CAMINO DE SANTA FE

SANTA FE TRAIL. 1940. 110´. B/N.

Dirección: Michael Curtiz; Guión: Robert Buckner; Director de fotografía: Sol Polito;  Montaje: George Amy; Música: Max Steiner;  Dirección artística: John Hughes; Producción: Robert Fellows y Hal B. Wallis, para Warner Bros. Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Errol Flynn (Jeb Stuart); Olivia de Havilland (Kit Carson Holliday); Raymond Massey (John Brown); Ronald Reagan (George Custer); Alan Hale (Tex Bell); William Lundigan (Bob Holliday); Van Heflin (Rader); Gene Reynolds (Jason Brown); Henry O´Neill (Cyrus Holliday); Moroni Olsen (Robert E. Lee); Ward Bond (Townley); Frank Wilcox, Russell Simpson, Guinn “Big Boy” Williams, Alan Baxter.

Sinopsis: Dos jóvenes cadetes de West Point, Jeb Stuart y George Custer, licenciados en 1854, son enviados como primer destino a Kansas, territorio en el que el líder abolicionista John Brown combate violentamente a quienes se oponen a sus ideas. Stuart y Custer habrán de enfrentarse a él, al tiempo que rivalizan por el amor de Kit Carson Holliday.

¿Puede una película imponerse cinematográficamente por encima de un guión tendencioso en lo político, cuando no directamente repugnante? La historia del cine dispone de muchos ejemplos que posibilitan responder de modo afirmativo a esta pregunta, pues hay muy buenos films al servicio de ideas execrables, y muchas malas películas cuyo único valor es su bienintencionado mensaje. Camino de Santa Fe es una buena película, que uno llega incluso a disfrutar pese a ser un producto ideológicamente bastardo. La culpa de este último hecho cabe atribuírsela, en primer lugar, al guionista Robert Buckner, cuyo libreto, además de manipular a su antojo los eventos históricos que pretende retratar, es maniqueo, está lleno de lugares comunes y no consigue ofrecer un solo diálogo que esté por encima de la mediocridad en casi dos horas de metraje. Se pueden hacer loas a la camaradería del Ejército, al honor, al coraje y al orgullo, mostrar el cortejo de dos jóvenes oficiales a una dama de Kansas o retratar de un modo nada imparcial las circunstancias que desembocaron en la guerra de Secesión americana sin ser tan superficial y empleando algo más de talento. El que hay en esta película, que es bastante, lo ponen Michael Curtiz, Sol Polito y Max Steiner. El primero logra, a partir de elementos tan discutibles, una película entretenidísima, vigorosa, sin apenas tiempos muertos y llena de planos brillantes, con la que demuestra una vez más que era un eficacísimo director de estudio capaz de filmar, con mucho oficio y una nada desdeñable cantidad de arte, obras distinguidas adscribibles a muy distintos géneros. La fotografía de Sol Polito ayuda a que lo que veamos nos guste mucho más que lo que oímos, y la música de Steiner, sin que éste sea uno de sus mejores trabajos, contribuye a colocar el film a una altura superior a la que literariamente le correspondería.

Desde el prólogo de la película, que retrata de un modo amable la vida de los cadetes en West Point, jóvenes, apuestos y valientes, entre los que el único elemento pernicioso es, casualidades de la vida, un cadete defensor de la abolición de la esclavitud y seguidor de John Brown, queda claro que vamos a ver un panfleto derechista nada sutil y enfermo de maniqueísmo. Con matices, pues en el camino a Kansas son los hombres blancos molestos por compartir vagón de tren con personas de raza negra quienes obligan a los hombres de Brown a usar la violencia, lo mismo que, la primera vez que los oficiales Stuart y Custer se encuentran con el líder abolicionista y sus hombres (cuando éstos quieren acceder al cargamento de rifles que se halla oculto en la caravana que el Ejército custodia), es la temeridad y el afán de gloria rápida de los soldados lo que provoca el enfrentamiento que el líder antiesclavista pretende evitar. No obstante, a Brown (que tampoco era una hermanita de la caridad, que conste) se le presenta como a un iluminado sin sentimientos, entregado a su cruzada de un modo ciego en el que el fin justifica todos los medios. Perdóneseme el anacronismo, pero en la película John Brown parece Osama Bin Laden. Añado otro matiz: la escena en que, cuando se encuentran en el granero a punto de arder, los miembros de una familia negra le dicen al sureño Stuart que no desean la libertad en el modo en que John Brown se la ofrece, que es moralmente viscosa y puede interpretarse como una apología del esclavismo, ofrece, quizá a su pesar, un tema de reflexión interesante: muchas veces en la historia han existido libertadores de pueblos que han fracasado en su empeño precisamente por tratar de romper las cadenas de colectivos que no se querían liberar. Imagino que, después de haber sido esclavo toda la vida, la obtención de la libertad puede ser para no pocas personas todo un shock, y que abandonar lo malo conocido por un inmenso vacío en el que nada es seguro puede provocar cierta sensación de vértigo. Bien, volvamos a la película.

En el reparto se da cita buena parte del Hollywood más reaccionario (Flynn, Ward Bond, el mismísimo Ronald Reagan). Errol Flynn, por entonces una gran estrella, el bueno de la película por antonomasia, es un actor limitado (además de un individuo bastante repulsivo), pero cuya apostura y carisma en pantalla son indiscutibles. Olivia de Havilland, muy buena actriz que rodó junto a Flynn y Curtiz numerosos films en la época, algunos de ellos bastante mejores que el que nos ocupa, cumple con creces interpretando un papel que es una macedonia de tópicos. Raymond Massey, el mejor actor de la película, también sufre las limitaciones de la escritura de su personaje, pero igualmente lo clava. Y Ronald Reagan, actor discreto, resulta insustancial en su recreación del inseparable camarada de Stuart y, más tarde, tristemente célebre general Custer.

Camino de Santa Fe es una notable americanada, cierto, pero también es entretenimiento puro muy bien filmado, cerca de dos horas de metraje que pasan muy deprisa. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero… esto es Hollywood, para lo bueno y para lo malo.

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