EL DÍA DE LA BESTIA

EL DÍA DE LA BESTIA. 1995. 101´. Color.

Dirección: Álex de la Iglesia; Guión: Jorge Guerricaechevarría y Álex de la Iglesia; Dirección de fotografía: Flavio Martínez Labiano;  Montaje: Teresa Font; Música: Battista Lena. Canciones de Defcon Dos;  Diseño de producción: José Luis Arrizabalaga y Arturo García Biaffra; Producción: Andrés Vicente Gómez, Antonio Saura y Claudio Gaeta, para Sogetel-Iberoamericana Films- Canal + España (España).

Intérpretes: Álex Angulo (Padre Ángel Berriatúa); Armando de Razza (Cavan); Santiago Segura (José Mari); Terele Pávez (Rosario); Nathalie Seseña (Mina); Maria Grazia Cuccinotta (Susana); Gianni Ippoliti (Productor); Jaime Blanch, David Pinilla, Antonio Dechent, Ignacio Carreño, Saturnino García, El Gran Wyoming, Pololo, Manuel Tallafé, Antonio de la Torre, Higinio Barbero, Daniel Cicare, Enrique Villén, Javier Manrique, Curro Summers, Juan y Medio, Defcon Dos, Ramón Aguirre.

Sinopsis: Ángel, un sacerdote vasco, cree haber descifrado la fecha en que, según el Apocalipsis, se producirá el fin del mundo. Será la Nochebuena de 1995, en Madrid, cuando nacerá el Anticristo. Para salvar el mundo, el cura contará con la ayuda de José Mari, un fan del death metal, y de Cavan, un vidente televisivo.

El puñetazo en plena jeta que necesitaba el cine español hace dos décadas se lo dio Álex de la Iglesia con su segundo largometraje, El día de la bestia, una obra que mezcla comedia, terror, crítica social y satanismo, y que es, seguramente, el mayor éxito del director bilbaíno hasta la fecha.

Para los que gusten de las definiciones breves, El día de la bestia es una gamberrada muy bien hecha. Todas las expectativas que había generado Álex de la Iglesia con su prometedora ópera prima, Acción mutante, explotaron en esta película que rompió esquemas en el cine español, por ser una obra mayor que asumía buena parte de los postulados de la habitualmente casposa serie B hispánica. Los popes del academicismo bienpensante tuvieron que tragarse su complejo de superioridad y sufrir en silencio el asalto a sus templos por parte de eso que ellos entienden por subcultura: satanismo, heavy metal, telebasura, pastilleo, mucha sangre y aún más mala hostia se unieron para dar forma a la mejor película española de los 90. Aire fresco, de notables resonancias comiqueras, guiños a Jesús Franco y Paul Naschy, y un Anticristo que va a nacer en Madrid, si un cura, un heavy y un vendedor de humo no consiguen impedirlo. Ritmo frenético, diálogos muy logrados y un Apocalipsis muy cañí. Pero que nadie se engañe: lo cutre está en lo que se ve, no en la manera de enseñarlo, que es la del buen cine. Fotografía, montaje y banda sonora son de alto nivel. Y el director, uno de los mejores en lo técnico que ha dado este país. No necesitó más que dos films para demostrarlo.

En el cine norteamericano, eso del Apocalipsis suele explicarse mediante obras con muchas pretensiones y resultados variables, o llevando la cuestión al puro despropósito destroyer. Y El día de la bestia es precisamente eso, un despropósito destroyer, pero servido de acuerdo a la fórmula Tarantino, es decir, dignificando la serie B y convirtiéndola en una gozada para los cinéfilos sin etiquetas ni esnobismos. Ya desde la primera escena, que transcurre en una iglesia y acaba con un pesado crucifijo desplomándose sobre un ministro de Dios, el espectador comprueba que la cosa no sigue las coordenadas de lo que habitualmente se entiende por cine español. La visión de Madrid (la película es un homenaje a la ciudad, digamos que bastante alternativo) es, como toda la película, salvaje: fascistas limpiando la ciudad de indigentes y demás presencias molestas, pensiones cutres, tiendas de discos en las que los chorizos acaban comiéndose el mostrador, una alucinante escena en el ya mítico cartel luminoso de Schweppes. Y sí, las torres Kio son un lugar bastante idóneo para que allí nazca el Anticristo (en Barcelona, podría ocurrir en la Torre Agbar, aunque los más fieles sirvientes del Anticristo suelen pulular por Sant Jaume). Violencia, la hay por arrobas, y está tratada muy a la manera de Sir Quentin: de forma gráfica, con desenfado y un notable desprecio a la corrección política. Ah, y ese final tan discutido me parece perfecto: con los salvadores del mundo paladeando su fracaso bajo la estatua del Ángel Caído, en el Retiro.

En el reparto, muchas caras conocidas y algunas revelaciones. Álex Angulo brindó uno de sus mejores trabajos como el padre Ángel, un sacerdote convencido de la llegada del Anticristo que, para ponerse en situación, se dedica a hacer el mal (de una manera bastante cómica, todo hay que decirlo) con tal de prevenir el mal mayor. Armando de Razza, actor italiano por entonces desconocido en España, es un muy convincente futurólogo televisivo, cuya presencia se utiliza para poner en su sitio el universo telecinquero y que, a fuerza de hechos (y de hostias) acaba convencido de la importancia de la misión del padre Ángel (trayectoria inversa, por cierto, a la que sigue el propio sacerdote). Con todo, la gran revelación del film es un Santiago Segura que parecía hecho para el papel de José Mari, un satánico de Carabanchel bastante garrulo que se convierte en una especie de Sancho Panza para el cura. Destacar, cómo no, a una Terele Pávez que da más miedo que el mismísimo Diablo (sólo hay que verla preparando el conejo para la cena), y la hipersexual aparición de Maria Grazia Cucinotta.

Pues eso, cine de serie A disfrazado de serie B. Desacomplejado, gamberro, espectacular y poderoso. Junto a Balada triste de trompeta, es la obra cumbre de un director siempre interesante, sin el cual los Balagueró, Bayona o Cortés no hubieran sido posibles o, como poco, lo hubieran tenido más difícil.

 

 

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