EL HOMBRE ROMPECABEZAS

THE JIGSAW MAN. 1984. 94´. Color.

Dirección: Terence Young; Guión: Jo Eisinger, basado en la novela de Dorothea Bennett; Director de fotografía: Freddie Francis;  Montaje: Derek Trigg; Música: John Cameron;  Diseño de producción: Michael Stringer; Producción: Benjamin Fisz, para Evangrove-Nitemeg (Reino Unido).

Intérpretes: Michael Caine (Sir Philip Kimberly/Sergei Kuzminsky); Laurence Olivier (Almirante Scaith); Susan George (Penelope Kimberly); Robert Powell (Jamie Fraser); Charles Gray (Sir James Chorley); Morteza Kazerouni (Boris Medvachian); Michael Medwin (Milroy); Eric Sevareid, Sabine Sun, David Kelly, Maggie Rennie.

Sinopsis: Sir Philip Kimberly, ex-director del servicio de espionaje británico que desertó a la Unión Soviética, recibe una última misión: recuperar una lista, que él mismo elaboró décadas atrás y permanece escondida en Inglaterra, en la que figuran todos los pagos del KGB a sus espías en Occidente desde los años 30. Para volver a su país de origen sin levantar sospechas, el rostro de Kimberly es reconstruido quirúrgicamente.

Película de espías, con dos protagonistas de auténtico lujo, un director muy dotado para la acción, un excelente director de fotografía… a priori, El Hombre Rompecabezas reúne muchos ingredientes para ser una película importante, o al menos interesante, pero el resultado es una auténtica decepción y el film no es ni una cosa ni la otra. Una de las claves del fracaso puede residir en los problemas financieros a los que hubo de enfrentarse la producción y que llevaron a Caine y Olivier a abandonar el rodaje mientras no se les garantizara el cobro de sus salarios. Si a eso le sumamos que la carrera de su director, Terence Young, se encontraba en pleno declive, y que el guión es muy poco inspirado, nos queda una película que solamente es digna de verse por el placer de ver en ella a dos verdaderos genios de la interpretación. Lo demás es flojo y rutinario, y pocas escenas se salvan de la quema.

El protagonista del film, interpretado por un Michael Caine al que ya le empezaba a ser difícil conseguir los buenos papeles que le llovieron durante las dos décadas anteriores, está inspirado en Kim Philby, espía británico que se pasó al bando soviético y murió alcoholizado en la URSS en 1988. Su historia es cualquier cosa menos aburrida, pero la del personaje basado en él se nos presenta de un modo tan atropellado y deslavazado que al espectador le resulta difícil engancharse a la narración. Para colmo, las escenas de acción están resueltas con una torpeza impropia de un Terence Young en el ocaso de su carrera (para muestra, la huida de Kimberly en la aduana), y personajes como el de Fraser aportan muy poco a la trama. Ni siquiera la fotografía de un grande como Freddie Francis se eleva por encima del mediocre tono general de la película, aunque sí es más destacable que la muy ochentera y muy poco inspirada partitura musical de John Cameron. Al menos, uno puede escuchar la gran voz de Dionne Warwick en los créditos finales, pero en el resto del metraje la música es mediocre.

Realmente, Michael Caine y Laurence Olivier son lo más destacable del conjunto, por no decir lo único. Caine, uno de esos actores capaces de estar bien incluso en películas infumables, interpreta a un personaje hecho a su medida: duro, cínico, inteligente y desarraigado. Se dice que su estado físico en aquel entonces era poco compatible con el de un héroe de acción, pero no hay que olvidar que interpreta a un hombre de 62 años (aunque con un rostro de 42), y que precisamente la escena de su entrenamiento para la misión es de las pocas que tienen gracia. Además, resulta muy convincente hablando con acento ruso y, sin rayar a la altura de sus mejores interpretaciones (pocos actores llegan a ella, por otra parte) sí puede decirse que su presencia y su interpretación son el gran punto fuerte del film. En cuanto a Olivier, que realiza en esta película una de sus últimas actuaciones en la pantalla grande, hay que decir que está más que digno en su recreación de un militar británico testarudo y de maneras bruscas, un personaje que (seguramente como el propio actor) añora tiempos pasados y, al menos para él, mejores. La escena final que comparten ambos protagonistas es digna de verse, aunque para variar sus diálogos tampoco sean gran cosa. Sus personajes charlan y ríen, quizá porque la película ha llegado a su fin y ellos han conseguido cobrar el cheque, quién sabe. De cualquier modo, siempre es un placer ver actuar juntos a dos intérpretes tan buenos. Del resto del reparto me quedo con Charles Gray, pues ni Susan George, que recrea a la confusa y atribulada hija de Kimberley, ni Robert Powell consiguen darle un mayor empaque a unos personajes no demasiado bien perfilados y, en el caso del de Powell, perfectamente prescindible.

En definitiva, un film recomendado exclusivamente a fans de las películas de espías y, sobre todo, de Michael Caine y Laurence Olivier, dos actores excepcionales que coincidieron, además de en la pluscuamperfecta La Huella, en un par de films bélicos de reparto inacabable (La Batalla de Inglaterra y Un puente lejano, ambos mucho mejores que El Hombre Rompecabezas), y cuya calidad justifica por sí sola el pago de una entrada y el visionado de una película.

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