CANCIÓN DE CUNA PARA UN CADÁVER

HUSH… HUSH, SWEET CHARLOTTE. 1964. 133´. B/N.

Dirección: Robert Aldrich; Guión: Henry Farrell y Lukas Heller, basado en una historia de Henry Farrell; Dirección de fotografía: Joseph Biroc;  Montaje: Michael Luciano; Música: Frank DeVol;  Dirección artística: William Glasgow; Producción: Robert Aldrich, para The Associates & Aldrich Company-20th Century Fox (EE.UU.).

Intérpretes: Bette Davis (Charlotte Hollis); Olivia De Havilland (Miriam); Joseph Cotten (Dr. Drew); Agnes Moorehead (Velma); Cecil Kellaway (Harry); Victor Buono (Sam Hollis); Bruce Dern (John Mayhew); Mary Astor (Jewel Mayhew); Wesley Addy (Sheriff); William Campbell, George Kennedy, Frank Ferguson, William Aldrich.

Sinopsis: Sam Hollis, un potentado del Sur de los Estados Unidos, descubre que su hija Charlotte planea fugarse con un hombre casado. Una noche, durante una fiesta en la mansión de los Hollis, ese hombre es decapitado. Más de treinta años después, Charlotte sigue viviendo en la vieja casa, a punto de ser derribada para la construcción de un puente, con la única compañía de su criada Velma.

Tras el encargo festivo que supuso Cuatro tíos de Texas, Robert Aldrich volvió a su éxito anterior, ¿Qué fue de Baby Jane?, con una historia muy similar a la que el tiempo ha relegado a un lugar secundario por las inevitables comparaciones con su ilustre predecesora. Las novedades no son demasiadas, aunque Canción de cuna para un cadáver es una historia más coral y el papel de coprotagonista femenina lo interpreta Olivia De Havilland en lugar de Joan Crawford. Originalidad al margen, casi todo lo bueno (que era mucho) de ¿Qué fue de Baby Jane? se encuentra aquí de nuevo.

Un rasgo muy definitorio en Robert Aldrich son sus prólogos, que dan paso a los títulos de crédito y con frecuencia se sitúan en una época anterior a aquella en que se enmarca la acción principal, que inevitablemente queda marcada por los hechos narrados al principio. En esta ocasión, el prólogo nos lleva hasta 1927, en plena Ley Seca. En un salón se encuentran Sam Hollis, un potentado sureño, y John Mayhew, un hombre casado que planea fugarse con su amante, Charlotte, hija del magnate. Hollis utiliza todo su poder de persuasión para disuadir a John de la fuga, hasta que él acaba por acceder. La cosa, sin embargo, acaba con el macabro asesinato de Mayhew, y con el vestido blanco de Charlotte manchado de sangre.

En 1964, Charlotte continúa viviendo en la mansión Hollis, sola y abandonada a sus recuerdos. En la zona hay planeada la construcción de un puente que, de realizarse, conllevaría el derribo de la casa. Para evitarlo, Charlotte recurre a su único familiar vivo, su prima Miriam. Nadie en la zona quiere ayudar a una vieja loca, que vive sola y, a los ojos de todos, decapitó a su amante por despecho. Miriam acude a la mansión Hollis, y ahí comienza de verdad la película.

En la parte narrativa, las mentes que están detrás de la escritura del guión son las mismas que en Baby Jane. En la técnica, el único cambio que presenta Canción de cuna para un cadáver es la presencia de Joseph Biroc en la fotografía, y este cambio no supuso un descenso en el nivel, pues el trabajo de Biroc es formidable. A la segunda, Aldrich triunfa donde triunfó a la primera: en la atmósfera, en la que explota al máximo sus influencias expresionistas pasadas por el tamiz de Orson Welles; en la dirección de actores, siempre precisa; en la capacidad para crear tensión, en una historia que ya empieza truculenta y en la que nada es lo que parece; y, finalmente, en la inspirada puesta en escena, que sortea lo teatral a base de riqueza de recursos cinematograficos y un notable trabajo de montaje. Aldrich está en su mejor momento como cineasta, y se nota, pues el pulso narrativo es férreo. La trama engancha, el guión no es tan perfecto como el de Baby Jane, pero casi, y el espectador se ve pronto sumergido en un entorno pesadillesco, con elementos que recuerdan a films como Matar a un ruiseñor, así como a algunos de los trabajos más terroríficos de Hitchcock. El toque Aldrich está ahí: su interés por la psicología de los personajes, su nada cobarde actitud ante la violencia, sea ésta física o psicológica, su simpatía por los personajes extravagantes, los individualistas, mezclada con su antipatía hacia quienes ostentan y ejercen la autoridad, y hacia quienes les bailan el agua, las personas normales de vidas vacías y llenas de prejuicios.

Al frente del reparto, de nuevo, una inspiradísima Bette Davis que vuelve a actuar de maravilla y a hacer una verdadera exhibición de expresividad. A su lado, Olivia De Havilland, en un papel interpretado con acierto que rompe con su registro habitual, y un Joseph Cotten cuyo personaje recuerda en ciertos momentos al que Aldrich le brindó en El último atardecer. Destacar la presencia de dos grandes secundarios como Agnes Moorehead y Cecil Kellaway, cuya presencia engrandece la película, y de un Victor Buono que consigue acojonar, no sólo al personaje interpretado por un primerizo Bruce Dern, sino a todos los espectadores. Como guinda a tan notable reparto, Aldrich nos brinda la última interpretación cinematográfica de Mary Astor, en un papel corto pero en absoluto irrelevante.

No es Baby Jane, pero no se queda muy lejos en cuanto a calidad. Sin duda, una película a revisar, que ha pasado injustamente desapercibida y no decepciona en ningún momento. Una de las joyas semiocultas de un director que, en su filmografía, posee unos cuantos films de esa especie.

 

 

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