EL PERDÓN

THE CLAIM. 2000. 120´. Color.

Dirección : Michael Winterbottom; Guión: Frank Cottrell Boyce, basado en la novela The Mayor of Casterbridge, de Thomas HardyDirector de fotografía: Alwin H. Kuchler;  Montaje: Trevor Waite; Música: Michael Nyman;  Dirección artística: Ken Rempel;  Diseño de producción: Ken Rempel y Mark Tildesley; Producción: Andrew Eaton, para  Alliance Artists Communications, Arts Council of England, BBC, Canal +, DB Entertainment, Grosvenor Park Productions, Pathé Pictures International y Revolution Films (Gran Bretaña-Canadá).

Intérpretes: Peter Mullan (Daniel Dillon); Wes Bentley (Dalglish); Sarah Polley (Hope); Nastassja Kinski (Elena); Milla Jovovich (Lucia); Shirley Henderson (Annie); Julian Richings (Bellanger); Sean McGinley (Sweetley); Randy Birch, Tom McCamus, Frank Zotter, Arthur Ciastkowski.

Sinopsis: Kingdom Come es un pueblo de la sierra californiana fundado y gobernado por Daniel Dillon. La llegada al lugar de los hombres de la compañía del ferrocarril, comandados por Dalglish, y de Elena y su hija Hope alterará para siempre la vida de Dillon.

El perdón fue, en su momento, la película más ambiciosa del ecléctico y talentoso director británico Michael Winterbottom. Tomó como punto de partida, al igual que hizo en su exitosa Jude, una novela de Thomas Hardy, aunque en este caso trasladando la acción al Oeste americano en plena era de la Fiebre del Oro. El film tuvo una gestación difícil, por problemas de financiación y penalidades típicas del rodaje en parajes nevados, y fue recibido por crítica y público con bastante indiferencia. Pues bien, creo que público y crítica se equivocan. No es la primera vez, ni será la última, en que eso ocurre.

Es cierto que El perdón es un western atípico: no hay indios, ni sol, ni verdes praderas, ni cabalgadas por el desierto, y pocas veces se oye el sonido de las balas. Hay nieve, oro, montañas, un hombre que esconde un secreto del pasado y una serie de personajes que vienen al pueblo que gobierna para volver su mundo del revés: los trabajadores de la compañía del ferrocarril, para hacer las prospecciones que, de resultar positivas, habrán de dar un gran empujón a Kingdom Come; la bella y enferma Elena y su hija adolescente, para recordarle a Dillon que toda su actual gloria proviene de un acto profundamente innoble por el que tendrá que pagar. Y el todopoderoso fundador del pueblo lo hará sin rechistar, asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos, ajustando esas cuentas del alma que, como dice la canción de Rubén Blades, no se acaban nunca de pagar: en cuanto descubre a Hope y sabe que Elena está en Kingdom Come, abandona a su bella amante portuguesa Lucía (que regenta el saloon y el burdel del pueblo), y colma de atenciones a las dos recién llegadas, hasta el punto de casarse con Elena, ya gravemente enferma. Hope, enamorada de Dalglish (quien, después de investigar a conciencia, decide que el enclave de Kingdom Come hace inviable que el ferrocarril pueda pasar por allí), decide renunciar a la herencia de Dillon y seguir a Dalglish, y Dillon, que una vez abandonó a su familia a cambio del oro, realizará el acto supremo de expiación y renunciará al oro para obtener, quizá, el perdón.

Uno de los muchos aciertos del film es el marco geográfico y temporal en que se sitúa la historia: qué mejor época para narrar la historia de redención de un hombre que vivió cegado por el oro, que situarla en la California del siglo XIX. Winterbottom es un cineasta muy dado a cambiar de género, y en este caso la apuesta era más que justificada, aunque de riesgo, ya que dirigió un western en el que hay mucha más emoción que acción. Las localizaciones, la belleza inhóspita de los parajes nevados, también le dan al film un sello característico, que llega a ser estéticamente de mucha altura en las escenas en que el fuego se mezcla con la nieve. Se trata de una obra muy bien fotografiada, cuyo principal defecto a nivel visual lo constituyen ciertos tics autorales de Winterbottom (algunos movimientos de cámara, planos desenfocados…), que los grandes maestros del western, como Ford, Hawks o Eastwood no tuvieron nunca y son innecesarios. Y otro punto a destacar: la banda sonora de Michael Nyman, compositor que en general suele aburrirme, y que en esta película hace un trabajo más que notable.

Uno de los puntos fuertes de El Perdón es el apartado interpretativo, empezando por el gran actor Peter Mullan, que impregna de humanidad al personaje de Dillon (la escena en que apoya su cabeza en el vientre de su esposa enferma y le pregunta si le está haciendo daño es sencillamente conmovedora) y agranda la película con la profundidad de su actuación; Wes Bentley, actor que empezó destacando en American Beauty y después se ha perdido en productos insustanciales, está más que correcto incorporando al ingeniero Dalglish, y en cuanto al trío femenino protagonista, es de destacar la interpretación de la bella Nastassja Kinski, una de las actrices más desaprovechadas del cine actual. También resulta interesante ver a Milla Jovovich en el que quizá sea el único papel interesante de su carrera, y comprobar que Sarah Polley es capaz de actuar a muy buen nivel en películas mucho mejores que las rodadas a las órdenes de Isabel Coixet.

Concluyo: obra mayor, película harto reivindicable y enésima demostración de que entre la crítica cinematográfica abundan los seres insensibles, cuando no directamente idiotas. Del público, mejor no hablar.

 

2 Responses to EL PERDÓN

  1. Andrea says:

    Estoy de acuerdo contigo! Es una película conmovedora: en un paisaje blanco y frío, seres con sangre cuentan su historia, pequeña y gran historia….

    • alfredo says:

      Gracias por leer y aportar. Entre otros aciertos, “El Perdón” tiene el de mostrar el mundo de los pioneros sin romanticismos, pero con sensibilidad, y deja claro que todos podemos hacer cosas horribles, en especial si nos ciega la codicia. La diferencia se da entre quienes se arrepienten de esos actos y asumen sus consecuencias, y los demás.

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