un alto tren de vida gracias a la confianza que en él tenían sus familiares y allegados, a quienes estafó de manera inmisericorde. Romand dedicaba el tiempo que presuntamente pasaba trabajando a pasear por el bosque, leer en el coche o en áreas de servicio o, en los últimos tiempos, a estar con su amante, que fue la única de las personas atacadas por Romand que logró salvar la vida. La idea de que su miserable existencia verdadera fuera conocida por sus seres queridos provocó tal cortocircuito en la mente del falso médico, que éste no encontró mejor opción que el asesinato múltiple, con posterior suicidio. Uno se pregunta por qué no empezó Romand justo por ahí, y quizá la respuesta esté en que el asesino, católico practicante, no es de los que creen que a un cadáver le resulta del todo indiferente lo que los vivos puedan pensar de él después de muerto. En todo caso, extraña la torpeza de su intento de suicidio, y lo mucho que lo dilató una vez consumado su reguero de crímenes.

Carrère explica la historia sin adornos, con toda su crudeza, pero no se reserva el cómodo papel de testigo mudo, o el todavía más confortable rol de portavoz del asesino, pues a lo largo del texto muestra sus propias dudas, sus contradicciones en cuanto a escribir la historia y cómo hacerlo de la manera más honesta posible, y su ardua labor de investigación. El autor desmenuza las pesquisas policiales que llevaron al desenmascaramiento de Romand, analiza como éste fue construyendo un entramado de mentiras que, de modo sorprendente, no llegaron a despertar sospechas en quienes mejor le conocían y, finalmente, relata el juicio y cómo el asesino se adaptó a la vida carcelaria. Carrère ofrece hechos y respuestas, pero a la vez plantea multitud de interrogantes, muchos de los cuales trascienden el propio crimen y parecen dirigirse a la sociedad que lo hizo posible. El escritor nos hace partícipes de su viaje a la naturaleza del mal en un libro que destaca por su estilo depurado y por su capacidad de síntesis, y consigue una obra de lectura fácil sobre un tema muy difícil. A eso, le llamo maestría.

 

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